Leo en la prensa que la
recuperación del papa León XIV devuelve la esperanza a millones de fieles.
¿Esperanza de qué? ¿Que soluciona el Papa? ¿Acaso va a detener las guerras,
curar las enfermedades, acabar con el hambre o
solucionar los problemas de vivienda, los bajos
salarios y la incertidumbre de millones de personas
ante un posible holocausto nuclear?
¿Hasta cuándo vamos a confundir los deseos
con la realidad y, la fe con la certeza? Y que
conste, no por ser ateo deseo ningún mal a nadie.
Pero no juzgo ni valoro la fe de una persona por sus
palabras, sino por lo que hace para evitar las
injusticias, por su solidaridad con los mas
necesitados y la generosidad de sus actos».
Conviene distinguir entre encontrar consuelo en una
creencia y confundir ese consuelo con una solución
real a los problemas.
La religión ha construido durante
siglos un relato extraordinariamente eficaz: un Dios
invisible al que rezar, una salvación eterna y la promesa de una
justicia que nunca llega a demostrarse. Un relato
que encuentra terreno fértil en el miedo a la
muerte, el sufrimiento y la necesidad humana de
creer que alguien vela por nosotros. Pero la mejor
oración es aquella que termina convirtiéndose en una
buena acción. Porque la fe puede llenar los templos,
pero solo las buenas obras pueden aliviar el
sufrimiento. Y no eres mejor persona por ir a la
Iglesia o practicar la "Oración", sino por tus
buenas obras para ayudar a los demás.
Y mientras millones de personas
depositan sus esperanzas en lo sobrenatural, la
realidad sigue su curso, indiferente a las
oraciones. Las guerras continúan, las enfermedades,
el sufrimiento y el dolor nos persiguen, el hambre persiste
y las injusticias se multiplican. Ninguna bendición
sustituye a las decisiones, ninguna plegaria
garantiza la paz y ningún Papa tiene poderes
demostrados para cambiar el destino y avatar de la
humanidad. Porque desengañémosnos, lo que no pueda
hacer la acción del hombre mediante la bondad, la
solidaridad y generosidad, jamás podrán hacerlo las
oraciones de millones de personas suplicando a
un ser invisible y ficticio y mucho menos un Papa.
Así que, cuando leamos que un
Papa devuelve la esperanza a millones de personas,
preguntémonos qué significa realmente esa esperanza.
Si les ayuda a vivir con más humanidad, respeto y
solidaridad, habrá cumplido una función valiosa.
Pero si los lleva a esperar soluciones
sobrenaturales mientras aceptan resignadamente las
injusticias de este mundo, entonces convendría
recordarles algo elemental: ninguna promesa
de salvación debería servir para que dejemos de
luchar por una vida mejor y mucho menos
esperar milagros donde hacen falta decisiones,
justicia y acción.
¿De qué sirve la oración
mientras miles de personas mueren bajo las bombas,
millones padecen hambre y millones más luchan por
conseguir una vivienda, un salario digno o un futuro
sin incertidumbre? ¿Qué puede ofrecer el Papa a
quienes han perdido a sus hijos en una guerra, a
quienes sufren una enfermedad incurable o a quienes
no encuentran salida a la miseria? Puede ofrecer
palabras, oraciones, consuelo y llamamientos a la
paz. Pero no puede impedir que las guerras
continúen, ni lograr que los enfermos sanen o que
los poderosos dejen de abusar de su poder. Y ahí
está el fondo de la cuestión: es bueno tener
esperanza, pero esta no puede sustituir a la
realidad, ni las oraciones deben servir para que
dejemos de actuar para evitar el daño y el mal.
Porque quizá el mayor triunfo
sea, que nos convenzamos de que la única forma
de conseguir una vida mejor, una sociedad mas
solidaria, mas humana y mas justa, aquí y ahora, es
que nosotros mismos nos pongamos manos a la obra y
con nuestro esfuerzo tratar de conseguirlo. Lo demás
es pura ensoñación... seguir
leyendo....