Resulta desconcertante
observar cómo, en una época
dominada por la ciencia, la
tecnología y la inteligencia
artificial, proliferan
movimientos religiosos y
pseudorreligiosos que
prometen curaciones
milagrosas, salvación
instantánea o soluciones
mágicas a los problemas de
la vida. Evangelistas
televisivos, supuestos
sanadores, iglesias
convertidas en empresas
multinivel del alma y
líderes carismáticos que
viven rodeados de lujo
mientras sus fieles entregan
dinero con fervor casi
hipnótico y se resignan a su
mediocre vida esperando otra
en el mas allá (pobres
infelices). La pregunta
surge inevitablemente: ¿cómo
es posible que tanta gente
siga creyendo en semejantes
montajes? El fenómeno no es
nuevo, pero sí parece
haberse amplificado. Hoy las
redes sociales, la
televisión y las plataformas
digitales permiten a ciertos
predicadores (embaucadores,
engaña bobos) llegar a
millones de personas con una
facilidad impensable hace
décadas. Algunos convierten
la religión en espectáculo:
gritos, música emocional,
supuestas posesiones,
“curaciones”, masas
enforverizadas (poseídas)
mediante imposición de
manos, personas que caen al
suelo tras ser empujadas por
el pastor y testimonios
imposibles de verificar.
Todo cuidadosamente envuelto
en una atmósfera de fervor
colectivo donde la emoción
sustituye al pensamiento
crítico.
Detrás de muchos de estos
movimientos existe una
maquinaria económica
gigantesca. No hablamos solo
de fe, sino de dinero, poder
e influencia. Líderes
religiosos que poseen
aviones privados, mansiones,
canales de televisión y
fortunas millonarias
financiadas por donaciones
de personas humildes
convencidas de que “Dios
recompensará” su sacrificio
económico en la otra vida
(ficticia). La fe (falacia)
bien explotada se convierte
entonces en un negocio
extraordinariamente
rentable: cuanto mayor es el
miedo, la desesperación o la
vulnerabilidad de la gente,
más fácil resulta
manipularla. Y aquí aparece
el aspecto más inquietante:
no basta con manipular a
quienes creen ciegamente. El
verdadero problema es
comprender por qué tantas
personas necesitan creer en
algo que les consuele. La
inseguridad económica, la
soledad, la ansiedad, la
enfermedad, el vacío
existencial
o cuando alguien atraviesa
una crisis profunda,
crean un
terreno fértil para los
vendedores de ficciones que
ofrecen certezas absolutas
(siempre intangibles e
invisibles) haciendo que
esas almas en pena se
aferren
a cualquier promesa de
esperanza que le sirva de
consuelo y sosten emocional.
Porque
muchos de estos líderes
conocen perfectamente los
mecanismos psicológicos que
utilizan: presión grupal,
sugestión, repetición
emocional, culpabilización y
dependencia mental. No es
casual que numerosos
movimientos sectarios
intenten aislar al individuo
del pensamiento crítico, de
la duda y, en ocasiones,
incluso de su propia
familia. Una persona que
cuestiona deja de ser
rentable. La gran paradoja
del siglo XXI es que el
avance tecnológico no
garantiza automáticamente
una sociedad más racional,
mas inteligente. Podemos
desarrollar inteligencia
artificial capaz de resolver
problemas complejos y, al
mismo tiempo, seguir
atrapados por supersticiones
medievales. Tener acceso a
información infinita no
significa saber pensar
críticamente, porque la
educación técnica no siempre
viene acompañada de
educación filosófica,
científica o emocional, que
nos de experiencia,
sabiduría y coherencia.
Hay
millones de personas que
mantienen otro tipo de fe,
la fe en la bondad, en la
humanidad, la libertad, los
derechos humanos, la
justicia, la solidaridad y
el trabajo en pro del
progreso y el bienestar
social, por supuesto con
ética, moral e integridad.
Por eso se deben denunciar
los abusos evidentes de
quienes utilizan la religión
como negocio y convierten la
credulidad humana
(inocencia) en una fuente de
enriquecimiento personal.
Quizá la pregunta correcta
no sea si la humanidad se ha
vuelto más estúpida, sino si
sigue siendo igual de
vulnerable que siempre.
Cambian las herramientas,
cambian los escenarios y
cambian los discursos, pero
el miedo, la necesidad de
pertenecer y el deseo de
encontrar respuestas fáciles
continúan formando parte de
la condición humana y
ninguna inteligencia
artificial eliminará por sí
sola la ignorancia, la
manipulación o el fanatismo.
Eso depende de algo mucho
más difícil: enseñar a
pensar de forma racional,
con espíritu crítico y libre
y aprender a distinguir
entre el pragmatismo y la
ficción y lo evidente del
engaño organizado. La
llegada a España del Papa
debiera hacernos
reflexionar.......