
La Fiesta
de Mi Pueblo
Cuando una fiesta pierde su
plaza, pierde parte de su alma
Las fiestas de un pueblo no son
solamente un programa de
actividades, unas procesiones o
unos cuantos espectáculos. Una
fiesta es, sobre todo,
encuentro, convivencia, alegría
y participación. Es ese momento
del año en el que el pueblo
parece recuperar, aunque solo
sea durante unos días, una vida
que durante el resto del año se
va apagando poco a poco. Y este
año, en Arrabalde, esa sensación
ha faltado más de lo deseable.
El programa de fiestas llegó con
menos actividades y,
especialmente, con una oferta
musical que poco tiene que ver
con la que nuestro pueblo ha
disfrutado en años anteriores.
No se trata solamente de hablar
de presupuestos o de cachés. Se
trata de calidad, de ambiente y
de expectativas. Durante años
Arrabalde ha contado con grupos
y actuaciones que daban
categoría y atractivo a sus
fiestas. Este año,
sencillamente, se ha bajado
demasiado el listón.
Pero quizá el mayor problema no
haya estado en el escenario,
sino en el lugar donde
tradicionalmente se encontraba
el pueblo. El Rollo, o la Plaza
del Pueblo, ha sido durante años
mucho más que un espacio físico.
Ha sido nuestro punto de
encuentro. Allí se hablaba, se
tomaba algo, se encontraban los
amigos, coincidían las peñas,
los mayores, los jóvenes y
quienes regresaban al pueblo por
vacaciones. Allí estaba buena
parte de esa espontaneidad que
convierte unos días normales en
auténticas fiestas. Cuando
desaparece ese punto de
encuentro, la fiesta pierde algo
difícil de sustituir: la vida en
la calle.
También el propio programa
elegido para anunciar las
fiestas transmitió una
determinada imagen. Un fondo
claramente inspirado en
elementos religiosos
(procesiones, palios, cruces)
puede representar perfectamente
una parte importante de nuestras
tradiciones, y nadie debería
cuestionar, ni mucho menos
faltar al respeto, a quienes
viven la fiesta desde la fe.
Pero una fiesta patronal
pertenece a todos. En un pueblo
pequeño, donde somos pocos y
cada vecino cuenta, la
celebración debería buscar
aquello que nos une, no aquello
que pueda hacer sentir a una
parte de los vecinos que la
fiesta se ha diseñado pensando
solamente en otros.
Con un Pregón que pudo ser mas
festivo y que dejó entre el
público una cierta sensación de
decepción, porque si nadie
duda de la importancia que tiene
la historia de nuestro pueblo
no era el momento ni el lugar de
hablar de ciertos temas, ajenos
a la celebración de las Fiestas,
cuyo mensaje debe ser cercano,
festivo y que despierte la
ilusión que precede a las
fiestas. Pero no escribo para
molestar sino para hacer
crítica constructiva, que no
pretende restar valor a quien
pregona. Pretende recordar algo
muy sencillo: las fiestas son de todos y el pregón también
debería hablar a todos. Quizá para
el próximo año podamos pedir algo tan sencillo como un
pregón con menos discurso y más corazón; menos historia
en las palabras y más fiesta en el ambiente. Porque para
hablar de nuestro pasado siempre habrá tiempo. Para
celebrar juntos, en cambio, solo tenemos unos días al
año.
La historia
tiene su espacio, y muy importante. Pero también lo
tiene la alegría. Y cuando se dispone de un micrófono
ante todo un pueblo, conviene recordar que ese momento
pertenece a todos, no a una parte, a un grupo o a una
determinada sensibilidad.
Las
fiestas deberían ser precisamente eso: un
punto de encuentro, no un espacio para marcar
diferencias. Un lugar donde nadie se sienta
invitado de segunda categoría y donde todos puedan
reconocerse como parte de un mismo pueblo.
Porque Arrabalde es mucho más
que sus procesiones. Es también
sus peñas, sus jóvenes, sus
mayores, sus familias, quienes
regresan cada verano, sus
calles, sus bares, sus
encuentros y esas conversaciones
interminables que solamente se
producen cuando el pueblo está
de fiesta.
Y, como suele ocurrir, las
peñas volvieron a demostrarlo.
Cuando el programa oficial
parecía quedarse corto, fueron
ellas las que pusieron
imaginación, participación,
música, color y ganas. Fueron
las peñas las que aportaron
buena parte de esa espontaneidad
que necesita cualquier fiesta
para sentirse viva. Y esto
merece ser reconocido. Porque
quizá la verdadera lección de
estas fiestas sea precisamente
esa: un pueblo puede tener un
programa magnífico y no tener
fiesta; y puede tener un
programa modesto y conseguir que
la gente haga fiesta. La
diferencia está en la
participación.
Arrabalde necesita recuperar
unas fiestas pensadas para
todos. Unas fiestas donde la
tradición religiosa tenga su
espacio, como siempre lo ha
tenido, pero donde también haya
música, encuentros, actividades,
diversión, cultura, juventud y
calle. No se trata de gastar
más. Se trata de hacer mejor. No
se trata de renunciar a nuestras
tradiciones. Se trata de sumar.
No se trata de enfrentar a
quienes viven la fiesta de una
manera u otra. Se trata de
conseguir que, durante unos
días, todos podamos sentir que
la fiesta también es nuestra.
Porque en un pueblo que durante
el año lucha contra la
despoblación, el envejecimiento
y la falta de actividad, la
fiesta no debería ser solamente
una fecha del calendario.
Debería ser una oportunidad para
devolverle al pueblo aquello que
más necesita durante todo el
año: gente en las calles,
encuentros, conversación,
alegría y vida.
Y quizá por eso, más que
preguntarnos cuánto costaron
estas fiestas, deberíamos
preguntarnos algo mucho más
sencillo: ¿Cuánta
vida conseguimos poner en
nuestras calles?
Este año, buena parte de esa
respuesta la dieron, una vez
más, las peñas. Y eso también
dice mucho de Arrabalde...seguir
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