Hay una triste realidad
que solo comprendemos con el paso del
tiempo: ser buenos, comprensivos y
tolerantes con los demás no garantiza que
nos quieran más, que nos respeten o que
valoren lo que hacemos por ellos. A veces,
nuestra bondad se confunde con debilidad,
nuestra paciencia con sumisión y nuestra
generosidad con una obligación que los demás
creen tener derecho a exigirnos.
Lo más doloroso no es descubrir
que algunas personas se aprovechan de nosotros, sino
comprender que, en ocasiones, cuanto más damos,
menos se nos valora. Nos acostumbramos a estar
disponibles, a perdonar, a comprender y a ceder,
hasta que nuestra generosidad deja de ser un gesto
agradecido para convertirse en algo que otros
consideran natural.
Pero la bondad nunca debería ser
motivo de arrepentimiento. El error no está en ser
buenos, sino en no saber poner límites; en darlo
todo a quienes no darían nada por nosotros y en
confundir la tolerancia con la obligación de
soportarlo todo. Cometemos el error de confiar
que los demás tendrán la misma deferencia y
solidaridad, de ahí el desencanto cuando compruebas
que solo se acercan a ti por pura utilidad.
La verdadera sabiduría consiste
en seguir siendo buenas personas sin permitir que
nuestra bondad se convierta en una invitación al
abuso. Porque merecemos respeto, no lástima; afecto
sincero, no conveniencia; y relaciones en las que
dar y recibir sean dos formas de demostrar que nos
importamos.
Al final, la vida nos enseña una
lección difícil, pero necesaria: no tienes que dejar
de ser bueno, tienes que aprender a elegir mejor a
quién le entregas tu bondad, porque si tratas bien a
un escorpión, en cuanto pueda te clavará su aguijón.
Víboras y alacranes en cuanto mas lejos mejor y si
están demasiado cerca aplástalos.