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Preferimos la fantasía a la verdad
¿Porque
el pobre de espíritu es feliz mientras
que el inteligente sufre?.
Porque la verdad duele, preocupa y apaga
la alegría. Porque casi siempre con ella
llega el desengaño, la tristeza y
también el pesar. Quizá por eso
preferimos refugiarnos en nuestros
pequeños mundos de Yupi, donde todo
parece más sencillo y el futuro siempre
tiene una respuesta. Pero la realidad
está ahí. La guerra nuclear pende sobre
nuestras cabezas como la espada de
Damocles. Europa vive tiempos de
incertidumbre, la guerra de Ucrania
continúa con tintes de expandirse a toda
Europa, la escasez de combustible puede
acarrear hambrunas y pandemias, la
política nos ofrece demasiadas preguntas
y pocas certezas, los abusos y las
injusticias propiciadas por el poder
económico y político rigen en la
sociedad, la degradación moral e
intelectual del ser humano le priva de
dignidad y anuncia la decadencia de la
civilización occidental, hemos
transformado la virtud en vicio y lo
antinatural lo consideramos libertad,
las enfermedades y la muerte nos
persiguen, y la inteligencia
artificial avanza hacia un territorio
que todavía no sabemos dónde terminará y
si nos eliminara como especie, pero
huimos de estos funestos pensamientos, es
mas cómodo ignorarlos, que preocuparnos
pensando en darles una solución.
Pero
hay algo sorprendente en la especie
humana, algo inevitable que la hace
patética e irracional:
somos mortales.
Nacemos,
vivimos unas décadas y, un día,
desaparecemos. Perseguimos y ambicionamos,
bienes, riquezas, palacios, y mujeres,
como si fuéramos eternos, sin pensar que
todo se marchita y se muere. Nacemos
para morir, somos polvo que lleva el
viento y se diluye en la nada. Sin
embargo actuamos como si la muerte no
fuera con nosotros. El tiempo que
tenemos tiene fecha para el final: no es
nuestro. Y nos pasamos la vida
preocupándonos por aquello que quizá
mañana ya no signifique nada para
nuestro yo. Y así transcurre nuestra
vida: Discutimos y matamos por política,
por dinero, por ideologías, por poder,
sin darnos cuenta que el tiempo sigue
avanzando silenciosamente hacia nuestro
final, un final que nos transforma en
polvo, en
nada.
Y un
día descubrimos que nuestros hijos han
crecido, que los nietos ocupan el lugar
de los hijos, que nuestros padres ya no
están y que aquella juventud que parecía
interminable se convirtió, casi sin
darnos cuenta, en recuerdo. La vida no
era una propiedad. Era un préstamo. Pero
un préstamo extraordinario. Por eso
quizá no debamos mirar el futuro con
miedo, sino con respeto. No sabemos qué
ocurrirá con las guerras, con la
política, con la tecnología ni siquiera
con nosotros mismos. Pero sí sabemos que
mientras estemos aquí podemos elegir
cómo vivir de forma consciente y
racional, aunque la mayoría preferimos
la ilusión a la triste verdad.
Podemos ser más humanos, querer más,
perdonar más, disfrutar de las pequeñas
cosas y dejar algo bueno detrás de
nosotros.
La mortalidad no tiene por qué ser una
condena.
Pero en las horas bajas
nos preguntamos si la vida merece
ser vivida teniendo en cuenta que toda
es vanidad, que todo será nada y
desapareceremos.
Es
cuando la
realidad se vuelve dura y nos auto
engañamos como si fuéramos niños, para
seguir viviendo ante un futuro incierto
y un mundo imperfecto y una existencia
absurda y cruel. Y cuando llegas a ese
extremo ya no vale lo de " mientras haya
vida, habrá también una posibilidad".
Cuando no sabes cuanto tiempo te queda
ya no contemplas posibilidades y
entonces te preguntas ¿Quiero saber la
verdad? ¿Quiero ser consciente de la
realidad? Y la respuesta es clara :
prefiero el autoengaño, mi mundo de
fantasía y que nadie me venga a amargar
con la verdad.
Cuando
no existe un Dios, ni un amor, ni una
Bandera ¿que pasa con el inmenso ardor
de tu alma? Que el espíritu se apaga.
Por eso, vive como si fueras inmortal,
persigue a las mujeres como si su
belleza fuera eterna y lucha por cambiar
las cosas en las que crees, aunque el
ciclo de la vida las vuelva a colocar
otra vez en su lugar. Te estarás
engañando, pero tu vida tendrá sentido
(que será falso) pero no te hundirás en la amargura
de la realidad.

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