
La
tristeza serena de la vega
El
otoño ha tendido sobre la
vega un manto de colores apagados. Los verdes se
han rendido al pardo de la tierra húmeda; los árbols
alzan sus ramas desnudas hacia un cielo gris y los
caminos cubiertos de hojas marchitas, parecen
perderse en una quietud antigua, como si el tiempo
hubiera decidido detenerse allí. Todo tiene un aire
de abandono, una tristeza silenciosa que se posa
sobre los campos y las riberas. Ya no se escucha el
bullicio de la vida en su plenitud, ni hay señales
de aquella actividad que meses atras llenaba la vega
de movimientos y esperanza. Solo queda la tierra
desnuda, los restos de la cosecha y el rumor lejano
del viento que recorre los surcos como un viajero
sin destino.
Mirando
ese paisaje uno siente que algo esta llegando a su
fin. La luz es mas débil, los días mas cortos y el
hrizonte parece desdibujarse bajo una bruma que
anuncia la inminente llegada del invierno. Todo
invita a la melancolía, a esa forma de risteza que
no duele del todo, pero que nos recuerda que nada
permanece y que hasta las cosas mas hermosas tienen
su tiempo.
Sin
embargo bajo esa apriencia de abandono, la vega no
esta muerta. Descansa. Guarda en silenco la memoria
de lo vivido y esconde, bajo la piel fría de la
tierra, la promesa de una nueva primavera. Porque
quizá el otoño no sea mas que eso: la despedida
necesaria de un ciclo, el lento apagarse de la luz
antes de que regrese el momento en que la naturaleza
nos enseña que tambien hay belleza en lo que
termina.
Y
mientras contemploesos campos vestidos de pardos y
grises, comprendí que la tristeza de la vega era
tambien la nuestra. La de mirar atrás, reconocer lo
que se ha ido y aceptar que el tiempo sigue su
camino, aunque a veces nos gustaría detenerlo un
instante mas. El invierno se acerca. La vega guada
silencio en reposo obligado. Y en ese silencio, en
ese reposo, tan humilde y tan lleno de recuerdos,
paece latir todavía la esperanza de todo lo que esta
por venir