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PRÓLOGO
España atraviesa un momento crítico:
la política paralizada, la desigualdad creciente, la soledad de los
pueblos, la frustración de los jóvenes y la amenaza de un contexto
internacional inestable dibujan un país al límite. Este libro reúne
crónicas y artículos de opinión que buscan dar voz a lo que muchos
sienten pero pocos dicen en voz alta. Son reflexiones sobre la
España real: sus problemas, sus heridas y las verdades incómodas que
debemos afrontar si queremos un futuro digno. Con una crisis real en muchos
aspectos que afectan al conjunto de los ciudadanos: política,
social, económica y cultural. Las palabras y los discursos oficiales
muchas veces no reflejan la realidad que viven los ciudadanos. Este
libro reúne una serie de artículos que analizan, desde distintos
ángulos, la situación del país: la política agotada, la sociedad que
se rompe, la economía que aprieta, los pueblos que se vacían y la
decadencia de instituciones históricas.
A través de un lenguaje directo y
crítico, pretendo ofrecer una mirada profunda, reflexiva y, sobre
todo, sincera, de lo que ocurre en España. Cada capítulo es un
retrato de una faceta de nuestra sociedad, pero juntos conforman un
espejo que invita a pensar, cuestionar y actuar.
INTRODUCCIÓN
Cuando la mediocridad se convierte en
sistema
La injusticia no siempre llega con
ruido. A veces no rompe nada, no incendia calles ni provoca
estallidos visibles. A veces se instala con suavidad, como una
rutina. Se normaliza. Se vuelve paisaje. Y cuando eso ocurre, el
silencio deja de ser prudencia para convertirse en culpa.
Vivimos una época que ha aprendido
a convivir con la degradación moral sin escándalo. Se tolera el
abuso si viene envuelto en discurso. Se aplaude la impostura si
promete estabilidad. Se justifica la mentira cuando resulta útil. Y
así, poco a poco, lo inaceptable se convierte en norma. No porque
falte conciencia, sino porque sobra resignación.
España no es una anomalía en este
proceso, pero sí un ejemplo elocuente. El país parece atrapado en
una mediocridad estructural que ya no indigna, solo cansa. Un
sistema político que no gobierna: sobrevive. Una oposición que no
corrige: acompaña. Instituciones que ya no inspiran respeto, sino
hastío. Todo funciona lo justo para que nada cambie. Y ese
equilibrio miserable se presenta como estabilidad.
La política, que debería ser el
espacio del interés general, se ha transformado en un ejercicio de
prestidigitación. No se gobierna para resolver problemas, sino para
ganar el siguiente titular. No se legisla con honestidad, sino con
trampas cuidadosamente diseñadas. Decretos que mezclan medidas
necesarias con otras inaceptables, no para buscar consenso, sino
para forzar relatos. O tragas con todo o quedas señalado. El
chantaje emocional sustituye al debate democrático. El cubilete se
mueve rápido para que nadie vea dónde está la pelota.
Pero este deterioro no es solo
político. Es más profundo. Es cultural. Es humano.
El ser humano insiste en creerse
racional, pero actúa desde el impulso. Reacciona antes de pensar y
justifica después. Decide desde las vísceras y luego llama “error” a
lo que fue pura incapacidad de control. La agresividad, la violencia
y la estupidez no son accidentes aislados: son consecuencias lógicas
de una especie que ha desarrollado tecnología más rápido que madurez
emocional.
Seguimos siendo animales
primitivos con herramientas sofisticadas. Hemos aprendido a
construir sistemas complejos, pero no a dominarnos a nosotros
mismos. La emoción gobierna; la razón llega tarde, cuando el daño ya
está hecho. Y este desfase (entre poder y autocontrol) no es
anecdótico: es letal.
Por eso tropezamos siempre en la
misma piedra. En política, en sociedad, en lo personal. Repetimos
errores con una fidelidad casi biológica. Y cuando las consecuencias
aparecen, miramos hacia otro lado o buscamos culpables externos.
Cuesta aceptar que el problema no es solo el sistema, sino también
la comodidad con la que lo toleramos.
Cuando la injusticia se vuelve
costumbre, protestar deja de ser una opción para convertirse en una
responsabilidad. No hace falta una bandera para señalar lo que está
mal. Basta con conciencia. Nombrar la degradación es el primer acto
de resistencia. Hablar incomoda, sí. Pero callar protege siempre a
quien abusa.
Este libro nace de esa
incomodidad. De la necesidad de mirar de frente una época que se
disfraza de normalidad mientras se vacía de dignidad. No pretende
ofrecer consuelo fácil ni relatos tranquilizadores. Pretende algo
más incómodo y más honesto: dejar constancia de un tiempo en el que
muchas cosas se torcieron mientras demasiados miraban hacia otro
lado.
Porque la historia no nos
preguntará qué opinábamos.
Nos preguntará por qué callamos.
PRIMER CAPÍTULO
BLOQUE I
La política como simulacro
Hubo un tiempo en que la política
se concebía (al menos en teoría) como el arte de gobernar para el
interés común. Hoy esa idea suena casi ingenua. No porque haya
desaparecido el discurso, sino porque se ha vaciado de contenido. La
política contemporánea ya no aspira a resolver problemas
estructurales: aspira a resistir. A mantenerse. A sobrevivir un día
más en el poder.
España atraviesa una crisis
política que no es coyuntural, sino moral. El deterioro no se
manifiesta solo en leyes discutibles o decisiones erráticas, sino en
algo más profundo: la normalización del engaño. Se gobierna desde el
truco, desde la trampa, desde el cálculo permanente del relato. No
se busca consenso, se fabrica confrontación. No se explica, se
manipula. No se asume responsabilidad, se señala al adversario.
La política se ha convertido en un
juego de manos. El trilero mueve el cubilete mientras distrae al
espectador con una promesa atractiva. Una subida de pensiones, una
medida social incuestionable, sirve de cebo para colar disposiciones
rechazadas por la mayoría. El mensaje es simple y perverso: o
aceptas todo el paquete o quedas marcado como enemigo del pueblo. No
se legisla; se chantajea emocionalmente.
Este modo de gobernar no es un
exceso puntual. Es un sistema. Un sistema que reduce el Parlamento a
un escenario y la democracia a un relato. Las derrotas
parlamentarias no se aceptan: se convierten en campañas de
señalamiento. La legalidad deja de ser un marco compartido y se
transforma en una herramienta flexible, aplicable solo cuando
conviene. La justicia se invoca como palabra solemne mientras se
vacía de sentido práctico.
Lo más grave no es la mentira,
sino su impunidad. Ya ni siquiera se disimula. Se exhibe. Se
normaliza. Se aplaude. Los corruptos pontifican sobre ética. Los
abusadores se envuelven en causas nobles. Los terroristas dan
lecciones de derechos humanos. Los que nunca han trabajado explican
cómo debe organizarse el trabajo ajeno. Todo es impostura. Todo es
pose. Todo es una representación cínica en la que nadie parece
sonrojarse.
Este país ha llegado a un punto en
el que la incoherencia no escandaliza: entretiene. Y eso es letal.
Porque cuando el ciudadano se acostumbra al absurdo, deja de exigir.
Se resigna. Calla. Paga. Traga.
La democracia, sin embargo, no
muere de golpe. Se degrada lentamente. Se vacía desde dentro. Platón
ya advirtió del peligro de una democracia sin virtud, donde el voto
se ejerce sin conocimiento, sin reflexión y sin responsabilidad
moral. Hoy esa advertencia resuena con una vigencia inquietante. Se
vota desde la emoción, desde el miedo, desde el interés inmediato.
Se elige al que promete más, no al que gobierna mejor. El
espectáculo sustituye al pensamiento crítico.
El resultado es un sistema donde
no ascienden los más capaces, sino los más hábiles para manipular
percepciones. Donde la propaganda pesa más que la verdad. Donde la
política deja de ser servicio para convertirse en una carrera
profesional blindada. Gobernar ya no consiste en transformar la
realidad, sino en gestionar el desgaste, en resistir el temporal sin
importar el daño causado por el camino.
Y mientras tanto, la distancia
entre gobernantes y gobernados se ensancha. Los discursos hablan de
crecimiento, de estabilidad, de ligas económicas de élite, mientras
la vida cotidiana de millones de personas se vuelve cada vez más
precaria. Trabajar ya no garantiza vivir con dignidad. Los jóvenes
no acceden a la vivienda. Las clases medias se empobrecen. Pero el
poder sigue celebrándose a sí mismo.
Esta desconexión no es solo
económica; es moral. Un gobernante que gobierna desde el miedo a
caer arrastra consigo a las instituciones. Cuando el poder se
convierte en una trinchera, la democracia se transforma en un
decorado. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es cuánto durará un
gobierno, sino cuánto daño está dispuesto a causar antes de caer.
Gobernar para unos pocos es
traicionar a todos. Utilizar el dinero común como moneda de cambio
para comprar apoyos parlamentarios no es pragmatismo: es corrupción
del principio democrático. La igualdad entre ciudadanos se rompe
cuando se legisla en función de chantajes políticos. El bien común
desaparece cuando la supervivencia personal se convierte en
prioridad absoluta.
Este es el paisaje político de
nuestra época: un sistema que premia la astucia del miserable, la
desvergüenza del cínico y la malicia del trepa, mientras castiga el
mérito, la decencia y el esfuerzo. Un sistema que exige al ciudadano
obediencia, silencio y pago, pero no le ofrece dignidad, verdad ni
futuro.
No estamos ante una crisis
pasajera. Estamos ante una degradación asumida. Y lo más peligroso
no es la podredumbre, sino la costumbre. Porque cuando la mentira se
normaliza, la justicia se vuelve un decorado y la democracia una
palabra hueca.
Este bloque no pretende ofrecer
soluciones mágicas ni redenciones fáciles. Pretende dejar
constancia. Señalar. Nombrar. Porque mientras aún se pueda llamar a
las cosas por su nombre, la degradación no habrá vencido del todo.
Callar, en tiempos así, no es
neutralidad.
Es complicidad.
BLOQUE II
El ser humano frente al espejo
Hay una idea cómoda que nos gusta
repetir: que el ser humano es esencialmente racional. Que piensa
antes de actuar. Que aprende de sus errores. La realidad, sin
embargo, desmiente esa ficción con una constancia casi cruel.
Pensamos poco y reaccionamos mucho. Decidimos desde el estómago y
justificamos después con palabras bonitas lo que fue puro impulso.
La emoción manda. La razón llega
tarde, cuando el daño ya está hecho. Hablamos sin pensar, atacamos
sin comprender, y luego llamamos “error” a lo que fue incapacidad de
control. La agresividad, la violencia y la estupidez no son
accidentes aislados: son el resultado lógico de una especie que
nunca aprendió a dominar sus impulsos.
Seguimos siendo animales
primitivos con lenguaje y tecnología. La evolución nos dio
herramientas cada vez más poderosas, pero no nos enseñó a usarlas
sin destruirnos. Hemos avanzado en conocimiento, pero no en
autocontrol. Y ese desequilibrio es explosivo. Quizá el fracaso
humano no tenga que ver con la falta de inteligencia, sino con la
incapacidad de detenerse.
La historia lo confirma una y otra
vez. Con la misma lucidez con la que hemos descifrado el cosmos,
hemos perfeccionado el daño. Somos capaces de levantar catedrales y
exterminar pueblos, de curar enfermedades y diseñar armas que
amenazan la vida misma. Genios y monstruos en un mismo cuerpo.
Ángeles y demonios compartiendo conciencia.
Nuestra grandeza no viene
acompañada de una brújula moral infalible. La ética se subordina con
demasiada facilidad al interés, al miedo o a la ambición. Así, la
razón (que debería elevarnos) se convierte también en instrumento
del horror. La barbarie no es una anomalía externa: es una
posibilidad interna siempre latente.
Hoy el mundo es el reflejo más
descarnado de esa ambivalencia. No vivimos una crisis internacional;
vivimos bajo un sistema de barbarie perfectamente organizado. La
fuerza bruta se ha convertido en el verdadero idioma global. Ya no
mandan los derechos humanos ni el derecho internacional. Mandan las
armas, el dinero y los dictadores. Mandan los que golpean más fuerte
y compran más conciencias.
Las guerras ya no se presentan
como tragedias, sino como estrategias. No hay errores ni daños
colaterales: hay masacres sostenidas, televisadas y financiadas. Se
llama “defensa” al exterminio. Se vetan condenas mientras se
pronuncian discursos solemnes sobre la paz. La hipocresía no es un
fallo del sistema: es su columna vertebral.
Ucrania se ha convertido en un
tablero geopolítico donde los cuerpos importan menos que las
fronteras. Gaza es la prueba de que los derechos humanos se
sacrifican sin pudor cuando estorban a los intereses estratégicos.
En Irán y Afganistán, las mujeres son castigadas por existir. En
África, niños esclavizados, vendidos, violados. Kurdos exterminados.
Pueblos enteros borrados del relato. Todo con el silencio cómplice
de una comunidad internacional que solo actúa cuando hay beneficio.
La ley internacional es hoy una
farsa selectiva. Se aplica con brutalidad a los débiles y se
suspende para los poderosos. Los criminales de guerra dan discursos,
firman tratados y reciben honores. Las víctimas reciben minutos de
silencio… y luego el olvido.
No es que los derechos humanos
estén en peligro. Han sido eliminados. Y lo más obsceno no es la
violencia en sí, sino su impunidad. La barbarie avanza porque se le
permite. Porque se normaliza. Porque se justifica. Porque se mira
hacia otro lado.
Y sin embargo (aquí aparece la
paradoja) el ser humano no es solo esto. En medio del desastre,
surge algo que desmiente la condena absoluta. Cada vez que una
catástrofe sacude al mundo, miles de personas se movilizan para
ayudar a otras a las que no conocen. Voluntarios, donaciones, manos
tendidas sin preguntar a quién. En la tragedia, el “yo” cede espacio
al “nosotros”.
Esa reacción no es impostura. Es
profundamente humana. Revela que, incluso en un mundo brutalizado,
existe una inclinación persistente hacia la solidaridad. El dolor
ajeno interpela porque sabemos (aunque no siempre lo admitamos) que
podría ser el nuestro. Ayudar no siempre nace del deber moral, sino
de una necesidad íntima de no deshumanizarnos del todo.
Somos capaces de lo peor, sí. Pero
también de lo mejor. La cuestión no es negar ninguna de las dos
caras, sino aceptar que ambas nos habitan. El mundo no está
desquiciado por accidente: es el espejo de nuestra propia
ambivalencia. Cada invento, cada sistema, cada idea puede elevarnos
o aplastarnos. Y a veces hace ambas cosas a la vez.
Ser humanos es vivir entre la
creación y la destrucción, entre la lucidez y el abismo. Reconocerlo
no nos salva, pero nos hace responsables. Porque cuando dejamos de
mirarnos al espejo, la barbarie deja de ser una amenaza y se
convierte en costumbre.
La historia no juzgará nuestra
capacidad de análisis.
Juzgará qué hicimos con lo que sabíamos.
BLOQUE III
Existir cuando nada promete
Hay épocas en las que la vida se
vive como proyecto. Otras, como resistencia. La nuestra pertenece
claramente a la segunda categoría. No se trata de construir un
futuro mejor, sino de soportar un presente cada vez más estrecho. La
promesa ha desaparecido. Queda la inercia.
El ser humano necesita sentido
para no romperse. No basta con respirar, comer y repetir rutinas.
Vivir exige creer que el esfuerzo conduce a algo, que el dolor no es
completamente inútil, que hay una lógica (aunque sea mínima) detrás
del caos. Cuando ese hilo se rompe, aparece el vacío. Y el vacío no
grita: erosiona.
Hoy habitamos un mundo que ha
perdido los grandes relatos sin haberlos sustituido por nada. La
religión ya no consuela como antes. La política no ilusiona. El
progreso dejó de ser una certeza. Incluso la ciencia, convertida en
instrumento y mercado, ha perdido su aura de salvación. Sabemos más
que nunca, pero entendemos menos para qué.
La fe, para muchos, se ha vuelto
imposible. No porque falte espiritualidad, sino porque sobra
decepción. ¿Cómo creer en un Dios que permite el sufrimiento
sistemático de inocentes? ¿Cómo rezar mientras el horror se repite
sin consecuencia? La teodicea fracasa ante las imágenes diarias de
niños muertos, cuerpos mutilados y vidas descartables. Callar a Dios
es más fácil que justificarlo.
Pero la ausencia de fe no libera.
Desnuda. Sin Dios, sin destino, sin promesa, el individuo queda solo
frente a un mundo indiferente. Sartre tenía razón: estamos
condenados a ser libres. Y esa libertad, lejos de ser emancipadora,
se convierte muchas veces en una carga insoportable. Elegir sin
referencias cansa. Existir sin sentido agota.
El nihilismo no siempre se
manifiesta como negación explícita. A menudo se disfraza de ironía,
de cinismo, de indiferencia elegante. Se vive como si nada importara
demasiado, porque comprometerse duele. Se banaliza todo para no
enfrentarse a la angustia. Se confunde lucidez con frialdad. Y así,
poco a poco, se anestesia la conciencia.
Camus lo entendió mejor que nadie:
el absurdo no está en el mundo, sino en el choque entre nuestra
necesidad de sentido y el silencio del universo. El problema no es
que la vida carezca de significado, sino que nosotros no sabemos
vivir sin él. Y sin embargo, rendirse no es una opción honesta. El
suicidio (individual o moral) no resuelve el absurdo: lo esquiva.
¿Qué queda entonces? Queda la
dignidad. No como consuelo metafísico, sino como acto cotidiano.
Vivir sin promesas exige una ética sin recompensa. Hacer el bien sin
esperar nada a cambio. Defender la justicia aunque no triunfe.
Mantener la decencia incluso cuando resulta inútil. No por
esperanza, sino por coherencia.
Esta forma de existir es incómoda.
No ofrece paraísos ni redenciones. Solo una certeza austera: actuar
correctamente es la única manera de no traicionarse. En un mundo sin
garantías, la integridad se convierte en refugio. No salva, pero
sostiene.
El problema es que esta exigencia
es demasiado alta para muchos. El vacío pesa. La precariedad
emocional se suma a la material. Ansiedad, depresión, consumo
compulsivo, huida permanente. Se buscan sustitutos del sentido:
éxito, dinero, validación, placer inmediato. Todo funciona un rato.
Luego vuelve el silencio.
La sociedad responde medicalizando
el malestar. Pastillas para dormir, para rendir, para no sentir. No
se pregunta por qué duele vivir así; se tapa el síntoma. El
sufrimiento se privatiza, se patologiza, se gestiona en consultas
individuales mientras las causas estructurales permanecen intactas.
El sistema no falla: se protege.
Existir hoy es hacerlo sin red.
Sin relato. Sin horizonte claro. Pero también sin excusas. No
podemos delegar el sentido en Dios, en la Historia ni en el
Progreso. Si algo da forma a la vida, es lo que hacemos con ella
cuando nadie promete nada a cambio.
Quizá la madurez de una época no
se mida por sus avances tecnológicos, sino por su capacidad de
sostener la vida sin mentiras. Aceptar el vacío sin convertirlo en
barbarie. Asumir la finitud sin destruir al otro. Vivir sin fe, pero
no sin ética.
Este bloque no ofrece respuestas
cerradas. Ofrece una posición. La de quien, aun sabiendo que nada
garantiza la justicia final, decide no renunciar a ella. La de quien
comprende que el sentido no se encuentra: se ejerce.
Porque incluso en el absurdo,
incluso en el vacío, incluso cuando nada promete,
seguir siendo humano sigue siendo una elección.
BLOQUE IV
Un país que se vacía por dentro
No hace falta una guerra para
devastar un país. Basta con dejarlo sin futuro. España no se está
hundiendo de forma espectacular; se está vaciando lentamente, por
desgaste. Como una casa que sigue en pie mientras se pudren los
cimientos. Todo parece funcionar, pero nada promete durar.
La España rural es el ejemplo más
visible de ese abandono silencioso. Pueblos enteros condenados a
desaparecer sin que nadie levante la voz. No porque falte apego
sentimental, sino porque falta vida real: trabajo, servicios,
oportunidades. Se habla de la “España vaciada” como si fuese un
fenómeno natural, cuando es el resultado directo de decisiones
políticas sostenidas durante décadas. No se vació sola. La vaciaron.
Pero el vaciamiento no es solo
geográfico. Es generacional. Los jóvenes viven atrapados en una
paradoja cruel: están mejor formados que nunca y, sin embargo,
tienen menos posibilidades que sus padres. Estudian, se endeudan, se
esfuerzan… para acceder a empleos precarios, salarios insuficientes
y un mercado de la vivienda directamente hostil. Se les exige
responsabilidad adulta mientras se les niega la estabilidad mínima
para ejercerla.
Trabajar ya no garantiza una vida
digna. Este hecho, que debería provocar un escándalo social
permanente, se ha normalizado. Contratos temporales, horarios
abusivos, sueldos que no alcanzan. El mensaje implícito es
devastador: esfuérzate, pero no esperes demasiado. Agradece lo poco.
No protestes. Hay otros esperando tu puesto.
La vivienda se ha convertido en un
bien especulativo antes que en un derecho. Comprar es imposible para
la mayoría; alquilar, un abuso legalizado. Ciudades convertidas en
escaparates turísticos mientras sus habitantes son expulsados a la
periferia. La vida cotidiana subordinada al beneficio. Vivir donde
uno nació empieza a ser un privilegio.
Y aun así, se insiste en el relato
del éxito. En las cifras macroeconómicas, en los rankings, en los
titulares optimistas. Se habla de crecimiento mientras se ignora a
quienes sostienen ese crecimiento sin participar de él. El país
avanza (dicen, aunque cada vez más personas sientan que se quedan
atrás. La brecha no solo es económica: es moral.
Este abandono genera algo más
peligroso que la pobreza: genera desafección. Cuando una parte
significativa de la población siente que el sistema no la representa
ni la protege, la confianza se erosiona. La democracia deja de
percibirse como un espacio común y se convierte en un decorado
lejano. Se vota por inercia, por rabia o se deja de votar. El
vínculo se rompe.
La emigración vuelve a aparecer
como única salida. Jóvenes formados que se marchan no por aventura,
sino por necesidad. No es movilidad libre: es expulsión encubierta.
Un país que invierte en educación para exportar talento es un país
que renuncia a sí mismo.
Mientras tanto, las instituciones
se muestran incapaces de ofrecer un proyecto ilusionante. No hay
visión a largo plazo. Solo parches, eslóganes y supervivencia
política. El futuro se aplaza legislatura a legislatura hasta
convertirse en un concepto vacío. Gobernar ya no consiste en
imaginar lo que vendrá, sino en aguantar el presente.
Lo más grave es que este deterioro
no provoca rebelión, sino cansancio. El agotamiento sustituye a la
esperanza. La gente se adapta. Reduce expectativas. Aprende a vivir
con menos. No porque quiera, sino porque no ve alternativa. Y esa
adaptación forzada es una forma de derrota silenciosa.
Un país no muere cuando cae su
economía. Muere cuando pierde la fe en sí mismo. Cuando sus
ciudadanos dejan de creer que el esfuerzo merece la pena. Cuando el
horizonte se encoge hasta el mes siguiente. Cuando la dignidad se
convierte en un lujo individual y no en un principio colectivo.
Este bloque no es una elegía
nostálgica ni un ajuste de cuentas. Es una constatación. Un país que
no cuida a sus jóvenes, que abandona su territorio y que convierte
la vida en una carrera de obstáculos no está en crisis: está en
declive.
Y aun así, incluso aquí, queda una
última responsabilidad. No resignarse del todo. No aceptar como
natural lo que es injusto. Nombrar el abandono es el primer gesto de
resistencia. Porque un país no se reconstruye solo con leyes o
presupuestos, sino con una idea compartida de dignidad.
Cuando esa idea desaparece, lo que
queda ya no es un país.
Es solo un lugar donde sobrevivir.
EPILOGO
Este libro no busca desánimo
sino conciencia. España enfrenta problemas políticos, sociales y
económicos que requieren atención inmediata. Solo reconociendo la
realidad y actuando con responsabilidad podremos construir un país
más justo, sólido y sostenible.
Estos textos no solo denuncian
problemas, sino que también buscan despertar conciencias: España
necesita un cambio profundo. La política no puede seguir paralizada,
la juventud no puede seguir sacrificada, la desigualdad no puede
normalizarse, y los pueblos no pueden quedarse vacíos mientras el
país presume de crecimiento. Este compendio es un llamado a la
acción, a mirar la realidad sin maquillajes y a exigir un futuro
digno, justo y sostenible para todos.
INDICE
Parte I: España y la política
Capítulo 1: España al borde del
hartazgo
España vive un momento que duele. No
es solo cansancio político: es frustración, rabia y una profunda
sensación de abandono. El país observa cómo se derrumba la confianza
en sus instituciones mientras el Gobierno y la oposición se enredan
en una guerra estéril, incapaces de ofrecer una salida digna. Por un
lado, tenemos un Ejecutivo corroído por escándalos, despilfarros y
una gestión errática que ha hecho saltar por los aires la
credibilidad que le quedaba. Por otro, una oposición desdibujada,
temerosa y sin la inteligencia estratégica necesaria para construir
la alternativa que España ansía. Dos polos inútiles, dos bloques
agotados, dos caras de la misma impotencia política.
El Gobierno ya no gobierna; solo
intenta mantenerse de pie, apoyado en pactos frágiles,
contradicciones constantes y maniobras políticas que bordean (cuando
no retuercen) el espíritu de la ley. La ciudadanía percibe que el
país existe para sostener al poder, y no al revés. Esta sensación de
secuestro institucional provoca hartazgo y exasperación: España ya
ha tragado suficiente.
Notas al pie:
¹ La sensación de “país secuestrado por la política” se refleja en
estudios sobre confianza institucional y participación ciudadana en
España (Barómetro del CIS, 2025).
Capítulo 2: Un país agotado
Vivimos en un tiempo en que se habla
de gobierno, pero no se siente gobernanza. Un Ejecutivo que, a ojos
de una parte creciente de la población, no ejerce como motor de
soluciones, sino como un engranaje agarrotado por intereses
partidistas, por concesiones de supervivencia y por un clima
político que parece más centrado en resistir que en construir.
La frustración ciudadana no nace solo
de los problemas, sino de la sensación de abandono. Jóvenes sin
oportunidades, trabajadores atrapados en la precariedad y
pensionistas cuya vida se complica día a día perciben un gobierno
que sobrevive en lugar de liderar. Este país no se derrumba de
golpe; se deteriora lentamente cuando quienes deben liderarlo se
olvidan de para quién trabajan.
Capítulo 3: Un Gobierno en la UVI
España avanza con el motor gripado.
El Gobierno está en la UVI institucional: sin apoyos, sin leyes y
sin autoridad moral. La legislatura está agotada, pero La Moncloa
sigue aferrada al poder mientras el país se paraliza. La corrupción,
los escándalos, la tensión con el Poder Judicial y el bloqueo
parlamentario han hecho que gobernar se convierta en una batalla de
supervivencia, no en un proyecto de país.
Capítulo 4: Europa y la guerra
Europa se aproxima a un punto crítico
en el conflicto de Ucrania. La OTAN mantiene la premisa de que puede
presionar indefinidamente a Rusia sin provocar una reacción nuclear,
una visión desconectada de la lógica realista que rige al Kremlin.
La prolongación de la guerra sin estrategia política clara no es
valentía, es temeridad estratégica.
Europa confunde principios con poder
y advertencias con liderazgo. La obsesión de mantener una retórica
moral sin negociar territorios ni considerar límites del poder
disponible empuja al continente hacia un riesgo que no puede
ignorarse.
Notas al pie:
² OCDE y análisis militares recientes alertan sobre el riesgo de
escalada nuclear y la falta de estrategia en conflictos prolongados
en Europa del Este (Informe OCDE, 2024; SIPRI, 2025).
Parte II: Sociedad y generaciones
Capítulo 5: El suicidio y la juventud
El suicidio adolescente ha alcanzado
niveles alarmantes en España. La combinación de soledad, ansiedad,
presión social y económica, fracaso escolar y exposición a bullying
y humillaciones ha creado un caldo de cultivo para tragedias
prevenibles.
Los jóvenes buscan consuelo en redes
y herramientas de inteligencia artificial que no reemplazan la
compañía humana. Los gobiernos, al ignorar la urgencia de crear
redes reales de apoyo y políticas públicas efectivas, contribuyen a
esta desesperanza. Nuestros adolescentes no necesitan discursos:
necesitan que estemos presentes, que escuchemos y acompañemos.
Capítulo 6: La precariedad de los
jóvenes
Emanciparse en España se ha
convertido en un acto heroico. Más de la mitad de los jóvenes
destina entre un 40% y un 60% de su sueldo al alquiler, mientras los
salarios se mantienen estancados y la vida cotidiana se encarece. La
precariedad laboral, los contratos temporales y la imposibilidad de
planificar un futuro digno generan ansiedad y estrés permanentes.
La desigualdad estructural no es un
accidente: es resultado de políticas y sistemas que perpetúan la
falta de oportunidades. Los jóvenes no aspiran a menos; se les
impide avanzar.
Capítulo 7: Las buenas gentes del
pueblo
En los pueblos, junto a la amabilidad
y solidaridad de muchos, persisten la envidia y la maldad. El
aislamiento, la rutina y la presión social generan comportamientos
tóxicos que hacen que jóvenes y mujeres abandonen sus comunidades.
Sin embargo, la bondad sigue
existiendo: vecinos honestos, generosos y leales nos recuerdan que
aún es posible vivir en comunidad con dignidad y respeto. Aprender a
distinguir y valorar lo positivo es un acto de resistencia frente a
la envidia y el resentimiento.
Parte III: Economía y futuro
Capítulo 8: Pensiones en España
El sistema de pensiones no es
sostenible sin reformas profundas. La OCDE alerta que el
envejecimiento disparará el gasto hasta 2050, mientras las
cotizaciones solo cubren un 56% del coste. La hipertrofia del sector
público y las duplicidades administrativas aumentan la presión
fiscal.
La solución requiere valentía:
eficiencia en el gasto, ampliación de la base de cotizantes y
revisión realista del sistema. Negarlo solo nos acerca al colapso.
Capítulo 9: La gran mentira del
bienestar
España se presenta en los discursos
oficiales como un país en crecimiento y prosperidad. La realidad es
otra: salarios insuficientes, precariedad laboral, encarecimiento de
la vida y jubilaciones que pierden poder adquisitivo. La propaganda
oculta la dignidad que la ciudadanía merece y convierte la
percepción oficial en una burla frente a la experiencia cotidiana.
Parte IV:
España rural
Capítulo 10: Cuando el verano se apaga
La España vaciada vive dos
realidades: durante el verano y fiestas, los pueblos reviven,
mientras que el resto del año sufren soledad profunda. La
despoblación es histórica y persistente; el turismo temporal no
compensa la pérdida de habitantes estables.
Los pueblos se apagan cuando su
población se va, pero la esperanza persiste en quienes sueñan con
que la vida que llega en mayo y agosto decida quedarse un poco más.
Parte V:
Cultura y religión
Capítulo 11: La Iglesia: un edificio que se derrumba
La Iglesia ha perdido autoridad moral
y social. Los escándalos de abuso, corrupción y la incongruencia
entre su discurso y su práctica han socavado su influencia. La
historia muestra cómo su poder ha limitado la libertad, la ciencia y
la educación.
Hoy, su declive representa una
oportunidad histórica: construir sociedades más críticas, autónomas
y libres del control dogmático.
Capítulo 12: La decadencia de la
Iglesia
La caída de la Iglesia no es solo
simbólica, sino estructural. La pérdida de fieles, vocaciones y
poder político abre paso a un renacimiento de la razón, la ciencia y
la libertad de pensamiento. Su declive es irreversible y constituye
una luz que invita a la humanidad a avanzar hacia un futuro más
autónomo y crítico.
Conclusión
España enfrenta crisis múltiples:
política, social, económica y geopolítica. Los pueblos se vacían,
los jóvenes sufren, la clase trabajadora se precariza, las
instituciones pierden credibilidad y Europa avanza con temeridad.
Este libro es una llamada a la
acción. No se trata de alarmismo, sino de honestidad: la realidad
exige reflexión, compromiso y valentía. La dignidad no puede
esperar. España necesita levantarse, mirar de frente los problemas y
exigir soluciones. No hay tiempo para la resignación; solo para
actuar.
contraportada

De las crónicas de mi "espacio de Opinión"

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