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El espejismo de la
euforia
El evento
futbolero
hace que España olvide sus graves
problemas por unos días
Durante unas horas parece que el
mundo se detiene. Las calles se
llenan de gente, las banderas ondean
al viento, los abrazos se
multiplican y las diferencias
desaparecen. Por un día, los males
que azotan a la humanidad parecen
quedar suspendidos en el tiempo. Las
guerras dejan de ocupar las
conversaciones, el hambre desaparece
de los titulares, las enfermedades,
la miseria, las persecuciones, las
dictaduras, la corrupción, la trata
de personas, la explotación laboral,
los salarios indignos, la falta de
vivienda y tantas otras injusticias
parecen haberse esfumado bajo el
estruendo de una celebración
deportiva. Es una ilusión colectiva.
Un espejismo.
Basta con que termine el partido,
concluya el campeonato o se apaguen
los focos del estadio para que la
realidad vuelva a imponerse con toda
su crudeza. Los hospitales siguen
abarrotados, millones de personas
continúan viviendo en la pobreza,
miles de familias no llegan a fin de
mes, los jóvenes siguen teniendo
enormes dificultades para acceder a
una vivienda digna, los conflictos
armados continúan sembrando muerte y
millones de seres humanos siguen
siendo víctimas de la violencia, la
explotación o la desesperanza.
Resulta llamativo comprobar cómo una
victoria deportiva es capaz de
movilizar a millones de personas en
cuestión de minutos, mientras que
las grandes tragedias de nuestro
tiempo apenas consiguen despertar
una mínima reacción colectiva.
Celebramos con entusiasmo un gol,
pero permanecemos indiferentes ante
el sufrimiento cotidiano de quienes
luchan simplemente por sobrevivir.
No se trata de despreciar el
deporte. El fútbol emociona, une a
las personas y proporciona momentos
de felicidad compartida que también
forman parte de la vida. Nadie puede
negar su capacidad para generar
ilusión y sentido de pertenencia. El
problema surge cuando esa emoción se
convierte en una vía de escape
permanente que nos hace olvidar
aquello que verdaderamente determina
el bienestar de la sociedad. Con
demasiada frecuencia convertimos a
los deportistas en héroes
nacionales. Admiramos sus éxitos,
sus contratos millonarios y sus
gestas deportivas como si fueran el
mayor logro colectivo de un país.
Sin embargo, por mucho talento que
posean sobre un terreno de juego,
ninguno de ellos resolverá el
problema del desempleo, la pobreza,
la corrupción, la inseguridad, la
despoblación rural o la falta de
oportunidades para millones de
ciudadanos.
Los verdaderos héroes rara vez
aparecen en las portadas. Son los
investigadores que buscan curas para
enfermedades, los sanitarios que
salvan vidas, los docentes que
forman a las nuevas generaciones,
los agricultores que producen
nuestros alimentos, los bomberos,
los voluntarios, las fuerzas de
seguridad, los trabajadores que
sostienen los servicios esenciales y
tantas personas anónimas que, con su
esfuerzo diario, hacen posible el
funcionamiento de la sociedad. Quizá
deberíamos preguntarnos por qué
somos capaces de llenar plazas y
avenidas para celebrar un triunfo
deportivo y, sin embargo, apenas
mostramos la misma energía para
exigir soluciones a los grandes
problemas que afectan a millones de
personas. ¿Dónde está esa pasión
cuando se trata de reclamar una
educación de calidad, una sanidad
eficiente, salarios dignos, una
vivienda asequible o políticas que
combatan la corrupción y la
desigualdad?
La respuesta no es sencilla. La
celebración ofrece una satisfacción
inmediata, mientras que afrontar los
problemas reales exige esfuerzo,
compromiso, paciencia y
responsabilidad. Es más fácil
celebrar un campeonato que cambiar
una sociedad. Disfrutemos del
deporte, de sus emociones y de los
momentos de alegría que proporciona.
Pero no confundamos el
entretenimiento con la realidad. Una
victoria en un estadio puede
hacernos felices durante unas horas;
la justicia social, la paz, el
trabajo digno, la honestidad de
nuestros gobernantes y el respeto a
la dignidad humana son los
verdaderos triunfos que deberían
unirnos como sociedad. Porque cuando
termina la fiesta y las calles
vuelven a quedarse en silencio, el
mundo sigue esperando que alguien
marque el gol más importante: el de
la solidaridad, la justicia y el
compromiso con los problemas reales
de la humanidad.
Porque reconózcanmelo, mañana
después de la euforia,
nuestras vidas volverán a su rutina,
a usu misera existencia, a sus
quehaceres y dificultades, muchas
veces a un trabajo de mierda mal
pagado, mientras los falsos ídolos,
nuestros héroes de pacotilla (nada
han logrado para mejorar la
existencia de la humanidad) se
forraran a costa de nuestra absurda
euforia y disfrutarán en sus
fabulosas mansiones mientras
nosotros nos comemos los mocos.
Porca miseria.. .. ..seguir
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