Noviembre
llega con días soleados,
noches frías y una extraña
sensación de desgana que
parece adueñarse del paisaje
y también de nuestro ánimo.
El otoño avanza sin hacer
ruido, los árboles van
desprendiéndose de sus
últimas hojas y el campo,
cada vez más desnudo, se
prepara para afrontar los
meses más duros del año. Es
un mes de contrastes, de
mañanas luminosas y tardes
que se acortan demasiado
pronto, de paseos en los que
el sol todavía acaricia el
rostro, pero en los que la
sombra y el viento nos
recuerdan que el invierno
está cada vez más cerca.
Noviembre
no tiene la alegría de la
primavera, ni la vitalidad
del verano, ni siquiera el
encanto de un otoño recién
estrenado. Es un mes
discreto, sin grandes
promesas, que parece
transcurrir entre la
nostalgia de lo vivido y la
incertidumbre de lo que está
por llegar. En nuestros
pueblos, la vida recupera
poco a poco la tranquilidad
después del bullicio del
verano. Las calles se quedan
más vacías, las
conversaciones se refugian
al abrigo de las casas y los
días parecen discurrir con
una lentitud que invita a
mirar atrás, recordar y,
quizá, echar de menos
algunas cosas que ya no
volverán. Y, sin embargo,
noviembre también tiene su
belleza. Está en la luz
limpia de sus mañanas, en el
humo que sale de las
chimeneas, en el silencio de
los caminos y en esa paz que
solo se encuentra cuando la
naturaleza parece detenerse
para tomar aliento.
Quizá sea
ese su mayor encanto:
enseñarnos que no todos los
meses tienen que despertar
entusiasmo, ni todos los
días necesitan traer algo
extraordinario. A veces
basta con que salga el sol,
con sentir el calor de un
hogar y con tener la
tranquilidad de que, a pesar
de todo, la vida sigue su
curso. Bienvenido,
noviembre. Llegas sin hacer
ruido, con frío en las
noches y pocas ganas de
fiesta, pero todavía nos
dejas suficientes motivos
para disfrutar de cada
amanecer.