Vivimos una precampaña electoral
de tintes casi prebélicos, donde el insulto
sustituye al argumento, la descalificación al
diálogo y el «y tú más» se convierte en la principal
estrategia política. Los ánimos se enconan, las
palabras se vuelven agresivas y el adversario deja
de ser alguien con ideas diferentes para convertirse
en un enemigo al que destruir. Quien recurre
al insulto para desacreditar al contrario pierde
autoridad moral y demuestra la pobreza de sus
argumentos. La democracia no consiste en
humillar, enfrentar y dividir, sino en respetar,
dialogar y aceptar la discrepancia.
Lo preocupante es que, a medida
que se acerca el final de la campaña, la tensión
aumenta y crece la desconfianza ante la posibilidad
de que algunos no acepten un resultado electoral
desfavorable. Cuando se cuestiona todo, se
deslegitima al adversario y se alimenta el
enfrentamiento, se debilitan las instituciones y se
envenena la convivencia. España conoce las
consecuencias de dividirse en dos bandos
irreconciliables. Nuestra historia debería
enseñarnos que ningún enfrentamiento entre españoles
termina con verdaderos vencedores, sino con la
destrucción del país y la tragedia entre hermanos.
No se trata de renunciar a las
ideas ni de ocultar los errores, sino de defenderlas
sin odio y exigir responsabilidades sin convertir la
política en una guerra. Ser de izquierdas o
de derechas es legítimo; considerar enemigo a quien
piensa diferente es una peligrosa equivocación.
Porque la democracia no consiste solamente
en votar, sino en saber convivir con quien vota
distinto. Y cuando el odio se impone sobre la razón,
todos perdemos, gane quien gane las elecciones.
Reaccionemos antes de que sea demasiado tarde.
Dejemos de alimentar el odio, de aplaudir el insulto
y de convertir al adversario político en un enemigo
personal. Exijamos a nuestros representantes
responsabilidad, respeto y altura moral. No
permitamos que nos arrastren a una confrontación que
solo beneficia a quienes viven de la división.
No necesitamos una España que venza a la otra, sino
una España en la que podamos convivir todos. Porque
cuando la política enfrenta a los ciudadanos, la
democracia pierde; y cuando los españoles se odian
entre sí, pierde España y perdemos todos...seguir
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