Vivimos en una época en la que, con
demasiada frecuencia, se confunde el
progreso con la ausencia de
principios y la libertad con la
falta de límites. Se aplaude el
éxito sin preguntar por el camino
recorrido para alcanzarlo; se admira
la riqueza aunque nazca del abuso,
mientras el esfuerzo silencioso, la
honradez y la integridad apenas
encuentran reconocimiento.
La sociedad parece haber invertido
su escala de valores. El mérito cede
terreno al privilegio, la verdad se
diluye entre intereses, la
coherencia resulta incómoda y la
moral se adapta con inquietante
facilidad a las conveniencias del
momento. Quien permanece fiel a sus
principios es visto como ingenuo;
quien hace de la astucia, la
manipulación o la mentira un
instrumento para prosperar es
presentado, en demasiadas ocasiones,
como un ejemplo de inteligencia.
El dinero ha dejado de ser un medio
para convertirse, para muchos, en el
fin supremo. Compra voluntades,
condiciona decisiones, silencia
conciencias y establece una
peligrosa jerarquía en la que el
poder parece situarse por encima de
la justicia. Mientras tanto, quienes
sostienen la sociedad con su trabajo
diario, su sacrificio y su
honestidad observan cómo el
reconocimiento se concede con
excesiva frecuencia a quienes mejor
dominan el engaño o la apariencia.
No significa que el bien haya
desaparecido ni que la virtud sea
una causa perdida. Significa que
defenderla exige hoy más fortaleza
que nunca. Ser íntegro se ha
convertido casi en un acto de
resistencia. Mantener la palabra
dada, actuar con rectitud cuando
nadie observa, rechazar el engaño
aunque reporte beneficios y
conservar la dignidad frente a la
corrupción son gestos que requieren
más valor del que muchos imaginan.
No podemos cambiar el mundo de un
día para otro, pero sí negarnos a
aceptar que la decadencia moral sea
inevitable. Toda sociedad termina
pareciéndose a los valores que
decide premiar. Si recompensamos la
mediocridad, la mentira y el abuso,
eso será lo que crecerá. Si volvemos
a valorar el mérito, el esfuerzo, la
responsabilidad y el respeto,
todavía habrá esperanza.
La verdadera
revolución no consiste en destruir
lo que existe, sino en recuperar
aquello que nunca debimos perder: la
decencia, el sentido del deber y la
convicción de que una vida honesta,
aunque no siempre sea la más fácil,
seguirá siendo la única que permite
dormir con la conciencia tranquila.
Mientras existan personas dispuestas
a defender esos principios, aún
quedará una razón para creer que el
futuro puede ser mejor que el
presente....seguir
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