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El
Lodazal de la política y los políticos II
La degradación de la política española ha
alcanzado cotas profundamente preocupantes. Ya no se trata
únicamente de los escándalos, de las investigaciones judiciales o de
las sospechas que rodean al entorno del poder. Lo verdaderamente
alarmante es la actitud de quienes, pudiendo marcar distancia y
exigir responsabilidades, han decidido permanecer cómodamente
instalados en el sillón del interés político, haciéndose cómplices
de tanta degradación moral, ética e institucional
Los socios del Gobierno han renunciado a
cualquier autoridad moral. Han sustituido la ética por la aritmética
parlamentaria, la dignidad por la supervivencia política y la
coherencia por el cálculo oportunista. Ante cada nuevo escándalo,
ante cada sombra de corrupción, lejos de exigir transparencia o
asumir una posición firme en defensa de la regeneración democrática,
optan por cerrar filas, mirar hacia otro lado y seguir aferrados al
poder. ¿Que persona con un mínimo de decencia y honestidad puede
votar a estos partidos sin sentir nauseas y una profunda
vergüenza?
Esa actitud los convierte no solo en
acompañantes políticos, sino en cooperadores necesarios de una
dinámica profundamente tóxica para la democracia. Porque quien
sostiene un proyecto político salpicado constantemente por sospechas
y escándalos, quien justifica lo injustificable para conservar
privilegios, termina siendo moralmente corresponsable del deterioro
institucional. Los ciudadanos contemplamos con asco y repugnancia
como estos partidos venden su conciencia y dignidad por un plato de
lentejas.
Resulta especialmente indignante comprobar
cómo partidos que durante años hicieron bandera de la honestidad, la
ejemplaridad y la limpieza democrática han acabado devorados por el
cinismo más descarnado. Aquellos que prometían regenerar la vida
pública hoy parecen conformarse con recoger las migajas del poder,
callando ante aquello que antes habrían denunciado con furia. Y por
no verse privados de sus privilegios y poltronas prescinden de
conciencia, honor, honestidad y decencia, dejando claro que no son
los intereses y el bienestar de los ciudadanos lo que les importa,
sino su vida profesional y el negocio en la política. ¿Quien puede
votar a esta gente que ha demostrado claramente que intereses
defienden?
Han cambiado los principios por los cargos,
la conciencia por la conveniencia y el compromiso con los ciudadanos
por la obediencia al interés partidista. Ya no representan una
alternativa moral ni política; representan la resignación ética de
una clase dirigente cuya prioridad no es servir al país, sino
conservar cuotas de influencia, ministerios y privilegios. Y cuando una parte de la política pierde la
vergüenza de sostener aquello que decía combatir, el problema deja
de ser únicamente judicial o partidista: se convierte en un problema
democrático y moral de primer orden. Porque una democracia no se
degrada solo por la corrupción; se degrada todavía más cuando
quienes deberían denunciarla deciden protegerla para seguir viviendo
de ella....seguir leyendo....

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