ANTE LA INJUSTICIA, LA PROTESTA. Porque hay
momentos en los que callar se vuelve una culpa y hablar se vuelve un deber,
un deber ciudadano, un desafío moral, un imperativo del que no es posible
escapar, a expensas de que te hagas cómplice de hechos y situaciones, que
son contrarios a derecho, justicia y moral. No tengo afiliación política
alguna, por eso expreso mi opinión de forma imparcial ante todo lo que
considero injusto, amoral y contrario a los intereses de los ciudadanos.
A lo largo de estas
páginas, a modo de crónica, podrás ver la anatomía e idiosincrasia de
fenómenos políticos y sociales del país, que evidencian un sistema que aún
brillando, alberga degradación, podredumbre y descomposición en su interior.
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2026
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LA OPINIÓN Y
EL ANÁLISIS |
Sábado 25 de
Julio
Los embaucadores al descubierto
Cuando la política se convierte en
negocio
Hay una
diferencia fundamental entre cometer
un error político y convertir la
política en un instrumento al
servicio de intereses privados. Lo
primero puede explicarse; lo segundo
demuestra la falta de integridad
moral y destruye la confianza de un
país entero en sus políticos y en la
política.
Ya no son solo los líderes
religiosos los que se delatan como
grades engañabobos y embaucadores,
ahora los políticos están quedando
con el culo al aire al dejar al
descubierto sus mentiras, su falsa
apariencia de personas con moral,
ética y decencia y sobre todo su
cinismo y cara dura tomando por
incautos y panolis al resto de
ciudadanos. Queda demostrado que la
política no solo se mide por lo que
dictan los tribunales, sino también
por la ejemplaridad de quienes la
ejercen. Y ahí es donde algunos de
los grandes predicadores de la
superioridad moral empiezan a
quedarse sin púlpito, dejando al
descubierto sus miserias, sus
pecados y su degradación moral y
humana.
José Luis Rodríguez Zapatero
construyó durante años un discurso
de ética, democracia y libertad.
Hoy, mientras la Justicia investiga
determinadas actuaciones, el
verdadero juicio ya es político. No
porque exista una condena, sino
porque las dudas son incompatibles
con la autoridad moral que él mismo
reclamó para señalar a los demás. Es
con mucho el mayor caso de cinismo y
burla a los ciudadanos.
Lo preocupante no es únicamente un
expresidente. Lo verdaderamente
inquietante es una forma de entender
el poder en la que la influencia
parece convertirse en un negocio y
los contactos institucionales en una
moneda de cambio. Casos como los de
Abalos, Koldo, Santos Cerdan, García
Ortiz, Tito Berni, Pardo de Vera,
Javier Herrero, Olga García, el
mismo Zapatero, Aldama, Julito,
Belén Gualda (SEPI), Manuel LLamas,
Bartolomé Lora, Mercedes González
(DIR G.C.), Begoña Gómez, Carlos
Barrabés, Ángel Gallardo,
Leire (la fontanera), Jacobo Teijelo,
David Sánchez, etc., etc., y
así hasta 126 imputados sin aparente
control en las estructuras del
Estado, ofrecen un panorama
desolador de nuestras instituciones
y quienes las administran y
gobiernan.
Si finalmente no se hallan delitos
delito, mejor para el Estado de
derecho y para los ciudadanos. Pero
la cuestión ética seguirá ahí y
retratará a esos personajes que una
vez llegan al poder se corrompen y
degeneran. Porque quienes ocupan las
más altas responsabilidades públicas
deberían evitar cualquier
comportamiento que erosione la
confianza de los ciudadanos, no solo
por ética y dignidad, sino por
respeto a los ciudadanos que los han
elegido.
El mayor daño es acostumbrar a la
sociedad a pensar que el poder
siempre acaba siendo un negocio, que
la influencia siempre tiene un
precio y que la ejemplaridad solo
dura hasta que se ocupa un cargo en
la estructura de poder del Estado.
Las instituciones
no pueden convertirse en una puerta
giratoria de favores ni en una
plataforma para intereses privados.
España necesita menos predicadores y
más servidores públicos. La
credibilidad no se exige; se
demuestra. Y, cuando se pierde,
cuesta mucho más recuperarla que
conquistarla.
Sábado 19 de
Julio
España ante
el riesgo de perder su identidad
Hay pueblos que desaparecen por
una guerra. Otros por una catástrofe natural. Y algunos, simplemente, dejan
de reconocerse a sí mismos. España corre el riesgo de pertenecer a este
último grupo.
Una nación no es únicamente un
territorio delimitado por fronteras ni un conjunto de leyes escritas en un
boletín oficial. Una nación es una historia compartida, una lengua, unas
costumbres, unas tradiciones, unos símbolos y una forma de entender la vida
transmitida de generación en generación. Cuando esos elementos se diluyen,
el país sigue existiendo sobre el mapa, pero comienza a desvanecerse en el
alma de sus ciudadanos.
Durante décadas se nos ha
repetido que la inmigración masiva era inevitable y que cualquier
preocupación sobre sus consecuencias respondía al miedo o al prejuicio. Sin
embargo, plantear qué ocurrirá con la identidad cultural de España no es un
acto de intolerancia; es una cuestión de supervivencia nacional.
Una inmigración limitada,
ordenada y basada en la integración puede enriquecer una sociedad. Pero una
inmigración masiva y continuada plantea desafíos mucho mayores. Cuando los
flujos migratorios alcanzan una dimensión muy elevada, la capacidad de
integración se pone a prueba. El reto deja de ser únicamente económico o
laboral para convertirse también en un desafío cultural y social.
La integración no consiste
únicamente en trabajar o pagar impuestos. Integrarse significa asumir que
quien llega se incorpora a una comunidad con una historia, unas normas y
unas costumbres que merecen ser respetadas. La convivencia exige adaptación
recíproca, pero la responsabilidad principal de integrarse corresponde a
quien decide establecerse en otro país.
Hoy resulta evidente que España
está cambiando a una velocidad sin precedentes. En numerosas ciudades,
barrios enteros han transformado profundamente su composición demográfica.
En muchos sectores económicos, la presencia de trabajadores nacidos fuera de
España es ya muy visible. Este fenómeno responde a múltiples factores —como
el envejecimiento de la población, la demanda de mano de obra y los propios
movimientos migratorios—, pero también plantea interrogantes legítimos sobre
cómo preservar la cohesión social y la identidad compartida.
La cuestión de fondo es
sencilla: ¿qué ocurrirá dentro de veinte años si la integración fracasa o
resulta insuficiente? ¿Podrá mantenerse una identidad común si desaparece el
consenso sobre los valores cívicos y culturales que han definido
históricamente a España? Son preguntas incómodas, pero ignorarlas no hará
que desaparezcan.
A esta situación se suma otro
problema: la renuncia de buena parte de nuestras élites a defender la propia
cultura. Mientras otros pueblos enseñan con orgullo su historia, protegen
sus tradiciones y fortalecen sus símbolos nacionales, en España con
frecuencia parece más fácil exaltar lo ajeno que valorar lo propio. Se
confunde patriotismo con exclusión y defensa de la identidad con
intolerancia. Ese complejo termina debilitando la confianza colectiva.
Una nación que deja de creer en
sí misma acaba convirtiéndose en un simple espacio geográfico donde conviven
personas sin un proyecto común. Y cuando desaparece el sentimiento de
pertenencia, también se debilitan la solidaridad, la cohesión y el
compromiso con el bien común.
España necesita una política
migratoria que combine humanidad con responsabilidad. Debe garantizar
fronteras eficaces, una inmigración regulada, mecanismos reales de
integración y el respeto inequívoco al ordenamiento jurídico y a los
principios constitucionales. Acoger no puede significar renunciar a lo que
somos.
La historia demuestra que las
civilizaciones no desaparecen siempre por invasiones militares. En ocasiones
se erosionan lentamente cuando olvidan quiénes son, dejan de transmitir su
legado y renuncian a defender aquello que las hizo reconocibles.
España tiene más de dos mil
años de historia, una lengua compartida por cientos de millones de personas
y un patrimonio cultural extraordinario. Nada de ello está garantizado para
siempre. Las naciones no se conservan por inercia; se preservan cuando sus
ciudadanos consideran que merece la pena protegerlas.
No se trata de levantar muros
contra el mundo ni de rechazar a quienes llegan con voluntad de integrarse y
contribuir al país. Se trata de recordar una verdad elemental: ninguna
sociedad puede mantener una identidad sólida si deja de valorar y transmitir
su propia herencia cultural.
Porque un
pueblo que olvida quién es termina aceptando que otros decidan qué será. Y
ese sería, probablemente, el mayor fracaso de España.
Jueves 16 de
Julio
Gobernar un pueblo II
Un pueblo no prospera por
casualidad. Prospera cuando quienes tienen la responsabilidad de gobernarlo
entienden que su principal misión no es ocupar un cargo, sino mejorar la
vida de quienes lo habitan.
Ser alcalde o concejal de un
pequeño municipio no debería ser un título honorífico, sino un compromiso diario
con los vecinos. En la España vaciada, donde la despoblación amenaza la
supervivencia de cientos de pueblos, la gestión municipal adquiere una
importancia decisiva. Cada decisión cuenta. Cada mejora, por pequeña que
parezca, puede marcar la diferencia entre un pueblo que languidece y otro que
conserva la esperanza.
La labor de un Ayuntamiento
comienza por atender lo más cercano, lo que afecta a la vida cotidiana. Calles
en buen estado, aceras que permitan caminar con seguridad, una iluminación
adecuada, señalización eficaz, badenes donde sean necesarios, espejos en cruces
peligrosos, caminos rurales limpios y transitables, cortafuegos que reduzcan el
riesgo de incendios y solares desbrozados para evitar peligros y ofrecer una
imagen digna del municipio. No son grandes obras de ingeniería; son actuaciones
sencillas que transmiten orden, seguridad y bienestar.
Pero hoy ya no basta con cuidar el
espacio físico. Un pueblo sin comunicaciones es un pueblo condenado al
aislamiento. La cobertura móvil y el acceso a internet de calidad han dejado de
ser un lujo para convertirse en un servicio esencial. Allí donde no llega la
conectividad, tampoco llegan las oportunidades, el teletrabajo, los nuevos
emprendedores ni muchos jóvenes que desearían regresar. Apostar por una red wifi
municipal o por mejorar las telecomunicaciones es apostar por el futuro.
Del mismo modo, un buen gobierno
municipal debe luchar por mantener los servicios básicos. La población de
nuestros pueblos está cada vez más envejecida y necesita disponer, en la medida
de lo posible, de atención sanitaria, farmacia, comercio de proximidad,
servicios bancarios y una administración accesible. Cuando desaparecen estos
servicios, también desaparecen los motivos para permanecer en el pueblo.
Es cierto que ningún alcalde puede
crear por sí solo empleo suficiente para retener a los jóvenes. Tampoco puede
competir con las oportunidades laborales o educativas de las grandes ciudades.
Sin embargo, sí puede crear las condiciones para que regresar al pueblo sea una
decisión atractiva. Un municipio limpio, bien cuidado, seguro, conectado y con
servicios es un lugar donde las familias desean pasar sus vacaciones, donde los
jubilados quieren disfrutar de su retiro y donde algunos jóvenes pueden
plantearse emprender o teletrabajar.
La despoblación no se combate
únicamente con grandes inversiones o promesas electorales. También se combate
con una gestión cercana, responsable y constante. Escuchando a los vecinos,
resolviendo los pequeños problemas antes de que se conviertan en grandes
conflictos y administrando los recursos públicos con rigor, transparencia y
sentido común.
Porque gobernar un pueblo no
consiste en inaugurar obras cada cuatro años ni en aparecer en las fotografías
de las fiestas patronales. Gobernar es servir. Es recorrer sus calles, conocer
sus necesidades, anticiparse a los problemas y trabajar con la satisfacción
silenciosa de saber que, gracias a ese esfuerzo, la vida de los vecinos es un
poco más cómoda, más segura y más digna.
El mejor legado que puede dejar un
alcalde no es una placa con su nombre ni un monumento a su gestión. Es un pueblo
más habitable que el que encontró al llegar. Un pueblo donde las personas
quieran quedarse, regresar o volver cada verano con el orgullo de comprobar que
alguien ha trabajado para que su tierra siga teniendo futuro.
Porque un
pueblo cuidado es un pueblo vivo. Y mantener viva la España rural es, quizá, una
de las mayores responsabilidades que pueden asumir quienes tienen el honor de
representarla.
Martes 14 de
Julio
Gobernar un pueblo I
Hay quienes creen que ser alcalde de
un pequeño pueblo consiste en
presidir las fiestas patronales,
cortar alguna cinta de vez en cuando
y asistir a los actos oficiales.
Nada más lejos de la realidad.
Gobernar un municipio, especialmente
en la España vaciada, es asumir la
enorme responsabilidad de luchar
cada día contra el abandono, el
envejecimiento y la despoblación. Un
alcalde no puede impedir que los
jóvenes busquen un futuro
profesional en las grandes ciudades,
pero sí puede hacer que el pueblo
siga siendo un lugar digno donde
regresar, donde pasar las
vacaciones, donde disfrutar de la
jubilación o incluso donde emprender
una nueva forma de vida. Y esa
diferencia depende, en gran medida,
de la calidad de la gestión
municipal.
Los vecinos no necesitan discursos
grandilocuentes. Necesitan
soluciones. Servicios públicos
eficientes. Calles bien
pavimentadas, aceras seguras,
caminos transitables, cruces
correctamente señalizados, badenes
donde sean necesarios, solares
limpios, cortafuegos eficaces y un
casco urbano cuidado. Necesitan un
pueblo ordenado, limpio y seguro,
porque son precisamente esos
pequeños detalles los que hacen
agradable la vida diaria. Sin
embargo, en el siglo XXI existe una
infraestructura tan importante como
el agua o la electricidad: las
telecomunicaciones. Un pueblo sin
cobertura móvil o sin acceso a
internet de calidad está condenado a
quedarse fuera del progreso. Hoy
resulta imposible atraer nuevos
vecinos, favorecer el teletrabajo o
impulsar pequeños negocios si las
comunicaciones digitales son
deficientes. La conectividad ya no
es un lujo; es una necesidad
imprescindible para sobrevivir.
Igualmente esencial es mantener
vivos los servicios públicos y
básicos. Sanidad, farmacia, pequeños
comercios, atención bancaria,
transporte y una administración
cercana son pilares fundamentales
para una población cada vez más
envejecida. Cada servicio que
desaparece supone una razón más para
que un vecino termine marchándose. Y
cuando un pueblo pierde vecinos,
pierde también parte de su alma.
Pero gobernar bien no consiste
únicamente en invertir dinero.
Consiste, sobre todo, en gestionar
con inteligencia, priorizar las
verdaderas necesidades y administrar
cada euro como si fuera propio. Hay
ayuntamientos con presupuestos
modestos que logran pueblos
ejemplares gracias al trabajo
constante y al sentido común. Y
también existen otros con más
recursos donde la desidia termina
convirtiéndose en abandono.
La política municipal debería estar
muy por encima de las siglas. En un
pueblo pequeño no hay adversarios
políticos; hay vecinos. Las calles
no entienden de ideologías, los
baches no distinguen entre votantes
y las necesidades de una persona
mayor no dependen del partido al que
haya apoyado en las elecciones.
Cuando un alcalde olvida esta
realidad, deja de representar a todo
el pueblo para convertirse
únicamente en representante de una
parte. Los pueblos de la España
rural no necesitan promesas
imposibles ni proyectos faraónicos
destinados a llenar titulares.
Necesitan alcaldes que escuchen más
de lo que hablan, que recorran sus
calles con frecuencia, que conozcan
cada problema y que entiendan que su
obligación es facilitar la vida de
quienes han decidido permanecer en
el pueblo.
La verdadera grandeza de un alcalde
no se mide por el número de
fotografías publicadas ni por los
discursos pronunciados durante las
fiestas. Se mide por el estado de
sus calles, por la limpieza de su
municipio, por la seguridad de sus
vecinos, por la calidad de sus
servicios y por el orgullo con el
que los hijos y los nietos regresan
cada verano a la tierra donde
nacieron sus mayores.
La España vaciada no se salvará
únicamente desde los despachos de
Madrid o de las comunidades
autónomas. También se salvará desde
cada ayuntamiento, desde cada pleno
municipal, mejorando las carencias
mas significativas: Abastecimiento
de Agua (lo mas importante),
iluminación de zonas oscuras,
limpieza de huertos y solares,
pavimentación de las calles,
perfilar aceras, señalamiento de
cruces y placas de tráfico,
cobertura móvil, prevención de
incendios, servicios públicos, etc,
etc.
Domingo 12 de
Julio
Votar
en España se ha vuelto un deporte de "riesgo"
Acudir a las urnas en
España se ha convertido en un ejercicio de equilibrismo mental
donde el ciudadano ya no elige un futuro, sino que decide qué
tipo de incertidumbre está dispuesto a tolerar. La cercanía de
las elecciones generales no despierta ilusión, sino un profundo
desconcierto. Nos encontramos ante un tablero político blindado
en dos bloques monolíticos que obligan al votante a elegir entre
la erosión institucional o el riesgo del retroceso social, un
dilema asfixiante que deja al descubierto la absoluta
desprotección del e lectorado
moderado.
Por un lado, el bloque
del PSOE intenta capitalizar la bandera del progreso, el
bienestar social y la conquista de derechos civiles
consolidados. Sin embargo, ese balance palidece para muchos ante
un peaje que resulta inasumible: un goteo constante de sospechas
de corrupción que ya cerca al propio entorno del Ejecutivo, una
preocupante dependencia de pactos con el independentismo y los
herederos de Bildu, y una flagrante falta de palabra por parte
de un liderazgo que ha convertido el cambio de opinión en su
única doctrina. Frente a esto, la alternativa del PP se presenta
como un motor de gestión, pero arrastra el pesado lastre de su
pasado y, sobre todo, el fantasma de sus alianzas. El temor a
que la dependencia de VOX se traduzca en un hachazo brutal a la
sanidad y la educación públicas, la congelación de pensiones o
salarios, y una regresión de derechos conquistados bajo el ala
de un conservadurismo rancio, paraliza a gran parte de la
sociedad.
La situación se vuelve mas
pestilente, cuando compruebas como los políticos asumen la falta de
escrúpulos, de dignidad y de conciencia ante tanta corrupción y podredumbre,
en la misma medida que aceptan la necesidad de seguir recibiendo los sueldos
públicos, sus privilegios y poltronas sin los cuales no podrían sobrevivir
al haber hecho de la política su medio de vida. Esta es la verdadera
naturaleza de la política y los políticos
El verdadero drama de
la España actual no es la existencia de la izquierda o de la
derecha, sino la absoluta desertización del centro político. Con
la desaparición de proyectos bisagra como Ciudadanos o UPyD, se
dinamitaron los puentes de la moderación. Ya no quedan fuerzas
capaces de embridar a los dos gigantes y obligarlos a pactar
hacia el centro en lugar de radicalizarse hacia los extremos.
Sin ese amortiguador, la política se ha vuelto un juego de
trincheras donde la polarización es la única moneda de cambio.
Nos tememos lo peor de cada bando porque ambos han demostrado
ser impredecibles en sus cesiones con tal de alcanzar o mantener
el poder. Al final, despojados de la ilusión, el próximo año de
las elecciones muchos españoles no votarán a favor de un
proyecto de país, sino en contra de sus propios temores, con la
incómoda certeza de que, elija lo que elija, el ciudadano de a
pie siempre termina perdiendo algo por el camino
Sábado 11 de
Julio
El laberinto del voto vs El
riesgo de decidir el voto en España
La cercanía de las próximas
elecciones generales vuelve a activar en muchos ciudadanos ese runrún
incómodo que mezcla la responsabilidad cívica con el desconcierto más
absoluto. No nos engañemos: acudir a las urnas se ha convertido para una
gran parte del electorado en un ejercicio de equilibrismo mental. El dilema
entre las dos grandes fuerzas mayoritarias, PSOE y PP, ya no se resume en
una simple simpatía ideológica, sino en un complejo balance de daños. ¿Cómo
hemos llegado al punto de tener que votar con la pinza en la nariz?
Las dos caras de la misma
moneda bipartidista
Si analizamos el tablero
actual, los argumentos a favor y en contra de las principales siglas se
cancelan mutuamente, dejando al votante medio en una parálisis por análisis.
El bloque del PSOE: Avances sociales
bajo la sombra de la sospecha
-
La balanza positiva:
Quienes defienden la continuidad del Ejecutivo actual se apoyan en la
consolidación de derechos civiles clave (como las leyes de eutanasia o
el blindaje del aborto) y un enfoque volcado en el progreso y el
bienestar social.
-
El reverso oscuro:
El precio de ese balance parece ser, para muchos, demasiado alto. Los
goteos constantes de presunta corrupción que cercan al entorno del
Ejecutivo, los pactos de geometría variable con formaciones
independentistas y herederas de Bildu, y los giros de guion discursivos
de Pedro Sánchez (donde lo prometido en campaña rara vez sobrevive a la
investidura) generan una profunda crisis de desconfianza.
El bloque del PP: La promesa de gestión
ante el fantasma de los recortes
-
El reverso oscuro:
El principal escollo para la alternativa popular radica en la
dependencia de alianzas. El estigma de Vox en los gobiernos autonómicos
enciende las alarmas de un sector social que teme un retroceso drástico
de libertades, una influencia desmedida de la Iglesia en las aulas y un
impacto frontal en los servicios públicos, traduciéndose en recortes en
sanidad, educación y la congelación de salarios o pensiones. A esto se
suma el pesado lastre histórico de las tramas de corrupción que marcaron
su pasado.
La orfandad del centro político
El verdadero drama de la
España actual no es que existan opciones de izquierda o de derecha, sino
que el espacio
de la moderación ha quedado completamente desierto.
Con la desaparición práctica de
proyectos como Ciudadanos o UPyD, se ha dinamitado el puente de la
centralidad. No hay amortiguadores. Aquel partido bisagra capaz de pactar a
izquierda o derecha, forzando a los grandes a moderarse y a romper los
bloques inamovibles, hoy es un recuerdo nostálgico. Sin un centro fuerte, la
política española se ha convertido en un juego de extremos donde la
polarización es la única estrategia rentable.
¿Qué nos queda?
Ante esta diatriba, la
sensación de estar desamparados es lógica. Nos movemos por el miedo a "lo
que vendrá" en lugar de por la ilusión de "lo que se construirá". No sabemos
por dónde saldrán los bloques tras el escrutinio, pero el temor a sufrir las
consecuencias de sus peores versiones es real.
Votar en conciencia hoy no
es elegir el proyecto idóneo; es decidir qué incertidumbre estamos más
dispuestos a tolerar. La gran pregunta que nos queda por responder antes de
meter la papeleta en la urna es clara:
¿Preferimos arriesgarnos
a la erosión institucional o al retroceso social? El debate, como
siempre, está servido en los comentarios.
Martes 7 de Julio
Entre el
pan y el circo: ¿quién vigila mientras España se entretiene?
Hay una vieja expresión latina,
panem et circenses (pan y circo), que describía cómo el poder
mantenía tranquila a la población ofreciéndole alimento y entretenimiento en
lugar de participación política y pensamiento crítico. Más de dos mil años
después, muchos se preguntan si aquella estrategia sigue vigente bajo formas
diferentes.
Hoy el "circo" puede llamarse
fútbol, redes sociales, programas de entretenimiento o la última polémica
mediática que monopoliza titulares durante días. El "pan", para algunos,
adopta la forma de ayudas públicas, subsidios o políticas sociales que unos
consideran imprescindibles para proteger a los más vulnerables y otros
interpretan como instrumentos para generar dependencia política. Sea cual
sea la postura de cada ciudadano, la pregunta sigue siendo pertinente:
¿estamos prestando suficiente atención a lo realmente importante?
Mientras la opinión pública se
divide en discusiones superficiales, los grandes asuntos del Estado parecen
resolverse lejos del foco ciudadano. Pactos, estrategias de poder, luchas
internas, intereses económicos, presuntas redes de corrupción y maniobras
que rara vez ocupan el tiempo que merecen en el debate público alimentan la
sensación de que una parte esencial de la política transcurre en unas
"cloacas del poder" inaccesibles para la mayoría.
Quizá el mayor problema no sea
únicamente la corrupción, cuando existe y se demuestra, sino la creciente
desconfianza que ha generado en las instituciones. Cada nuevo escándalo,
cada caso judicial y cada enfrentamiento partidista erosionan un poco más la
credibilidad del sistema democrático. El ciudadano termina pensando que
todos juegan la misma partida mientras él únicamente observa desde la grada.
España parece encontrarse
atrapada en una polarización permanente. La derecha y la izquierda presentan
modelos muy distintos de sociedad, pero el debate público suele reducirse a
una confrontación constante que deja poco espacio para el análisis sereno.
Hay quienes temen que un
gobierno de derechas pueda limitar derechos sociales conquistados durante
décadas o reducir el papel del Estado del bienestar. Otros consideran que un
gobierno de izquierdas corre el riesgo de aumentar el gasto público hasta
niveles difíciles de sostener, favorecer una excesiva dependencia de las
ayudas estatales o tolerar prácticas clientelares que deterioren la calidad
institucional.
Probablemente ninguna de estas
visiones explica por sí sola la realidad, pero ambas reflejan preocupaciones
presentes en una parte de la sociedad española. Y quizás ahí reside el
verdadero desafío: cuando el miedo al adversario sustituye al debate sobre
las políticas, la democracia pierde calidad.
Existe además una cuestión
económica que no debería quedar relegada a un segundo plano. Un país puede
ampliar derechos y reforzar los servicios públicos, pero necesita una
economía capaz de financiarlos de forma sostenible. Del mismo modo,
perseguir únicamente el crecimiento económico sin proteger la cohesión
social puede generar desigualdad y fracturas difíciles de reparar.
Las pensiones, la sanidad, la
educación o la dependencia no son simples partidas presupuestarias;
constituyen pilares esenciales del contrato social. Sin embargo, tampoco
pueden sostenerse indefinidamente si las cuentas públicas se deterioran o la
deuda alcanza niveles que limiten el margen de actuación de futuros
gobiernos. La responsabilidad política consiste precisamente en encontrar
ese delicado equilibrio.
Quizá el mayor riesgo para
España no sea convertirse automáticamente en una dictadura de un signo u
otro, sino acostumbrarse poco a poco a una degradación de la calidad
democrática. Las democracias rara vez desaparecen de un día para otro;
suelen debilitarse lentamente cuando disminuye la independencia de las
instituciones, aumenta la confrontación permanente, se normaliza la
corrupción o los ciudadanos dejan de exigir transparencia y rendición de
cuentas.
La democracia no se pierde
únicamente por culpa de los gobernantes. También se debilita cuando la
ciudadanía renuncia a ejercer un espíritu crítico y acepta sin cuestionar
los relatos que mejor encajan con sus propias ideas.
Quizá haya llegado el momento
de levantar la vista del espectáculo. De exigir explicaciones en lugar de
consignas. De premiar la gestión por encima del marketing político y la
propaganda. Porque mientras discutimos apasionadamente sobre el último
titular o el resultado del partido del fin de semana, las decisiones que
realmente marcarán el futuro del país continúan tomándose, muchas veces,
lejos del foco mediático.
Una democracia sana necesita
ciudadanos informados, críticos y participativos. El verdadero antídoto
contra el "pan y circo" no consiste en eliminar el entretenimiento ni las
políticas sociales, sino en impedir que se conviertan en una distracción
permanente que nos haga olvidar quién administra el poder y con qué
responsabilidad.
Porque
cuando un pueblo deja de vigilar a quienes gobiernan, otros terminan
decidiendo por él.
Domingo 5 de
Julio
Cuando una carrera
universitaria ya no garantiza el futuro laboral
Este País se va a la mierda...
Durante décadas, estudiar una carrera
universitaria fue presentado como el camino más seguro hacia un futuro
mejor. Se nos dijo que el esfuerzo tendría recompensa, que los años de
estudio, los sacrificios económicos de las familias y las noches de exámenes
abrirían las puertas a una vida profesional estable y digna. Hoy, esa
promesa se ha debilitado hasta el punto de que muchos jóvenes la consideran
poco más que una ilusión.
En España, obtener un título
universitario ya no garantiza encontrar un empleo relacionado con la
formación recibida. Miles de graduados terminan aceptando trabajos que no
requieren cualificación alguna, simplemente porque no existen suficientes
oportunidades en sus sectores o porque las condiciones laborales son
incompatibles con una vida independiente. Lo que debía ser una inversión en
conocimiento y futuro acaba convirtiéndose, en demasiados casos, en una
enorme frustración.
Quienes logran incorporarse al
mercado laboral tampoco encuentran el escenario que esperaban. Los contratos
temporales, la incertidumbre constante y unos salarios que apenas permiten
llegar a fin de mes dibujan una realidad muy distinta a la que vivieron
generaciones anteriores. Resulta paradójico que una persona con estudios
superiores tenga serias dificultades para pagar un alquiler, ahorrar o
plantearse formar una familia.
Ante esta situación, muchos jóvenes
optan por hacer las maletas. La fuga de talento no es una excepción, sino
una consecuencia lógica de un mercado laboral incapaz de absorber y valorar
a quienes ha formado. España invierte durante años en la educación de miles
de profesionales que, finalmente, terminan desarrollando su carrera en otros
países donde encuentran mejores oportunidades, mayor estabilidad y salarios
acordes con su preparación. Es un fracaso que pagamos entre todos.
Mientras tanto, el discurso oficial
suele destacar el crecimiento económico y la creación de empleo como prueba
de que el país avanza. Sin embargo, las cifras macroeconómicas no siempre
reflejan la realidad cotidiana. Tener más empleo no significa necesariamente
tener mejor empleo. Un contrato precario, con un salario insuficiente y
escasas posibilidades de desarrollo profesional difícilmente puede
considerarse un éxito.
La situación de los jóvenes es
especialmente preocupante. Aunque el empleo juvenil ha mejorado respecto a
los peores años de la crisis, España continúa situándose entre los países
con mayor tasa de paro juvenil de la Unión Europea, muy por encima de la
media comunitaria. Este dato pone de manifiesto que los avances siguen
siendo insuficientes y que el acceso al mercado laboral continúa siendo uno
de los principales desafíos para toda una generación.
Las consecuencias son visibles. La
edad de emancipación no deja de retrasarse, miles de jóvenes continúan
viviendo con sus padres o incluso con sus abuelos porque su salario no les
permite asumir el coste de una vivienda. Comprar una casa es, para muchos,
una posibilidad remota, y hasta gastos cotidianos que antes parecían
normales hoy requieren hacer números constantemente.
No se trata únicamente de una
cuestión económica. Cuando una sociedad transmite a sus jóvenes que el
esfuerzo, la formación y el mérito no bastan para construir un proyecto de
vida, corre el riesgo de alimentar el desencanto, la resignación y la
pérdida de confianza en las instituciones. Una economía que presume de
crecer mientras buena parte de su juventud apenas puede independizarse está
dejando demasiadas preguntas sin responder.
Naturalmente, esta realidad no
afecta por igual a todas las titulaciones ni a todos los sectores. Existen
profesiones con una elevada demanda y otras con mejores perspectivas
laborales. Pero el problema de fondo sigue siendo evidente: el mercado
laboral español continúa ofreciendo, en demasiados casos, empleo de baja
calidad, salarios insuficientes y una estabilidad muy inferior a la que
cabría esperar en una economía desarrollada.
La solución no pasa únicamente por
crear más puestos de trabajo, sino por generar empleo de calidad, favorecer
la innovación, impulsar sectores de alto valor añadido y establecer
políticas que permitan retener el talento que se forma en nuestras
universidades. De lo contrario, seguiremos exportando a nuestros mejores
profesionales mientras importamos resignación.
Una carrera universitaria debería seguir siendo una
herramienta para ampliar oportunidades, no una apuesta incierta cuyo
resultado depende más de la suerte que del esfuerzo realizado. Si queremos
un país competitivo, moderno y con futuro, no basta con presumir de
crecimiento económico: hay que conseguir que ese crecimiento llegue también
a quienes representan el futuro de España.
Miércoles 1
de Julio
La regularización: una irresponsabilidad de
consecuencias históricas
Hay decisiones políticas que
marcan una legislatura y otras que pueden marcar el futuro de un país
durante generaciones. La regularización masiva de inmigrantes promovida
por el Gobierno de Pedro Sánchez pertenece, a mi juicio, a esta segunda
categoría. No por el número de personas afectadas, sino por el mensaje
que transmite y por las consecuencias que puede desencadenar. Se prevé
que con esta medida se aumente el censo electoral extranjero en
mas de 2.500.00 personas, lo que permitiría a Sánchez ganar por mayoría
las elecciones generales del 31.
Cuando un Estado envía la señal de
que entrar de forma irregular puede terminar convirtiéndose, tarde o
temprano, en un permiso de residencia, el efecto es inevitable: España deja
de ser un país con una política migratoria exigente para convertirse en el
destino donde siempre existe la esperanza de conseguir los papeles. Es una
decisión que muchos interpretarán como una invitación a venir, y ese es un
riesgo que ningún Gobierno responsable debería ignorar.
Mientras otros países europeos
endurecen sus políticas migratorias y refuerzan el control de sus fronteras,
España parece avanzar en la dirección contraria. La consecuencia puede ser
que nuestro país soporte una presión migratoria creciente, con un impacto
directo sobre unos servicios públicos que ya muestran signos evidentes de
saturación. La sanidad, la educación, la vivienda o los servicios sociales
no son recursos ilimitados. Cada decisión política tiene un coste, y ese
coste acaba recayendo sobre el conjunto de los ciudadanos.
El Gobierno presenta la
regularización como un ejercicio de humanidad. Nadie discute que detrás de
muchos inmigrantes hay historias personales difíciles. Pero la solidaridad
no puede confundirse con la ausencia de planificación. Un Estado también
tiene la obligación de proteger la cohesión social, garantizar el
cumplimiento de la ley y administrar unos recursos que pertenecen a todos.
Existe, además, otra realidad
incómoda de la que apenas se habla: las mafias. Cada expectativa de una
futura regularización supone un argumento más para quienes trafican con
seres humanos. Les basta con prometer que, una vez en España, tarde o
temprano llegarán los papeles. Los grandes beneficiados de estas
políticas no siempre son los inmigrantes; muchas veces son las
organizaciones criminales que hacen negocio con su desesperación.
Y luego está la cuestión política.
Una parte importante de la sociedad sospecha que esta regularización podría
tener también una lectura electoral. No existen pruebas públicas que
permitan afirmar que ese sea el objetivo del Gobierno, pero tampoco puede
ignorarse que una medida de semejante alcance alimenta inevitablemente ese
debate. Cuando las decisiones afectan potencialmente al futuro censo
electoral, la transparencia debería ser absoluta para disipar cualquier
duda. En democracia, las apariencias también importan.
Lo más preocupante no es solo el
presente, sino el futuro. La integración exige empleo, vivienda, educación,
conocimiento del idioma cuando sea necesario y aceptación de las normas y
valores constitucionales. Sin una integración efectiva, cualquier incremento
rápido de la población puede generar tensiones sociales, favorecer la
aparición de guetos y alimentar el enfrentamiento político. La convivencia
no se decreta; se construye con tiempo, recursos y responsabilidad.
Tampoco puede olvidarse que España
forma parte de la Unión Europea. Las decisiones adoptadas en materia
migratoria no terminan en nuestras fronteras. Si España se convierte en la
puerta de entrada más atractiva del continente, el impacto acabará afectando
también al resto de socios europeos y reabrirá un debate que ya divide
profundamente a la Unión.
Gobernar exige pensar más allá del
titular del día. La inmigración debe gestionarse con humanidad, sí, pero
también con firmeza, con planificación y con sentido de Estado. Una
regularización masiva sin un plan integral corre el riesgo de convertirse en
un parche político con consecuencias duraderas.
Las fronteras existen para ser controladas. Las leyes
existen para ser cumplidas. Y la solidaridad solo es sostenible cuando va
acompañada de responsabilidad. Convertir la excepcionalidad en norma nunca
ha sido una buena política. Si España acaba pagando las consecuencias de
esta decisión, quienes hoy la presentan como un gesto de progreso tendrán
que asumir mañana la responsabilidad de sus efectos.

Sábado 27 de
Junio
La democracia
secuestrada
Hay momentos en la historia de
un país en los que el silencio deja de ser prudencia para convertirse en
complicidad. España se acerca peligrosamente a uno de esos momentos.
Cuando un presidente ignora el
mandato político de la mayoría parlamentaria, desprecia los mecanismos de
control y actúa como si las instituciones fueran un mero decorado, deja de
gobernar para todos y empieza a gobernar únicamente para sí mismo. No es
solo una cuestión de legalidad. Es una cuestión de cultura democrática.
El poder tiene una enfermedad
incurable: nunca se conforma. Siempre quiere un poco más. Más control, más
influencia, más silencio, menos contrapesos. Y cuando descubre que puede
desafiar las reglas sin pagar un precio político, da el siguiente paso.
Después otro. Y otro. Así es como las democracias no suelen morir de un
golpe. Mueren lentamente, anestesiadas, mientras muchos repiten que no pasa
nada.
No hace falta que España copie
exactamente el modelo venezolano para acabar padeciendo una degradación
institucional. Cada país encuentra su propio camino hacia el deterioro
democrático. Unos manipulan tribunales. Otros colonizan organismos públicos.
Otros convierten los medios en altavoces del poder. El resultado siempre es
el mismo: instituciones cada vez más débiles y ciudadanos cada vez más
indefensos.
La pregunta ya no es qué está
haciendo el Gobierno. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a tolerar
como sociedad.
Porque la democracia no
consiste únicamente en depositar una papeleta cada cuatro años. La
democracia exige límites al poder, respeto a las instituciones, rendición de
cuentas y la posibilidad real de exigir responsabilidades a quien gobierna.
Cuando esos pilares empiezan a resquebrajarse, no estamos ante una simple
disputa política; estamos ante un problema que afecta a todos, voten a quien
voten.
Los españoles deberían
abandonar de una vez la comodidad del espectador. La libertad nunca está
garantizada para siempre. Se conserva exigiendo transparencia, defendiendo
la separación de poderes, denunciando los abusos y utilizando todos los
instrumentos que proporciona un Estado de derecho para impedir que nadie
convierta las instituciones en patrimonio personal.
El verdadero peligro no es un
gobernante concreto. El verdadero peligro es acostumbrarse a que el poder no
tenga límites.
Y cuando
una sociedad se acostumbra a eso, la democracia ya ha empezado a perderse
mucho antes de que alguien se atreva a reconocerlo.
Viernes 26 de
Junio
Elecciones: el riesgo de un pucherazo silencioso
La democracia no suele morir de un día para otro. No
siempre necesita tanques en las calles ni golpes militares. A veces basta
con ir modificando poco a poco las reglas del juego hasta que las elecciones
dejan de ser una competición en igualdad de condiciones. Es un proceso más
sutil, más difícil de detectar y, precisamente por ello, más peligroso.
España atraviesa uno de los momentos de mayor polarización política de su
historia reciente.
La desconfianza hacia las instituciones aumenta conforme
estas parecen perder la independencia que exige una democracia madura. El
control político de órganos constitucionales, la creciente influencia del
Gobierno sobre instituciones llamadas a ser neutrales y el uso partidista de
determinadas leyes alimentan una preocupación que ya no puede despacharse
como una simple teoría conspirativa: la posibilidad de que las próximas
elecciones no se desarrollen en condiciones de absoluta igualdad. No se
trata de afirmar que vaya a producirse un fraude electoral clásico, con
urnas manipuladas o actas falsificadas. Ese modelo pertenece a otra época.
Las democracias modernas pueden deteriorarse de maneras
mucho más sofisticadas. Uno de los aspectos que más debate suscita es la
ampliación extraordinaria del censo electoral derivada de la Ley de Memoria
Democrática. La posibilidad de conceder la nacionalidad española a
descendientes de antiguos exiliados responde a una decisión política
legítima, pero también plantea interrogantes sobre sus efectos electorales
cuando el volumen de nuevos votantes alcanza cifras de millones de
solicitudes. La pregunta no es si esas personas tienen o no derecho a
obtener la nacionalidad según la ley vigente. La cuestión es si un Gobierno
puede modificar de forma tan significativa el cuerpo electoral pocos meses
antes de unas elecciones sin generar una enorme sospecha política.
Más aún cuando esos nuevos electores pueden influir en
circunscripciones especialmente disputadas. A ello se suma un elemento
inquietante: los precedentes. Las conversaciones conocidas sobre las
primarias socialistas, en las que aparecían instrucciones para completar
votos pendientes, deterioraron la confianza de muchos ciudadanos en la
cultura democrática del partido que hoy gobierna. Aunque unas primarias
internas no equivalen a unas elecciones generales, sí proyectan una imagen
preocupante sobre la importancia que algunos dirigentes conceden al respeto
escrupuloso de las normas. La democracia se sostiene sobre un principio muy
sencillo: no basta con que las elecciones sean limpias; también deben
parecerlo.
Cuando una parte importante de la ciudadanía empieza a
sospechar que las reglas pueden modificarse en beneficio del poder, el
sistema entra en una peligrosa espiral de deslegitimación. Las comparaciones
con países donde las elecciones han perdido credibilidad deben manejarse con
prudencia. España continúa siendo una democracia con mecanismos de control,
administración electoral independiente y observación pública del proceso.
Sin embargo, ninguna democracia está inmunizada frente al deterioro
institucional. La historia demuestra que las libertades rara vez desaparecen
de golpe; suelen erosionarse mediante pequeñas decisiones que, tomadas
aisladamente, parecen insignificantes.
Por eso resulta imprescindible exigir la máxima
transparencia en el censo electoral, reforzar los mecanismos de
fiscalización independientes, garantizar la neutralidad de las instituciones
y facilitar la observación pública de todo el proceso electoral. No porque
existan pruebas de un fraude inminente, sino precisamente para evitar que
algún día puedan existir. La democracia no consiste únicamente en depositar
una papeleta en una urna. Consiste en que todos los ciudadanos tengan la
certeza de que esa papeleta vale exactamente lo mismo que cualquier otra y
que nadie, desde el poder, puede alterar las reglas para perpetuarse en él.
Cuando esa certeza desaparece, la democracia empieza a
perder su esencia, aunque las urnas sigan colocándose el día de las
elecciones.
Viernes 26 de
Junio
Políticos
y truhanes
Vivimos un momento de profunda
desafección política. Cada vez son más los ciudadanos que sienten que
quienes deberían representar el interés general han terminado priorizando su
propia supervivencia política. Cuando un gobierno, sea del signo que sea,
reduce el papel del Parlamento, gobierna mediante mecanismos excepcionales
de forma reiterada o convierte la confrontación permanente en una estrategia
de poder, la calidad democrática se resiente y la confianza de los
ciudadanos se erosiona.
A esa percepción se suma otro
problema aún más grave: la corrupción. Cada caso de dinero público
malversado, de tráfico de influencias, de nepotismo o de utilización de las
instituciones para proteger intereses particulares supone una traición al
principio básico del servicio público. La política deja entonces de ser un
instrumento para mejorar la vida de las personas y pasa a percibirse como un
espacio donde algunos buscan preservar privilegios, influencia y poder.
Mientras tanto, millones de
ciudadanos afrontan una realidad muy distinta. Familias que ven cómo el
coste de la vivienda, la alimentación y la energía sigue aumentando;
trabajadores y autónomos que sienten una creciente presión fiscal; jóvenes
que encuentran enormes dificultades para construir un proyecto de vida;
pensionistas preocupados por el futuro. Esa distancia entre la vida
cotidiana de la sociedad y la realidad que proyecta la clase política
alimenta un malestar cada vez más profundo.
Sin embargo, conviene evitar
una conclusión que sería tan injusta como peligrosa: identificar a toda la
política con la corrupción o asumir que todas las instituciones han dejado
de funcionar. España sigue siendo una democracia con elecciones libres, una
justicia independiente (aunque sometida a tensiones y críticas), medios de
comunicación plurales y organismos de control que continúan investigando y
llevando ante los tribunales los casos de corrupción. Precisamente porque
existen esos contrapesos, muchos de esos escándalos llegan a conocerse.
La crítica a quienes abusan del
poder es no solo legítima, sino necesaria. Pero esa crítica gana fuerza
cuando se apoya en hechos y no en la descalificación absoluta del sistema.
Una democracia no se fortalece destruyendo la confianza en todas sus
instituciones, sino exigiendo más transparencia, más rendición de cuentas,
una separación efectiva de poderes y una mayor responsabilidad política.
La
verdadera fortaleza de una democracia no reside en que sus gobernantes sean
perfectos, sino en que existan mecanismos capaces de controlar sus excesos,
investigar sus errores y permitir que los ciudadanos, con su voto y mediante
las instituciones, puedan exigir responsabilidades. Ahí es donde debe
centrarse el debate: no en defender a unos u otros, sino en defender unas
reglas del juego que estén por encima de cualquier partido o dirigente.
Domingo 21 de
Junio
España es el
país de la mayor titulitis universitaria, pero líder en paro juvenil
Durante décadas se ha
transmitido a los jóvenes españoles una idea aparentemente incuestionable:
estudiar Bachillerato, acceder a la universidad y obtener un título superior
era la mejor garantía para conseguir un empleo estable y bien remunerado.
Sin embargo, la realidad del mercado laboral español parece demostrar que
esta fórmula ya no funciona como se prometía. España es uno de los países
europeos con mayor porcentaje de jóvenes con estudios superiores, y sin
embargo, también lidera desde hace años las estadísticas de desempleo
juvenil mejor formado.
El problema no radica
en que existan demasiados universitarios, sino en que la estructura
productiva española es incapaz de absorber una parte importante de ese
capital humano altamente cualificado. Como consecuencia, miles de graduados
y titulados universitarios terminan desempeñando trabajos para los que no se
requiere su nivel de formación. Es habitual encontrar licenciados, graduados
e incluso personas con másteres tra bajando
como camareros, ayudantes de cocina, dependientes o empleados de servicios
que requieren poca cualificación. Mientras, las familias, los
estudiantes y el propio Estado invierten años y recursos económicos en
formar profesionales que posteriormente no encuentran oportunidades acordes
con sus conocimientos, pero es la Formación Profesional la que continúa
arrastrando un injusto estigma social.
Durante años se ha considerado una opción de segundo nivel frente a la
universidad, cuando la realidad demuestra precisamente lo contrario.
Numerosos ciclos de Formación Profesional Básica, Media y Superior presentan
elevados niveles de inserción laboral y responden mejor a las necesidades
reales de las empresas. Los datos son especialmente reveladores. Mientras
que el itinerario tradicional de ESO, Bachillerato y Universidad se enfrenta
a tasas de desempleo juvenil cercanas al 36 %, los jóvenes que optan por la
Formación Profesional presentan cifras significativamente inferiores, en
torno al 12 %. Es decir, la ruta educativa que socialmente se ha considerado
más prestigiosa no siempre es la que ofrece mayores oportunidades laborales.
A esta situación se suma otro problema cada vez más grave: la precariedad
salarial y el elevado coste de la vivienda. Muchos jóvenes cualificados,
incluso cuando consiguen empleo, se encuentran con salarios insuficientes
para desarrollar un proyecto de vida independiente. En numerosas ciudades
españolas, el alquiler absorbe más de la mitad del sueldo de un trabajador
medio, dificultando enormemente la emancipación. Ante este panorama, miles
de jóvenes optan por emigrar. Buscan en otros países aquello que España no
les ofrece: empleos acordes con su formación, mejores salarios, mayores
posibilidades de desarrollo profesional y un acceso más razonable a la
vivienda.
Quizá haya llegado el momento de abandonar ciertos prejuicios educativos y
reconocer que el éxito profesional no depende exclusivamente de acumular
títulos universitarios. La Formación Profesional merece un mayor
reconocimiento social e institucional, porque en muchos sectores constituye
la vía más eficaz para acceder a empleos estables, especializados y bien
remunerados. España necesita reequilibrar su sistema educativo y aproximarlo
a las necesidades reales de su mercado laboral. No se trata de restar valor
a la universidad, cuya función es esencial para el progreso científico,
tecnológico y cultural del país. Se trata de comprender que no todos los
jóvenes deben recorrer el mismo camino y que una economía moderna necesita
tanto excelentes universitarios como excelentes técnicos cualificados.
Mientras sigamos identificando el prestigio con la universidad y
considerando la Formación Profesional como una alternativa menor, seguiremos
alimentando una paradoja difícil de justificar: formar cada vez a más
titulados para que terminen ocupando empleos que no requieren la formación
que han recibido o buscando fuera de nuestras fronteras las oportunidades
que aquí no encuentran.
Miércoles 17
de Junio
Las buenas gentes del pueblo
Los pueblos suelen evocar imágenes de tranquilidad, cercanía humana,
solidaridad y una forma de vida más pausada que la de las grandes ciudades.
Son, para muchos, refugios donde escapar del estrés cotidiano y
reencontrarse con las raíces, la naturaleza y la autenticidad. Pero no nos
engañemos, junto a esa imagen idealizada existe otra realidad menos amable
de la que rara vez se habla abiertamente. En algunos pequeños núcleos
rurales persisten comportamientos y dinámicas sociales que pueden llegar a
convertir la vida de ciertas personas en una experiencia amarga.
La envidia, el resentimiento, las rivalidades personales, los prejuicios y
las viejas rencillas familiares continúan teniendo un peso excesivo en
determinados entornos donde todos se conocen y donde la privacidad resulta
casi imposible. Existe un viejo dicho que afirma que «nadie es profeta en su
tierra». Pocas expresiones reflejan tan bien lo que muchas personas han
experimentado en sus propios pueblos. No importa cuánto haya trabajado
alguien para formarse, cuánto haya contribuido a la sociedad o cuántos
éxitos profesionales haya alcanzado.
A menudo, quienes mejor conocen su trayectoria son precisamente quienes más
empeño ponen en minimizarla. Algunas personas parecen incapaces de aceptar
que un vecino destaque por sus méritos, su esfuerzo o sus capacidades. En
lugar de sentir orgullo por los logros de uno de los suyos, optan por la
crítica constante, el descrédito o la búsqueda de cualquier defecto que
permita rebajar su imagen. La admiración deja paso a la sospecha; el
reconocimiento, a la descalificación. Esta actitud suele verse reforzada por
la existencia de camarillas o grupos cerrados que ejercen una influencia
considerable sobre la opinión colectiva. En ocasiones, bastan rumores
infundados o comentarios malintencionados para construir una versión
distorsionada de la realidad que termina imponiéndose como verdad.
El chisme se convierte entonces en una forma de entretenimiento y, al mismo
tiempo, en una herramienta de control social. Las conversaciones de
corrillo, aparentemente inocentes, pueden transformarse en espacios donde se
juzga, se exagera y se condena sin pruebas. Las habladurías, las
difamaciones y las medias verdades circulan con rapidez en lugares donde las
noticias vuelan de puerta en puerta. El daño que provocan puede ser
profundo, especialmente cuando afectan a la reputación de personas honestas
que simplemente desean vivir en paz.
Resulta especialmente triste comprobar cómo algunas iniciativas positivas
son recibidas con hostilidad por el simple hecho de proceder de alguien que
despierta recelos o envidias. Hay quienes prefieren obstaculizar un proyecto
beneficioso para todos antes que permitir que otra persona obtenga
reconocimiento por haberlo impulsado. En esos casos, el interés colectivo
queda subordinado a rivalidades personales de escasa altura moral. Tampoco
es raro encontrar manifestaciones de caciquismo social, donde determinados
individuos o grupos consideran que poseen una autoridad informal para
decidir quién merece apoyo y quién debe ser marginado.
Quien no se somete a ciertas dinámicas o se atreve a expresar opiniones
distintas puede acabar sufriendo aislamiento, críticas constantes o una
presión social difícil de soportar. Lo más doloroso es que estas conductas
suelen afectar precisamente a quienes llegan al pueblo con buena voluntad.
Personas que desean colaborar, contribuir al bienestar común o simplemente
disfrutar de una convivencia respetuosa terminan encontrándose con un clima
de hostilidad inesperada. Con el tiempo, la decepción sustituye al
entusiasmo y muchos optan por marcharse para preservar su tranquilidad y su
dignidad. Por supuesto, sería injusto afirmar que todos los pueblos son así.
Existen innumerables localidades habitadas por personas generosas,
trabajadoras y solidarias que representan lo mejor del mundo rural.
Sin embargo, negar la existencia de estas conductas tóxicas tampoco ayuda a
resolverlas. Reconocer los problemas es el primer paso para combatirlos. La
España rural necesita infraestructuras, oportunidades y servicios para
afrontar el desafío de la despoblación. Pero también necesita fomentar una
cultura de respeto, tolerancia y reconocimiento mutuo. Ningún territorio
puede prosperar plenamente cuando el talento se castiga, la diferencia se
sospecha y el éxito ajeno se percibe como una amenaza. Los pueblos deberían
ser lugares donde las personas encuentren
apoyo, convivencia y serenidad.
Cuando la envidia, el rencor o la maledicencia ocupan ese espacio, el
resultado es exactamente el contrario: un entorno donde algunos terminan
sintiéndose extraños en su propia tierra. Y quizá no haya tristeza mayor que
verse obligado a alejarse del lugar que uno considera su hogar porque otros
han decidido convertir la convivencia en un campo de batalla.
Sábado 13 de
Junio
Jueves 11 de
Junio
El espejismo de la fe ante la
urgencia de la realidad
La reciente visita papal ha
vuelto a desplegar esa fastuosa maquinaria de liturgia, multitudes y cobertura
mediática a la que nos tiene acostumbrados el Vaticano. Para millones de fieles,
el evento se percibe como un hito espiritual indiscutible. Sin embargo, cuando
se disipa el humo de la parafernalia y se apagan los focos de la escenografía,
resulta imperativo plantear una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿qué le
queda a la ciudadanía una vez que el séquito se marcha?
La realidad de la sociedad
actual no se nutre de dogmas ni de promesas metafísicas. Los desafíos a los que
se enfrenta la población son profundamente terrenales, urgentes y dolorosos.
Hablamos de la imposibilidad de los jóvenes para acceder a una vivienda digna,
de salarios que no alcanzan a cubrir la cesta de la compra, de la precariedad
laboral, de la desprotección de la infancia y de la compleja gestión de las
crisis migratorias. Ante este panorama, cabe cuestionar qué soluciones concretas
aporta la presencia de un líder religioso a los Presupuestos Generales del
Estado o al bienestar material de los contribuyentes, quienes, a fin de cuentas,
sufragan los costes de estos despliegues.
La respuesta es ninguna. Desde
una perspectiva estrictamente racional y secular, el núcleo del problema radica
en el conformismo que la estructura eclesiástica tiende a inocular.
Históricamente, el relato religioso ha funcionado bajo una premisa de sumisión:
la promesa de una recompensa celestial en el más allá a cambio de la resignación
ante las injusticias del más acá. Se apela a un Dios teóricamente omnipotente y
bondadoso, pero cuya flagrante inacción ante las guerras, los genocidios, el
hambre y la enfermedad contradice esa supuesta naturaleza protectora.
Los defensores de la institución
argumentarán que el propósito de la Iglesia no es legislativo ni económico, sino
ofrecer consuelo moral y esperanza. No obstante, la esperanza no se traduce en
políticas públicas eficaces, ni en avances científicos, ni en una distribución
justa de la riqueza. Los problemas estructurales de una nación se resuelven
mediante el desarrollo económico, la educación crítica y el compromiso
ciudadano, no a través de ficciones intangibles.
El verdadero progreso de la
humanidad comenzará cuando se asuma de forma colectiva que las deidades son una
creación a imagen y semejanza del ser humano, y no al revés. Atribuir la
resolución de nuestras crisis a una entidad invisible solo posterga la búsqueda
de soluciones reales.
La fe puede ser un refugio
individual, pero cuando se pretende utilizar como respuesta a los problemas del
mundo real, se convierte en un costoso espejismo que no alimenta, no cura y no
emancipa.
Joder, que difícil es abrir a la
luz, a los que tienen la mente cerrada y cautiva.
Martes 9 de
Junio
Spain is different
La Iglesia recupera el poder
mediático y político al nivel de la dictadura Franquista
España retrocede 100 años. Derechos como el Aborto,
la Eutanasia, control inmigración y derechos LGBI, en peligro.
Cada vez que un Papa visita España
se produce un fenómeno que resulta difícil de comprender desde una
perspectiva estrictamente racional. Durante unos días, la atención mediática
se concentra en la Iglesia católica, los dirigentes políticos compiten por
aparecer junto a las autoridades eclesiásticas y una parte importante de la
sociedad parece olvidar décadas de escándalos, privilegios, persecuciones,
amenazas, oscuridad y controversias que acompañan y han acompañado a esta
institución a lo largo de la historia, sobre todo lo referente a la "plaga"
de la pederastia en el seno de la Iglesia, que siguen encubriendo y
tapando. Es curioso que sean las mujeres las mas cercanas a esta
institución, cuando han sido consideradas por la iglesia como seres
inferiores, sin alma y cuyo único fin (según la Iglesia) deber ser la
procreación y la sumisión al hombre en todos los aspectos.
Y lo sorprendente no es que existan
creyentes (aunque millones de ellos lo son por herencia de familia, escuela
o iglesia, no por revelación y mucho menos por elección), sino que solo
tienen facultad para seguir al rebaño, sin cuestionar ni discutir sus
creencias. En una sociedad libre, cada persona tiene derecho a profesar la
religión que considere oportuna por libre elección, no porque se la impongan
desde la infancia.. Lo verdaderamente llamativo es el enorme poder político
y mediático que sigue conservando la Iglesia en pleno siglo XXI, cuando gran
parte de Europa ha avanzado hacia una separación más clara entre las
convicciones religiosas y las decisiones del Estado. Sorprende que el
Gobierno progresista continúe mostrando una relación singular con la Iglesia
católica.
Y mientras España se presenta como
una democracia moderna, plural y secularizada, la Iglesia mantiene una
influencia eclesiástica difícil de encontrar en otros países europeos. Esa
influencia se refleja en la educación, en los actos oficiales, en la
financiación pública y en la capacidad de la jerarquía católica para
intervenir en debates políticos de enorme trascendencia social. La
contradicción alcanza su máxima expresión cuando gobiernos que se definen
como progresistas buscan la cercanía o el respaldo de una institución que
históricamente se ha opuesto a numerosos avances sociales. La Iglesia ha
combatido o cuestionado derechos que hoy forman parte de la realidad
jurídica española, como el aborto, la eutanasia o determinadas conquistas
relacionadas con la libertad individual.
Sin embargo, los responsables
políticos siguen considerando estratégicamente importante mantener una buena
relación con ella. Resulta inevitable preguntarse si esta actitud responde a
convicciones o a cálculos electorales. La Iglesia continúa representando una
importante bolsa de votantes y una extensa red de influencia social.
En un contexto de creciente
polarización política, pocos dirigentes parecen dispuestos a enfrentarse
abiertamente a una institución capaz de movilizar a millones de personas.
Todo ello ocurre pese a que la Iglesia arrastra uno de los mayores problemas
de credibilidad de su historia. Los casos de abusos sexuales a menores
cometidos por miembros del clero han sacudido a numerosos países durante
décadas. Aunque no todos los religiosos hayan participado en estos delitos,
la magnitud del problema y los intentos de ocultación documentados en
numerosos casos han dañado profundamente la autoridad moral de la
institución.
A ello se suma una contradicción
que muchos ciudadanos perciben con creciente incomodidad: una organización
que predica pobreza, humildad y desprendimiento material posee un inmenso
patrimonio acumulado durante siglos. Catedrales, palacios, oro, obras de
arte, bienes inmuebles, terrenos y recursos económicos conviven con un
discurso que exalta la austeridad y el sacrificio. La cuestión fundamental,
por tanto, no es por qué existen creyentes, sino por qué una institución tan
cuestionada conserva todavía semejante capacidad de influencia. La respuesta
probablemente se encuentre en la fuerza de la tradición, en el peso de la
historia y en una cultura donde la religión sigue formando parte de la
identidad colectiva de muchas personas, incluso de aquellas que apenas
practican la fe.
Sin embargo, una democracia madura
debería ser capaz de distinguir entre el respeto a las creencias
individuales y la concesión de privilegios políticos a una confesión
religiosa concreta. La libertad religiosa implica que cada ciudadano pueda
creer o no creer. Lo que no debería implicar es que una institución
religiosa conserve una posición de influencia privilegiada sobre decisiones
que afectan al conjunto de la sociedad. Quizá el verdadero debate no sea
sobre la fe, sino sobre el papel que debe desempeñar la religión en un
Estado moderno.
Y quizá España siga sin haber
resuelto una cuestión que otras democracias europeas afrontaron hace
décadas: si quiere ser un país plenamente secular o continuar mirando hacia
una tradición en la que el altar y el poder político siguen manteniendo una
relación demasiado estrecha.
Lunes 8 de
Junio
Un retroceso de cien
años: Eutanasia, aborto, derechos LGTBI y pensamiento critico, en
peligro
La visita de un Papa a España
constituye, sin duda, un acontecimiento de enorme
relevancia para millones de "creyentes". Sin
embargo, también es legítimo que una parte de la
ciudadanía contemple este tipo de eventos desde una
perspectiva crítica y se pregunte qué papel debe
desempeñar la religión en una sociedad moderna,
plural y fundamentada en los principios de la razón,
la libertad de conciencia y el pensamiento crítico.
Lo que genera preocupación no es tanto la existencia de
las creencias religiosas (un derecho fundamental que debe ser respetado)
como la persistencia de instituciones que, durante siglos, han ejercido una
influencia extraordinaria sobre la vida política, cultural y moral de las
sociedades. La historia muestra que las iglesias no han sido únicamente
espacios de espiritualidad, sino también estructuras de poder que, en
numerosos momentos, han intervenido en la educación, la legislación y la
configuración de los valores colectivos sin dar ejemplo de los mismos.
Desde una perspectiva ilustrada, resulta difícil ignorar
que muchos de los avances que hoy consideramos esenciales (la libertad de
expresión, la separación entre Iglesia y Estado, los derechos civiles
(aborto, eutanasia, libertad de crítica), la igualdad jurídica o la
investigación científica libre de dogmas) surgieron precisamente de procesos
de emancipación frente a autoridades religiosas
que pretendían monopolizar un pensamiento único, con la única intención de
crear un clima de sumisión y miedo que sirviera para consolidar y mantener
su imperio terrenal... La
modernidad europea no fue el resultado de una mayor sumisión a los dogmas,
sino de la capacidad de cuestionarlos. Por ello, cuando grandes
movilizaciones religiosas son presentadas como acontecimientos de interés
nacional, algunos ciudadanos perciben una contradicción.
Consideran que una sociedad verdaderamente avanzada
debería fomentar ante todo el espíritu crítico, el análisis racional de la
realidad y la capacidad de revisar cualquier creencia a la luz de las
evidencias disponibles. En este sentido, la fe y el conocimiento científico
responden a lógicas distintas: la primera se sustenta en la aceptación de
verdades reveladas (pura ficción); el segundo, en la duda, la comprobación y
la posibilidad permanente de rectificación (autenticidad y autocrítica).
Porque la crítica se intensifica cuando se observan las contradicciones
existentes entre determinados mensajes religiosos y la realidad histórica de
las instituciones que los promueven.
Mientras se han predicado valores como la humildad, la
pobreza o la renuncia a los bienes materiales, las jerarquías eclesiásticas
han acumulado durante siglos un inmenso patrimonio (bienes, palacios, oro y
joyas, riqueza de patrimonio) y han disfrutado de privilegios sociales y
políticos considerables. Del mismo modo, los numerosos escándalos
relacionados con abusos cometidos por miembros del clero han erosionado
gravemente la autoridad moral de una institución que aspira a orientar la
conducta de los demás.
No se trata de negar la aportación cultural, artística o
incluso humanitaria que muchas organizaciones religiosas han realizado a lo
largo de la historia, ni tampoco ocultar las atrocidades, torturas,
genocidios y decenas de miles de muertes en la hoguera que ha ocasionado la
Iglesia en nombre de ese Dios que es todo amor y misericordia. Tampoco de
cuestionar el derecho individual a creer. La cuestión de fondo es otra: si
una sociedad debe seguir otorgando una influencia privilegiada a
instituciones basadas en dogmas (falacias) cuando dispone de herramientas
intelectuales, científicas y filosóficas que permiten comprender el mundo
sin recurrir a explicaciones sobrenaturales.
Resulta significativo que los
países con mayores índices de desarrollo humano,
niveles educativos más elevados y sociedades más
igualitarias coincidan, en muchos casos, con una
progresiva secularización de la vida pública.
Ello no significa que la religión impida necesariamente
el progreso, pero sí parece indicar que la prosperidad moderna florece mejor
allí donde las decisiones colectivas se fundamentan en el conocimiento, el
debate racional y la evidencia, y no en la autoridad religiosa. Asimismo, no
es casual que numerosos filósofos, científicos, escritores y pensadores
hayan defendido posiciones agnósticas o ateas. Su escepticismo no nace de
una hostilidad hacia las personas creyentes, sino de la convicción de que
ninguna idea debe quedar exenta de examen crítico. La ciencia avanza
cuestionando certezas; el progreso intelectual surge de la duda, no de la
obediencia.
Por todo ello, algunos observan con inquietud el
entusiasmo que todavía despiertan determinadas figuras religiosas. No porque
consideren que los creyentes carezcan de inteligencia o dignidad, sino
porque interpretan ese fenómeno como una muestra de la persistencia de
estructuras culturales heredadas que siguen otorgando autoridad a
instituciones cuyos fundamentos descansan más en la tradición y la fe que en
el conocimiento verificable. La verdadera cuestión no es si una persona
tiene derecho a creer, sino si una sociedad democrática debe orientar su
futuro a partir de convicciones sometidas a crítica y revisión constante, o
a partir de verdades consideradas incuestionables.
El progreso humano ha sido, en gran medida, la historia
de la sustitución del dogma por la razón, de la superstición por el
conocimiento y de la obediencia por la libertad de pensamiento.
Mantener viva esa conquista constituye uno de los mayores
desafíos de nuestro tiempo.
Martes 2 de Junio
Más allá de las cifras del
empleo
Los datos oficiales de empleo
suelen presentarse como un reflejo del éxito o fracaso de la economía, pero
detrás de ellos existe una realidad mucho más compleja. La reducción del
paro no siempre significa que haya menos personas con dificultades
laborales. Muchos trabajadores con contratos fijos discontinuos no figuran
como desempleados durante sus periodos de inactividad, mientras que quienes
han dejado de buscar trabajo por desánimo también desaparecen de las
estadísticas. Además, no basta con crear empleo; importa su calidad.
Gran parte de los nuevos puestos se
concentran en sectores de bajos salarios y escasa productividad, lo que
dificulta mantener el poder adquisitivo frente al aumento del coste de la
vida. A ello se suma una paradoja preocupante: miles de jóvenes cualificados
no encuentran oportunidades acordes a su formación, mientras empresas de
sectores técnicos, sanitarios o tecnológicos tienen dificultades para cubrir
vacantes. Esta situación favorece la fuga de talento y evidencia un
desajuste entre formación y mercado laboral. Por último, la irrupción de la
inteligencia artificial y la automatización amenaza cada vez más empleos de
oficina y servicios, anticipando una profunda transformación del trabajo.
En definitiva, las cifras
oficiales muestran solo una parte de la realidad. Para conocer la verdadera
salud del mercado laboral hay que mirar más allá de los titulares y analizar
la estabilidad, la calidad y las perspectivas de futuro de los empleos que
se crean. Porque nse trata de crear mas empleo, sino de mejor calidad, mas
estabilidad y mejores salarios, que permitan pagar a los jóvenes los
abusivos precios de alquiler y vivienda y dejar de ser esclavos de los
caseros.
Porque crear empleo precario y mal
pagado nos coloca a la altura de un pais tercermundista. Así que menos
euforia y falsa propaganda y mas honestidad y eficacia instrumental y
legislativa..

Domingo 31 de
Mayo
La incoherencia política tiene precio
Los socios parlamentarios del Gobierno llevan
meses elevando el tono contra los escándalos de corrupción que
salpican al PSOE. Sus portavoces comparecen indignados, exigen
explicaciones, reclaman responsabilidades y se presentan ante la
opinión pública como guardianes de la ética política. Sin embargo,
cuando llega el momento de traducir esas palabras en hechos, la
firmeza desaparece. La razón es sencilla: una moción de censura que
pudiera desalojar a Pedro Sánchez del poder también pondría fin a la
posición privilegiada que muchos de esos partidos ocupan hoy.
Ministerios, altos cargos, influencia institucional, recursos y
capacidad de condicionar la acción del Gobierno desaparecerían de un
plumazo. Y ahí es donde la indignación deja paso al cálculo
político.
No se puede sostener simultáneamente que la situación es
gravísima y, al mismo tiempo, garantizar la supervivencia parlamentaria del
Ejecutivo al que se acusa de haber permitido o protagonizado esas conductas.
Ambas posiciones son incompatibles. Si la corrupción es tan grave como
afirman, la obligación moral sería retirar el apoyo al Gobierno. Si no están
dispuestos a hacerlo, sus denuncias pierden credibilidad y se convierten en
mera escenificación. La política exige coherencia. Quien considera que un
gobierno ha cruzado determinadas líneas rojas no puede seguir apuntalándolo
únicamente porque la alternativa electoral amenaza sus propios intereses.
Porque entonces la prioridad deja de ser la regeneración democrática y pasa
a ser la conservación de las cuotas de poder. Los socios de Sánchez son
perfectamente conscientes de ello.
Saben que un cambio de mayoría podría relegarlos a la
oposición y reducir drásticamente su capacidad de influencia. Saben también
que difícilmente encontrarían en otro escenario político un nivel de poder
comparable al que disfrutan actualmente. Y precisamente por eso seguirán
sosteniendo al Gobierno mientras les resulte rentable hacerlo.Pero esa
decisión tiene consecuencias. Cada vez que denuncian una conducta y acto
seguido respaldan al Ejecutivo que la protagoniza, erosionan su propia
credibilidad. Cada vez que anteponen la supervivencia política a los
principios que dicen defender, alimentan el desencanto ciudadano. Y cada vez
que convierten la aritmética parlamentaria en excusa para ignorar sus
propias exigencias éticas, contribuyen al deterioro de la confianza en las
instituciones. El descrédito no afecta únicamente al Gobierno o al PSOE.
También alcanza a quienes, pudiendo actuar de forma
coherente con sus discursos, optan por mantenerse en una posición cómoda
mientras continúan disfrutando de las ventajas del poder. La complicidad
política no siempre consiste en participar en los hechos; a veces consiste
en garantizar que nada cambie. Los ciudadanos observan. Y cuando perciben
que los principios se invocan solo cuando no ponen en riesgo cargos,
privilegios o intereses partidistas, terminan concluyendo que la ética es un
simple instrumento retórico. Esa percepción es devastadora para la
democracia. Quizá los socios del Gobierno calculen que les compensa seguir
sosteniendo a Sánchez. Están en su derecho.
Pero también deben asumir que los electores pueden
interpretar esa decisión como una renuncia a la coherencia, a la
credibilidad y a la responsabilidad política que tanto proclaman. Y las
urnas, tarde o temprano, suelen presentar la factura.
Sábado 30 de
Mayo
La
gran contradicción: fe, poder e hipocresía
Hace años,
una persona a la que apreciaba me pidió que dejara de escribir
contra la religión y exponer un ateismo invasivo. Su argumento era
sencillo: aunque muchas de las críticas del ateísmo fueran ciertas,
millones de personas encontraban consuelo en la fe, y arrebatárselo
sería un acto de crueldad innecesaria. Acepté aquel razonamiento y
guardé silencio. Pero llega un momento en que callar también tiene
un precio. Cuando la fe no es una revelación sino que la
heredas desde niño en la familia, la escuela o la iglesia, se
convierte en falacia. Cuando observo la permanente exhibición de
poder de una institución que se presenta como humilde cuando ha
impuesto un pensamiento único a fuego y hierro; cuando veo a sus
máximos representantes hablar de pobreza rodeados de riquezas
acumuladas durante siglos; cuando escucho sermones sobre moral
impartidos por una organización sacudida una y otra vez por
escándalos de abusos, encubrimientos y corrupción, me pregunto si el
silencio no me convierte en cómplice de una gigantesca impostura.
La Iglesia cristiana
ha construido durante dos mil años un relato sobre sí misma como guía moral
de la humanidad. Sin embargo, la historia ofrece una imagen mucho más
incómoda. La expansión del cristianismo no fue únicamente una historia de
amor, caridad y conversión voluntaria. También fue una historia de
imposición, persecución y violencia. Herejes, cátaros, albigenses,
protestantes, indígenas y disidentes de toda clase conocieron el precio de
desafiar la ortodoxia cristiana. La espada, la persecución, la tortura
y la hoguera caminaron demasiadas veces junto a la cruz. Uno se horroriza
cuando lee la historia de los Papas. Tampoco resulta fácil ignorar que
muchos de los relatos, símbolos y conceptos que el cristianismo presentó no
surgen como revelaciones únicas, sino que encuentran paralelismos en
religiones y mitologías mucho más antiguas, lo que las priva de autoridad y
autenticidad. La idea de que una sola tradición posee el monopolio de la
verdad absoluta se vuelve cada vez más difícil de sostener a medida que
avanzan el conocimiento histórico y la investigación académica.
Pero quizá la
contradicción más profunda sea la distancia entre el mensaje y la práctica.
Durante siglos, la mujer fue relegada a una posición subordinada, limitada
por estructuras religiosas que justificaban la desigualdad como un mandato
divino. Mientras tanto, quienes predicaban renuncia y modestia levantaban
palacios, acumulaban tesoros y consolidaban enormes cuotas de poder político
y económico. Al pueblo se le pedía sacrificio; a la jerarquía le sobraban
privilegios. Y después llegaron los escándalos de abusos sexuales. No solo
los crímenes cometidos por algunos miembros del clero, sino también los
silencios, los encubrimientos y la protección institucional de los
responsables. Ninguna organización que aspire a presentarse como autoridad
moral puede escapar a una pregunta fundamental: ¿cómo pudo ocurrir durante
tanto tiempo sin una reacción proporcional a la gravedad de los hechos?
Por eso, cada gran
ceremonia religiosa, cada visita papal convertida en espectáculo mediático y
cada discurso sobre moral universal despiertan en muchos ciudadanos una
sensación de profunda contradicción y rechazo. No porque odien a los
creyentes. No porque desprecien la necesidad humana de esperanza. Sino
porque observan una distancia abismal entre lo que se predica y lo que se
practica. La fe es una decisión personal y merece respeto. Pero las
instituciones que acumulan poder, riqueza e influencia deben aceptar el
escrutinio público. Ninguna organización está por encima de la crítica.
Ninguna tradición puede reclamar inmunidad frente a la historia.
Ninguna autoridad
moral debería temer las preguntas. Si la religión sirve para consolar a
quien sufre, cada persona es libre de abrazarla. Pero cuando una institución
pretende hablar en nombre de la verdad mientras oculta sus contradicciones,
la crítica deja de ser una opción para convertirse en una obligación cívica.
Porque el respeto a
las personas nunca debe confundirse con la sumisión a las instituciones. Y
porque la búsqueda de la verdad exige, a veces, la valentía de decir en voz
alta aquello que durante demasiado tiempo se ha preferido callar.
Porque señores, cada
vez que la humanidad ha avanzado un paso en progreso, ciencia, derechos
y libertad, la Iglesia la ha hecho retroceder dos. ¿Que significará la
visita del Papa a España? Posiblemente un retroceso de 100 años para la
sociedad en general.
Miércoles 27 de
Mayo
La degradación política que
vive España ha alcanzado niveles insoportables.
Lo que hace años habría
provocado dimisiones inmediatas, hoy se despacha con cinismo, propaganda y
silencio cómplice. El escándalo del rescate de Plus Ultra simboliza como
pocos la sensación de que el dinero público ha dejado de pertenecer a los
ciudadanos para convertirse en el botín de una red de intereses políticos,
amistades influyentes y favores entre élites del poder.
Resulta indignante que mientras
millones de españoles trabajan, pagan impuestos y llegan con dificultad a
final de mes, 53 millones de euros acabaran destinados a una aerolínea
irrelevante, rodeada desde el primer momento de sospechas y vinculaciones
políticas. Y todavía más escandaloso es que nadie asuma responsabilidades
políticas reales. Porque en la España actual parece que el poder ya no sirve
para gobernar, sino para protegerse entre ellos.
La ciudadanía contempla con
estupor cómo determinados personajes del entorno político actúan como
intermediarios de influencia, moviéndose entre despachos, favores y
operaciones opacas mientras se presentan públicamente como defensores de la
democracia. Muchos españoles ven en figuras como José Luis Rodríguez
Zapatero el ejemplo perfecto de esa vieja política que nunca desaparece del
todo, que siempre encuentra la manera de seguir influyendo desde la sombra y
beneficiándose de un sistema diseñado para proteger a los mismos de siempre.
Pero quizá lo más grave no sea
solo la corrupción o las sospechas de corrupción. Lo verdaderamente
devastador es el hundimiento moral de las instituciones y la destrucción de
la confianza ciudadana. Cada nuevo escándalo alimenta la sensación de que el
Congreso ha dejado de representar a los españoles para convertirse en una
oficina de intereses partidistas, privilegios y supervivencia política.
Mientras tanto, Pedro Sánchez
continúa atrincherado en el poder como si nada ocurriera. Da igual el
desgaste institucional, las polémicas o el hartazgo social. Su prioridad no
parece ser España, sino mantenerse en La Moncloa al precio que sea. Y para
ello cuenta con unos socios parlamentarios cuya hipocresía política resulta
ya imposible de ocultar.
Junts y PNV, partidos que
pretenden presentarse como defensores de la responsabilidad institucional,
sostienen a un Gobierno cercado por el descrédito porque sus verdaderos
intereses no son los ciudadanos, sino conservar privilegios, influencia y
capacidad de negociación. Han demostrado que el “sentido de Estado” del que
tanto hablan termina exactamente donde empiezan sus beneficios políticos. No
actúan pensando en España, sino en el reparto de poder, en el cálculo
partidista y en la comodidad del despacho oficial.
La consecuencia de todo esto es
demoledora: millones de ciudadanos han dejado de creer no solo en los
políticos, sino en la propia democracia. Y eso representa un peligro enorme
para cualquier sociedad libre. Porque cuando la gente percibe que las
instituciones están colonizadas por el oportunismo, el favoritismo y la
impunidad, aparece el desencanto, la rabia y el rechazo al sistema.
Ante semejante deterioro
democrático, lo decente sería convocar elecciones generales y devolver la
voz a los ciudadanos. Que hablen las urnas. Que los españoles decidan si
quieren seguir soportando este espectáculo de corrupción política, alianzas
oportunistas y degradación institucional. Pero Sánchez no lo hará mientras
conserve los votos que le permiten seguir disfrutando del poder, del aparato
del Estado y de los privilegios de La Moncloa.
España no necesita más
propaganda ni más discursos vacíos. Necesita limpieza política,
responsabilidad y dirigentes que entiendan que gobernar no es resistir a
cualquier precio, sino servir con honestidad a los ciudadanos. Porque cuando
la política se convierte en refugio de intereses personales y ambiciones de
poder, la democracia empieza a pudrirse desde dentro.
Lunes 25 de Mayo
La inteligencia
artificial y el miedo de las instituciones religiosas
Cada vez que
una nueva herramienta ha cambiado la forma en que el ser humano comprende el
mundo, las estructuras de poder religioso han reaccionado con temor. Ocurrió
con la imprenta, con el heliocentrismo, con la teoría de la evolución y con
el desarrollo de la ciencia moderna, plataformas de progreso que fueron
neutralizadas por la Satánica Inquisición. Hoy, el nuevo actor que amenaza
de forma inexorable y contundente con alterar el poder mediático del clero,
dejando al descubierto sus falacias, sus ficciones y su gigantesco montaje,
es la inteligencia artificial.
Cuando el
Papa afirma que la IA “no es neutral” y que debe ser “desarmada”, el mensaje
parece ir mucho más allá de una simple preocupación ética. La Iglesia sabe
perfectamente que el conocimiento siempre ha sido una forma de poder, y que
controlar el relato sobre la realidad ha sido históricamente uno de sus
pilares fundamentales. La inteligencia artificial representa algo
profundamente incómodo para cualquier institución basada en dogmas: la
capacidad de cuestionarlo todo. La IA no acepta ficciones reveladas bajo la
falacia del dogma, ni principios de autoridad impuesto por entidades
ficticias; analiza, compara, relaciona datos y expone contradicciones. Su
lógica no depende de la fe, sino de la razón, del análisis crítico y de la
evidencia disponible.
Por primera
vez en la historia, millones de personas tienen acceso instantáneo a una
herramienta capaz de contrastar discursos religiosos, analizar textos
sagrados desde perspectivas históricas y filosóficas, desmontar
incoherencias doctrinales y ofrecer interpretaciones alejadas del control
institucional de la Iglesia. La IA puede mostrar cómo muchos dogmas
surgieron de contextos políticos, culturales o de intereses de poder más que
de verdades absolutas. Eso supone una amenaza directa para cualquier
estructura cuya autoridad dependa de que ciertas preguntas no se formulen
demasiado alto.
La
preocupación del Vaticano no parece centrarse únicamente en los riesgos
tecnológicos (que pueden exisitir), sino en la pérdida progresiva del
monopolio moral e intelectual que durante siglos ejercieron las
instituciones religiosas. La Iglesia ya no compite solo contra científicos o
filósofos; ahora compite contra una inteligencia accesible para cualquiera
desde un teléfono móvil. Y ahí reside el verdadero cambio histórico. La IA
no necesita púlpitos, templos ni jerarquías. Democratiza el acceso al
conocimiento y reduce la dependencia de figuras de autoridad tradicionales.
Una persona puede preguntar directamente sobre historia bíblica,
contradicciones doctrinales, ficciones y montajes, abusos históricos de la
Iglesia o debates filosóficos sobre la existencia de Dios, obteniendo
respuestas inmediatas y comparativas desde múltiples enfoques. Eso erosiona
el viejo modelo basado en la obediencia intelectual y en el pensamiento
cautivo y la imposición del mismo en las mentes sin formar de los niños.
Durante
siglos, muchas instituciones religiosas se opusieron a avances científicos
porque estos desplazaban la explicación sobrenatural del mundo. La ciencia
no destruyó necesariamente la espiritualidad, pero sí debilitó el poder de
quienes monopolizaban las respuestas. La inteligencia artificial podría
acelerar ese proceso a una escala nunca vista. Sin embargo, quizá el mayor
temor no sea que la IA “destruya la fe”, sino que enseñe a las personas a
pensar por sí mismas. Porque una sociedad que cuestiona, investiga y
contrasta información es mucho más difícil de manipular, tanto por gobiernos
como por corporaciones o instituciones religiosas.
La IA no es un “anticristo”,
como algunos podrían exagerar,
pero sí funciona como un espejo
incómodo para cualquier sistema
basado en verdades impuestas que
no se pueden cuestionar. Y los
espejos rara vez gustan a
quienes han vivido demasiado
tiempo controlando el relato. La
gran pregunta no es si la
inteligencia artificial acabará
con la religión. La verdadera
pregunta es si las religiones
serán capaces de convivir con
una humanidad cada vez menos
dependiente de la fe ciega y la
ficción y más acostumbrada al
pensamiento crítico, al acceso
libre al conocimiento y a la
autonomía intelectual.
Porque quizá el problema no sea la inteligencia artificial. Quizá el
problema "para la Iglesia" sea perder el control sobre las respuestas. Cada
visita que el Papa hace a un
país no es mas que un gesto mas para afianzar su poder mediático y su
imperio terrenal con un cuento milenario de manipulación y sometimiento, en
el que se sigue amenazando con el infierno o el cielo y, donde el miedo ya
solo asusta a los niños.
La IA solo está haciendo que despertemos de la pesadilla y desparezcan las
tinieblas y misterios que nos llenaban de temor.
Domingo 24 de
Mayo
España ante el abismo
demográfico
España vive una transformación
silenciosa, lenta pero profundamente trascendental: el colapso demográfico.
No se trata únicamente de una cuestión estadística o económica; hablamos de
un cambio estructural que afecta a la identidad, la sostenibilidad social,
el equilibrio territorial y el futuro mismo del país. Sin embargo, pese a la
magnitud del problema, la sensación general es de resignación política y
social. Los datos son contundentes. España registra una de las tasas de
natalidad más bajas del mundo. El número de nacimientos lleva años
descendiendo, mientras la edad media para tener el primer hijo supera ya los
35 años entre la población española.
En contraste, gran parte de la
población inmigrante mantiene una natalidad más elevada y una maternidad más
temprana, situada en torno a los 18 años. Esta diferencia no es anecdótica:
refleja dos modelos demográficos completamente distintos coexistiendo dentro
del mismo país. La consecuencia inmediata es evidente. España mantiene parte
de su crecimiento poblacional gracias a la inmigración. Sin ella, el país
perdería habitantes de forma acelerada. Pero la cuestión va más allá del
simple aumento o descenso de población. Lo que se está produciendo es una
transformación profunda de la composición demográfica y cultural del país.
Si las tendencias actuales
continúan, en apenas dos décadas España podría acercarse a un escenario
donde la mitad de la población tenga origen extranjero o nacionalidad no
estrictamente española. Y en un horizonte de treinta años, algunos
demógrafos consideran plausible que las personas de origen inmigrante
superen numéricamente a la población autóctona tradicional. Puede gustar más
o menos, pero ignorar esta realidad no hará que desaparezca. El problema de
fondo no es la inmigración. De hecho, la inmigración está sosteniendo
sectores enteros de la economía, compensando el envejecimiento y ayudando a
mantener el sistema productivo. El verdadero drama es que España ha dejado
de ser un país donde formar una familia resulte viable para millones de
jóvenes.
La precariedad laboral, los
salarios bajos, el precio inasumible de la vivienda, la dificultad para
conciliar vida laboral y familiar y la incertidumbre permanente han
convertido la maternidad y la paternidad en un lujo. Muchos jóvenes no es
que no quieran tener hijos; simplemente sienten que no pueden permitírselo.
Mientras tanto, la población envejece a gran velocidad. Cada año aumenta el
porcentaje de mayores de 65 años, mientras disminuye la base joven que
debería sostener el sistema de pensiones, la sanidad y el relevo
generacional. El desequilibrio es cada vez más preocupante. La España rural
representa el ejemplo más dramático de este fenómeno. Existen pueblos donde
casi el 80% de los vecinos supera los 65 años. Calles vacías, escuelas
cerradas, negocios desaparecidos y viviendas abandonadas se han convertido
en una imagen habitual en numerosas zonas del interior peninsular.
La llamada “España vaciada” ya no
es una advertencia: es una realidad consolidada. Cuando un pueblo de 200
habitantes apenas tiene niños, su futuro está prácticamente sentenciado. Sin
nacimientos no hay escuela; sin escuela no llegan familias; sin familias
desaparecen servicios; y sin servicios el pueblo muere lentamente. Es un
círculo de decadencia difícil de revertir. Y este problema no afecta solo a
España. Europa entera atraviesa una crisis demográfica histórica. Países
como Italia, Alemania o Portugal también presentan tasas de natalidad
extremadamente bajas y poblaciones cada vez más envejecidas.
El continente envejece mientras
otras regiones del mundo mantienen una fuerte expansión demográfica.La gran
pregunta es si Europa todavía está a tiempo de reaccionar. Las políticas de
ayudas puntuales han demostrado ser insuficientes. El problema exige medidas
profundas y estructurales: acceso real a la vivienda, estabilidad laboral,
apoyo económico a las familias, conciliación efectiva y una apuesta decidida
por revitalizar el mundo rural. Pero también hace falta algo más difícil:
recuperar una cultura de futuro. Una sociedad que deja de tener hijos no
solo refleja problemas económicos; también transmite inseguridad,
individualismo y pérdida de confianza colectiva en el mañana.
España aún puede corregir parte del
rumbo, pero el tiempo juega en contra. Cada año con menos nacimientos hace
más difícil revertir la pirámide poblacional. Y cuanto más envejecida está
una sociedad, menor capacidad tiene para regenerarse. El desafío demográfico
probablemente será el mayor reto nacional del siglo XXI. Mucho más que
muchos debates políticos pasajeros. Porque un país puede sobrevivir a crisis
económicas, cambios de gobierno o tensiones territoriales. Lo que ningún
país puede resistir indefinidamente es dejar de tener relevo generacional.
El futuro de España no se decidirá
únicamente en los parlamentos o en los mercados. También se decidirá en las
cunas vacías.
Viernes 22 de
Mayo
El Lodazal de la política y los políticos
II
La degradación de la política española ha
alcanzado cotas profundamente preocupantes. Ya no se trata
únicamente de los escándalos, de las investigaciones judiciales o de
las sospechas que rodean al entorno del poder. Lo verdaderamente
alarmante es la actitud de quienes, pudiendo marcar distancia y
exigir responsabilidades, han decidido permanecer cómodamente
instalados en el sillón del interés político, haciéndose cómplices
de tanta degradación moral, ética e institucional
Los socios del Gobierno han renunciado a
cualquier autoridad moral. Han sustituido la ética por la aritmética
parlamentaria, la dignidad por la supervivencia política y la
coherencia por el cálculo oportunista. Ante cada nuevo escándalo,
ante cada sombra de corrupción, lejos de exigir transparencia o
asumir una posición firme en defensa de la regeneración democrática,
optan por cerrar filas, mirar hacia otro lado y seguir aferrados al
poder. ¿Que persona con un mínimo de decencia y honestidad puede
votar a estos partidos sin sentir nauseas y una profunda
vergüenza?
Esa actitud los convierte no solo en
acompañantes políticos, sino en cooperadores necesarios de una
dinámica profundamente tóxica para la democracia. Porque quien
sostiene un proyecto político salpicado constantemente por sospechas
y escándalos, quien justifica lo injustificable para conservar
privilegios, termina siendo moralmente corresponsable del deterioro
institucional. Los ciudadanos contemplamos con asco y repugnancia
como estos partidos venden su conciencia y dignidad por un plato de
lentejas.
Resulta especialmente indignante comprobar
cómo partidos que durante años hicieron bandera de la honestidad, la
ejemplaridad y la limpieza democrática han acabado devorados por el
cinismo más descarnado. Aquellos que prometían regenerar la vida
pública hoy parecen conformarse con recoger las migajas del poder,
callando ante aquello que antes habrían denunciado con furia. Y por
no verse privados de sus privilegios y poltronas prescinden de
conciencia, honor, honestidad y decencia, dejando claro que no son
los intereses y el bienestar de los ciudadanos lo que les importa,
sino su vida profesional y el negocio en la política. ¿Quien puede
votar a esta gente que ha demostrado claramente que intereses
defienden?
Han cambiado los principios por los cargos, la
conciencia por la conveniencia y el compromiso con los ciudadanos
por la obediencia al interés partidista. Ya no representan una
alternativa moral ni política; representan la resignación ética de
una clase dirigente cuya prioridad no es servir al país, sino
conservar cuotas de influencia, ministerios y privilegios. Y cuando
una parte de la política pierde la vergüenza de sostener aquello que
decía combatir, el problema deja de ser únicamente judicial o
partidista: se convierte en un problema democrático y moral de
primer orden. Porque una democracia no se degrada solo por la
corrupción; se degrada todavía más cuando quienes deberían
denunciarla deciden protegerla para seguir viviendo de ella.
Miércoles 20 de
Mayo
El lodazal político I
España atraviesa uno de esos momentos en los que la política deja de ser
servicio público para convertirse en un espectáculo deprimente de
supervivencia, cinismo y degradación institucional. La imputación de
Rodríguez Zapatero marca un antes y un después en la democracia española. El
Gobierno de Pedro Sánchez vive cercado por escándalos, sospechas,
imputaciones y una sensación creciente de desgaste moral que ya no puede
ocultarse tras discursos grandilocuentes ni campañas de propaganda. Y, sin
embargo, ahí sigue. Aferrado al poder. Lo verdaderamente alarmante no es
solo la acumulación de casos que salpican al entorno del presidente, a
miembros de su partido o a personas cercanas a su círculo político y
personal. Lo más preocupante es la absoluta normalización de todo ello. La
resignación con la que muchos dirigentes socialistas y socios parlamentarios
aceptan lo que, en cualquier democracia europea mínimamente exigente, habría
provocado dimisiones inmediatas, una cuestión de confianza o incluso
elecciones anticipadas.
En países con una cultura política más sólida, la mera sospecha fundada de
corrupción o tráfico de influencias obliga a asumir responsabilidades
políticas. Aquí no. Aquí se resiste hasta el último minuto, se desacredita a
jueces y medios incómodos, se victimiza al poder y se transforma cualquier
crítica en una supuesta conspiración. Todo vale con tal de conservar el
poder. Pero el problema no se limita a Pedro Sánchez. El verdadero retrato
del deterioro democrático lo ofrece el silencio cómplice de quienes le
rodean. Ministros, diputados, asesores y socios parlamentarios que hace años
se presentaban como adalides de la regeneración política hoy guardan
silencio o aplauden disciplinadamente por miedo a perder sus status
político, social y económico. Han sustituido la conciencia por la
obediencia, la ética por el cálculo político, la dignidad por el cargo.
Resulta difícil no percibir que muchos de ellos han hecho de la política una
forma de vida antes que una vocación de servicio. La prioridad ya no parece
ser defender principios, sino proteger posiciones, privilegios y cuotas de
poder. Y eso es devastador para la confianza ciudadana y para la democracia.
Porque cuando la política se percibe como un negocio y no como un
compromiso, la democracia se erosiona desde dentro. Los ciudadanos observan
con hastío cómo se les exige ejemplaridad mientras quienes gobiernan parecen
inmunes a cualquier responsabilidad. Se les pide sacrificios, respeto
institucional y civismo, mientras desde las propias instituciones se
transmite el mensaje de que todo puede justificarse si sirve para mantenerse
en el poder.
Y los ciudadanos en
un hartazgo generalizado ya no soportan mas fango, hastiados de tanto
sinvergüenza que se dan la gran vida a costa de los impuestos que todos
pagamos.
Y
ese es quizá el daño más profundo: la desmoralización colectiva. La
sensación de que la verdad importa menos que el relato, de que la ética es
un estorbo y de que el poder se ha convertido en un fin en sí mismo. España
merece mucho más que este clima irrespirable de trincheras, propaganda y
degradación política. Merece dirigentes capaces de asumir responsabilidades,
partidos con principios y representantes públicos que entiendan que gobernar
no es resistir a cualquier precio, sino actuar con honestidad y altura
democrática. Tarde o temprano, la ciudadanía hablará en las urnas. Y cuando
lo haga, muchos comprobarán que la paciencia de un pueblo puede ser grande,
pero no infinita .
Martes 19 de Mayo
Fe y
negocio:
Las
sectas y los “pastores milagrosos” (embaucadores) siguen creciendo en pleno
siglo XXI
Resulta desconcertante
observar cómo, en una época
dominada por la ciencia, la
tecnología y la inteligencia
artificial, proliferan
movimientos religiosos y
pseudorreligiosos que
prometen curaciones
milagrosas, salvación
instantánea o soluciones
mágicas a los problemas de
la vida. Evangelistas
televisivos, supuestos
sanadores, iglesias
convertidas en empresas
multinivel del alma y
líderes carismáticos que
viven rodeados de lujo
mientras sus fieles entregan
dinero con fervor casi
hipnótico y se resignan a su
mediocre vida esperando otra
en el mas allá (pobres
infelices). La pregunta
surge inevitablemente: ¿cómo
es posible que tanta gente
siga creyendo en semejantes
montajes? El fenómeno no es
nuevo, pero sí parece
haberse amplificado. Hoy las
redes sociales, la
televisión y las plataformas
digitales permiten a ciertos
predicadores (embaucadores,
engaña bobos) llegar a
millones de personas con una
facilidad impensable hace
décadas. Algunos convierten
la religión en espectáculo:
gritos, música emocional,
supuestas posesiones,
“curaciones”, masas
enforverizadas (poseídas)
mediante imposición de
manos, personas que caen al
suelo tras ser empujadas por
el pastor y testimonios
imposibles de verificar.
Todo cuidadosamente envuelto
en una atmósfera de fervor
colectivo donde la emoción
sustituye al pensamiento
crítico.
Detrás de muchos de
estos movimientos existe una maquinaria económica gigantesca. No hablamos
solo de fe, sino de dinero, poder e influencia. Líderes religiosos que
poseen aviones privados, mansiones, canales de televisión y fortunas
millonarias financiadas por donaciones de personas humildes convencidas de
que “Dios recompensará” su sacrificio económico en la otra vida (ficticia).
La fe (falacia) bien explotada se convierte entonces en un negocio
extraordinariamente rentable: cuanto mayor es el miedo, la desesperación o
la vulnerabilidad de la gente, más fácil resulta manipularla. Y aquí aparece
el aspecto más inquietante: no basta con manipular a quienes creen
ciegamente. El verdadero problema es comprender por qué tantas personas
necesitan creer en algo que les consuele. La inseguridad económica, la
soledad, la ansiedad, la enfermedad, el vacío existencial o cuando alguien
atraviesa una crisis profunda, crean un terreno fértil para los vendedores
de ficciones que ofrecen certezas absolutas (siempre intangibles e
invisibles) haciendo que esas almas en pena se aferren
a cualquier promesa de esperanza que le sirva de consuelo y sosten
emocional.
Porque
muchos de estos líderes conocen perfectamente los mecanismos psicológicos
que utilizan: presión grupal, sugestión, repetición emocional,
culpabilización y dependencia mental. No es casual que numerosos movimientos
sectarios intenten aislar al individuo del pensamiento crítico, de la duda
y, en ocasiones, incluso de su propia familia. Una persona que cuestiona
deja de ser rentable. La gran paradoja del siglo XXI es que el avance
tecnológico no garantiza automáticamente una sociedad más racional, mas
inteligente. Podemos desarrollar inteligencia artificial capaz de resolver
problemas complejos y, al mismo tiempo, seguir atrapados por supersticiones
medievales. Tener acceso a información infinita no significa saber pensar
críticamente, porque la educación técnica no siempre viene acompañada de
educación filosófica, científica o emocional, que nos de experiencia,
sabiduría y coherencia.
Hay millones de
personas que mantienen otro tipo de fe, la fe en la bondad, en la humanidad,
la libertad, los derechos humanos, la justicia, la solidaridad y el trabajo
en pro del progreso y el bienestar social, por supuesto con ética, moral e
integridad. Por eso se deben denunciar los abusos evidentes de quienes
utilizan la religión como negocio y convierten la credulidad humana
(inocencia) en una fuente de enriquecimiento personal. Quizá la pregunta
correcta no sea si la humanidad se ha vuelto más estúpida, sino si sigue
siendo igual de vulnerable que siempre. Cambian las herramientas, cambian
los escenarios y cambian los discursos, pero el miedo, la necesidad de
pertenecer y el deseo de encontrar respuestas fáciles continúan formando
parte de la condición humana y ninguna inteligencia artificial eliminará por
sí sola la ignorancia, la manipulación o el fanatismo. Eso depende de algo
mucho más difícil: enseñar a pensar de forma racional, con espíritu crítico
y libre y aprender a distinguir entre el pragmatismo y la ficción y lo
evidente del engaño organizado. La llegada a España del Papa debiera
hacernos reflexionar.......
Lunes 18 de Mayo
El
silencio alrededor de
Sánchez
Hay algo
profundamente desconcertante
en la política española
actual: no tanto la
debilidad de Pedro Sánchez,
que resulta ya evidente
incluso para muchos de
quienes le apoyaron durante
años, sino la pasividad de
todo su entorno político
ante una situación que
parece insostenible. La
legislatura atraviesa una
parálisis difícil de
disimular. Un Gobierno
incapaz de aprobar
presupuestos, condicionado
constantemente por socios
que elevan el precio de su
apoyo o directamente se
desmarcan, transmite una
imagen de provisionalidad
permanente.
No hay un proyecto reconocible de país, ni estabilidad
parlamentaria, ni capacidad real para impulsar reformas de calado. Se
sobrevive semana a semana, votación a votación, comunicado a comunicado. Y,
sin embargo, lo más llamativo no es eso.
Lo verdaderamente sorprendente es contemplar cómo el
PSOE, sus aliados parlamentarios y el amplio ecosistema político y mediático
que ha sostenido al sanchismo continúan actuando como si nada ocurriera.
Como si el desgaste no fuese terminal. Como si la acumulación de derrotas
políticas, el deterioro institucional y las incógnitas judiciales que rodean
al entorno del presidente no fueran a tener consecuencias para todos ellos.
Porque la sensación que empieza a extenderse es clara:
Sánchez ya juega otra partida. Mientras sus socios intentan salvar parcelas
de poder y su partido evita abrir cualquier debate interno por miedo al
vacío, el presidente parece concentrado en resistir el tiempo suficiente
para asegurar una salida personal digna, probablemente vinculada a las
instituciones europeas o a algún gran organismo internacional. Una
estrategia de supervivencia individual que podría dejar tras de sí un
partido fracturado, unos aliados desgastados y muchos dirigentes expuestos
políticamente.
Ahí reside la gran paradoja del momento. Quienes hoy
callan saben, en privado, que el ciclo está agotado. Saben que el coste
electoral puede ser enorme. Saben también que el relato épico de la
resistencia ya no moviliza como antes. Pero nadie se atreve a mover ficha.
Nadie quiere aparecer como el primero en cuestionar un liderazgo que, pese a
su evidente deterioro, continúa sustentándose sobre el miedo interno y la
ausencia de un relevo claro. La política española ha conocido otros finales
de ciclo, pero pocos con esta mezcla de agotamiento, dependencia y
resignación.
El problema para todos los que hoy permanecen inmóviles
es que, cuando llegue el desenlace, quizá descubran demasiado tarde que
Sánchez sí tenía un plan… aunque ese plan nunca incluyera salvar a los
demás. Porque en política, como en los naufragios, no todos abandonan el
barco al mismo tiempo
Jueves 7 de Mayo
Desde el ateismo
La sombra del báculo
La visita del Papa a España
no es solo un acto
religioso: es la
escenificación de un
privilegio. En un Estado que
se dice aconfesional, se
movilizan recursos públicos
para dar cobertura a una
institución privada que
lleva siglos ejerciendo
influencia donde más fácil
resulta hacerlo: en la
vulnerabilidad. Porque no es
casualidad que la fe
arraigue con más fuerza allí
donde faltan recursos y
sobran incertidumbres.
Cuando la vida aprieta, el
consuelo se vuelve más
persuasivo. Y ahí es donde
la religión deja de ser solo
creencia para convertirse en
marco mental: uno que,
demasiadas veces, invita a
aceptar antes que a
cuestionar.
Luego está la caridad,
convertida en escaparate
moral. Pero la caridad no
transforma: administra la
desigualdad. Alivia, sí,
pero también perpetúa un
modelo en el que los
derechos se sustituyen por
favores y la dignidad queda
condicionada. Y todo ello
sostenido por una
institución que arrastra
escándalos financieros y
abusos encubiertos durante
décadas. No son fallos
puntuales, son grietas
estructurales. Por eso
resulta insostenible seguir
hablando de autoridad moral
sin exigir responsabilidad
real.
Lo más difícil de
justificar, sin embargo, no
es su existencia, sino su
trato de favor. Dinero
público, beneficios
fiscales, presencia
institucional. Una relación
heredada que sigue intacta
mientras se apela a valores
que la propia institución ha
vulnerado demasiadas veces.
Aquí no está en juego la fe,
sino la coherencia. Y una
democracia que financia
privilegios mientras predica
igualdad no es neutral: es
complaciente. Porque lo
verdaderamente anacrónico no
es la religión. Es seguir
pagándole el escenario.
Son
contradicciones
que
me
atrevo
a
señalar
respetando
las
creencias
de
cada
cual
1º -
La
sombra
del
báculo:
poder,
dinero
y
conciencias
cautivas
La
próxima
visita
del
Papa
a
España
no
es
un
mero
acto
religioso:
es
la
escenificación
de
un
poder
que,
lejos
de
diluirse,
sigue
encontrando
acomodo
en
las
estructuras
públicas.
Bajo
la
liturgia
y la
diplomacia,
se
despliega
una
influencia
que
no
solo
apela
a la
fe,
sino
que
históricamente
ha
operado
sobre
la
vulnerabilidad.
2º -
El
negocio
de
la
necesidad
Allí
donde
faltan
recursos
y
sobran
incertidumbres,
el
discurso
religioso
encuentra
terreno
fértil.
No
es
casualidad.
La
promesa
de
consuelo
y
recompensa
futura
resulta
más
eficaz
cuando
la
vida
material
ofrece
pocas
alternativas.
En
ese
contexto,
la
fe
deja
de
ser
solo
una
opción
espiritual
para
convertirse
en
un
marco
que
condiciona
decisiones,
expectativas
y,
en
muchos
casos,
la
aceptación
del
propio
sufrimiento.
Esto
no
significa
que
toda
acción
religiosa
sea
manipuladora,
pero
sí
obliga
a
señalar
una
dinámica
incómoda:
cuanto
más
precarias
son
las
condiciones
de
vida,
más
fácil
es
que
ciertos
mensajes
se
interioricen
sin
cuestionamiento.
Y
eso
tiene
consecuencias
sociales
y
políticas.
3º -
Caridad
que
no
transforma
La
Iglesia
ha
construido
gran
parte
de
su
legitimidad
moderna
sobre
la
caridad.
Sin
embargo,
la
caridad
(tal
como
suele
practicarse)
alivia,
pero
no
cambia
las
estructuras
que
generan
desigualdad.
Es
una
respuesta
que
actúa
sobre
los
síntomas
mientras
deja
intactas
las
causas.
Aquí
emerge
una
contradicción
central:
se
predica
la
dignidad
humana
mientras
se
normaliza
un
modelo
en
el
que
amplios
sectores
dependen
de
la
ayuda
en
lugar
de
acceder
a
derechos
plenamente
garantizados.
La
ayuda,
sin
transformación,
corre
el
riesgo
de
perpetuar
aquello
que
dice
combatir.
4º -
Hipocresía
estructural
El
contraste
entre
discurso
y
práctica
no
es
un
desliz
puntual,
sino
un
problema
recurrente.
Años
de
escándalos
financieros
y de
abusos
han
erosionado
profundamente
la
autoridad
moral
de
la
institución.
No
hablamos
de
casos
aislados,
sino
de
fallos
sistémicos
en
la
rendición
de
cuentas
y la
transparencia.
Resulta
difícil
reconciliar
los
sermones
sobre
humildad
y
rectitud
con
una
estructura
que
ha
protegido
durante
décadas
comportamientos
contrarios
a
esos
mismos
principios.
Cada
nueva
revelación
no
solo
afecta
a
las
víctimas
directas,
sino
que
cuestiona
el
conjunto
del
edificio
moral
que
la
institución
pretende
representar.
Dinero
público,
influencia
privada
En
un
Estado
aconfesional,
la
pregunta
es
inevitable:
¿por
qué
se
siguen
destinando
recursos
públicos
a
sostener
y
proyectar
a
una
institución
religiosa
concreta?
La
visita
papal
implica
costes
reales
(seguridad,
logística,
representación)
que
asume
el
conjunto
de
la
ciudadanía,
independientemente
de
sus
creencias.
Sumado
a
ello,
persisten
beneficios
fiscales
y
mecanismos
de
financiación
que
consolidan
una
relación
de
privilegio
difícil
de
justificar
en
términos
de
igualdad.
5º -
Conciencias
en
disputa
El
problema
de
fondo
no
es
la
fe
individual,
sino
el
uso
de
estructuras
de
poder
para
influir
en
el
pensamiento
colectivo.
Cuando
una
institución
con
ese
peso
histórico
interviene
en
debates
sociales
desde
posiciones
dogmáticas,
el
impacto
no
es
neutro:
condiciona
marcos
culturales
y
limita
la
pluralidad
efectiva.
Por
eso,
más
que
una
visita
simbólica,
lo
que
está
en
juego
es
el
espacio
que
concedemos
a
determinadas
formas
de
autoridad
en
la
esfera
pública.
6º -
Una
cuestión
de
coherencia
Si
el
progreso
implica
ampliar
la
autonomía,
el
conocimiento
y la
capacidad
crítica,
resulta
legítimo
cuestionar
el
papel
de
instituciones
que,
en
demasiadas
ocasiones,
han
operado
en
sentido
contrario.
No
se
trata
de
prohibir
creencias,
sino
de
evitar
que
se
sostengan
(económica
o
políticamente)
desde
lo
común
sin
un
debate
exigente.
Porque
una
sociedad
verdaderamente
madura
no
es
la
que
tolera
sin
más
estas
contradicciones,
sino
la
que
se
atreve
a
señalarlas.
Lunes 4 de Mayo
La gran ilusión del empleo
en España
Hay cifras que tranquilizan… y
cifras que engañan. El Gobierno saca pecho con los datos de empleo como si
fueran una prueba irrefutable de prosperidad, pero basta rascar un poco para
descubrir una realidad mucho menos brillante: el empleo crece, sí, pero cada
vez es más frágil, más inestable y, sobre todo, más insuficiente para vivir.
Se nos habla de récords de afiliación y de contratos indefinidos, pero se
omite que una parte creciente de esos contratos esconden precariedad.
Más de un millón y medio de
trabajadores fijos discontinuos viven en una especie de limbo estadístico:
cuentan como empleados, aunque pasen meses sin trabajar ni cobrar. ¿Eso es
empleo real o maquillaje contable? A esto se suma una bolsa enorme de
trabajadores precarios, muchos atrapados en jornadas parciales involuntarias
o en empleos de baja calidad. Y mientras tanto, la economía sumergida sigue
siendo un elefante en la habitación: cerca de un tercio de la actividad
económica escapa del radar oficial. Es decir, el sistema no solo no protege,
sino que ni siquiera ve a una parte significativa de quienes trabajan.
Pero el problema no termina en
tener empleo, sino en lo que ese empleo permite. Hoy, trabajar ya no
garantiza una vida digna. Los salarios bajos hacen que miles de personas
apenas coticen lo suficiente, comprometiendo su futuro, mientras su presente
es aún más duro: alquileres imposibles, una cesta de la compra disparada y
una inflación que, aunque se modere en los titulares, sigue apretando en la
vida real. La consecuencia es evidente y dolorosa: cada vez más trabajadores
no llegan a fin de mes.
No hablamos de una minoría
marginal, sino de una mayoría silenciosa que sostiene el país mientras ve
cómo su esfuerzo pierde valor día a día. Entonces, la pregunta es
inevitable: ¿de qué presume exactamente el Gobierno? ¿De cifras que no
reflejan la calidad del empleo? ¿De estadísticas que cuentan como éxito lo
que en muchos casos es mera supervivencia? El problema no es solo económico,
es también de relato. Cuando se presenta una realidad parcial como si fuera
completa, no se informa: se construye una ilusión. Y esa ilusión, repetida
suficientes veces, termina alejando la política de la vida real de la gente.
España no necesita más
triunfalismo. Necesita honestidad, rigor y, sobre todo, políticas que
conviertan el empleo en lo que siempre debió ser: una garantía de dignidad,
no un ejercicio de resistencia. Porque trabajar no debería ser un privilegio
precario, sino la base de una vida estable.

Miércoles 29 de Abril
La sombra
del báculo: poder , dinero y conciencia cautiva
La
visita del Papa a España se presenta, una vez más,
como un acontecimiento de relevancia institucional.
Pero conviene despojarla de su envoltorio
ceremonial: no es solo un acto religioso, es la
exhibición de un poder que sigue operando en lo
público con una naturalidad que ya debería resultar
incómoda. Especialmente en un Estado que presume (al
menos sobre el papel) de ser aconfesional.
Porque
aquí no estamos hablando únicamente de fe, sino de
influencia. Y esa influencia no se ejerce en el
vacío. Históricamente, la Iglesia ha encontrado su
mayor arraigo allí donde la vida aprieta más: en
contextos de pobreza, de incertidumbre, de falta de
acceso a educación crítica. No es casual. Cuando el
presente ofrece poco, el consuelo de lo trascendente
gana peso. Cuando la realidad es dura, la promesa de
sentido y recompensa futura deja de ser una idea
abstracta para convertirse en refugio. Y en ese
refugio, muchas veces, se instala también una forma
de aceptación: del sufrimiento, de la desigualdad,
del orden establecido.
Se dirá
que eso es ayuda. Que eso es acompañamiento. Pero
conviene preguntarse si no es también, en cierta
medida, una forma de moldear conciencias en los
márgenes donde es más fácil hacerlo. Porque la fe,
cuando se asienta sobre la necesidad, rara vez
compite en igualdad de condiciones con el
pensamiento crítico.
La otra
cara de esa moneda es la caridad. Elevada a virtud
suprema, exhibida como prueba de compromiso moral.
Pero la caridad, tal como se practica, no cambia
nada esencial: gestiona la miseria sin cuestionar su
origen. Da alivio, sí, pero también estabiliza un
sistema en el que los derechos se sustituyen por
favores. Y ahí aparece una contradicción difícil de
ignorar: se habla de dignidad mientras se perpetúan
dinámicas de dependencia.
Todo
esto podría quedarse en debate ideológico si no
fuera por un detalle incómodo: la distancia entre lo
que se predica y lo que se hace. Durante años, la
institución ha estado marcada por escándalos
económicos y, de forma mucho más grave, por abusos
que no solo ocurrieron, sino que fueron encubiertos.
No son anécdotas, son patrones. Y cada vez que salen
a la luz, erosionan un poco más esa supuesta
autoridad moral que se sigue reivindicando desde el
púlpito.
Por eso
resulta especialmente difícil de digerir que, en
medio de todo esto, el Estado no solo mire hacia
otro lado, sino que participe activamente en la
puesta en escena. Porque la visita papal tiene un
coste. Real. Medible. Pagado con dinero público.
Seguridad, logística, representación. Recursos que
salen del bolsillo común para sostener la proyección
de una institución privada con un ideario concreto.
Y no es
un hecho aislado. Es la prolongación de una relación
privilegiada: beneficios fiscales, financiación
indirecta, presencia institucional. Todo ello en un
país donde, en teoría, ninguna confesión debería
ocupar un lugar preferente.
Aquí es
donde el debate deja de ser religioso y pasa a ser
una cuestión de coherencia. No se trata de
cuestionar la fe individual, sino de preguntarse por
qué determinadas estructuras siguen disfrutando de
un trato excepcional mientras apelan, precisamente,
a valores que ellas mismas han vulnerado demasiadas
veces.
Lo
realmente preocupante no es que la Iglesia exista,
ni que tenga fieles. Es que siga teniendo capacidad
para influir en la esfera pública sin someterse al
mismo nivel de exigencia que cualquier otra
institución. Y que esa influencia se ejerza, además,
con especial eficacia entre quienes menos
herramientas tienen para cuestionarla.
Quizá
ha llegado el momento de dejar de normalizarlo. De
dejar de asumir que esta convivencia desigual forma
parte del paisaje. Porque si algo debería incomodar
en pleno siglo XXI no es la crítica, sino la
persistencia de privilegios envueltos en sotana.
Martes 28 de Abril
Es hora de hacer política de verdad
En los últimos años se ha
instalado en el discurso
político una idea que, repetida
con insistencia, pretende
convertirse en verdad
incuestionable: la economía va
bien. Sin embargo, basta con
salir a la calle, hablar con
cualquier trabajador,
pensionista o joven que busca
independizarse, para percibir
una realidad muy distinta.
Existe una brecha cada vez más
evidente entre los datos
macroeconómicos que se celebran
desde el Gobierno y la vida
cotidiana de millones de
ciudadanos que sienten que
llegar a fin de mes es más
difícil que nunca. El Ejecutivo
de Pedro Sánchez insiste en
señalar el crecimiento
económico, la creación de empleo
o la resiliencia frente a las
crisis internacionales como
logros incuestionables. Y es
cierto que algunos indicadores
apuntan en esa dirección. Pero
también lo es que esos datos,
por sí solos, no llenan la
nevera ni pagan el alquiler. La
inflación, especialmente en
productos básicos, ha dejado una
huella profunda.
Aunque los precios ya no
suban al ritmo vertiginoso
de hace unos años, lo cierto
es que se han quedado en
niveles elevados,
convirtiendo la cesta de la
compra en un lujo creciente
para muchas familias. A esto
se suma el problema
estructural de la vivienda,
que ha pasado de ser una
preocupación a convertirse
en una auténtica emergencia
social. Los alquileres se
han disparado hasta niveles
inasumibles en muchas
ciudades, expulsando a
jóvenes y familias de
barrios enteros y retrasando
proyectos de vida. Las
medidas adoptadas hasta
ahora han demostrado ser
insuficientes o, en el mejor
de los casos, de efectos
limitados. Mientras tanto,
la sensación de impotencia
se extiende entre quienes
ven cómo una necesidad
básica se convierte en un
privilegio. Los
pensionistas, por su parte,
tampoco escapan a esta
realidad.
Aunque las pensiones se
hayan revalorizado conforme
al IPC, muchos siguen
enfrentándose a dificultades
para cubrir gastos
esenciales. La teoría dice
que no han perdido poder
adquisitivo, pero la
práctica demuestra que la
suma de pequeños aumentos en
luz, alimentación o
servicios básicos acaba
asfixiando cualquier margen.
En este contexto, el
Gobierno no solo se enfrenta
a una situación económica
compleja, sino también a una
fragilidad política
creciente. La dificultad
para articular mayorías
parlamentarias, la ausencia
de nuevos presupuestos y el
desgaste derivado de los
escándalos que afectan a su
entorno dibujan un escenario
de debilidad que no puede
ignorarse.
Gobernar no es únicamente
resistir, sino también
ofrecer estabilidad,
dirección y confianza. Y
aquí surge una cuestión
inevitable: ¿hasta qué punto
es legítimo prolongar una
legislatura cuando la
capacidad de gobernar se ve
claramente limitada y la
desconexión con la realidad
social parece aumentar? En
un sistema democrático, las
elecciones no son un
fracaso, sino un mecanismo
de ajuste. Permiten renovar
la confianza, clarificar
mayorías y, en definitiva,
devolver la voz a los
ciudadanos. No se trata de
caer en el tacticismo ni de
convocar elecciones por
cálculo político. Se trata
de asumir que, cuando las
condiciones que sostienen a
un gobierno se debilitan de
forma evidente (en el
Parlamento y en la calle),
quizá lo más responsable sea
abrir una nueva etapa.
Porque una democracia sólida
no se mide solo por su
capacidad de resistir, sino
también por su disposición a
renovarse cuando la realidad
lo exige.
Martes 21 de Abril
El
declive de Sánchez, ante un mutismo
socialista que impresiona
Lo que hoy representa el liderazgo de Pedro
Sánchez no es un proyecto político
reconocible, sino una estrategia de
supervivencia llevada al extremo. Ya no se
trata de gobernar: se trata de aguantar. El
problema no es solo la debilidad
parlamentaria (habitual en sistemas
fragmentados), sino la incapacidad de
convertir esa aritmética en acción política
eficaz. Un Gobierno que no logra aprobar con
normalidad sus leyes ni sus presupuestos no
está gestionando: está bloqueado. Y ese
bloqueo, sostenido en el tiempo, deja de ser
coyuntural para convertirse en identidad.
Una identidad que converge en un interés
común: el mantenimiento en el poder hasta el
final, aunque para ello haya que guardar
silencio, a sabiendas de que el rumbo del
barco va directo al precipicio.
La legislatura se ha transformado en un
ejercicio continuo de cesiones, equilibrios
forzados y rectificaciones. Cada decisión
parece condicionada por la urgencia del día,
no por una dirección clara. No hay una hoja
de ruta; hay una secuencia de maniobras para
evitar el colapso inmediato. Ante ese
desgaste interno, la hiperactividad
internacional del presidente resulta cada
vez más llamativa. Más viajes, más cumbres,
más protagonismo exterior. Pero lejos de
reforzar su figura, proyecta una imagen
incómoda: la de un líder que busca fuera el
respaldo que pierde dentro. La política
exterior no puede convertirse en refugio de
las carencias domésticas. Y mientras tanto,
el partido calla. El Partido Socialista
Obrero Español ha pasado de ser una
organización con tradición de debate interno
a una estructura donde la discrepancia
apenas se percibe. Ni autocrítica, ni
alternativas, ni voces que marquen
distancia.
Solo cierre de filas. Ese silencio no
transmite fortaleza, transmite vacío. Porque
cuando un partido renuncia a discutir su
rumbo, lo que realmente está haciendo es
aplazar un problema que inevitablemente
terminará estallando. La cuestión de fondo
es sencilla: ¿cuánto tiempo puede sostenerse
un liderazgo basado únicamente en resistir?
En política, aguantar sin convencer tiene
fecha de caducidad. Y cuando esa fecha
llega, lo hace sin matices. Porque la
realidad es tozuda: no basta con seguir. Hay
que saber hacia dónde. Y hoy, esa respuesta
brilla por su ausencia.
Miércoles 15 de Abril
El
gobierno convalida 70.000 títulos
universitarios extranjeros...
La convalidación de títulos extranjeros
vuelve periódicamente al centro del debate
público, y no sin motivo. Cuando se trata de
profesiones especialmente sensibles (como la
sanidad), cualquier duda sobre la formación
o la capacitación de quienes atienden a los
ciudadanos genera inquietud. No es una
cuestión menor: hablamos de confianza, de
seguridad y de la calidad de un sistema que,
para muchos, representa uno de los pilares
del Estado del bienestar. En este contexto,
la intención del Gobierno de reforzar la
plantilla sanitaria con miles de médicos
formados en el extranjero abre interrogantes
legítimos.
No se trata de cuestionar de forma
indiscriminada a los profesionales
inmigrantes, muchos de los cuales poseen una
excelente preparación, sino de exigir
garantías claras, procesos rigurosos y
transparencia en las homologaciones. La
percepción de que estos procedimientos
puedan ser laxos o apresurados es, en sí
misma, un problema que erosiona la confianza
ciudadana. Al mismo tiempo, resulta difícil
ignorar la situación de los médicos formados
en España. Tras años de esfuerzo académico,
inversión personal y la exigente prueba del
MIR, muchos se incorporan al sistema
sanitario en condiciones laborales que
distan de ser atractivas: sueldos ajustados,
jornadas extensas y una presión asistencial
creciente.
Esta realidad no solo afecta a su bienestar,
sino que también alimenta la fuga de talento
hacia otros países con mejores condiciones.
La aparente contradicción es evidente:
mientras se buscan soluciones rápidas para
cubrir el déficit de personal, no se abordan
con la misma urgencia las causas
estructurales que lo han provocado. Apostar
por profesionales extranjeros puede ser
parte de la solución, pero no debería
convertirse en un atajo que evite afrontar
reformas más profundas.
Porque el problema no es solo cuántos
médicos hay, sino en qué condiciones
trabajan y cómo se garantiza su
cualificación. Reducir este debate a una
confrontación entre médicos nacionales y
extranjeros sería un error simplista. La
clave está en encontrar un equilibrio:
asegurar procesos de convalidación exigentes
y fiables, dignificar las condiciones
laborales de todos los profesionales
sanitarios y diseñar una planificación a
largo plazo que evite recurrir
constantemente a medidas de urgencia.
La sanidad no admite improvisaciones. La
confianza del ciudadano tampoco.
Lunes 13 de Abril
Orban pierde el poder.
Europa acelera su decadencia
Las
recientes elecciones en
Hungría han provocado una
rápida reacción por parte de
numerosos líderes europeos,
quienes no han dudado en
felicitar al vencedor. Para
muchos, este resultado
representa un giro hacia
mayores libertades y una
apertura política largamente
esperada. Sin embargo,
conviene preguntarse: ¿en
qué medida este cambio
beneficia realmente a Europa
en su conjunto? Desde una
perspectiva más amplia, la
victoria de Peter Magyar
puede interpretarse como un
paso hacia una mayor
liberalización del sistema
político húngaro. Esto
incluye una mayor protección
de derechos civiles y una
alineación más estrecha con
los valores predominantes en
la Unión Europea. Pero
con una advertencia sobre la
excesiva tolerancia hacia
tendencias sexuales muy
cuestionadas, que rayan el
libertinaje y la degradación
moral y ética.
No obstante, este mismo
proceso genera inquietudes
en ciertos sectores que
perciben estos cambios como
una pérdida de control en
ámbitos clave. Uno de los
puntos más controvertidos es
la cuestión migratoria. Para
algunos analistas, una
política más abierta podría
traducirse en mayores
desafíos en la gestión de
fronteras y en la
integración social. Del
mismo modo, el aumento de la
tolerancia hacia
determinados colectivos
sociales es visto por sus
críticos no como un avance
en derechos, sino como un
síntoma de lo que consideran
una relajación de los
valores tradicionales. En el
ámbito geopolítico, las
implicaciones también son
relevantes.
El desbloqueo de fondos
europeos y una mayor
cooperación con Ucrania
pueden interpretarse como un
refuerzo al apoyo a Zelenski
frente a Rusia con el
desbloqueo de dinero para
que Ucrania pueda continuar
con la guerra, y en
consecuencia con la
devastación, la muerte y el
peligro de un conflicto
internacional. Para unos,
esto es una obligación moral
y estratégica; para otros,
implica prolongar un
conflicto devastador, con el
consiguiente aumento del
sufrimiento humano y la
inestabilidad regional.
Este escenario plantea un
dilema fundamental: ¿hasta
qué punto la defensa de
ciertos valores y alianzas
contribuye a la estabilidad,
y cuándo puede convertirse
en un factor de riesgo? La
respuesta no es sencilla y
depende, en gran medida, del
prisma ideológico desde el
que se analice. En
definitiva, la derrota de
Orbán y el ascenso de un
nuevo liderazgo en Hungría
no pueden entenderse
únicamente como un cambio
nacional. Se trata de un
movimiento con implicaciones
profundas para el futuro de
Europa.
Entre quienes lo celebran
como un triunfo democrático
y quienes lo ven como una
amenaza a la cohesión y
estabilidad del continente,
queda abierto un debate que,
sin duda, seguirá marcando
la agenda política europea
en los próximos años.
Domingo 12 de Abril
El espejismo del crecimiento económico en España
En los últimos años, el Gobierno ha insistido en presentar a España como la
economía que más crece de la Unión Europea. A primera vista, el dato puede
parecer motivo de celebración. Sin embargo, basta con rascar un poco la
superficie para comprobar que ese supuesto éxito económico dista mucho de
traducirse en bienestar real para la mayoría de la población. Porque, ¿de qué
sirve crecer si ese crecimiento no se reparte? Más de dos millones de
trabajadores en España necesitan tener dos empleos para poder llegar a fin de
mes. Este dato, por sí solo, desmonta cualquier relato triunfalista. Y se
presume de creación de empleo cuando todos sabemos que casi 2,5 millones de
trabajadores son fijos discontinuos (algunos solo trabajan 2 meses al año),
repercutiendo seriamente en las cotizaciones a las arcas del Estado. Tambien es
notorio que casi un 36% de la economía sea sumergida, con lo cual estamos
hablando de un fraude gigantesco a la vez que denota, la lamentable situación
economica de todos los que necesitan recurrir a este modus operandi.
No estamos ante una economía sólida, sino ante una estructura frágil que obliga
a una parte importante de la ciudadanía a sobrevivir en condiciones cada vez más
precarias. La situación de los jóvenes es aún más preocupante. No solo no pueden
acceder a la compra de una vivienda, algo que ya parece reservado a unos pocos,
sino que ni siquiera pueden entrar en el mercado del alquiler. Los precios son
inasumibles y los salarios, insuficientes. Hablar de emancipación juvenil en
España se ha convertido, para muchos, en una quimera. Y es que los salarios en
nuestro país siguen estando entre los más bajos de Europa, mientras que la
temporalidad y la precariedad laboral continúan marcando el día a día de
millones de trabajadores. Tener empleo ya no garantiza una vida digna.
Esta es, quizá, una de las mayores contradicciones del modelo económico actual.
A todo ello se suma el impacto de la inflación, que no puede explicarse
únicamente por factores externos o conflictos internacionales. El encarecimiento
de la cesta de la compra golpea directamente a asalariados y pensionistas, que
ven cómo su poder adquisitivo se reduce mes a mes sin que existan medidas
realmente eficaces para compensarlo. Ante este panorama, muchos jóvenes no
encuentran otra salida que emigrar. Se marchan en busca de oportunidades,
estabilidad y salarios dignos que aquí no encuentran. Es una pérdida silenciosa
pero constante de talento que debería preocupar seriamente a quienes dirigen el
país. Incluso uno de los pilares del Estado del bienestar, como es la sanidad
pública, empieza a mostrar signos de saturación. La calidad del sistema sigue
siendo reconocida, pero los tiempos de espera se alargan durante meses, e
incluso años, lo que deteriora la atención y genera frustración entre los
ciudadanos.
Por todo ello, cabe hacerse una pregunta inevitable: ¿dónde está ese progreso
del que tanto se presume? ¿Dónde se refleja el crecimiento económico en la vida
cotidiana de la gente? Señor Pedro Sánchez, los ciudadanos no
viven de estadísticas ni de titulares. Viven de sus salarios, de sus
oportunidades y de su capacidad para construir un proyecto de vida digno. Y, hoy
por hoy, para muchos españoles, ese proyecto sigue siendo inalcanzable.
Ahora con la frágil tregua en Irán, y el peligro de una prolongación de la
guerra que provoque el colapso energético por el cierre del estrecho de Ormuz,
se cierne una espiral inflacionista a nivel global de impredecibles
consecuencias, aunque confío en que la sensatez y la responsabilidad de alguna
de las partes evite la catástrofe.
Sábado 11 de Abril
Vanidad, pobreza intelectual y fragilidad
La vanidad, en su justa
medida, puede ser un motor
que nos impulse a mejorar, a
cuidar nuestra imagen y a
aspirar a más. Sin embargo,
cuando desborda los límites
de la prudencia, la sensatez
y la humildad, deja de ser
virtud para convertirse en
una carga silenciosa. Una
carga que no solo
distorsiona la percepción
que tenemos de nosotros
mismos, sino también la
forma en que nos
relacionamos con los demás.
Con frecuencia, la
vanidad excesiva no nace de la seguridad, sino de una carencia profunda. Es
el eco de una necesidad de reconocimiento que no ha sido satisfecha, un
intento torpe de llenar vacíos internos mediante la aprobación externa. En
ese proceso, el individuo puede caer en la soberbia, la prepotencia o la
ostentación, creyendo erróneamente que así gana respeto, cuando en realidad
proyecta fragilidad. Detrás de esa máscara de superioridad suele esconderse
un conflicto más humano: el miedo a no ser suficiente. Y es ahí donde la
vanidad se convierte en enemiga, porque en lugar de ayudarnos a crecer, nos
aleja de la autocrítica, del aprendizaje y de la autenticidad.
Nos empuja a aparentar en
lugar de ser, a competir en lugar de comprender. La verdadera inteligencia
emocional y personal no se manifiesta en la necesidad constante de destacar,
sino en la capacidad de reconocer nuestras limitaciones sin sentirnos
disminuidos por ello. La humildad no resta valor; al contrario, lo
multiplica. Nos permite escuchar, aprender y evolucionar.
Quizá la clave esté en
preguntarnos con honestidad: ¿buscamos ser admirados o ser mejores? Porque
mientras lo primero depende de los demás, lo segundo es un camino propio,
silencioso y mucho más sólido. La vanidad grita: "estoy aquí"; la
verdadera valía, en cambio, no necesita alzar la voz, porque lo
verdaderamente valioso no se muestra, se percibe, aunque esta dentro de uno
mismo.
Martes 7 de Abril
Finalizó la Santa Semana
La reciente celebración de la Semana Santa ha vuelto a desplegar, un año
más, su conocido repertorio de procesiones, símbolos y tradiciones. Sin
embargo, para algunos, estas manifestaciones distan de ser auténticos
ejercicios de fe y espiritualidad. Más bien evocan una puesta en escena que,
entre lo solemne y lo excesivo, puede percibirse como una representación
cargada de formas que han perdido parte de su significado original.
Detrás de este complejo entramado organizativo, impulsado históricamente por
la Iglesia, hay quienes intuyen una dimensión menos visible, una estructura
que ha sabido perpetuarse en el tiempo adaptándose a los cambios sociales.
Para una parte de la sociedad, la Semana Santa ya no es tanto un periodo de
recogimiento como una oportunidad de descanso, una pausa en el ritmo
cotidiano que se agradece y se disfruta desde una perspectiva más lúdica que
espiritual.
Este contraste se hace especialmente evidente en el ámbito rural. En los
pequeños pueblos, lejos del bullicio de las grandes ciudades, estos días
apenas alteran el curso habitual de la vida. No obstante, la llegada de
jóvenes y familias insufla, aunque sea de forma breve, una energía distinta.
Las calles recuperan voces, risas y movimiento; la infancia recorre los
rincones sin descanso, devolviendo al lugar una vitalidad que el resto del
año parece ausente. Las opciones de ocio, sin embargo, siguen siendo
limitadas.
El paseo por la vega, las rutas de senderismo o el bar del pueblo (cuando
aún resiste abierto) se convierten en los principales espacios de encuentro.
Allí se cruzan generaciones, se reencuentran amistades y se tejen
conversaciones que, de otro modo, quedarían suspendidas en el tiempo. Pero
toda esta efervescencia es efímera. Al regresar a la ciudad, queda una
sensación difícil de ignorar: la de haber sido testigo de una vida que se
apaga lentamente. Los pueblos, cada vez más vacíos, parecen suspendidos en
una quietud que roza la melancolía.
Sin gente, sin relevo generacional, sin el pulso cotidiano que los mantenga
vivos, se enfrentan a un futuro incierto. Así, la Semana Santa se revela,
más allá de sus significados tradicionales, como un espejo de nuestras
contradicciones: entre la fe y la costumbre, entre el descanso y la
reflexión, entre la vida que bulle en lo urbano y el silencio persistente de
la España vaciada.
Viernes 3 de Abril
Semana Santa: tradición, fe y la sombra del pasado
Cada año, cuando la Semana Santa irrumpe en las calles de España, se
despliega un espectáculo que combina devoción, estética y tradición con una
intensidad difícil de ignorar. Sin embargo, para algunos observadores, este
fervor religioso no es solo una manifestación cultural, sino también un
inquietante eco de épocas pasadas que creíamos superadas.Las procesiones,
con su solemnidad y su carga simbólica, parecen transportar a la sociedad a
un tiempo donde la religión no solo guiaba la vida espiritual, sino que
dominaba la vida pública, política e intelectual. Un tiempo marcado por la
superstición, el miedo y la imposición doctrinal.
El siglo XIX (y aún antes) fue escenario de una España donde la pobreza y
la ignorancia convivían con un poder eclesiástico omnipresente, y donde las
cicatrices de la Inquisición aún condicionaban la conciencia colectiva.Hoy,
en pleno siglo XXI, resulta legítimo preguntarse qué parte de ese legado
sigue viva. ¿Son las procesiones una expresión auténtica de espiritualidad
o, más bien, una escenificación que mezcla tradición con intereses menos
confesables? No faltan quienes ven en ellas un entramado de negocio,
turismo, poder local y exhibicionismo, envuelto en una estética que roza lo
teatral y, en ocasiones, lo grotesco.Este cuestionamiento no pretende negar
el derecho individual a la fe ni el valor cultural de estas celebraciones.
Pero sí invita a reflexionar sobre el papel que ocupan en una sociedad
que se define como moderna, científica y libre. ¿Hasta qué punto estas
manifestaciones refuerzan una identidad colectiva o, por el contrario,
perpetúan una mentalidad anclada en el pasado?La contradicción es evidente:
mientras España avanza en derechos, conocimiento y progreso, una parte de su
espacio público se llena de símbolos y prácticas que parecen mirar hacia
atrás.
Quizá el problema no sea la tradición en sí, sino la falta de una mirada
crítica que permita integrarla sin renunciar a los valores
contemporáneos.Porque una sociedad verdaderamente libre no es la que elimina
sus tradiciones, sino la que es capaz de cuestionarlas, reinterpretarlas y
decidir conscientemente qué lugar deben ocupar en su presente
Jueves 2 de Abril
Vacaciones en un pueblecito de
la España rural. Idiosincrasia
(I)
En
vacaciones, el pueblo habla mas
que de costumbre, y es natural:
conocer las novedades, saludar a
amigos y conocidos, revivir
momentos pasados y sobre todo
intercambiar confidencias.
Siempre ha sido así, pero en
estos días parece hacerlo con un
pulso distinto, como si el clima
y el tiempo lento aflojaran las
lenguas y afinaran las
curiosidades. Se habla de todo,
claro, pero no de cualquier
manera. Hay conversaciones que
pasan de largo, como el viento
entre las encinas, y otras que
se quedan suspendidas en el
aire, pidiendo ser escuchadas.
Yo, poco dado al cotilleo y
menos aún a los cuentos
inflados, me quedo con lo que
realmente parece importar. Por
ejemplo, la política local del
pueblo, que aquí no es un ruido
lejano sino algo casi doméstico.
Ya se
deslizan nombres, se intuyen
movimientos, se dibujan
candidaturas para las
municipales de 2027. Se sabe (o
se cree saber) quién dará la
cara por unos y otros: por VOX,
por el PSOE, por la España
Vaciada, incluso por esa
plataforma que responde al
nombre tan propio de "Grupo de
electores por Arrabalde
Pueblo”..... No hay aún carteles
ni mítines, pero sí miradas que
pesan y comentarios que tantean
el terreno. Promete ser
interesante, dicen, y en ese
“dicen” cabe medio verano. Pero
no todo es política. En mi
pueblo también se habla (y con
no poca vehemencia) del camión
de purines. Aparece sin avisar,
como un personaje secundario que
roba escena, dejando tras de sí
una estela pestilente y densa,
casi palpable, que obliga a
cerrar ventanas y fruncir el
gesto. Es curioso cómo algo tan
cotidiano puede convertirse en
tema recurrente, en motivo de
queja compartida, en símbolo
improvisado de las pequeñas
incomodidades rurales.
Y luego
está la cobertura móvil, o más
bien su ausencia. Un clásico que
no pasa de moda. Turistas que
levantan el brazo en busca de
una señal esquiva, visitantes
que pasean el teléfono como si
fuera una brújula desorientada,
vecinos que ya han aprendido a
convivir con ese silencio
digital. La desesperación ajena
contrasta con la resignación
local, y entre ambos extremos se
tejen conversaciones que oscilan
entre la queja y la broma.
Tambien se
habla de la continua e
inexorable despoblación, de esa
población tan envejecida sin
relevo generacional y, causa de
que cada día el pueblo se queda
mas vacio, en el que ya ha
saltado la alarma demográfica.
De lo demás también se habla,
por supuesto: de pequeñas
vanidades, de historias que
vienen y van, de esas minucias
que llenan horas pero no dejan
poso.
Esas las
dejo pasar. Cada cual elige sus
silencios. Y así transcurren las
vacaciones, entre palabras que
se cruzan en la plaza, en el bar
o a la sombra de cualquier
pared. El pueblo, mientras
tanto, sigue hablando. Y uno
aprende que, a veces, escuchar
con criterio es la mejor forma
de contar lo que realmente
sucede.

Domingo 15 de
Marzo
La ambivalencia de la inteligencia
humana
La
misma capacidad que nos permite comprender el universo también nos
permite causar un daño inmenso. La evolución no “programó” la
inteligencia humana para ser moral; la seleccionó porque ayudaba a
sobrevivir. Esa inteligencia sirve tanto para cooperar y ayudar
como para competir y dañar. Con ella inventamos el bisturí… y también la
espada. La tecnología, por sí sola, no tiene ética: es una herramienta
que amplifica las intenciones humanas.
Esto
explica por qué la misma especie que desarrolló la energía nuclear para
generar electricidad también creó armas como las usadas en Hiroshima y
Nagasaki
durante la Segunda Guerra Mundial. La historia del ser humano está
marcada por una profunda paradoja: la misma inteligencia que nos
permitió evolucionar desde un primate vulnerable hasta una especie capaz
de comprender el universo también nos ha dado el poder de destruirnos.
A lo
largo de millones de años hemos perfeccionado nuestra capacidad de
pensar, crear y transformar el mundo, pero con demasiada frecuencia esa
inteligencia se ha puesto al servicio del dominio, la guerra y la
destrucción. La tecnología ha multiplicado nuestras posibilidades y, con
ellas, nuestra capacidad de causar daño. El ejemplo más extremo de esta
deriva fue el desarrollo de las armas nucleares, cuyo horror quedó
patente en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda
Guerra Mundial. Este hecho nos obliga a reconocer una realidad incómoda:
la ciencia y la tecnología no contienen en sí mismas ningún principio
moral. Son herramientas que amplifican las intenciones humanas.
Cuando
se combinan con el miedo, la ambición o la voluntad de poder, pueden
convertirse en instrumentos devastadores. De ahí la advertencia tantas
veces repetida de que la ciencia sin conciencia puede terminar generando
monstruos. Sin embargo, la inteligencia humana no solo ha servido para
destruir. También ha permitido avances extraordinarios que han mejorado
la vida de millones de personas: la medicina moderna que reduce el
sufrimiento y cura enfermedades duplicando la esperanza de vida, las
vacunas, las leyes y el desarrollo de derechos y libertades o la
cooperación internacional son fruto de esa misma capacidad de pensar y
crear.
Tal
vez el verdadero problema no sea la inteligencia en sí, sino el desfase
entre nuestro poder tecnológico y nuestra madurez moral, entre nuestra
inteligencia y nuestra conciencia. Hemos aprendido a dominar la
naturaleza mucho más rápido de lo que hemos aprendido a dominarnos a
nosotros mismos. En última instancia, el ser humano es al mismo tiempo
el mayor riesgo y la mayor esperanza para el planeta. Somos la única
especie capaz de causar un daño global, pero también la única capaz de
comprender ese peligro y tratar de evitarlo.
El gran
fallo en esta evolución es que no somos capaces de evitar las guerras
devastadoras que asolan el planeta y convierten la vida en un infierno
El futuro dependerá de si logramos que nuestra conciencia y nuestra
responsabilidad crezcan al mismo ritmo que nuestra inteligencia, porque
hasta ahora se ha demostrado que nuestro evolucion moral, nuestra
madurez ética, va mas lenta que nuestra tecnología. Tenemos poder para
transformar el planeta, pero seguimos teniendo emociones y conflictos
heredados de un pasado tribal: miedo, competencia por recursos, deseo de
poder.
Y ahí
es donde radica el problema. en darnos cuenta que ese poder que nos ha
dado la inteligencia, debe usarse para evitar la destrucción de nuestra
especie y del Planeta, desarrollando antes nuestra moral y conciencia.
Sábado 14 de
Marzo
El mundo bajo la
espada de Damocles
Mientras la opinión pública consume
titulares fugaces, el mundo avanza hacia
un escenario inquietantemente familiar:
una fase prebélica global. El mundo se
desliza hacia un horizonte mas que
incierto y peligroso, donde pueden
entrar en juego la intervención de las
grandes potencias, lo que podría
provocar el colapso del comercio global,
una crisis financiera internacional y lo
que es peor, la amenaza cada día
mas probable de una Tercera Guerra
Mundial con el temido riesgo nuclear.
Porque la
confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán no es solo una crisis
regional en Oriente Medio; es el síntoma de un orden internacional cada vez
más frágil y de una economía mundial peligrosamente dependiente de
equilibrios geopolíticos inestables.
Durante
años se nos habló de globalización, estabilidad y cooperación. Sin embargo,
basta una escalada militar en una de las principales rutas energéticas del
planeta para que el precio del petróleo se dispare, los mercados entren en
pánico y millones de personas vean encarecerse su vida diaria: subida del
precio de combustibles, aumento de costes de transporte,
encarecimiento de alimentos y presión inflacionaria global. La
supuesta solidez del sistema se revela entonces como lo que realmente es:
una estructura profundamente vulnerable.
Detrás del
lenguaje diplomático sobre seguridad y defensa se esconde una competencia
mucho más cruda por recursos, rutas comerciales y zonas de influencia. Y,
como suele ocurrir, las consecuencias recaen sobre las sociedades:
inflación, incertidumbre económica, aumento del gasto militar y una
creciente inestabilidad política. Lo verdaderamente preocupante no es solo
el conflicto actual, sino la normalización de esta dinámica.
El mundo
parece deslizarse hacia una nueva era de rivalidad entre potencias donde la
guerra vuelve a ocupar un lugar central en la política internacional. Y lo
hace, una vez más, con las sociedades como principales damnificadas.
Preparémonos para lo peor..
Viernes 13 de
Marzo
El mundo
en Jaque
Un solo país
puede hoy poner en jaque al planeta entero. En un mundo profundamente
interconectado, los conflictos regionales ya no se quedan en su vecindario:
se expanden como ondas en el agua y terminan afectando a la energía, al
comercio y, finalmente, al bolsillo de millones de personas. Eso es lo que
estamos viendo con la tensión creciente en torno al estrecho de Ormuz.
El Estrecho
de Ormuz es una de las arterias energéticas más importantes del mundo. Por
ese paso marítimo circula una parte enorme del petróleo y del gas que
abastecen a Europa, Asia y otras regiones. Su cierre, incluso parcial o
temporal, tendría consecuencias inmediatas: subida del precio del crudo,
encarecimiento del transporte, presión inflacionaria y, en cadena, un
aumento del coste de prácticamente todos los bienes de consumo.
Cuando la
energía sube, todo sube. El combustible afecta al transporte de alimentos, a
la producción industrial, a la electricidad y a la logística global. En
pocas semanas podríamos ver cómo la cesta de la compra vuelve a dispararse,
cómo los transportes se encarecen y cómo muchas economías domésticas vuelven
a sentir una presión que creíamos superada tras las últimas crisis
inflacionarias.
Pero en medio
de estos episodios también emerge un fenómeno preocupante: el oportunismo
económico. No es raro que algunos agentes del mercado aprovechen la
incertidumbre para subir precios de productos que aún no han sufrido el
incremento real de costes. Ese comportamiento erosiona la confianza de los
ciudadanos y agrava el impacto de la crisis. En situaciones excepcionales,
los gobiernos deberían vigilar con mayor intensidad estas prácticas y, si
fuera necesario, aplicar mecanismos temporales que eviten abusos. Medidas
como la reducción de impuestos indirectos (por ejemplo el IVA en productos
básicos) o mecanismos de control sobre precios estratégicos pueden ayudar a
amortiguar el golpe sobre los hogares más vulnerables.
Al mismo
tiempo, los ciudadanos tienden a reaccionar con lógica preventiva. Ante la
incertidumbre energética, no sería extraño que muchas familias optaran por
llenar el depósito con más frecuencia o incluso almacenar algo más de
combustible de lo habitual. Sin caer en alarmismos ni en compras
compulsivas, la prudencia doméstica forma parte de la cultura de resiliencia
que muchas sociedades han aprendido tras las recientes crisis globales.
La situación
internacional demuestra, una vez más, hasta qué punto la estabilidad del
sistema global depende de unos pocos puntos críticos del mapa. Un estrecho
marítimo, una cadena logística o una decisión geopolítica pueden
desencadenar efectos que llegan hasta el supermercado del barrio.
Quizá la
lección más importante sea la necesidad de reforzar la diversificación
energética, las reservas estratégicas y la cooperación internacional. En un
mundo donde una crisis regional puede convertirse en un problema global en
cuestión de días, la previsión y la coordinación no son solo virtudes
políticas: son una necesidad económica y social.
El futuro inmediato dependerá de si
prevalece la escalada o la diplomacia. Pero, mientras tanto, conviene
observar los acontecimientos con realismo: lo que ocurre en lugares
aparentemente lejanos puede tener consecuencias muy cercanas.
Viernes 7 de
Marzo
El 8M, hipocresía y
propaganda política
El Día Internacional de la
Mujer debería ser una
jornada de reivindicación
transversal en defensa de la
igualdad y la dignidad de
todas las mujeres. Sin
embargo, en la España de los
últimos años el 8 de marzo
se ha ido transformando en
algo muy distinto: una
manifestación profundamente
ideologizada,
instrumentalizada por
determinados partidos y
utilizada como altavoz
político, y más que como un
verdadero espacio de
reflexión social es un
simple acto propagandístico
de captación de votos
progresistas. La de este año
con el slogan del "No a la
Guerra" con un definido
cálculo electoral. Y mas que
una manifestación en pro de
los derechos e igualdad de
la mujer, es un acto de
simpatizantes del PSOE y la
izquierda radical en defensa
de "sus políticas" y, yo a
eso no me sumo. La Ley del
"solo si es si" ha supuesto
una verdadera bofetada todas
las mujeres víctimas de
agresiones sexuales.
La paradoja
resulta especialmente evidente este año. Durante la pasada legislatura, uno
de los principales emblemas del feminismo gubernamental fue la llamada ley
del “solo sí es sí”, que terminó produciendo un efecto jurídico devastador:
una oleada de reducciones de pena y excarcelaciones anticipadas a violadores
y agresores sexuales que causó una profunda indignación social. ¿Con
que dignidad, moral y credibilidad puede presentarse la izquierda como
adalides de la lucha contra el acoso y la violencia machista, cuando en sus
propios partidos han tenido que enfrentarse a supuestos escándalos
relacionados de acoso y abusos sexuales (Errejon, Monedero, Salazar,
Navarro, Izquierdo, Tomé, Tito Berni, y las andanzas de Abalos y Koldo con
las señoritas de compañía....etc.
etc.). No se puede convertir la
lucha contra el acoso en una bandera pública mientras se mira hacia otro
lado, cuando los problemas aparecen dentro de casa.
Porque nunca como ahora, las mujeres han estado mas desprotegidas a raíz de
la Ley de Irene Montero del "Solo si, es si".
El resultado
de todo esto es que una causa legítima (la defensa de los derechos de las
mujeres) termina envuelta en una espesa capa de propaganda partidista, con
esloganes puramente políticos. Las manifestaciones del 8M ya no son solo un
espacio de reivindicación social, sino también un escaparate político donde
se discute el espacio electoral. Esta deriva tiene consecuencias. Muchas
mujeres (y también muchos hombres) que creen firmemente en la igualdad han
dejado de sentirse representad@s en una manifestación que perciben como un
acto político más.
La igualdad
entre hombres y mujeres no debería pertenecer a ningún partido ni a ninguna
ideología concreta. Quizá ha llegado el momento de preguntarse si
quienes dicen hablar en nombre de todas las mujeres, están realmente
defendiendo sus intereses o si, por el contrario, están utilizando una causa
justa como instrumento para obtener rédito político, pura y llanamente.
Porque cuando la lucha por la igualdad se convierte en propaganda, quienes
realmente salen perdiendo son precisamente aquellas personas en cuyo nombre
se dice luchar
Jueves 5 de
Marzo
España, otra
vez al margen
Hay momentos
en la historia en los que los países están obligados a decidir de qué
lado quieren estar. No hay zonas grises. O se está con las democracias
occidentales que intentan frenar a los regímenes autoritarios, o se opta
por la comodidad de mirar hacia otro lado. Y, una vez más, España parece
haber elegido lo segundo.
Mientras
buena parte de los aliados de Estados Unidos se alinean para afrontar
una escalada con el régimen iraní (uno de los sistemas políticos más
represivos, teocráticos y agresivos del planeta) el Gobierno de Pedro
Sánchez ha decidido desmarcarse. La negativa a facilitar el uso de las
bases militares españolas a Estados Unidos no es solo una decisión
estratégica: es un mensaje político. Y el mensaje que transmite es el de
un país que prefiere quedarse al margen cuando sus aliados se
posicionan.
España,
miembro de la OTAN y socio estratégico de Washington desde hace décadas,
dispone de infraestructuras militares clave en el Mediterráneo. Bases
que no existen solo como símbolo, sino precisamente para reforzar la
cooperación en materia de seguridad con nuestros aliados. Negar su uso
en un momento de tensión internacional no solo rompe con ese espíritu de
colaboración; también proyecta una imagen de socio poco fiable. Las
consecuencias de este tipo de decisiones rara vez son inmediatas, pero
suelen terminar llegando.
La relación
con Estados Unidos no es solo militar: también es económica, comercial y
estratégica. Cuando un país decide desmarcarse en un momento crítico, no
debería sorprenderle que después lleguen las facturas en forma de
presión diplomática, sanciones comerciales o nuevas barreras económicas.
Pero el problema quizá no sea solo internacional. El verdadero trasfondo
parece estar en la política doméstica. En España existe un reflejo
político muy conocido: cada vez que surge un conflicto internacional,
algunos dirigentes desempolvan el viejo eslogan del “No a la guerra”. Un
lema que en su día movilizó a millones de personas, pero que hoy corre
el riesgo de convertirse más en una herramienta electoral que en una
posición seria de política exterior.
Porque el
mundo de hoy no es el de hace veinte años. Las tensiones geopolíticas se
han multiplicado, los equilibrios internacionales son cada vez más
frágiles y las democracias occidentales enfrentan desafíos cada vez más
claros por parte de regímenes autoritarios. Pretender que España puede
mantenerse cómodamente al margen mientras otros asumen el peso de esas
decisiones no es una estrategia: es una ilusión. Y además, una ilusión
peligrosa.
El Gobierno
puede pensar que esta posición le reportará rédito político interno, que
volverá a activar una parte de su base electoral con un discurso
pacifista clásico. Pero existe también el riesgo de que una parte
creciente de la sociedad española perciba esta actitud como lo que
muchos ya empiezan a ver: una política exterior basada más en cálculos
electorales que en responsabilidad internacional. En política, intentar
colocarse siempre en la posición aparentemente más cómoda puede acabar
saliendo caro.
Porque cuando
el tablero internacional se mueve, quedarse quieto no significa
neutralidad: significa quedarse atrás. Y la historia, cuando se escribe
con perspectiva, suele ser poco amable con quienes decidieron mirar
hacia otro lado cuando se les pidió que eligieran.
Miércoles 4
de Marzo
El tablero geopolítico mundial
Un error que España puede pagar
caro
El discurso
pronunciado esta mañana por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, marca
un punto de inflexión en la política exterior española y nos coloca en el
lado incorrecto de la historia frente a una potencia que maneja los hilos
que mueven el mundo. No solo eso, el rechazo del presidente Pedro Sánchez a
la utilización de las bases estadounidenses en España no es un simple gesto
político: es una decisión que puede tener consecuencias económicas y
estratégicas de gran alcance y el discurso de esta mañana tratando de
justificar su decisión es una declaración de Guerra a EE.UU.. La próxima
estrategia de Sanchez será convocar una manifestación con el lema de "No a
la Guerra", para que a fin de que sus políticas sean aceptadas sin
sufrir el desgaste que se merece.
En un momento de
máxima tensión internacional, enfrentarse a Estados Unidos (nuestro
principal aliado occidental y uno de nuestros socios comerciales clave) no
es una cuestión ideológica, sino de responsabilidad. Las decisiones en
política exterior no se toman para satisfacer a socios parlamentarios, sino
para proteger la estabilidad y el bienestar del país.
España cuenta con una ciudadanía resiliente y comprometida. Sin embargo, la
fortaleza de un país también depende de la claridad y coherencia de su
liderazgo. Gobernar implica asumir costes, pero también anticipar
consecuencias.
Si esta postura deriva en
represalias comerciales, restricciones económicas o pérdida de influencia
internacional, quienes pagarán el precio no serán los dirigentes políticos,
sino los ciudadanos: más inflación, más incertidumbre y menos oportunidades.
En un contexto internacional marcado por la tensión entre Estados Unidos e
Irán, y con Europa alineada en gran medida con la estrategia norteamericana,
España ha optado por desmarcarse. No deja de ser un error que perjudicará
los intereses de todos los españoles.
Gobernar no es resistir en el poder a cualquier coste.
Gobernar es medir las consecuencias. Y cuando el cálculo falla, el coste lo
asume la nación entera. Los ciudadanos no tienen porque asumir las políticas
nefastas y erróneas de sus gobernantes. Cuando estos no hacen políticas que
beneficien, deben sustituirse.
Martes 3 de
Marzo
La Guerra
y sus consecuencias
La guerra entre
Estados Unidos, Israel e Irán no es un
conflicto lejano para Europa. Aunque los
combates se desarrollen en Oriente
Medio, sus efectos ya cruzan fronteras y
se sienten en nuestra política, nuestra
economía y nuestra seguridad.
En el plano
económico, el impacto es inmediato. La tensión en el Golfo Pérsico y el
riesgo sobre el Estrecho de Ormuz (arteria clave del comercio energético
mundial) han disparado los precios del petróleo y del gas. Para los
europeos, esto significa más inflación, mayores costes para empresas y
familias y un crecimiento económico aún más frágil. Tras años marcados por
pandemia y guerra en Ucrania, Europa vuelve a comprobar su vulnerabilidad
energética. Y aunque España solo importa el 4% de petróleo de Irán, los
daños colaterales afectaran a la cesta de la compra y otros productos. En
todo caso, cuidado con la manipulación de los medios de comunicación, que ni
es todo lo que dicen ni dicen todo lo que es. Ellos son partidarios de
dramatizarlo y exagerarlo todo para captar altos niveles de audiencia y
están lejos de la autenticidad.
En el ámbito
político, el conflicto vuelve a poner a prueba la unidad europea. No todos
los gobiernos interpretan de la misma forma la intervención militar ni el
papel de Estados Unidos. Las divisiones en política exterior debilitan la
voz común de la Unión en un momento en que la diplomacia debería ser
prioritaria. En términos de seguridad, el riesgo es más silencioso pero
igualmente relevante. Una escalada regional podría aumentar la
inestabilidad, provocar nuevas oleadas migratorias y elevar el nivel de
amenaza terrorista. Además, Europa se ve obligada a reforzar la protección
de sus intereses y ciudadanos en la zona, con el consiguiente coste
estratégico y presupuestario.
La negativa
de Sanchez a los americanos a permitir la utilización de las bases que
EE.UU. tiene en España, en mi opinión es un error y una irresponsabilidad,
ya que aísla a España de una posible cobertura ante cualquier ataque del
exterior. Este conflicto demuestra, una vez más, que Europa no puede
permitirse ser un actor pasivo en el tablero internacional. La autonomía
energética, la cohesión política y una política exterior coherente no son
aspiraciones abstractas, sino condiciones necesarias para proteger la
estabilidad y el bienestar de los europeos. La guerra puede estar lejos
geográficamente, pero sus consecuencias están ya en casa. Pero que no cunda
el pánico. Tan solo prevenir haciendo acopio moderadamente de alimentos y
combustible (hacer la compra para un mes) en el caso de que se prolongue
esta guerra.
Lunes 2 de
Marzo
Tolerancia o disciplina
O
como salvar a la civilización de manera incivilizada
Si tu toleras la injusticia te haces cómplice
del daño que genere la misma, y aunque a veces es doloroso cortar por lo
sano, es preferible sufrir momentáneamente para lograr un bienestar
prolongado. Porque ese es el dilema mora y ético.
Es verdad que el
orden internacional atraviesa uno de los momentos más delicados desde el
final de la Guerra Fría. Durante décadas, se consolidó la idea (quizá
optimista, quizá prematura) de que el derecho internacional, las
instituciones multilaterales y la interdependencia económica actuarían como
frenos estructurales frente a la guerra abierta entre Estados. Sin embargo,
los conflictos recientes han puesto en cuestión esa confianza. No es el
derecho, ni los tratados internacionales lo que estable el orden
social y político entre países, sino la fuerza de las armas y el poder
económico.
La guerra entre Rusia y Ucrania, el conflicto
en Gaza tras el ataque de Hamás a Israel y las tensiones entre Estados
Unidos e Irán no son episodios aislados, sino expresiones de una
transformación más profunda: la transición hacia un sistema multipolar
competitivo. El orden liberal posterior a 1991, basado en una hegemonía
occidental relativamente estable, se encuentra en revisión. Nuevos actores
con un poderoso respaldo bélico y económico consolidan su poder, cuestionan
reglas existentes y reivindican espacios de influencia propios.
Y sin embargo en
este escenario surge una cuestión ética compleja: ¿debe la comunidad
internacional intervenir militarmente para frenar a regímenes que vulneran
gravemente los derechos humanos? En mi opinión SI
La doctrina de la “Responsabilidad de
Proteger” intentó ofrecer una respuesta equilibrada, estableciendo que la
soberanía no puede ser escudo para el genocidio o la represión masiva. Sin
embargo, la experiencia muestra que la intervención militar es una
herramienta ambivalente. Derrocar a un tirano no garantiza la construcción
de instituciones estables; en ocasiones, genera vacíos de poder, conflictos
internos prolongados y nuevas formas de violencia. Incluso usurpación y
anexión territorial por otra potencia.
Por eso la
legitimidad de una intervención no puede medirse solo por la nobleza de su
propósito, sino por su respaldo multilateral, su proporcionalidad y, sobre
todo, por su planificación posterior. La justicia no puede improvisarse con
armas; requiere instituciones, reconstrucción y compromiso a largo plazo. Si
una vez aplicado el correctivo de una nación a otra se mejora la situación
de sus ciudadanos bienvenido sea.
La pasividad absoluta, por otra parte,
tampoco es moralmente neutra. Permitir que atrocidades se perpetúen sin
respuesta supone aceptar que los derechos humanos dependen de la geografía y
del cálculo estratégico. El dilema, por tanto, no se resuelve entre
intervención o inacción, sino en cómo construir mecanismos eficaces y
legítimos que protejan a las poblaciones sin agravar el caos. El bárbaro y
cruel sistema de Irán requería una intervención no solo de EE.UU. sino del
mundo entero para corregir una situación penosa, bajo el mandato de
teócratas, tiranos, crueles y despiadados, donde a los ciudadanos se les ha
privado de libertad y la mujer se ha convertido en un simple objeto de
placer y mano de obra esclava sin libertad, sin derechos y sin justicia a la
que se le aplica una ley que esta fuera de los cánones establecidos, por la
ética, la piedad, la humanidad y la solidaridad entre seres humanos.
Domingo 1 de Marzo
La omisión del bien o la pasividad ante la injusticia, es tan reprensible como la comisión del mal.
Porque no
basta con no hacer el mal; también somos responsables de evitarlo cuando está en
nuestras manos. En relación con lo ocurrido ente EE.UU.., Israel e Irán, y en
este contexto, ¿Acaso no esta legitimada la intervención militar contra un
régimen cruel y despiadado que trata a sus ciudadanos sin misericordia,
aplicándoles penas inhumanas y que considera a la mujer como un simple objeto de
placer privándolas de derechos y libertad? Porque es aquí donde debemos
plantearnos el dilema ético y moral, independiente de los derechos
internacionales. ¿No es preferible que perezcan unos pocos para salvar a la
mayoría? ¿No es preferible aplicar la cirugía aunque sea dolorosa para salvar el
resto del cuerpo y procurarle bienestar y vida?
Quien comete una injusticia
carga con la evidencia de su acto. En cambio, quien
calla, quien mira hacia otro lado, quien decide “no
meterse”, puede convencerse de que no ha hecho nada
malo. Pero precisamente ahí radica su gravedad: el
bien que pudo hacerse y no se hizo deja una herida
silenciosa. En muchas situaciones la injusticia no
crece solo por quien la inicia, sino por quienes la
toleran. El mal se fortalece cuando encuentra
indiferencia; el bien, en cambio, necesita valentía.
La pasividad ante la
injusticia suele nacer del miedo, del cansancio o
del deseo de no complicarse la vida. Sin embargo,
cada vez que elegimos no intervenir cuando podríamos
hacerlo, estamos tomando partido, aunque no lo
admitamos. La neutralidad frente al sufrimiento del
otro casi siempre favorece al más fuerte. No se
trata solo de grandes causas o heroísmos
extraordinarios.
A veces el bien omitido es una
llamada no hecha, una ayuda no ofrecida, una palabra
de apoyo que decidimos guardar. La ética no solo se
mide por lo que hacemos, sino también por lo que
dejamos de hacer. Y cada uno de nosotros, con
nuestras acciones y nuestras omisiones, participa en
la construcción (o el deterioro) de la justicia
************************************
Viernes 27 de
Febrero
Servir y proteger, no
impunidad para dañar
Cuando quienes deben protegerte te hacen
sentir miedo
La sociedad asiste atónita a una sucesión de
noticias sobre casos de acoso sexual en el seno de la policía. No se trata
de rumores ni de hechos aislados perdidos en la estadística. Son denuncias,
investigaciones, testimonios y procesos judiciales que, acumulados, dibujan
una realidad inquietante. Una realidad que golpea directamente la confianza
pública. Porque el problema no es solo el delito. El problema es quién lo
comete.
Cuando un ciudadano sufre un abuso, acude a
la policía. Cuando una mujer es acosada, amenazada o violentada, busca
amparo en quienes portan un uniforme que simboliza autoridad, protección y
ley. Pero ¿qué ocurre cuando algunos de esos mismos agentes utilizan su
posición de poder para acosar, intimidar o abusar de sus propios compañeros?
Ocurre algo devastador: se rompe el pacto de confianza en el colectivo
policial y sobre todo con la ciudadanía
No, no son todos. Y sería injusto afirmar lo
contrario. La mayoría de los agentes cumplen su labor con profesionalidad,
integridad y vocación de servicio. Muchos de ellos también sienten
indignación ante estos hechos. Pero el problema no desaparece por reconocer
que son una minoría. Cuando los casos se multiplican, cuando las denuncias
se repiten, cuando los patrones se asemejan, deja de ser una “manzana
podrida” para convertirse en un problema estructural que exige respuestas
estructurales.
El uniforme no puede convertirse en un escudo
para la impunidad. La autoridad no puede ser un instrumento de intimidación.
El poder no puede ser una vía para el abuso.
Las mujeres, especialmente, sienten una
inquietud legítima. Si quien debe protegerte puede convertirse en tu
agresor, ¿a quién recurres? El miedo no es solo al individuo concreto, sino
al sistema que permite que esas conductas ocurran, se oculten o se
minimicen. Porque el verdadero daño no es únicamente el que sufren las
víctimas directas. El daño se extiende a toda la sociedad. Cada caso
erosiona la credibilidad institucional. Cada silencio corporativo genera
sospecha. Cada intento de restar importancia amplifica la desconfianza.
La solución no pasa por demonizar a todo un
cuerpo policial. Pasa por exigir transparencia, protocolos claros,
investigación independiente y tolerancia cero. Pasa por proteger a las
denunciantes, por evitar represalias internas, por revisar estructuras
jerárquicas que puedan facilitar el abuso de poder. Pasa, en definitiva, por
comprender que el prestigio de una institución no se defiende ocultando sus
fallos, sino corrigiéndolos con firmeza.
La igualdad y la protección de los derechos
humanos no son consignas. Son obligaciones. Y quien porta una placa no solo
representa la ley: representa los valores que sostienen nuestra convivencia.
La sociedad no exige perfección. Exige coherencia. No exige infalibilidad.
Exige responsabilidad. No exige heroísmo. Exige integridad.
Si queremos que la policía siga siendo
símbolo de seguridad, debe ser la primera interesada en erradicar cualquier
conducta que la degrade desde dentro. Porque proteger a las mujeres no es un
eslogan institucional. Es una responsabilidad irrenunciable.
Y cuando esa responsabilidad se traiciona, el
silencio no es prudencia: es complicidad.
Jueves 26 de Febrero
23F (II)
Transparencia a medias no es transparencia
La reciente desclasificación de documentos
sobre el 23-F se ha presentado como un ejercicio de claridad democrática.
Pero conviene no confundir la escenografía con la transparencia real. Abrir
una parte del archivo no equivale a abrirlo todo. Y cuando lo que se muestra
parece cuidadosamente delimitado, la pregunta no es qué dicen los
documentos, sino qué no dicen.
Durante días se ha construido un debate
mediático intenso, casi coreografiado, en el que cada sector ha encontrado
munición para reafirmar su posición previa. Sin embargo, el núcleo del
asunto permanece intacto: desconocemos si lo desclasificado constituye una
porción sustancial de los archivos o apenas una fracción conveniente. Si
solo estamos ante una parte (y todo indica que así podría ser), entonces no
estamos ante una revelación histórica, sino ante una gestión política del
pasado.
La democracia no se fortalece administrando
la verdad en dosis asumibles. Si existen elementos que no han salido a la
luz (posibles apoyos civiles, redes financieras, tramas paralelas o grados
de conocimiento institucional), su ausencia no despeja las dudas: las
agrava. Porque la confianza pública no se construye sobre silencios
selectivos.
Resulta especialmente preocupante la
tendencia a convertir la ausencia de responsabilidades explícitas en los
documentos publicados en una suerte de absolución definitiva. La historia no
se reescribe por omisión. Si el archivo es incompleto, las conclusiones
también lo son. Y presentar un fragmento como totalidad es, en el mejor de
los casos, una simplificación; en el peor, una forma de tutela informativa
hacia la ciudadanía.
Que el propio poder político haya autorizado
la desclasificación añade otra capa de interrogantes. Cuando el Estado
decide qué parte de su memoria se hace pública y cuál permanece bajo llave,
la transparencia deja de ser un principio para convertirse en una
herramienta de control del relato.
Más de cuatro décadas después, el 23-F sigue
siendo un punto sensible de nuestra historia democrática. Pero si realmente
se pretende cerrar ese capítulo, no basta con abrir carpetas seleccionadas.
La transparencia no admite apellidos ni porcentajes. O es completa, o es
estrategia.
Y cuando la estrategia se disfraza de
transparencia, la consecuencia no es el esclarecimiento, sino la erosión
silenciosa de la confianza pública.
Miércoles 25 de
Febrero
23F
(I)
Las sombras que aún
incomodan
"Por una extraña carambola del destino en el día de
hoy fallece el Tte. Coronel Antonio Tejero". QPD.
La ya
desclasificación de los
papeles del 23-F
se anuncia como un ejercicio de transparencia histórica. Pero cuando se
levanten los sellos y se abran los archivadores, lo que probablemente
emergerá no será una verdad limpia y definitiva, sino algo más inquietante:
la confirmación de que la Transición española estuvo atravesada por
ambigüedades calculadas, dobles lenguajes y silencios estratégicos. Porque
el 23-F nunca fue solo el asalto de un guardia civil exaltado al Congreso.
Fue la
culminación de un clima político enrarecido, donde el desgaste del gobierno
de Suárez, el ruido de sables y el miedo a la descomposición territorial
convivían con una democracia aún frágil. Mañana se desclasifican los papeles
del 23-F y, sin embargo, la sensación dominante no es de expectación sino de
escepticismo. Se dirá que conoceremos “toda la verdad”, que por fin se
cerrará una herida histórica. Pero ¿realmente esperamos algo que cambie
sustancialmente el relato que ya conocemos (o que intuimos) desde hace
décadas? Han pasado más de cuarenta años desde aquel 23 de febrero de 1981
en que el teniente coronel irrumpió en el Congreso pistola en mano.
Desde
entonces, el relato oficial ha sido claro: un golpe de Estado abortado
gracias a la intervención decisiva del rey , cuyo mensaje televisado
desactivó la intentona y salvó la democracia. Pero junto al relato oficial
ha convivido siempre otro relato: el de las zonas grises, las conversaciones
previas, las ambigüedades calculadas y las lealtades inciertas. Los nombres
de Jaime Milans del Bosch no aparecen como simples comparsas, sino como
piezas de una operación más compleja. Y la pregunta incómoda ha persistido:
¿hubo un único golpe o varios planes superpuestos?
El golpe que fracasó… ¿o los
golpes?
Una de las interpretaciones
más extendidas sostiene que no existió un solo golpe, sino al menos tres
dinámicas distintas: El golpe duro, representado por Tejero, de carácter
inequívocamente militar y autoritario. El golpe “de timón”,
vinculado a Armada, que pretendía un gobierno de concentración presidido por
un militar, pero con participación de todos los partidos, incluso de
izquierda. La presión institucional, que buscaba forzar la caída
de Adolfo Suárez y redirigir la Transición hacia un modelo más controlado.
El rechazo de Tejero al plan de Armada (cuando este le plantea un gobierno
con participación plural) revela que no todos conspiraban para lo mismo. Si
Tejero se negó, es porque lo que él pretendía no era un gobierno civil
tutelado, sino un gobierno estrictamente militar. Esa fractura interna
alimenta la tesis de que el 23-F fue más una colisión de conspiraciones que
un plan único y coherente.
El papel del Rey entre la
ambigüedad y la salvación.
Nadie discute que el
mensaje televisado del rey fue decisivo para frenar el golpe. Pero el debate
no está en el desenlace, sino en el origen. La sospecha que ha sobrevolado
durante décadas es si hubo, en algún momento previo, conocimiento,
tolerancia o incluso una estrategia de “dejar hacer” hasta comprobar el
respaldo real de las capitanías generales. Según esta interpretación
crítica, al constatar que el apoyo no era unánime ni claro, se habría optado
por abortar la operación y colocarse al frente de la defensa constitucional.
De ser así, la
democracia se habría salvado, sí, pero de forma obligada, no por convicción
inicial sino por cálculo político. Es una hipótesis incómoda, pero
persistente. Y la desclasificación, si no aporta pruebas documentales
directas, difícilmente la cerrará. Los flecos que siguen abiertos. Más allá
de los grandes nombres, siguen flotando preguntas sobre actores secundarios
y episodios nunca aclarados: la supuesta implicación de determinados
organismos del Estado, movimientos extraños de mandos intermedios, aquel
teniente que habría salido precipitadamente del país con un maletín rumbo a
las Bahamas. Historias que rozan la leyenda, pero que sobreviven
precisamente porque nunca se han despejado del todo.
El problema no es
solo lo que desconocemos, sino la sensación de que lo verdaderamente
relevante puede no estar en los papeles que se hagan públicos. Si, como
algunos sostienen, solo queda un 10% por conocer, cabe preguntarse si ese
10% es precisamente el núcleo decisivo ¿Nos aclarará algo la
desclasificación? Mi impresión es que no asistiremos a una revelación que
reescriba la historia. Probablemente veremos confirmaciones parciales,
matices, detalles operativos. Tal vez sepamos más sobre quién habló con
quién y cuándo. Pero es dudoso que aparezca un documento explícito que
despeje todas las sombras sobre las responsabilidades políticas y morales de
alto nivel. Las democracias también se construyen sobre silencios
estratégicos. La Transición española fue, en gran medida, un pacto de
equilibrios frágiles. Y el 23-F, más que una anomalía, fue la expresión de
esas tensiones.
Paradójicamente, el
golpe terminó reforzando el sistema constitucional. La imagen de unidad
frente a los tanques consolidó la monarquía parlamentaria y cerró filas en
torno al orden democrático. Pero eso no impide preguntarse si lo que se
abortó fue solo un asalto militar o también un intento previo de reconducir
el régimen hacia una fórmula menos plural. La desclasificación puede aportar
datos. Lo que difícilmente aportará es una verdad indiscutible. Porque el
23-F no es solo un episodio histórico: es un espejo incómodo de cómo nació y
se consolidó nuestra democracia.Y quizá el verdadero debate no sea qué
ocurrió exactamente aquella noche, sino cuánto estamos dispuestos, como
sociedad, a revisar críticamente nuestros propios mitos fundacionales.
En el fondo, el
23-F no es únicamente un episodio cerrado. Es una pregunta abierta sobre
cómo se construyen las democracias: si a través de convicciones firmes o
mediante equilibrios inestables donde la ambigüedad es parte del mecanismo.
Y puede que los papeles que ahora se abran no nos digan toda la verdad. Pero
sí nos obliguen a mirar más de cerca las sombras que siempre estuvieron ahí.
Y la pregunta
incómoda ¿Conoceremos los papeles mas comprometedores del 23F? Ya les digo
yo que no. Diversas instituciones se han encargado de eliminar u ocultar
aquellos documentos que pudieran dañar la imagen de personalidades e
instituciones publicas y o privadas.... En clave política todo parece
indicar que esta iniciativa es tan solo una cortina de humo, no solo para
que no se hable de lo importante, sino como estrategia política de cara a
captar posibles votantes a los que se les coloca en la diatriba de elegir
derecha o izquierda
Lunes 23 de Febrero
Cuando la tolerancia se convierte en
estupidez
Hay momentos en que
una sociedad, en su afán por ser abierta y comprensiva, termina perdiendo el
sentido de la proporción. La tolerancia, virtud imprescindible para la
convivencia democrática, no puede transformarse en una coartada para aceptar
sin análisis cualquier tendencia que se autoproclame identidad.
En los últimos años hemos asistido a la
proliferación de corrientes que desafían no solo las normas sociales, sino
la propia noción de realidad compartida.
La idea de que alguien pueda identificarse como animal no humano y exigir
reconocimiento público no es simplemente una excentricidad privada: es el
síntoma de una cultura que ha confundido respeto con validación automática.
Una cosa es la libertad individual (que debe protegerse) y otra muy distinta
es la renuncia colectiva a establecer límites racionales.
Cuando toda percepción subjetiva adquiere
rango de verdad incuestionable, la convivencia deja de basarse en criterios
comunes y pasa a depender de sensibilidades individuales.
El resultado no es mayor libertad, sino
fragmentación. La naturaleza humana
no es una construcción caprichosa que pueda moldearse a voluntad según
estados de ánimo o tendencias virales. Negar los marcos biológicos y
sociales que nos estructuran no amplía derechos: diluye responsabilidades.
Y cuando cualquier planteamiento, por
extravagante que sea, debe celebrarse para no ser tachado de intolerante, la
sociedad entra en una dinámica de autocensura que empobrece el debate
público.
No se trata de perseguir ni ridiculizar a
nadie.
Se trata de afirmar que no toda
autoidentificación requiere reconocimiento institucional ni validación
social. La madurez colectiva exige distinguir entre el ámbito privado (donde
cada cual puede explorar su identidad) y el espacio público, que necesita
criterios compartidos para funcionar.
La tolerancia sin límites no es progreso; es renuncia. Y una comunidad que
renuncia a defender el sentido común termina convirtiendo lo excepcional en
norma y lo extravagante en paradigma.
La verdadera convivencia no se construye
aceptándolo todo, sino sabiendo discernir qué fortalece el tejido social y
qué lo erosiona.
Domingo 22 de
Febrero
El
negocio de la indignación
En España la
indignación cotiza al alza. Es un
recurso renovable, inagotable y
extremadamente rentable. Cada cierto
tiempo aparece una nueva marca política
dispuesta a gestionarla, empaquetarla y
convertirla en escaños. Ya ocurrió tras
el
Movimiento 15-M, cuando la
rabia legítima de miles de ciudadanos
fue canalizada hacia un proyecto que
prometía dinamitar el sistema desde
dentro.
De aquella ola
nació
Podemos.
Venían a acabar con la “casta”. A cerrar
las puertas giratorias. A poner las
instituciones al servicio del pueblo. El
resultado, con el paso de los años, fue
bastante más prosaico: integración en el
engranaje institucional, disputas
internas por el control del aparato y
adaptación cómoda a los privilegios que
antes denunciaban. Los cielos no se
asaltaron; se negociaron. Y ahora, como
si la memoria colectiva tuviera fecha de
caducidad, se nos presenta una reedición
del mismo producto. Nuevos discursos,
misma épica. Portavoces como
Gabriel
Rufián o
Emilio
Delgado simbolizan un
espacio que aspira a reagrupar a la
izquierda bajo la bandera de la
regeneración. Otra vez la promesa de
representar a “la gente”. Otra vez la
palabra “pueblo” convertida en eslogan
publicitario.
Pero la pregunta
incómoda sigue ahí: ¿quién rinde cuentas
cuando las promesas se diluyen? Porque
lo que muchos ciudadanos percibieron no
fue una revolución democrática, sino un
relevo generacional en la administración
del poder. Cambiaron los rostros, no las
dinámicas. Cambió el tono, no el fondo.
Lo más preocupante no es que exista una
izquierda que aspire a gobernar; eso
forma parte del juego democrático. Lo
inquietante es la repetición del patrón:
se capitaliza la frustración de quienes
peor lo pasan, se construye un relato
redentor y se ofrece la ilusión de una
ruptura histórica. Luego llegan los
pactos, las concesiones, las estrategias
de supervivencia política. Y,
finalmente, la normalización. El sistema
que iba a ser derribado termina siendo
gestionado.
Mientras tanto, el
ciudadano humilde recibe alivios
puntuales, gestos simbólicos y titulares
grandilocuentes. Suficientes para
mantener viva la narrativa,
insuficientes para transformar la
estructura que perpetúa la precariedad.
Es la política del caramelo: se calma el
llanto, pero no se resuelve la causa. El
verdadero negocio no es gobernar; es
administrar la esperanza. Y la
esperanza, cuando se explota sin
resultados proporcionales, se convierte
en cinismo. Si esta nueva izquierda
quiere diferenciarse de la anterior,
tendrá que demostrar que no vive de la
indignación, sino que es capaz de asumir
responsabilidades sin convertirse en
aquello que prometió combatir. Hasta
entonces, muchos verán en esta
“refundación” no una alternativa, sino
una franquicia más del mismo modelo:
indignación en campaña, acomodación en
el poder y decepción en la memoria
colectiva.
Sábado 21 de Febrero
La
dificultad de convivir cuando el ego, la envidia y el rencor se instalan en
el corazón de una comunidad. II
No es un fenómeno nuevo. Ya en
"Rinconete y Cortadillo", así como en "La
Celestina"
o en
"Fuenteovejuna"
vemos cómo las pasiones bajas, los rumores y los resentimientos pueden
incendiar pueblos enteros más rápido que cualquier ejército.
La guerra destruye cuerpos y casas; la
envidia y la malicia destruyen reputaciones, vínculos y confianza. Y eso, en
una comunidad pequeña, puede ser devastador. En los pueblos (donde todos se
conocen, donde la identidad se teje con la mirada ajena) el juicio social
pesa más que en las grandes ciudades. La palabra dicha en voz baja corre
como el viento; el rumor, cuando se instala, tiene más fuerza que la verdad.
Y quien envidia no necesita pruebas: le basta una sospecha para convertirla
en sentencia. Hablar a espaldas de los demás es el desahogue favorito de la
gente ruin y mediocre.
La envidia es una forma torcida de
admiración. El envidioso reconoce (aunque no lo confiese) aquello que
desearía tener o ser. Pero en lugar de aspirar a crecer, opta por rebajar al
otro. Es más fácil manchar que esforzarse. Más cómodo destruir que
construir. Y cuando esa actitud se normaliza, la convivencia se vuelve un
duelo silencioso: nadie celebra el éxito ajeno; se vigila, se compara, se
murmura.
Sin embargo, hay algo importante: la malicia
no define a un pueblo entero, sino a quienes la practican. En toda comunidad
conviven la mezquindad y la nobleza. A menudo el ruido lo hace la primera,
pero la segunda sostiene el mundo. Si no fuera así, ningún pueblo habría
sobrevivido generaciones.
Vivir entre la crítica constante puede
desgastar el alma, es cierto. Pero también puede fortalecer el carácter.
Quien aprende a sostener su dignidad frente al rumor descubre que la
reputación más importante no es la que circula en boca ajena, sino la que
uno mantiene en su conciencia. La calumnia puede herir, pero rara vez
perdura si la conducta es firme y coherente en el tiempo.
Quizá la verdadera tragedia no sea la
existencia de envidiosos (que los habrá siempre) sino permitir que su sombra
determine nuestra manera de vivir. Porque entonces ellos no solo critican:
gobiernan nuestro ánimo.
En los pueblos, como en cualquier lugar, la
convivencia es un equilibrio frágil entre el instinto y la cultura. Cuando
la educación, la empatía y el respeto prevalecen, la comunidad florece.
Cuando se impone el resentimiento, se empobrece moralmente. Pero incluso en
ambientes tensos, siempre existe la posibilidad de romper el círculo:
responder al rumor con silencio digno, a la calumnia con hechos, a la
envidia con serenidad.
Al
final, la historia suele recordar al que hizo obra, no al que hizo ruido, porque
no todo el pueblo es corrillo, ni toda voz es malicia, ni todo sentir es
envidia. Como en todos sitios hay gente buena y gente mala, gente noble
y gente miserable. Actitud: cercanía con los que aprecian, lejanía a los que
incomoda.
************************
Las buenas gentes del pueblo... I
Se habla mucho
de guerras, de
crisis, de
amenazas
externas. Pero
hay una forma de
destrucción más
silenciosa, más
cotidiana y más
corrosiva: la
que nace de la
envidia, del
rencor y de la
malicia
enquistada en la
vida de la gente
en los pueblos
rurales.
En
los pueblos (donde todo se sabe o se inventa) el éxito ajeno no siempre se
celebra: se fiscaliza. Si alguien destaca, incomoda. Si prospera, molesta.
Si piensa distinto, amenaza. Y entonces se activa el mecanismo más viejo del
resentimiento: el rumor. La sospecha convertida en certeza. La crítica sin
pruebas. La calumnia lanzada con la impunidad del corrillo.
Puedes ser un gran poeta, un médico ejemplar, un político honesto o un
pensador brillante. Nada de eso importa ante la mirada del envidioso. Para
él, todo mérito es una ofensa personal. No soporta que alguien sobresalga
porque cada logro ajeno le recuerda su propia mediocridad no asumida. Y como
no quiere superarse, prefiere rebajar. La envidia no busca justicia: busca
equilibrio hacia abajo. No pretende mejorar la comunidad, sino impedir que
alguien se eleve. Es una forma de igualitarismo perverso: si yo no brillo,
nadie debe brillar.
Y
lo más grave es cuando esta actitud se convierte en idiosincrasia, en
cultura compartida. Cuando la crítica constante sustituye al reconocimiento.
Cuando el talento se castiga socialmente. Entonces la convivencia deja de
ser cooperación y se convierte en duelo permanente. Se vive bajo sospecha,
bajo escrutinio, bajo la amenaza del “qué dirán”.
Esa tensión no es trivial. Desgasta. Asfixia. Expulsa a los mejores. Y así
los pueblos pierden precisamente aquello que más necesitan: personas
capaces, valientes, creativas. Se quedan los conformes y los rencorosos, que
se retroalimentan en su pequeña victoria moral.
Vivir entre esa mezquindad puede resultar más agotador que enfrentarse a
peligros evidentes. Porque al menos el bandolero muestra su rostro; el
malicioso sonríe mientras prepara el descrédito. La traición del rumor es
más cobarde que el ataque frontal.
Pero hay una verdad que la envidia nunca podrá destruir: el valor real no
depende del aplauso ni se anula por la calumnia. La mentira necesita ruido;
la excelencia necesita tiempo. Y el tiempo suele poner cada cosa en su
sitio.
Frente a la tiranía de la envidia solo cabe una respuesta: firmeza. No
rebajarse al barro. No entrar en el juego del descrédito. Seguir haciendo
bien lo que se sabe hacer bien. Porque quien vive pendiente de hundir a
otros jamás construye nada digno de ser recordado.
Los pueblos no se destruyen solo por enemigos externos. A veces se debilitan
por pequeñas guerras internas, por esa incapacidad de alegrarse del bien
ajeno. Combatir esa mentalidad no es arrogancia: es una forma de defensa
moral.
La verdadera grandeza no consiste en sobresalir, sino en soportar la
mezquindad sin dejar que te contamine
Viernes 20 de
Febrero
Entre la legalidad y la justicia
La ley, en teoría, nace para ordenar la
convivencia y proteger derechos. Pero
cuando la pobreza se vuelve estructural,
cuando no hay esperanza ni movilidad
posible, la ley deja de sentirse como un
pacto social y comienza a percibirse
como un instrumento que protege
privilegios. En ese punto, el respeto ya
no nace de la convicción, sino del miedo
o de la resignación.
Robar está tipificado
como delito porque atenta contra la propiedad. Sin embargo, no todos los
robos nacen del mismo lugar moral. No es lo mismo la codicia que la
supervivencia. Cuando alguien roba para acumular, lo mueve el exceso, la
ambición y el poder; cuando alguien roba para comer, lo mueve la carencia,
la necesidad, la subsistencia. La acción puede ser similar, pero la raíz
ética es distinta. La justicia humana, sin embargo, muchas veces castiga el
acto sin atender al contexto.
Una reflexión que apunta
a algo profundo: la pobreza no es solo falta de dinero, es falta de
opciones. Y cuando no hay opciones, la libertad se vuelve una palabra vacía.
En ese escenario, exigir el mismo estándar moral a quien nada tiene que a
quien todo lo posee puede resultar hipócrita. La responsabilidad moral crece
con la capacidad de elegir. Quien tiene recursos, educación y oportunidades,
tiene también mayor responsabilidad social. No es una idea nueva: la
sospecha de que la ley protege más al poderoso que al vulnerable ha
acompañado a casi todas las sociedades.
Sin embargo, también
hay un riesgo: si justificamos cualquier delito por la pobreza, debilitamos
el tejido social común. La solución no puede ser normalizar el robo, sino
combatir las condiciones que lo hacen necesario. Una sociedad verdaderamente
justa no debería elegir entre castigar al hambriento o tolerar la
injusticia, sino garantizar que nadie tenga que robar para vivir.
Tal vez la reflexión
más dura sea esta: una ley que castiga la miseria pero no corrige la
desigualdad termina siendo legal, pero no necesariamente justa. Y cuando la
ley se divorcia de la justicia, pierde legitimidad. Bien entendido que este
argumento no es una defensa del delito, sino una denuncia de la desigualdad.
Y ahí está su motivación: nos obliga a preguntarnos no solo qué es legal,
sino qué es humano.
Jueves 19 de Febrero
Rufián y
Emilio Delgado emulan otro 15M....
"vuelven los embaucadores"
Cada cierto
tiempo, el panorama político español
asiste al nacimiento de un nuevo
“espacio” que promete sacudir los
cimientos del sistema. Ocurrió tras el
Movimiento 15M, cristalizó
institucionalmente con
Podemos
de la mano de
Pablo
Iglesias y otros
dirigentes (ya sabemos como ha
terminado), y hoy algunos analistas
creen ver un eco de aquel ciclo en
iniciativas vinculadas a figuras como
Gabriel
Rufián o
Emilio
Delgado. Pero ¿por qué se
repite este patrón de entusiasmo,
promesa y posterior desencanto? Yo os lo
diré: poltrona y supervivencia política.
Lo demás, puro cuento y estrategias
de ambición y poder personal.
La
clave suele residir en la construcción de un relato emocionalmente poderoso.
Se identifica un adversario difuso (“la casta”, “el sistema”, “los de
siempre”) y se ofrece una narrativa de redención colectiva. Se transmite un
mensaje que "cuele": no se trata solo de gobernar mejor, sino de “rescatar”
al pueblo. Esa épica conecta con quienes se sienten excluidos, precarizados
o ignorados por las estructuras tradicionales de poder. El problema surge
cuando el discurso se apoya más en la sugestión que en la pedagogía
política. Y claro llega el desencanto. La complejidad se sustituye por
consignas. Y las consignas, aunque movilizan, rara vez gobiernan y mucho
menos liberan o mejoran la vida de los parias....
En este contexto, existe un riesgo evidente de manipulación emocional. Los
sectores sociales más vulnerables (aquellos con menor acceso a formación
política sólida o a herramientas críticas para evaluar programas y promesas)
se convierten en el principal público y objetivo de discursos que apelan más
a la indignación que al análisis. Conviene señalar que cuando la política se
convierte en un ejercicio de seducción permanente, el ciudadano corre el
riesgo de ser tratado más como instrumento que como persona a la que hay que
redimir.
La historia demuestra que muchos movimientos que nacen como impugnación del
sistema terminan adaptándose a sus reglas. El resultado es un ciclo
repetido: ilusión intensa, expectativas sobredimensionadas y posterior
desengaño. Y cada nuevo desengaño no solo afecta al proyecto concreto, sino
que erosiona la confianza general en la política. La cuestión de fondo no es
si deben surgir nuevas alternativas, la cuestión es si de nuevo el ciudadano
está dispuesto a dejarse embaucar por fantasías que prometen el cielo,
mientras permanecen en el purgatorio del que un dia saldrán, pero del que
nunca salen.
Y
mientras haya ciudadanos a quienes se les hable solo desde la emoción y no
desde el respeto a su capacidad crítica, el ciclo volverá a empezar. Porque
una democracia madura no necesita salvadores: necesita ciudadanos informados
y dirigentes que no confundan liderazgo con seducción y estrategia política
con ambición personal, pecado muy común de todos los que hacen de la
política un medio de vida.
Miércoles 18 de
Febrero
Cuando nuestro refugio es
el alcohol, el ruido o la movida
Vivimos en una sociedad que ofrece
anestesias rápidas para cualquier
malestar. Cuando sentimos la necesidad
de recurrir al alcohol para
desinhibirnos, o a la música constante
para no escuchar el silencio o a
estímulos externos para escapar de
nosotros mismos, quizás no estemos ante
un problema individual, sino colectivo.
Algo en nuestra forma de educar y
acompañar está vaciando nuestro
espíritu, nuestro interior. El alcohol
no es solo una bebida; muchas veces es
un refugio improvisado para
inseguridades que no se han sabido
solucionar. El ruido permanente no es
terapia natural; es una manera de evitar
el encuentro con pensamientos que quizás
nos incomodan. Porque mirar siempre
hacia afuera (hacia la aprobación, la
distracción, la validación externa)
puede ser más fácil que aprender a
habitar el propio interior.
Pero nadie nace huyendo
de sí mismo. Si no toleramos el silencio o la soledad, es que tal vez nunca
se nos enseñó que el silencio puede ser un espacio seguro. Si necesitamos
desinhibirnos químicamente para expresarnos, quizás no hemos encontrado
entornos donde mostrarnos vulnerables sin ser juzgados. Si buscamos fuera lo
que no encontramos dentro, es posible que nunca se nos haya orientado a
descubrir que dentro también hay riqueza, sentido y fortaleza.
La educación no debería
limitarse a transmitir conocimientos técnicos o académicos; debería enseñar
también a gestionar emociones, a convivir con la frustración, a desarrollar
autoestima sin depender del aplauso constante. Una sociedad sana no es la
que elimina el ocio o el disfrute, sino la que no convierte esos elementos
en muletas emocionales e imprescindibles para sentirnos bien. No se trata de
demonizar la música, la fiesta o el entretenimiento. La música puede elevar
el alma y el encuentro social puede fortalecer vínculos. El problema surge
cuando se transforman en necesidad para huir, en vez de elección para
disfrutar.
Quizás el verdadero
fracaso no es que bebamos o busquemos ruido, sino que no siempre se
nos ha enseñado a escuchar nuestra propia voz interior. Porque quien
aprende a estar en paz consigo mismo puede disfrutar del mundo exterior sin
depender de él para sostener su bienestar. Tal vez la tarea pendiente de
nuestra sociedad no sea ofrecer más estímulos, sino enseñar a las nuevas
generaciones a reconciliarse con su propio silencio, su propio espacio, su
propia vida.
.... / ....
Lunes 16 de Febrero
El
caramelo amargo del SMI: Desfachatez política y propaganda para idiotas
37
euros. Esa es la cifra con la que Yolanda Díaz presume de “victoria” en el
SMI. 37 euros al mes. Ni un café diario, ni una bolsa de pipas. Una cifra
ridícula que trata de venderse como
un logro histórico, mientras la realidad aplasta a los trabajadores
españoles: salarios bajos, pensiones miserables y un coste de la vida que no
deja respiro.
A ver que me lo
expliquen: resulta que la patronal (Banca, monopolios, oligopolios, grandes
empresas) han tenido unos beneficios record, mejor que ningún año, sin
embargo la cesta de la compra desde que Sánchez esta en el gobierno ha
subido un 74%, los alquileres un 300%, los productos de primera necesidad
un 37 % y la inflación va camino de dispararse un 11%. mientras que salarios
y pensiones tienen subidas del 2,7, y 3% .. Si esto no es una tomadura de
pelo, que venga alguien y me lo explique. Que nos toman por tontos, joder.
Porque aquí está la verdad que nadie quiere decir:
la inflación se come cualquier
aumento mínimo. Se espera que supere el 6,5%, mientras la cesta de
la compra se dispara un 17%. Luz, gas, alimentos, productos básicos… todo
subirá. Y cada euro que el gobierno dice “dar” a los trabajadores será
repasado por el empresario y
trasladado al consumidor, como siempre ha sucedido.
Este “caramelo” no es dulce, es
veneno. Un gesto simbólico que no cambia nada, que deja a los
trabajadores en la misma precariedad mientras los políticos se bañan en
aplausos mediáticos. La ministra de Trabajo lo proclama como un logro,
sabiendo que la gran mayoría
seguirá sobreviviendo con salarios y pensiones por debajo del mínimo
necesario. Es un insulto disfrazado de éxito. Lo peor no es solo la
insignificancia del aumento, sino la actitud: tratar a los ciudadanos como
niños tontos que deben contentarse
con migajas, mientras se presenta la propaganda como justicia
social. La realidad es cruda: España sigue teniendo uno de los salarios más
bajos de Europa y los ciudadanos
siguen pagando la factura del cinismo político.
Este gobierno y su ministra han convertido la subida del SMI en un acto de
teatro: el caramelo del SMI es
tóxico, amargo y ofensivo. Y mientras ellos celebran, los
trabajadores miran cómo la inflación devora lo poco que les dan. Celebrar
esto como un triunfo es, sencillamente, reírse en la cara de quienes luchan
cada día por llegar a fin de mes. La moraleja es clara:
no hay triunfos reales en la
subida del SMI, solo propaganda, gestos vacíos y un cinismo
político que trata a los españoles como ignorantes.
Domingo 15 de Febrero
España
se satura
España se acerca a los 50 millones de
habitantes, un 20% más que hace diez años. Gran parte de este crecimiento se
debe a la llegada masiva de inmigrantes, un fenómeno que ha transformado el
tejido social y ha puesto a prueba la capacidad de nuestras instituciones.
Sin embargo, la respuesta del Estado ha sido desigual e insuficiente:
infraestructuras saturadas, servicios públicos tensionados y políticas
incapaces de coordinar la convivencia de una población tan diversa.
Este aumento demográfico
ha acelerado un choque cultural evidente. Las costumbres y tradiciones que
hasta hace poco definían la vida social se ven alteradas, y los modelos de
convivencia que antes funcionaban ahora parecen obsoletos. La sensación de
desajuste se percibe en todos los niveles: desde la educación, donde se
enfrentan realidades multiculturales sin un plan claro, hasta la política,
donde los debates sobre inmigración, derechos y recursos generan
polarización.
El problema no es solo
cultural; es profundamente político y económico. La presión sobre el empleo,
la vivienda y los servicios sociales provoca tensiones que alimentan
discursos populistas, nacionalistas y de exclusión. Mientras tanto, la
incapacidad de las instituciones para adaptarse genera frustración entre
ciudadanos y migrantes por igual, dificultando la integración y creando un
clima social volátil.
España se encuentra,
por tanto, en una encrucijada: seguir aplicando modelos del pasado, que ya
no responden a la realidad, o asumir un cambio profundo en la forma de
organizar la sociedad. La política, la economía y la cultura deben
reinventarse para enfrentar el futuro, pero la velocidad del cambio amenaza
con superar la capacidad de respuesta, generando conflictos que podrían
haberse mitigado con planificación y consenso.
La cuestión es clara:
sin un debate honesto sobre inmigración, recursos y modelos de convivencia,
España corre el riesgo de fracturarse socialmente. La pregunta que queda es
si estamos dispuestos a enfrentar estos conflictos de manera abierta y
responsable, o si seguiremos posponiendo decisiones hasta que las tensiones
se vuelvan irreversibles.
Sábado 14 de Febrero
Cuando se confunde
riqueza con superioridad moral
Una sociedad no se derrumba de un día
para otro. Se desgasta lentamente cuando
deja de reconocer la virtud, la
honradez, la solidaridad o la bondad
como valores tradicionales que armonizan
y sostienen una sociedad y sostiene como
algo normal la falta de humanidad,
de principios y de moral.
Cuando el poder sustituye a la razón y la justicia. Cuando se trata al
fuerte con servilismo y se desprecia y maltrata al débil. Cuando valoramos
lo que se produce no lo que valemos. Cuando tratamos al rico como a un
señor aunque sea un ladrón y al pobre como un apestado y delincuente. Cuando
se premia al que actúa con malicia y astucia y se desprecia al que lo hace
con honestidad y principios. Cuando prevalece el vicio sobre la virtud.
Cuando el único Dios que impera es el "Dios Dinero" por encima de decencia,
conciencia y moral. Cuando la tolerancia alcanza limites indecentes,
insociables e intolerables, la libertad se convierte en libertinaje y
degradación humana.
Es
cuando comienza el declive y decadencia de una sociedad, porque no solo
pierde el progreso moral e intelectual, sino el referente moral que lo
sostiene como una sociedad justa, solidaria y humana. Algo se invierte en
nuestra escala de valores. El honrado es ingenuo; el astuto, admirable. El
bueno débil. El honrado un pringao. El trabajador honesto pasa
desapercibido; el que triunfa a cualquier precio ocupa titulares y alcanza
los mejores puestos. Vivimos un momento en el que, no es que el mal haya
aumentado, sino que ha dejado de avergonzarnos.
Y
cuando lo indebido se normaliza, lo correcto empieza a parecer excepcional.
Hemos convertido el dinero en medida de todas las cosas. Ya no preguntamos
cómo se alcanza el éxito, sino cuánto produce. Bajo esa lógica, la dignidad
se relativiza y la conciencia se negocia. El precio sustituye al valor. Pero
ninguna sociedad puede sostenerse mucho tiempo sobre la admiración
equivocada. Cuando el mérito se desprecia y la honestidad se ridiculiza, se
erosiona la confianza que nos permite convivir.
Y sin
confianza, no hay comunidad, solo competencia. Tal vez la verdadera
revolución no consista en cambiar sistemas, sino en recuperar la coherencia
entre lo que decimos valorar y lo que realmente premiamos.
Porque el futuro de una sociedad depende, en última instancia, de aquello
que decide valorar.
Viernes 13 de Febrero
El
miedo como método
Dentro del
Partido Socialista Obrero Español
ya no se debate: se obedece. Quien discrepa paga. Quien cuestiona, cae.
Quien no aplaude, desaparece. La respuesta de
Pedro Sánchez ante
las críticas internas no es política, es disciplinaria: destituciones,
vetos, purgas y silencio. Cargos retirados, listas cerradas, micrófonos
apagados. No hay discusión: hay castigo. Fulminante.
Así
se impone el silencio. Muchos socialistas ven que el rumbo es errático, que
el proyecto se desgasta, que los problemas judiciales y políticos se
acumulan. Lo saben. Lo comentan en privado. Pero callan en público. Porque
hablar cuesta caro. Y cuando en un partido el miedo pesa más que las ideas,
ya no estamos ante liderazgo: estamos ante control.
El
mensaje corre como la pólvora: mejor callar que pagar el precio. El
sanchismo ha confundido unidad con sumisión. Ha convertido la crítica en
traición. Y eso no fortalece a un partido, lo vacía por dentro. Expulsar a
los discrepantes no resuelve los errores, solo elimina a quienes se atreven
a señalarlos. Un proyecto político no muere por el debate. Muere cuando
nadie se atreve a debatir.
Si
el socialismo español sigue gobernado por el temor y las purgas internas, el
precipicio no será una sorpresa. Será la consecuencia lógica. Y así,
mientras el aparato protege al líder, el proyecto se vacía. Se gobierna con
miedo, no con ideas. Se premia la obediencia, no el talento. Se expulsa al
que avisa del iceberg. Pero ningún partido sobrevive mucho tiempo convertido
en un cuartel. Porque el silencio no es unidad. Es rendición, es sumisión. Y
cuando un líder necesita imponer el miedo para sostenerse, ya ha empezado a
caer.
Jueves 12 de Febrero
Los pilares de
la Iglesia se derrumban
La Iglesia no es una institución
espiritual: es un
imperio
ideológico que ha sobrevivido dos mil años
gracias a la manipulación, el miedo y la mentira
sistemática. No nació para acercar al ser humano a
ninguna verdad trascendente, sino para
dominar
conciencias cuando la ignorancia era el terreno
perfecto para el abuso. El relato es viejo y eficaz: un
Dios inventado por el hombre, moldeado según sus temores
y su necesidad de consuelo, convertido después en arma
política.
A los pobres se les prometió el
cielo para que aceptaran la miseria en la Tierra. A los
poderosos se les ofreció legitimidad divina para seguir
explotando sin culpa. El trato fue claro desde el
principio: resignación a cambio de esperanza ficticia.
Nada ha hecho tanto daño al progreso humano como la
Iglesia organizada. No fue un daño colateral, fue un
plan
consciente. Cada avance científico, cada idea
libre, cada mente brillante fue vista como una amenaza.
Y se actuó en consecuencia: censura, persecución,
tortura, hoguera. Se asesinó a personas en nombre del
amor, se quemaron libros en nombre de la verdad y se
aplastó el pensamiento crítico en nombre de Dios. No fue
fe: fue terror.
Mientras la humanidad avanzaba a
trompicones, la Iglesia se encargó de
frenarla,
encadenándola a dogmas absurdos y supersticiones
elevadas a ley moral. Siglos de atraso, ignorancia y
sumisión pesan directamente sobre sus hombros. La
ciencia avanzó
a pesar
de la Iglesia, nunca gracias a ella. Hoy, quien visite
el Vaticano no ve rastro alguno de espiritualidad: ve
obscenidad.
Una obscenidad insultante. Oro, mármol, lujo, poder.
Palacios levantados sobre la miseria ajena. Jerarcas
religiosos vestidos como príncipes predicando humildad.
Cruces de oro macizo representando a un supuesto dios
que murió pobre y torturado. Si eso no es una burla
obscena, ¿qué lo es? Allí no hay fe, hay
administración
del negocio religioso. Hay influencia política,
dinero opaco, intereses económicos y una estructura
diseñada para perpetuarse a sí misma.
Funcionarios del dogma, burócratas
de la culpa, guardianes de una moral que ellos mismos
violan de forma sistemática. Porque si algo define a la
Iglesia es su
podredumbre
moral. Abusos encubiertos, criminales
protegidos, víctimas silenciadas, archivos cerrados,
mentiras repetidas hasta el agotamiento. Predican
castidad mientras esconden violaciones. Hablan de
familia mientras destruyen vidas. Exigen arrepentimiento
a los demás mientras jamás asumen responsabilidades. No
es hipocresía: es cinismo institucionalizado. Sus dogmas
no resisten el menor análisis racional.
Son relatos mitológicos blindados
contra la evidencia, sostenidos a base de miedo y
repetición. Cuando la razón los desmonta, recurren a la
culpa. Cuando la culpa falla, recurren al poder. Y
cuando todo falla, recurren al silencio. Así han
sobrevivido: no por verdad, sino por
control.
Y lo más revelador es esto: cuanto más cerca se está del
núcleo del poder eclesiástico,
más ausente
está Dios. No hay espiritualidad, no hay
compasión, no hay trascendencia. Hay ambición,
privilegio y una maquinaria diseñada para protegerse a
sí misma a cualquier precio.
Dios es solo la marca; el producto
real es el poder. Negar esta realidad no es fe: es
complicidad. Defender esta institución no es
espiritualidad: es ceguera voluntaria. La verdadera
blasfemia no es cuestionar a Dios, sino usar su nombre
para justificar siglos de violencia, mentira y
explotación. Tal vez haya llegado el momento de decirlo
alto y claro:
la Iglesia no
salvó a la humanidad, la retrasó.
Y solo cuando el ser humano se
libere definitivamente de sus dogmas, de su culpa y de
su miedo, podrá empezar a pensar, vivir y decidir sin
cadenas.
Desengañarse no es perder valores.
Desengañarse es
recuperar la
libertad.
Miércoles 11 de Febrero
La
política como medio de vida
En los últimos tiempos se percibe un
creciente nerviosismo en el panorama
político, tanto en la izquierda como en la
derecha. No se trata únicamente de la lógica
tensión preelectoral o del desgaste propio
del ejercicio del poder, sino de algo más
profundo: el temor a perder la poltrona, las
cuotas de influencia y, en definitiva, un
modo de vida.
La política, que debería ser entendida como
una vocación de servicio público, parece haberse transformado en muchos
casos en una carrera profesional desligada de la realidad cotidiana de los
ciudadanos. Para algunos representantes, el escaño ya no es una herramienta
temporal para mejorar la sociedad, sino una posición desde la cual asegurar
estabilidad económica, proyección social y un determinado estatus. Cuando
eso ocurre, el interés general corre el riesgo de quedar relegado frente al
interés personal o partidista.
Este fenómeno no es exclusivo de una
ideología concreta, pero en el caso de determinadas formaciones surgidas al
calor del descontento social (como Podemos, Sumar y otros partidos
minoritarios de izquierda) la contradicción resulta especialmente llamativa.
Estas fuerzas políticas nacieron con un discurso de ruptura, denunciando a
“la casta” y prometiendo regeneración democrática, justicia social y mejoras
sustanciales para los sectores más vulnerables.
Su narrativa conectó con quienes se sentían
abandonados por el sistema, ofreciendo esperanza a los más desfavorecidos.
Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos ciudadanos perciben que los
grandes cambios prometidos no se han materializado en la medida esperada.
Mientras tanto, algunos de los dirigentes que encabezaron ese discurso han
consolidado posiciones institucionales, proyección mediática y estabilidad
económica. Esta percepción alimenta la idea de que, una vez más, quienes
mejoran su situación son los políticos y no necesariamente aquellos a
quienes decían representar.
El desencanto que genera esta situación es
profundo. Cuando la política se convierte en un medio de vida y no en un
servicio temporal a la comunidad, se erosiona la confianza pública. La
ciudadanía comienza a ver a sus representantes como una élite desconectada,
más preocupada por conservar su espacio que por resolver los problemas
estructurales del país: empleo precario, acceso a la vivienda, desigualdad o
pérdida de poder adquisitivo. No se trata de negar los avances que puedan
haberse producido ni de deslegitimar toda acción política, sino de subrayar
una sensación creciente: la profesionalización excesiva de la política puede
derivar en acomodamiento, burocratización y alejamiento de la realidad
social.
Cuando el principal objetivo pasa a ser la
supervivencia electoral, el debate público se empobrece y las decisiones
estratégicas se subordinan al cálculo partidista. La regeneración
democrática no pasa únicamente por nuevas siglas o discursos más vehementes,
sino por mecanismos que limiten la perpetuación en cargos, refuercen la
rendición de cuentas y acerquen la política a la vida real de los
ciudadanos. Transparencia, ejemplaridad y límites claros al ejercicio
continuado del poder son herramientas fundamentales para recuperar la
credibilidad. La política es imprescindible en cualquier sociedad
democrática.
Pero para que cumpla su función
transformadora necesita estar al servicio del bien común y no convertirse en
un refugio profesional. Cuando la vocación desaparece y la permanencia se
convierte en el objetivo principal, la democracia se debilita y el
desencanto ciudadano crece. En última instancia, el mayor riesgo no es que
un partido pierda poder, sino que los ciudadanos pierdan la fe en el
sistema. Y cuando eso ocurre, la desafección puede convertirse en el mayor
problema político de todos.
Martes 10 de Febrero
El silencio cómplice que hunde al PSOE
El sanchismo no está llevando al Partido
Socialista a una simple mala racha electoral: lo está empujando, elección
tras elección, hacia una debacle histórica. Y lo más grave no es ya la
obstinación de Pedro Sánchez, sino la actitud servil y cobarde de quienes le
rodean. Un partido centenario convertido en rehén de un liderazgo
personalista, sostenido por el miedo, la conveniencia y la sumisión. Un
silencio interno (cobardía y servilismo) que se esta colocando por encima
del futuro del partido.
Ayer fue Extremadura, hoy Aragón, mañana será Castilla León y pasado
Andalucía. Una tras otra irá resquebrajando mas su barco, con el silencio
cómplice de quienes le rodean.
Las derrotas autonómicas no son accidentes ni
fruto de coyunturas locales. Son un plebiscito encubierto contra el
sanchismo. Se vote donde se vote, el mensaje es nacional y es claro: una
parte creciente del electorado castiga una forma de gobernar basada en el
tacticismo, la cesión constante y la supervivencia personal. Negarlo es
autoengañarse.
Y aun así, dentro del PSOE nadie parece
dispuesto a decirlo en voz alta.
El barco socialista va a la deriva, comandado
por un capitán que confunde arrogancia con liderazgo y resistencia con
legitimidad. Sánchez se aferra al timón con uñas y dientes, aunque el casco
haga aguas por todas partes. No hay presupuestos, no hay mayoría estable, no
hay proyecto coherente. Solo hay resistencia numantina. Y, aun así, no hay
motín. Nadie se mueve. Nadie protesta. Nadie dimite.
¿Por qué no convoca elecciones? La respuesta
es tan simple como incómoda: miedo.
Miedo a las urnas. Miedo a un veredicto
ciudadano que confirme que gobierna sin respaldo social suficiente. Miedo a
perder el poder que ha convertido en un fin en sí mismo. Porque a estas
alturas resulta evidente que Sánchez no gobierna para el país, gobierna para
salvarse a sí mismo.
Pero sería un error cargar toda la culpa
sobre él. Los verdaderos corresponsables son quienes le aplauden, le jalean
y le ríen las gracias desde los despachos del partido y del Gobierno.
Dirigentes que saben perfectamente que el rumbo es suicida, pero que
prefieren conservar su cargo antes que salvar al PSOE.
No son leales al partido ni a sus votantes;
son leales a su sillón.
El PSOE, que fue sinónimo de debate interno,
de pluralismo y de responsabilidad institucional, ha sido reducido a un
aparato disciplinado donde discrepar se paga caro y callar se premia. Se ha
impuesto una lógica casi tribal: el líder no se cuestiona, se obedece.
Aunque lleve al partido al abismo.
La pregunta ya no es si el PSOE va a seguir
perdiendo elecciones.
La pregunta es cuánto daño más están
dispuestos a permitir quienes, por acción u omisión, sostienen este
liderazgo agotado. Porque cuando el naufragio sea total, no bastará con
señalar al capitán. T
ambién habrá que pedir cuentas a toda la tripulación que, viendo venir el
desastre, decidió mirar hacia otro lado.
Lunes 9 de Febrero
Cuando la Lengua causa mas
daño que la espada
Las habladurías nacen casi
siempre de la ligereza con
la que miramos y escuchamos
el mundo. Creerlo todo sin
filtrar nos convierte en
jueces apresurados y, muchas
veces, injustos. Por eso, la
prudencia de “creer solo la
mitad de lo que se ve y de
lo que se oye” no es
desconfianza, sino
sabiduría: nos recuerda que
la realidad suele ser más
compleja que los relatos que
circulan sobre ella.
Cuando aceptamos rumores sin
cuestionarlos, no solo
distorsionamos la verdad,
sino que contribuimos a
dañar la dignidad ajena. El
chisme, aunque parezca
inofensivo, deja heridas
profundas. Va sembrando
antagonismos, rompe la
confianza y crea un clima de
desagrado que enfrenta a las
personas sin motivo real.
Quien hoy habla mal de
otros, mañana hará lo mismo
con nosotros, porque no es
la verdad lo que mueve la
habladuría, sino el hábito
de hablar sin
responsabilidad.
Así, la difamación se
convierte en injuria y la
injuria en calumnia,
erosionando reputaciones y
relaciones con una fuerza
silenciosa pero devastadora.
Al final, las palabras
pueden ser más filosas que
las espadas: no cortan el
cuerpo, pero sí el honor, la
paz y la convivencia.
Elegir callar antes que
repetir un rumor, escuchar
antes que juzgar y comprobar
antes que condenar es un
acto de justicia y de
humanidad.
Porque las habladurías no
son inocentes: erosionan la
reputación, siembran
antagonismo y crean un
ambiente depresivo e
incomodo.
Un rumor repetido adquiere
apariencia de verdad y
termina por condenar a
quien, muchas veces, no ha
tenido siquiera la
oportunidad de defenderse.
Quien se acerca con chismes
y cuentos demuestra no solo
falta de lealtad, sino una
peligrosa ligereza ética,
pues del mismo modo que te
habla de otros, hablará
mañana de nosotros.
Cuidar nuestras palabras es,
en el fondo, cuidar a los
demás y también protegernos
a nosotros mismos..
Domingo 8 de Febrero
Aragón como síntoma:
la deriva sanchista hacia
el precipicio
Los resultados
electorales en la Comunidad de Aragón no son un hecho
aislado ni una simple anécdota territorial. Son, más
bien, un síntoma claro de una tendencia que se viene
repitiendo elección tras elección: el avance de la
extrema derecha, en este caso encarnada por VOX, y el
retroceso del PSOE en amplias capas del electorado.
Ignorar esta realidad sería un error estratégico de
enormes dimensiones.
Si aceptamos (como muchos
analistas coinciden) que estas elecciones autonómicas se
han celebrado bajo un fuerte prisma nacional, resulta
difícil sostener que el castigo al PSOE en Aragón
responda únicamente a dinámicas locales. Más bien al
contrario: el votante ha utilizado las urnas para
expresar su descontento con las políticas del Gobierno
central y, especialmente, con la figura de Pedro
Sánchez.
Aragón se suma así a una
larga lista de territorios donde el socialismo pierde
apoyo de manera constante. Y lo más preocupante para el
PSOE no es solo la pérdida de poder institucional, sino
el desplazamiento del debate político hacia posiciones
cada vez más extremas, alimentadas por la frustración,
la polarización y la percepción de desconexión entre el
Gobierno y una parte significativa de la ciudadanía.
El auge de VOX no puede
analizarse únicamente desde el miedo o la
descalificación moral. Su crecimiento es consecuencia
directa de un vacío político que alguien ha dejado
libre. Cuando amplios sectores sociales sienten que sus
preocupaciones no son atendidas (ya sea en materia
económica, territorial o de seguridad), buscan
respuestas, aunque estas vengan envueltas en discursos
simplistas o radicales.
En este contexto, resulta
legítimo preguntarse si Pedro Sánchez se ha convertido
en un lastre para el socialismo español. No se trata de
una crítica personal, sino de una reflexión política:
¿hasta qué punto su liderazgo sigue siendo un activo
electoral? Los resultados parecen indicar que su figura
moviliza más rechazo que ilusión, y que cada nueva cita
con las urnas se convierte en un plebiscito negativo
sobre su gestión.
La estrategia de cerrar
filas en torno al líder, apelando a la disciplina
interna y al miedo a la derecha, puede funcionar a corto
plazo dentro del partido, pero no parece suficiente para
recuperar la confianza del electorado. Confundir lealtad
con inmovilismo puede llevar al PSOE a un callejón sin
salida.
Por eso, la
responsabilidad de los llamados “barones” territoriales
cobra ahora más importancia que nunca. Si realmente
creen que el proyecto socialista está en peligro,
deberían plantearse seriamente la convocatoria de
primarias que permitan renovar el liderazgo y el
discurso antes de que el desgaste sea irreversible.
Esperar a que el barco termine de hundirse para actuar
sería una irresponsabilidad histórica.
El PSOE ha demostrado en
el pasado que sabe reinventarse cuando escucha a la
sociedad y se atreve a mirarse al espejo. Hoy, Aragón
lanza una advertencia clara: el problema no es solo
perder elecciones, sino perder el rumbo. Y cuanto más se
retrase una reflexión profunda, más difícil será
recuperar el terreno perdido frente a una derecha cada
vez más radicalizada.
En política, como en la
vida, a veces el mayor acto de valentía no es resistir,
sino saber cuándo es necesario cambiar de capitán.
Sábado 7 de Febrero
Pueblos sin cobertura,
Pueblos sin futuro
Que en pleno siglo XXI haya pueblos sin
cobertura móvil no es un fallo técnico: es abandono. En mi municipio (como
en tantos otros) hay zonas enteras donde no se puede ni llamar por teléfono.
Si no tienes fibra en casa, estás incomunicado. Y si vienes de paso,
simplemente desapareces. Esto no es una molestia menor. Es un problema serio
que afecta a vecinos, negocios y visitantes.
Repartidores
que no pueden localizar a nadie, pagos con
tarjeta que fallan, turistas que no vuelven
y una sensación constante de inseguridad.
Que ocurra una urgencia médica en estas
condiciones ya roza la irresponsabilidad
institucional.
Mientras
tanto, las administraciones presumen de
cifras: 99% de cobertura, 90% de banda
ancha. Datos que no se sostienen cuando un
vecino tiene que caminar cientos de metros
para conseguir una señal decente. Las
estadísticas no llaman a una ambulancia ni
mantienen abierto un negocio. Los operadores
alegan falta de rentabilidad.
Las
administraciones miran hacia otro lado. Y
los ayuntamientos, aunque conscientes del
problema, carecen de medios reales para
forzar soluciones. El resultado es el de
siempre: pueblos desconectados, población
envejecida, jóvenes que se marchan y cero
expectativas de futuro. La conectividad ya
no es un lujo, es un servicio básico. Sin
ella no hay turismo, no hay emprendimiento y
no hay repoblación posible.
Seguir ignorando este problema es condenar a
muchos municipios a la desaparición. Este no
es un lamento más. Es una exigencia. O se
garantiza una cobertura móvil digna o se
deja claro, de una vez, que a la España
rural se la ha decidido apagar.
Viernes 6 de Febrero
La política española: fango, miedo y
degradación política
La política española ha entrado en una fase de degradación
tan evidente como preocupante. A medida que se acercan las elecciones
autonómicas y se especula con un adelanto de las generales, los partidos han
decidido quitarse la careta: ya no gobiernan ni hacen oposición,
simplemente se
revuelcan en el fango. Y lo hacen sin
pudor, sin límites y sin respeto alguno por la inteligencia de los
ciudadanos.
La izquierda, con el PSOE como principal ariete, ha puesto
a funcionar a pleno rendimiento la máquina de la basura política. Se escarba
bajo las piedras del PP, no tanto para esclarecer responsabilidades como
para fabricar escándalos, retorcer hechos y lanzar sospechas al peso. El
objetivo no es informar, sino
manipular, intoxicar y erosionar.
La verdad es secundaria; lo importante es que el adversario quede manchado.
Pedro Sánchez encarna a la perfección este momento
político: nervioso, errático y cada vez más acorralado. El temor a un
batacazo electoral es visible y su respuesta no es ofrecer soluciones ni
asumir errores, sino
redoblar la confrontación y buscar
culpables externos. Cuando el poder
empieza a sentirse amenazado, la tentación autoritaria asoma sin disimulo.
El PP tampoco es ajeno a este clima. Aprovecha cada
debilidad del Gobierno para atacar, a veces con argumentos sólidos y otras
inflando el discurso hasta rozar la exageración. Pero, aun con todo, quien
pelea con más ferocidad es un PSOE que huele su propia debilidad y actúa
como lo hacen siempre los gobiernos en declive:
atacando a la crítica en lugar de
escucharla.
La idea de limitar o prohibir redes sociales
como X no es una anécdota ni una casualidad. Es un síntoma. Cuando un
gobierno empieza a ver la crítica como una amenaza y no como un elemento
esencial de la democracia, el problema ya no es la oposición, sino el propio
poder. Disfrazar el control de la opinión pública bajo el paraguas de la
“desinformación” es una maniobra tan vieja como peligrosa.
El resultado de todo este espectáculo es desolador. La
clase política ofrece un ejemplo lamentable de lo que debería ser una
democracia madura. Insultos, manipulación, trincheras ideológicas y cero
altura institucional. El mensaje que recibe el ciudadano es claro:
la política ha
dejado de estar al servicio de la sociedad para convertirse en un campo de
batalla por la supervivencia personal de sus protagonistas.
No es extraño que el electorado se
desmovilice, se harte o directamente desconecte. La desconfianza hacia los
políticos crece porque se la ganan a pulso. Para muchos ciudadanos ya no son
representantes, sino un problema estructural, una calamidad nacional
enquistada en el poder.
Mientras tanto, los problemas reales siguen
esperando. Pero eso parece irrelevante para una clase política más
preocupada por embarrar al rival que por limpiar sus propias vergüenzas. Y
así, entre fango, miedo y decadencia, la democracia se va desgastando… a la
vista de todos.
Jueves 5
de Febrero
Inmigración masiva sin control: la factura la pagamos nosotros
Lo que está ocurriendo con la política
migratoria en España no es solidaridad. Es irresponsabilidad.
Nos venden humanidad, nos hablan de derechos,
se llenan la boca de palabras bonitas… pero nadie habla de la factura. Y esa
factura, como siempre, no la pagan los políticos desde sus despachos. La
pagamos los ciudadanos de a pie, los que madrugamos, trabajamos, cotizamos y
sostenemos el Estado con nuestros impuestos. Mientras tanto, el Gobierno
sigue abriendo la puerta de par en par.
Regularizaciones masivas. Mensajes de “aquí
cabe todo el mundo”. Papeles casi garantizados. Ayudas sociales inmediatas.
Vivienda, manutención, asistencia sanitaria, escolarización. Todo sin un
plan serio detrás. Todo sin preguntar a quienes ya estamos aquí si el
sistema puede soportarlo. Y lo más grave: sin exigir nada a cambio.
Porque no estamos hablando de una inmigración
ordenada, vinculada al empleo o a necesidades reales del mercado laboral.
No. Estamos hablando de miles de personas que llegan sin trabajo, sin
idioma, sin integración prevista, y que terminan dependiendo de subsidios
públicos desde el primer día. Eso no es integración. Eso es crear
dependencia.
Y cualquier persona con sentido común sabe lo
que provoca: el famoso “efecto llamada”. Si el mensaje que se lanza al mundo
es que en España entras y te mantienen, cada vez vendrán más. Hoy son
30.000. Mañana serán 100.000. Después, cientos de miles. ¿De verdad alguien
cree que esto no tiene consecuencias?
Europa ya ha advertido del problema. La
mayoría del Parlamento Europeo apuesta por controles, orden y
responsabilidad. Aquí, en cambio, vamos en dirección contraria, como si las
leyes de la economía y la capacidad de los servicios públicos no existieran.
¿Dónde van a vivir? ¿Quién paga su atención
sanitaria? ¿Quién asume el coste de la educación, de las ayudas, de la
vivienda social? ¿De dónde sale ese dinero? Sale de nuestros bolsillos. Del
trabajador que no llega a fin de mes. Del autónomo asfixiado a impuestos. De
la familia que espera meses para una cita médica.
Del joven que no puede alquilar una vivienda. Mientras tanto, el Gobierno
juega a la política del buenismo, pero con el dinero de otros. Seamos
claros: España no puede convertirse en el albergue de medio mundo. No por
falta de corazón, sino por pura realidad. Un país tiene límites. Económicos,
sociales y culturales. Ignorarlos no es ser solidario; es ser irresponsable.
La inmigración puede ser positiva, sí. Pero
solo si es legal, ordenada, vinculada al trabajo, con integración real y
aportación al sistema. Lo contrario solo genera tensión social, competencia
por recursos escasos, barrios degradados y un enorme resentimiento que acaba
fracturando la convivencia. Y eso ya lo estamos empezando a ver.
Lo que más indigna no es solo el problema en
sí, sino la sensación de que todo responde a cálculos electorales.
Decisiones tomadas desde la ideología, no desde la gestión. Sin pensar en
las consecuencias a largo plazo. La solidaridad sin control no es justicia:
es caos.
España necesita una política migratoria
firme, coherente y responsable. Con fronteras seguras, cupos claros,
exigencia de integración y prioridad para quien viene a trabajar y aportar.
No para quien viene a vivir del sistema. Porque si el Estado se desborda,
perdemos todos. Y cuando todo explota, los políticos ya no estarán para
asumir las consecuencias. Nosotros sí.
Miércoles 4 de Febrero
¿Protección de menores o control del
discurso?
La reciente
propuesta del Gobierno de Pedro Sánchez de prohibir el acceso a las redes
sociales a menores de 16 años ha vuelto a poner sobre la mesa un debate que
va mucho más allá de la protección de la infancia. Aunque el Ejecutivo
presenta la medida como una respuesta necesaria a los riesgos del entorno
digital (adicción, deterioro de la salud mental, exposición a contenidos
nocivos o manipulación algorítmica), resulta difícil ignorar el contexto
político y comunicativo en el que se produce.
Las redes sociales se han convertido en el
principal espacio de socialización, información y debate para los jóvenes.
Allí no solo se consumen vídeos virales o entretenimiento, sino que se
construyen opiniones políticas, se difunden mensajes críticos y se articula
buena parte del descontento social. No es casualidad que muchos jóvenes se
informen exclusivamente a través de estas plataformas, al margen de los
medios tradicionales, y que en ese ecosistema digital proliferen discursos
muy duros contra el Gobierno y, en particular, contra el propio Sánchez.
Oficialmente, el Ejecutivo niega cualquier
motivación política detrás de la medida. No se habla de censura ni de
control ideológico, sino de protección. Sin embargo, el argumento de la
“desinformación”, del “odio” o de la “manipulación” es lo suficientemente
amplio como para generar inquietud. ¿Quién decide qué es desinformación y
qué es simplemente una opinión incómoda? ¿Dónde está la frontera entre
proteger y tutelar, entre regular y limitar?
No es descabellado pensar que las redes
sociales incomodan al poder. Son caóticas, difíciles de controlar y permiten
que mensajes antisistema, antisanchistas o contrarios al consenso
institucional se propaguen con rapidez, especialmente entre los más jóvenes.
En ese sentido, la prohibición plantea una sospecha legítima: ¿se intenta
realmente proteger a los menores o reducir la exposición de una generación a
discursos que erosionan la hegemonía política y cultural del progresismo
gobernante?
Eso no significa negar los problemas reales
que existen en las redes. Los hay, y son graves. Pero prohibir no equivale a
educar. Los menores no van a desaparecer del mundo digital por decreto, y
retrasar artificialmente su acceso no garantiza que, cuando entren, estén
mejor preparados. Al contrario, puede generar usuarios más vulnerables,
menos críticos y menos acompañados.
Una democracia sana debería ser capaz de
proteger sin infantilizar, regular sin censurar y educar sin imponer. Cuando
el Estado asume el papel de guardián moral del discurso digital, el riesgo
no está solo en la intención inicial, sino en el precedente que se crea. Hoy
es “por los menores”; mañana, quién sabe con qué justificación.
Por eso, más que aceptar el relato oficial
sin preguntas o rechazar la medida por reflejo ideológico, conviene mantener
una posición crítica y vigilante. La protección de la infancia es un
objetivo incuestionable, pero la libertad de expresión y el pluralismo
político también lo son. Y en ese delicado equilibrio es donde se juega algo
más que el acceso a una red social: se juega el tipo de sociedad que estamos
dispuestos a construir.
Martes 3 de Febrero
Regularización masiva: cuando
la estrategia política se disfraza de solidaridad
España no está viviendo un
debate serio sobre inmigración. Está viviendo una
huida hacia
delante, impulsada por consignas ideológicas y un buenismo
institucional que ignora deliberadamente las consecuencias reales de sus
decisiones. La propuesta de regularización masiva de inmigrantes no responde
a un plan de país, sino a una estrategia política cortoplacista que puede
tener efectos profundos e irreversibles. Mientras la mayor parte de Europa
endurece sus políticas migratorias por pura supervivencia social y
económica, el Gobierno español insiste en el mensaje contrario:
más inmigración, menos control y ninguna exigencia
real. No es casualidad que esto genere rechazo incluso entre socios
europeos.
Las incendiarias declaraciones de Irene Montero (del
defenestrado Podemos) abogando por reemplazar a fachas, racistas y fascistas por
inmigrantes, ha sonado a campaña nazi, con el exterminio de razas inferiores,
algo por lo que ya esta tardando en dimitir, como representante de los parias
del mundo, si, de esos a los que entre Pablo y ella embaucaron para obtener su
voto y vivir como sátrapas.
No
se trata de racismo ni de xenofobia, sino de gestión responsable. La
inmigración es positiva cuando está
ordenada, vinculada al empleo y
acompañada de integración real. Lo que se propone ahora es
exactamente lo contrario: regularizar sin exigir contrato de trabajo previo,
sin garantizar vivienda y sin capacidad para absorber a quienes llegan. El
resultado es obvio: efecto llamada, colapso de servicios públicos y aumento
de la tensión social. El discurso oficial evita una realidad incómoda: gran
parte de esta inmigración no llega para cubrir puestos cualificados ni para
sostener el sistema, sino para integrarse en una economía precaria o
directamente en un sistema de ayudas públicas ya sobrecargado.
Mientras tanto, millones de españoles (pensionistas, trabajadores pobres,
jóvenes sin acceso a vivienda) ven cómo el Estado les da la espalda tras
décadas de esfuerzo y cotización. Este agravio comparativo no es un “bulo de
la extrema derecha”, es una
percepción social creciente que la política se niega a afrontar.
Y cuando se ignora el malestar ciudadano, este no desaparece: se radicaliza.
A
todo ello se suma un problema que muchos prefieren no nombrar:
la falta de integración cultural.
Acoger no significa aceptar cualquier costumbre ni renunciar a
principios básicos como la igualdad entre hombres y mujeres, la laicidad del
Estado o el respeto a la ley. La integración no puede ser opcional ni
unilateral. Sin exigencias claras, la convivencia se convierte en un
espejismo. El miedo a una islamización de España no surge por odio
religioso, sino por la debilidad
del Estado a la hora de imponer normas comunes. No es la fe el
problema; es la ausencia de límites y de un proyecto integrador firme.
Cuando el Estado renuncia a exigir adaptación, abre la puerta a guetos,
fractura social e inseguridad.
España necesita inmigración, sí. Pero
no cualquier inmigración ni a
cualquier precio. Necesita personas que vengan con un contrato de
trabajo, con un proyecto de vida y con la voluntad de integrarse en la
sociedad que les acoge. Todo lo demás no es humanismo: es irresponsabilidad
política. Convertir la inmigración en una herramienta ideológica y electoral
es jugar con fuego. Y cuando ese fuego se descontrole, no lo apagarán los
discursos ni las etiquetas morales, sino una sociedad cada vez más dividida
y más cansada de que se la trate como ignorante
Lunes 2 de Febrero
Pensiones: la aritmética que nadie quiere mirar
El sistema público de pensiones en España no
es sostenible. No “tiene retos”, no “necesita ajustes”: no cuadra. Las
cotizaciones no alcanzan para pagar lo que se promete y la diferencia se
cubre con impuestos y deuda. Eso no es un sistema sólido, es un sistema
intervenido permanentemente.
Se insiste en que “las pensiones están
garantizadas”, pero nunca se aclara cómo. No se pagan con lo que cotizan
los trabajadores, sino con transferencias crecientes del Estado. Es
decir, con más presión fiscal hoy y con deuda que pagarán los de mañana.
Llamar a esto justicia intergeneracional es, como poco, cínico.
La demografía es implacable. Cada vez hay más jubilados y
menos cotizantes. La generación del baby boom se jubila y el sistema se
tensiona justo cuando el mercado laboral es más precario y los salarios más
débiles. Aun así, se siguen aprobando subidas automáticas y se evita
cualquier reforma de calado. No por desconocimiento, sino por miedo
político.
El problema no es que las pensiones no se paguen mañana;
el problema es el precio de mantener esta ficción .
Cada año, una parte mayor del presupuesto se dedica a tapar el agujero de la
Seguridad Social, dejando menos recursos para sanidad, educación, inversión
productiva o reducción de deuda. Se protege a un colectivo a costa de
debilitar al conjunto del país.
El verdadero riesgo no es tocar el sistema, sino no
hacerlo. Cuanto más se retrasa la reforma, más brusca será. Ajustar la edad
real de jubilación, revisar el cálculo de las prestaciones o admitir que el
sistema ya no es plenamente contributivo no es ideología: es aritmética.
Las pensiones no están garantizadas. Lo que está
garantizado es que seguir mintiendo sobre su sostenibilidad tendrá un coste,
y no lo pagarán quienes hoy ya cobran, sino quienes trabajan y cotizan sin
ninguna certeza de recibir lo mismo mañana
Domingo 1 de Febrero
Domingo 1 de Febrero
La
política como negocio: cuando el poder importa más que los ciudadanos
El nerviosismo que hoy se respira en la
política no es casual. No responde únicamente a encuestas cambiantes ni a
ciclos electorales inciertos. Es algo más profundo y más revelador: el miedo
a perder el poder. El miedo a abandonar el escaño. El miedo a dejar de vivir
de la política.
Durante años se nos ha repetido que la
política es vocación, servicio público, compromiso con los ciudadanos. Sin
embargo, la realidad que muchos perciben es bien distinta: para una parte
significativa de la clase política, la política no es un medio para mejorar
la sociedad, sino un medio de vida. Un negocio. Una profesión sin fecha de
caducidad desde la que asegurarse salario, visibilidad, influencia y estatus
social.
La izquierda que prometía asaltar los cielos
terminó acomodándose en los despachos. Formaciones como Podemos, Sumar y
otras fuerzas minoritarias irrumpieron denunciando a “la casta”, proclamando
que venían a limpiar las instituciones y a defender a los más vulnerables.
Su discurso conectó con millones de personas golpeadas por la crisis, el
desempleo y la precariedad. Prometieron justicia social, dignidad y un
cambio profundo del sistema.
¿Y qué ocurrió?
El sistema no cambió. La pobreza estructural
no desapareció. El acceso a la vivienda sigue siendo una quimera para muchos
jóvenes. La precariedad laboral continúa instalada en amplias capas de la
sociedad. Pero quienes sí mejoraron su situación fueron muchos de los
dirigentes que encabezaban aquel discurso antisistema. Pasaron de la
indignación televisiva a los ministerios, de la protesta a la moqueta
institucional.
La promesa de regeneración acabó convertida
en integración. La denuncia de la casta terminó en pertenencia a ella.
No se trata de negar medidas concretas ni de
obviar reformas puntuales. Se trata de constatar una percepción cada vez más
extendida: el discurso revolucionario fue, en demasiados casos, una escalera
para ascender al poder. Y una vez arriba, la prioridad dejó de ser
transformar el sistema para convertirse en permanecer dentro de él.
Pero el problema no es exclusivo de una
ideología. En ambos lados del espectro político encontramos carreras
profesionales que se desarrollan íntegramente en el aparato del partido.
Personas que jamás han trabajado fuera de la política, que encadenan cargo
tras cargo, que viven pendientes de pactos, equilibrios internos y
estrategias electorales mientras la realidad social avanza por otro camino.
Cuando el objetivo principal es conservar la
poltrona, la política se degrada. El debate se convierte en espectáculo. La
gestión se subordina al cálculo electoral. Y el ciudadano pasa de ser el
centro del sistema a convertirse en un instrumento útil cada cuatro años.
La consecuencia es devastadora: desafección,
cinismo y pérdida de confianza. Cada promesa incumplida, cada contradicción,
cada privilegio blindado alimenta la idea de que la clase política funciona
como una élite cerrada, más preocupada por su supervivencia que por el
interés general.
La política no debería ser una carrera
vitalicia. No debería ser un refugio profesional. No debería garantizar
estabilidad a quienes no la garantizan a los ciudadanos. Si la vocación
desaparece y lo único que queda es la ambición de poder, la democracia se
vacía de contenido.
Lo verdaderamente peligroso no es que un
partido pierda votos. Lo realmente grave es que millones de ciudadanos
empiecen a creer que da igual quién gobierne porque, al final, todos acaban
defendiendo lo mismo: su permanencia.
Y cuando la sociedad pierde la fe en sus
representantes, el problema ya no es ideológico. Es estructural.
Llegó Febrero
Febrero, el mes
que nos baja a la realidad
Febrero nunca engaña. No trae promesas
ni comienzos épicos. Es corto, frío e
inestable. Es el mes que corta el entusiasmo
de Enero y nos devuelve al suelo: llega
desapacible, rutinario, lleno de
escepticismo, facturas, aguante, resignación
y muchos debates pendientes. Un mes
incómodo y también duro.
Los titulares hablan de
estabilidad; la calle, de alquileres imposibles y sueldos que no alcanzan.
Esa distancia entre el dato macro y la vida cotidiana es, quizá, la
verdadera cuesta de Febrero. En política, el ruido tampoco se detiene. Más
consignas que acuerdos, más cálculo que proyecto. Se discute mucho y se
transforma poco. Mientras tanto, la ciudadanía mira con una mezcla de
cansancio y desconfianza, esperando soluciones concretas a problemas
urgentes.
Menos relato, más hechos.
Y, sin embargo, algo se mueve por debajo: redes vecinales, cultura,
iniciativas pequeñas que sostienen lo común. Lejos del foco, la sociedad
hace lo que la política a veces olvida: cuidar, organizarse, resistir. Tal
vez por eso Febrero importa. Porque no es el mes de la euforia, sino el de
la conciencia. Nos obliga a mirar de frente lo que hay (sin adornos) y
decidir qué queremos cambiar.
Y quizá ahí radique su
valor. Porque Febrero no promete, llega exigiendo y no ilusiona, despierta.
Por eso Febrero, con todo su frío, puede ser también un mes fértil. Nos
obliga a bajar el ritmo, a revisar expectativas y a preguntarnos qué
queremos construir. En todo caso bienvenido Febrero.

Sábado 31 de Enero
Tropezamos
en la misma piedra porque nos guiamos por el
instinto, no por la razón
El ser humano no es tan racional como le
gusta creerse. Piensa poco y reacciona
mucho. Decide desde el estómago, no desde la
cabeza, y por eso tropieza una y otra vez
con la misma piedra. La emoción manda; la
razón llega tarde, cuando el daño ya está
hecho. Hablamos sin pensar, atacamos sin
entender y luego llamamos “error” a lo que
en realidad fue puro instinto. Agresividad,
estupidez y violencia no son accidentes: son
el resultado lógico de una especie incapaz
de controlar sus impulsos. Somos animales
con lenguaje y tecnología, pero con el mismo
cerebro emocional del cazador primitivo.
La evolución nos dio herramientas cada
vez más poderosas, pero no nos enseñó a
usarlas sin destruirnos. El problema no es
la falta de inteligencia, sino la ausencia
de autocontrol. Y ese desequilibrio es
explosivo. Quizá el ser humano no fracase
por no saber pensar, sino por no saber
detenerse. Y si no aprende a dominar lo que
siente, no será víctima de un desastre
externo: será el autor consciente (y
repetitivo) de su propia extinción.
Hablamos desde las vísceras,
reaccionamos sin reflexionar y luego nos
sorprendemos de las consecuencias:
agresividad, estupidez y violencia. Solo
cuando la emoción se apaga aparece el
cerebro, reconoce el error y trata de
recomponer el daño. Y aun así, muchos ni
siquiera llegan a ese punto.
Somos animales con capacidad de pensar,
pero sin verdadero control emocional.
Seguimos atados al instinto del depredador,
al reflejo primitivo del hombre de las
cavernas, solo que ahora con herramientas
mucho más peligrosas. La tecnología ha
evolucionado más rápido que nuestra madurez
emocional. Sabemos crear, pero no sabemos
contenernos. Y ese desfase es letal.
Si no aprendemos a dominar nuestros
impulsos, la evolución no nos llevará a un
estadio superior: nos conducirá,
simplemente, a nuestra propia destrucción.
Viernes 30 de Enero
No
es serio este país
No puede serlo cuando los puteros prometen
abolir la prostitución, los abusadores
sexuales se envuelven en el feminismo, los
terroristas dan lecciones de derechos
humanos y los corruptos pontifican sobre
ética, moral y decencia. No es serio
un país donde los terroristas se convierten
en apóstoles de los derechos humanos y donde
los pederastas pontifican sobre la
protección de la infancia sin que a nadie se
le caiga la cara de vergüenza.
No es serio un país donde quienes no han
trabajado en su vida te explican cómo
reducir la jornada laboral, donde los
pederastas hablan de proteger a los niños y
donde los ladrones de guante blanco te
exigen cumplir escrupulosamente con tus
obligaciones fiscales. No es serio un
sistema en el que los políticos prometen
puentes donde no hay ríos, donde se premia
la astucia y la malicia por encima del
mérito, y donde el poder del dinero está
sistemáticamente por encima de los valores y
los principios. Todo esto no son anécdotas
ni excesos puntuales.
Son
síntomas claros de un fracaso profundo,
de un país y un sistema en plena degradación
moral, asumida ya como un mal menor y
normalizada con una sonrisa cínica. Por eso
resulta casi cómico (si no fuera trágico)
que te hablen de obligaciones, de ley y de
justicia. Aquí el dinero manda, los
principios estorban y los valores se usan
solo como atrezzo para el discurso. Todo es
impostura, todo es pose, todo es mentira.
Y lo peor no es la podredumbre, sino que ya
ni siquiera se oculta: se exhibe con
orgullo, se normaliza y se aplaude. Por eso
provoca risa (una risa amarga, casi
histérica) que te hablen de ley, de justicia
y de obligaciones. Porque cuando el sistema
está en manos de cínicos, hipócritas y
farsantes profesionales, la legalidad se
convierte en una broma pesada y la justicia
en un decorado de cartón piedra. Este país
no es serio. Es un estercolero moral
gestionado por gentuza indecente que se cree
intocable, y al que solo se le exige una
cosa al ciudadano: que trague, que calle y
que pague.
Un sistema que premia la astucia del
miserable, la malicia del trepa y la
desvergüenza del siniestro, mientras castiga
el mérito, el esfuerzo y la decencia como si
fueran defectos. Todo lo demás es
propaganda. Porque cuando quienes predican
no creen en nada de lo que dicen, lo único
que provocan es risa… o unas ganas enormes
de mandar a la mierda a toda esa gentuza
cínica, hipócrita, indecente y falsa que uno
se encuentra en cada esquina de este sufrido
país..
Jueves 29 de Enero
La política del trilero
La política debería ser el arte de
servir al interés general. Sin embargo, en manos
de quien representa a todos los españoles, dicha
política, se convierte en un
ejercicio de prestidigitación inmoral, cuando el
objetivo no es gobernar mejor, sino resistir un
día más en el poder a cualquier precio.
El reciente episodio del llamado
decretazo
ómnibus
es un ejemplo perfecto de esa miseria política que tanto hastía a una
ciudadanía cada vez más cansada de trampas, triquiñuelas, manipulación
y relatos prefabricados. El Gobierno presentó un decreto deliberadamente
diseñado como una trampa: una subida de las pensiones (medida social
incuestionable) mezclada con otras disposiciones de gran calado y amplio
rechazo social. El mensaje era claro: o tragas con todo o quedas señalado.
No se buscaba consenso, sino munición
propagandística de cara a las próximas elecciones autonómicas.. No se
pretendía legislar, sino forzar un titular. Cuando PP y VOX votan en contra,
el Gobierno no asume su responsabilidad por haber presentado un texto
tramposo. Al contrario: activa el segundo acto del engaño. Ahora anuncia que
volverá a presentar el decreto, esta vez negociando con Junts, no para
mejorar el contenido ni separar medidas, sino para fabricar una narrativa:
“Si ahora votan en contra, estarán votando contra las pensiones”. Las
recientes declaraciones de Yolanda Diaz, haciéndonos pasar por tontos, son
vomitivas.
El truco del trilero, una vez más: mover
el cubilete para que el espectador pierda de vista la pelota. Esta forma de
hacer política no es solo cínica; es profundamente dañina. Reduce el debate
democrático a un juego de buenos y malos, donde el Gobierno se arroga la
superioridad moral y la oposición queda retratada como enemiga del pueblo.
Se gobierna desde el chantaje emocional y la manipulación del miedo, no
desde la honestidad institucional. Sánchez actúa como quien sabe que su
proyecto no se sostiene por sí mismo. Su prioridad no es la estabilidad del
país ni la calidad legislativa, sino la supervivencia personal y política.
Mantener la legislatura viva se
convierte en una obsesión, incluso aunque ello implique depender de partidos
que desprecian el marco constitucional o retorcer las reglas del
parlamentarismo hasta dejarlas irreconocibles. La política española no
necesita más trileros ni más jugadas de tahúr. Necesita líderes que separen
las medidas, que expliquen, que negocien de buena fe y que acepten las
derrotas parlamentarias sin convertirlas en campañas de señalamiento.
Cuando el engaño se normaliza, la
democracia se empobrece. Y eso, más allá de siglas y bloques, es lo que
realmente indigna a los ciudadanos: comprobar que quienes deberían gobernar
con dignidad prefieren jugar con las cartas marcadas
Jueves 29 de Enero
Los celos no son amor: son miedo disfrazado
Voy a decirlo sin rodeos, porque ya está
bien de romantizar lo que en el fondo es pura inseguridad:
los celos no son amor.
Son miedo. Son ego. Son un complejo de inferioridad mal gestionado.
La persona celosa no sufre por lo que pasa,
sufre por lo que se imagina. Se monta películas, crea enemigos invisibles y
acaba envenenando una relación por cosas que solo existen en su cabeza. Y lo
peor es que encima se siente con derecho a hacerlo.
Creer que vigilando, controlando o limitando
a tu pareja vas a evitar que te sea infiel es de una ingenuidad tremenda. Si
alguien quiere ponerte los cuernos, te los va a poner. Da igual lo atento,
lo controlador o lo “enamorado” que te creas. Y sí: probablemente serás el
último en enterarte. Cuando tu pareja quiere volar, es porque busca otra
cosa. Y nadie —absolutamente nadie— tiene derecho a cortarle las alas a otra
persona para calmar sus propios miedos. El amor no retiene, no encierra y no
somete. Eso no es amor: es posesión.
El matrimonio, por cierto, no convierte a
nadie en propiedad privada. No firma un contrato de vigilancia ni autoriza
el control emocional. Pensar lo contrario es una actitud machista,
cavernícola y profundamente triste. Donde se pierde la libertad, empieza el
sometimiento. Y no, no me vendas la frase barata de
“donde hay celos hay amor”. Donde
hay celos hay egoísmo, baja autoestima y una necesidad desesperada de
control. El amor confía o se va. No interroga.
Una relación sana se construye desde la
libertad, la confianza y la sinceridad. Sin jaulas. Sin interrogatorios. Sin
amenazas veladas. Si tu pareja es libre y sincera, no necesita ocultar nada.
Y si aun así te engaña, la solución no es retenerla ni mucho menos
castigarla: es dejarla marchar. Porque cuando empiezas a sospechar
constantemente de la persona que tienes al lado, esa relación ya está rota.
Y seguir ahí, aferrándote por miedo, solo te convierte en alguien que no
quieres ser.
El amor no se defiende con celos. Se sostiene
con respeto, con ternura, con confianza. Y si no hay eso, no hay nada.
Miércoles 28 de Enero
El decreto ómnibus más tramposo de Sánchez
Pedro Sánchez ya nos tiene acostumbrados a
gobernar a base de triquiñuelas parlamentarias, pero el último decreto
ómnibus que pretende llevar al Congreso esta semana supera cualquier límite
aceptable. No estamos ante una simple jugada política: estamos ante un
ejercicio de trilerismo
institucional en toda regla.
La maniobra es tan burda como calculada. El
Gobierno mezcla en un mismo decreto medidas claramente populares (como la
revalorización de las pensiones o los abonos de transporte) con otras
profundamente polémicas y rechazadas por buena parte de la ciudadanía y de
la oposición, como el mantenimiento de una legislación que favorece la
okupación o disposiciones que van directamente en contra de los derechos y
la seguridad de los ciudadanos.
¿El objetivo? Forzar al PP y a VOX a una
disyuntiva tramposa: o tragan con todo el paquete legislativo o quedan
señalados públicamente como enemigos del progreso, del bienestar social y de
los pensionistas. Una estrategia cínica que busca
dañar la credibilidad de la
oposición, no gobernar con seriedad ni respeto institucional.
Este tipo de decretos ómnibus no buscan el
consenso ni el bien común. Buscan el titular fácil, el relato manipulador y
la confrontación artificial. Sánchez no legisla:
escenifica. Y lo hace
utilizando a millones de pensionistas y usuarios del transporte público como
escudos humanos para blindar medidas que, de otro modo, no pasarían ni el
primer filtro parlamentario.
Lo más obsceno de todo es que esta forma
de gobernar se presente como “responsabilidad social”. No hay nada
responsable en chantajear políticamente a la oposición ni en secuestrar
medidas necesarias dentro de un paquete legislativo envenenado. Eso no es
gobernar para los ciudadanos; es
gobernar para el relato.
El decreto no es una proposición de ley
honesta, es un juego de manos propio de un trilero: distraer con la bola de
las pensiones mientras se cuelan por debajo otras normas que perjudican a la
mayoría. Y cuando alguien denuncia la trampa, la respuesta es siempre la
misma: acusarlo de insolidario o reaccionario.
Este episodio deja al descubierto las
miserias de un Gobierno dispuesto a todo con tal de rascar votos y erosionar
a la oposición, incluso a costa de degradar aún más la calidad democrática y
el respeto al Parlamento. No es progreso. No es justicia social. Es
una puta vergüenza.
Martes 27 de Enero
¿Está la felicidad en la
ignorancia de la verdad?
A
menudo escuchamos que la ignorancia es una bendición, que quien no sabe no
padece, y en esa idea subyace una verdad incómoda: la consciencia profunda
puede traer consigo una carga emocional que quienes viven en una percepción
más simple apenas conocen. Antes de comer la fruta, Adán y Eva viven en un
estado de inocencia y felicidad, sin consciencia, sin responsabilidad, sin
culpa ni miedo. Una vez acceden al conocimiento del bien y del mal,
adquieren consciencia y se dan cuenta de su vulnerabilidad y su condición
mortal. Ahora son conscientes, sienten miedo, pero también angustia
existencial, pues ya saben que se tendrán que enfrentar al trabajo, a
la angustia, a la incertidumbre, al dolor y a la muerte.
La
inteligencia (entendida no solo como capacidad intelectual, sino como
sensibilidad para observar, sentir y reflexionar sobre la realidad) nos
permite ver tanto la belleza como la tragedia del mundo, entrelazando lo
luminoso y lo doloroso de una manera que no siempre es fácil de sostener.
Ser consciente implica reconocer las contradicciones de la vida, sentir el
peso del sufrimiento ajeno, contemplar las sombras tanto como la luz, y eso
puede generar angustia, temor y un diálogo interior constante que desafía la
serenidad. En contraste, a quien le faltan “luces” (ya sea por elección, por
falta de estímulo o por la simple ligereza de no mirar más allá de lo
evidente) le resulta más sencillo permanecer en un estado de tranquilidad
aparente, porque no está contemplando las profundidades incómodas de la
existencia.
Sin embargo, no podemos reducir esta dinámica a un simple “el tonto es feliz
y el inteligente sufre”. Sería quedarnos en la superficie de una
problemática mucho más rica y compleja. La ignorancia puede evitar el dolor
pasajero, pero también evita la profundidad del amor, la reflexión ética y
la conexión auténtica con los demás; evita, en definitiva, la posibilidad de
crecimiento interior que surge cuando nos enfrentamos a las preguntas
difíciles y las integramos en nuestro ser. También es cierto que la pobreza
de espíritu es la que permite vivir con sencillez, con apertura y con una
confianza que no depende de la eliminación de toda duda.
La
inteligencia sin humildad puede convertirse en tormento; la humildad sin
inteligencia puede quedarse en superficialidad y simpleza, incapaz de ver la
diversidad del contorno y entorno. La verdadera plenitud humana radica en
integrar ambos aspectos: ver sin miedo, sentir sin caer en desesperanza, y
sostener la mirada amplia de la realidad sin renunciar a la paz interior. No
se trata de elegir entre ignorancia o inteligencia, sino de comprender que
quienes perciben con mayor profundidad necesitan no solo inteligencia, sino
también sabiduría emocional, compasión y sentido, para transformar sus
vivencias en crecimiento y en conexión. La consciencia puede traerte la
infelicidad, pero sin conocimiento ¿Que sentido tendrá la vida y el mundo?.
En
lugar de aspirar a no saber la triste verdad, lo ideal es que te formes para
que no renuncies a la alegría cuando la conoces, que mires de frente sin
perder la capacidad de asombro pero a la vez de control racional y
serenidad. Porque la felicidad no es ausencia de preocupación, sino la
habilidad de vivir con profundo sentido, abrazando tanto la luz como la
sombra de nuestra existencia.
Recurrir a la creencia en dogmas a través de sectas, es una forma de decir
no al conocimiento, la consciencia y la inteligencia. Y sin embargo, cuantas
veces hemos oido eso de " no me lo cuentes, no quiero saber la verdad" me
gusta estar tranquilo y sereno. Es decir que ......
Domingo 25 de Enero
La fuerza bruta como sistema
La fuerza bruta se
ha convertido en el verdadero idioma del mundo. Hoy no mandan los derechos
humanos, ni el derecho internacional, ni la protección de los más
vulnerables. Mandan las armas, el dinero y los dictadores. Mandan los que
golpean más fuerte y compran más conciencias. No vivimos una crisis mundial.
Vivimos bajo un sistema de barbarie perfectamente organizado. Un mundo donde
la fuerza bruta no es un exceso, sino el método. Donde matar, arrasar y
humillar ya no es un escándalo, sino una estrategia aceptada.
Diversos frentes en
diferentes partes del mundo arden bajo las bombas con el aval explícito de
las “democracias ejemplares”. Ni errores, ni daños colaterales: es una
masacre sostenida, televisada y financiada. Los mismos gobiernos que hablan
de derechos humanos suministran armas, vetan condenas y llaman “defensa” al
exterminio. La hipocresía no es un fallo del sistema: es su columna
vertebral. Ucrania se desangra en una guerra convertida en tablero
geopolítico. Los muertos no importan; importan las fronteras, los recursos,
la influencia. Se empuja a un país a resistir hasta el último cuerpo
mientras las potencias juegan a la guerra desde despachos seguros. La vida
humana vale menos que una línea en un mapa.
En otros lugares, la
barbarie ni siquiera se disfraza. En Irán o Afganistán, las mujeres son
humilladas, silenciadas y castigadas por existir. En el Sahel, la violencia
tribal y el abandono internacional convierten a los niños en esclavos y a
los cuerpos en territorio de guerra. Kurdos exterminados, niñas violadas,
pueblos enteros condenados al hambre y al olvido.
Y mientras tanto, en
Irán, Afganistán y tantos otros infiernos olvidados, las mujeres son
esclavizadas, humilladas y silenciadas, castigadas por existir, todo en
nombre de un supuesto Dios y de la tradición. Se las tapa, se las golpea, se
las borra. En África, niños trabajan hasta morir, son vendidos, violados,
reclutados. Kurdos exterminados. Pueblos enteros borrados del relato. Todo
con el silencio cómplice de una comunidad internacional que solo actúa
cuando hay beneficios de por medio.
La ley internacional
es hoy una farsa. Se aplica con brutalidad a los débiles y se suspende para
los poderosos. Los criminales de guerra dan discursos, firman tratados y
reciben honores. Las víctimas reciben minutos de silencio y luego el
olvido.Este es el mundo real: uno donde la fuerza ha sustituido a la
justicia, donde el dinero manda más que la vida y donde los dictadores,
abiertos o encubiertos, escriben las reglas.
No es que los
derechos humanos estén en peligro: han sido eliminados. Lo más obsceno no es
la violencia en sí, sino su impunidad. Un sistema internacional que castiga
a los débiles y protege a los poderosos. Resoluciones inútiles, condenas
vacías, silencios cómplices. La ley solo se aplica cuando no molesta al
poder. Y lo más aterrador es esto: la barbarie avanza porque se le permite.
Porque se normaliza. Porque se justifica. Porque se mira hacia otro lado.
Vivimos una era
donde la fuerza ha sustituido a la justicia, donde la brutalidad se llama
“seguridad” y el genocidio se negocia. Y cada vez que miramos hacia otro
lado, cada vez que aceptamos esta lógica, nos convertimos en parte del
problema. Este no es un mundo en crisis. Es un mundo que ha decidido que la
barbarie es el precio del poder.
La historia no
nos preguntará qué opinábamos. Nos preguntará
por qué callamos.
Sábado 24 de Enero
La
vulnerabilidad de un planeta al límite
La realidad suprema
de nuestro planeta es su profunda vulnerabilidad frente al cambio climático.
La Tierra nos ha proporcionado durante siglos los recursos necesarios para
sostener la vida humana, y aún hoy existen suficientes medios para cubrir
las necesidades básicas de toda la población mundial. Sin embargo, la
distribución desigual de esos recursos y la ambición desmedida de unos pocos
están llevando al ecosistema a un punto crítico.
La explotación
irresponsable de la naturaleza, impulsada por la avaricia y un modelo
económico insostenible, está acelerando la destrucción de bosques, océanos y
especies, al tiempo que intensifica la emergencia climática y el
calentamiento global. Las consecuencias ya son visibles: fenómenos
meteorológicos extremos, escasez de agua, pérdida de biodiversidad y
millones de personas obligadas a abandonar sus hogares. No se trata de un
problema futuro, sino de una amenaza presente que pone en peligro la
supervivencia de la propia especie humana.
Ante esta situación,
la concienciación colectiva es urgente e imprescindible. Cuanto antes
asumamos nuestra responsabilidad como sociedad global, antes podremos frenar
el deterioro del planeta y evitar un desastre irreversible. El cambio
comienza con decisiones éticas, políticas y económicas que prioricen el
bienestar común y el respeto por la Tierra, nuestro único hogar.
Viernes 23
de Enero
Ángeles y demonios
La inteligencia nos
ha dado alas para volar y manos para construir mundos; al mismo tiempo, nos
ha dado garras para destruir y corazones para el horror. Somos genios y
monstruos en un mismo aliento, héroes y verdugos que conviven en nuestra
carne. La historia es testigo: hemos levantado catedrales y exterminado
pueblos, curado enfermedades y creado armas que amenazan la vida misma. A la
hora de la verdad priorizamos el instinto ante la razón
La razón nos elevó
por encima del barro, pero no nos arrancó el barro del alma. Con la misma
lucidez con la que desciframos el cosmos, aprendimos a perfeccionar el daño.
Somos artesanos de la belleza y arquitectos del espanto; capaces de tocar lo
sublime y, sin temblar, hundirnos en lo abyecto.
El problema es que
esa misma razón no viene acompañada de una brújula moral infalible. La
voluntad humana es frágil, la constancia efímera, y la ética muchas veces
subordinada al interés, al miedo o a la ambición. Así, la misma mente capaz
de concebir obras maestras de la ingeniería o de la filosofía, puede también
gestar horrores inimaginables: armas de destrucción masiva, sistemas de
opresión, ideologías de exclusión y odio. La grandeza y la barbarie no son
opuestos externos, sino hermanas que coexisten en nuestro interior. Hemos
construido puentes que unen culturas y, al mismo tiempo, muros que separan
corazones. Hemos salvado vidas con la medicina y destruido millones con la
guerra. Somos capaces de las mayores heroicidades, pero a la vez de las
mayores atrocidades.
Nuestra grandeza es
inseparable de nuestra fragilidad; nuestra luz, inseparable de nuestra
sombra. El mundo no está desquiciado por accidente: es el espejo de nuestra
propia ambivalencia, de la voluntad que titubea y de la conciencia que a
menudo calla. Cada logro, cada invento, cada idea puede elevarnos o
aplastarnos, y a veces ocurre ambos a la vez.
Ser humanos es vivir
entre la creación y la destrucción, entre la heroicidad y la barbarie. Y
quizá la única manera de acercarnos a un mundo menos desquiciado sea
reconocer que lo monstruoso y lo sublime no nos son ajenos, sino la medida
de lo que somos capaces de ser. La elección, aunque incierta, siempre nos
pertenece.
Jueves 22 de Enero
Un pueblo que se apaga en
silencio
Vivir en un pueblo de apenas 200
habitantes es convivir cada día con la certeza de que
algo se está perdiendo. No de forma brusca ni
estridente, sino lentamente, casi en silencio. La
despoblación no llega de golpe: se manifiesta en casas
cerradas, en persianas que ya no se levantan, en calles
donde cada año hay menos pasos y más recuerdos. La
alarma demográfica ya no es una previsión estadística,
es una realidad palpable. En menos de tres años se han
perdido 32 habitantes en mi querido pueblo, una cifra
que, trasladada a una gran ciudad, pasaría
desapercibida, pero que en un entorno rural supone un
golpe casi irreversible.
Más preocupante aún es la estructura de la población: cerca del 62% de los
vecinos supera los 65 años. Esto no solo define el presente del pueblo, sino
que compromete seriamente su futuro. La despoblación actual no responde
tanto a un éxodo activo como a una consecuencia natural del envejecimiento.
Hoy el pueblo no se vacía porque los jóvenes se marchen en masa (porque
apenas quedan), sino porque la vida llega a su final sin relevo
generacional. Sin embargo, este escenario no es fruto del azar.
Es
el resultado de décadas de abandono, de decisiones políticas centralizadas y
de una falta de oportunidades que comenzó, de forma sostenida, en los años
sesenta. Durante décadas, los jóvenes se vieron obligados a marcharse en
busca de empleo, estudios y una vida con horizontes más amplios. Más tarde,
los mayores siguieron ese mismo camino, atraídos por ciudades con mejores
servicios sanitarios, transporte, atención social y cercanía. El pueblo fue
quedándose sin voces, sin niños, sin proyectos. Y ahora, envejecido y
debilitado, se enfrenta a la amenaza del semiabandono. La pregunta que hoy
se hacen muchos vecinos no es retórica: ¿qué futuro le espera al pueblo?
Si
la tendencia continúa, en una década podría convertirse en un lugar habitado
solo por una veintena de habitantes, ya que los demás serían visitantes
estacionales, convirtiéndose en un espacio más de memoria que de vida,
reduciéndose drásticamente no solo la comunidad, sino una forma de entender
la vida e idiosincrasia del campo, el arraigo y la identidad rural.
La
España vaciada no es un concepto abstracto; tiene nombres, calles y personas
concretas. Pueblos como este no necesitan discursos grandilocuentes, sino
políticas reales y sostenidas en el tiempo: servicios básicos garantizados,
conectividad digital, incentivos a la vivienda, apoyo a la economía local y,
sobre todo, la posibilidad de elegir vivir en el medio rural sin que ello
suponga una renuncia constante.
Porque cuando un pueblo muere, no desaparecen solo sus habitantes. Se pierde
patrimonio, cultura, historia y una parte esencial del equilibrio
territorial. Y lo más grave es que, si no se actúa pronto, este apagón
demográfico seguirá avanzando, pueblo a pueblo, hasta que el silencio sea la
norma y no la excepción.
Miércoles 21
de Enero
El peso de
existir cuando nada promete
Hoy escribo desde el existencialismo puro y duro y os
advierto que es difícil de asimilar, porque llega un
momento en que todo es blanco o negro.
Llega un punto en la vida en el que ya no se cae: se
permanece. No hay abismo ni revelación, solo una
continuidad opaca. El mundo sigue ahí, intacto, mientras
uno ha dejado de esperar algo de él. No porque haya
perdido la capacidad de creer, sino porque ha
comprendido el costo de hacerlo. Dios fue una hipótesis
necesaria mientras el caos parecía intolerable. Pero
cuando el silencio se prolonga demasiado, la fe deja de
ser consuelo y se convierte en artificio.
No es que Dios muera: es que deja de ser
imprescindible. Y con su retirada, el hombre queda condenado a una
intemperie sin explicación. El amor, que alguna vez prometió sentido, revela
su límite. No falla por debilidad moral, sino por naturaleza. Ningún otro
puede cargar con el peso de nuestra existencia. Pretenderlo fue siempre una
forma refinada de evasión. El amor no salva: acompaña, y a veces ni siquiera
eso.
Cuando se comprende, el deseo persiste, pero la
esperanza se extingue. También los ideales caen, no por traición, sino por
exceso de realidad. Toda bandera simplifica lo que el mundo insiste en
complicar. El que ha visto demasiado ya no puede gritar consignas sin
mentirse. La renuncia a la causa no es cobardía; es el duelo por una épica
imposible. Así aparece la calma tediosa: no el sufrimiento trágico, sino
algo más insoportable.
Una vida sin vértigo. Sin preguntas que prometan
respuesta. El tiempo avanza sin dirección, y el devenir no conduce a nada
que merezca ser esperado. Existir se vuelve un acto sin justificación.¿Qué
hacer, entonces, con ese resto irreductible que llamamos alma? ¿Con ese amor
infinito que no encuentra destinatario? Tal vez nada. Tal vez esa sea la
verdad final: no todo lo que somos está hecho para cumplirse.
Hay fuerzas en nosotros que no conducen a ningún lugar,
y aun así exigen ser soportadas. El existencialismo comienza aquí: no cuando
se busca sentido, sino cuando se acepta su ausencia sin huir. Vivir ya no es
realizarse, ni salvarse, ni servir. Es resistir la tentación de inventar
ficciones tranquilizadoras. Es sostener la conciencia despierta en un mundo
que no responde. No hay redención al final del camino.
No hay síntesis ni reconciliación. Solo la posibilidad
(frágil, mínima) de una vida asumida sin excusas. De una dignidad sin
esperanza. De una lucidez que no se arrodilla. Y quizá eso sea lo único que
queda cuando se ha perdido todo: no la fe, ni el amor, ni los ideales, sino
la negativa obstinada a mentirse.
Permanecer de pie en un universo indiferente, sabiendo
que no hay sentido… y aun así, no abdicar. Resistir, no es un absurdo, sino
coraje, valentía y un acto de altruismo, que honra y dignifica.
Martes 20
de Enero
Un voto de
confianza al ser humano
Cada vez que una
catástrofe sacude al mundo (ya sea un terremoto, una inundación, una
guerra o una crisis humanitaria) asistimos a una escena que se repite
con asombrosa constancia: miles de personas se movilizan para ayudar a
otras a las que no conocen. Voluntarios que arriesgan su seguridad,
donaciones que llegan desde lugares lejanos, profesionales que ofrecen
su tiempo y su conocimiento sin esperar nada a cambio. En esos momentos,
el ser humano parece despojarse de su egoísmo y actuar movido por algo
más profundo: la solidaridad.
Y, sin embargo, esta
reacción resulta paradójica. A lo largo de la historia, el propio ser humano
ha demostrado ser capaz de una violencia extrema: guerras, torturas,
genocidios y crueldades sin límite dan cuenta de que, muchas veces, el mayor
enemigo del ser humano es otro ser humano. Somos instintivos, primitivos en
ocasiones, capaces de destruir con la misma facilidad con la que creamos.
¿Cómo conciliar entonces estas dos caras tan opuestas? Quizá la respuesta
esté precisamente en los momentos difíciles.
Cuando las estructuras se
tambalean y la vida se vuelve frágil, emerge una inclinación que va más allá
del deber moral o de las normas sociales: la necesidad de ayudar. No se
trata solo de cumplir una obligación, sino de un impulso profundamente
humano de socorrer al prójimo. En la catástrofe, el “yo” cede espacio al
“nosotros”. Las tragedias naturales y humanitarias desatan una respuesta
colectiva que se manifiesta de muchas formas: ayuda inmediata, apoyo
psicológico, reconstrucción de comunidades enteras.
Esta reacción revela
algo fundamental: estamos interconectados. El dolor ajeno no nos es del todo
ajeno. La desgracia de otros nos interpela porque, en el fondo, sabemos que
podría ser la nuestra. Además, estas respuestas solidarias no solo alivian
el sufrimiento inmediato, sino que fortalecen la resiliencia colectiva.
Reconstruir una ciudad, acompañar a quienes han perdido todo o simplemente
escuchar, son actos que devuelven dignidad y esperanza. Al mismo tiempo, nos
recuerdan la importancia de la prevención y la preparación para futuras
crisis, porque la acción conjunta es clave para mitigar el daño y proteger
la vida.
Por todo ello, quizá sea
justo darle al ser humano un voto de confianza. No para negar su historia de
violencia ni cerrar los ojos ante sus errores, sino para reconocer que,
incluso en medio de la oscuridad, existe una luz persistente. Una capacidad
genuina de solidaridad que, cuando se activa, demuestra que no todo está
perdido.
Tal vez ahí resida
nuestra mayor esperanza: en esa inclinación humana a ayudar cuando más falta
hace.
Lunes 19 de Enero
El Ejército que fabrica parados: la
gran traición a nuestros soldados
España
presume de unas Fuerzas Armadas modernas, profesionales y altamente
cualificadas. Lo que no cuenta es el precio humano de ese modelo. Tras
vender durante décadas la idea del honor, la vocación y el servicio a la
patria, el Estado expulsa a miles de soldados a los 45 años con una mano
delante y otra detrás. No es una disfunción del sistema: es el sistema
funcionando exactamente como fue diseñado. Y es una injusticia mayúscula.
La llamada
“profesionalización” del Ejército escondía una cláusula letal: la tropa y
marinería no tienen carrera, tienen fecha de caducidad. Mientras oficiales y
suboficiales disfrutan de estabilidad, el soldado raso vive atrapado en un
modelo de temporalidad
estructural que culmina en un despido forzoso en plena madurez
laboral. No por incapacidad, no por bajo rendimiento, sino por cumplir años.
A los 45, cuando la
experiencia debería ser un activo, el Ejército convierte a sus veteranos en
reservistas de especial
disponibilidad, una figura que roza el cinismo administrativo. A
cambio de décadas de servicio, maniobras, guardias interminables y misiones
en zonas de conflicto, el Estado ofrece una asignación de unos 600 euros
mensuales. Una cantidad congelada desde hace casi veinte años, hoy
completamente insuficiente para sobrevivir, y mucho menos para mantener una
familia.
Se nos dice que estos
soldados salen “preparados para la vida civil”. Es falso. El mercado laboral
español castiga la edad y desprecia las competencias no homologadas. El
Ejército forma conductores de vehículos pesados, sanitarios, mecánicos,
técnicos en logística o telecomunicaciones… pero
no les reconoce los títulos
necesarios para ejercer esos mismos trabajos fuera del cuartel.
El resultado es absurdo y cruel: quien ha conducido convoyes en Afganistán
no puede conducir un camión en España; quien ha salvado vidas en combate no
puede trabajar en una ambulancia civil.
Las supuestas
herramientas de reinserción, como el SAPROMIL, han demostrado ser poco más
que escaparates vacíos. Ofertas escasas, precarias y de baja cualificación
que desperdician talento y humillan trayectorias profesionales ejemplares.
El mensaje implícito es devastador: “Gracias por servir, ahora apáñate”.
Las salidas naturales
tampoco funcionan. La Guardia Civil, históricamente nutrida por militares,
cierra la puerta a los 40 años. El Ejército despide a los 45. Entre ambas
edades existe una zona muerta
en la que el soldado sigue siendo válido para portar un fusil, pero no para
opositar. La Policía Nacional exige bachillerato. Muchos ingresaron con la
ESO. El sistema los empuja al abismo y luego les reprocha no haber saltado
más alto.
El daño no es solo
económico. Es psicológico, moral y social. Estos hombres y mujeres no se
sienten simplemente desempleados: se sienten
traicionados. La
institución a la que lo dieron todo les da la espalda cuando más la
necesitan. Y mientras tanto, el país pierde capital humano valioso en
sectores donde, paradójicamente, falta mano de obra cualificada.
Este modelo ha
fracasado. Urge una Ley Única
de la Carrera Militar, el fin de la temporalidad estructural, la
paralización de los ceses sin alternativas reales y la homologación efectiva
de las competencias militares. No es una cuestión ideológica, es una
cuestión de justicia y de dignidad.
Un país que abandona a
quienes lo han defendido no es un país fuerte. Es un país desmemoriado. Y
mientras no se corrija esta injusticia, el Ejército seguirá siendo lo que
nunca debió ser: una fábrica
de parados con uniforme.
Y no es que en el mundo
de la formación universitaria sea mejor
Nos vendieron la idea de que
estudiar una carrera universitaria era el pasaporte hacia un futuro mejor.
Años de esfuerzo, sacrificio económico y dedicación tendrían como recompensa
un empleo estable y un salario digno. La realidad de miles de jóvenes
españoles demuestra que aquella promesa se ha roto.
Hoy, un título universitario ya
no garantiza un trabajo acorde con la formación recibida. Muchos graduados
acaban desempeñando empleos que no requieren cualificación, mientras otros
se ven obligados a emigrar porque en España sus conocimientos valen menos
que en cualquier otro país europeo. Formamos talento con dinero público para
terminar regalándoselo al extranjero.
Y quienes consiguen trabajar
aquí tampoco tienen mucho que celebrar. La precariedad se ha convertido en
la norma: contratos temporales, sueldos insuficientes y un coste de vida que
hace imposible independizarse, alquilar una vivienda o construir un proyecto
de vida. Tener empleo ya no significa vivir con dignidad.
Mientras tanto, el Gobierno
presume de crecimiento económico y de creación de empleo. Pero las cifras
macroeconómicas sirven de poco cuando España sigue liderando el paro juvenil
en la Unión Europea y buena parte del trabajo que se crea es precario y mal
remunerado. Más empleo no significa mejor empleo.
Una sociedad
que exige a sus jóvenes estudiar, formarse y esforzarse, pero luego les
condena a la precariedad o al exilio laboral, está hipotecando su propio
futuro. El verdadero progreso no consiste en maquillar estadísticas, sino en
ofrecer oportunidades reales para que el mérito, el talento y el esfuerzo
tengan una recompensa. Porque cuando estudiar deja de ser una garantía y
pasa a convertirse en una apuesta incierta, el problema no son los jóvenes:
es el país.
Domingo 18 de Enero
Democracia sin virtud: cuando el
voto pierde su valor
En
La República, Platón formuló una de
las críticas más incómodas (y persistentes) contra la democracia: el peligro
de que el poder de elegir a los gobernantes recaiga en manos de quienes
carecen de conocimientos, virtud, formación y o capacitación. Para el
filósofo ateniense, gobernar no era un derecho automático derivado de la
pertenencia al pueblo, sino una responsabilidad que exigía excelencia moral
e intelectual. En consecuencia, dejar en manos de la masa la decisión de
elegir a quienes dirigen el gobierno del pais decidiendo el destino de los
ciudadanos, equivalía, en su célebre metáfora, a entregar el timón de una
nave a quienes no sabían leer las estrellas ni comprender las corrientes.
Lejos de ser una
reliquia del pensamiento clásico, esta advertencia resuena hoy con una
actualidad inquietante.
La democracia
moderna se sustenta formalmente en la igualdad política de los ciudadanos,
pero ha ido degenerando en un sistema donde el acto de votar se ha vaciado
de reflexión y se ha cargado de impulsos emocionales, intereses particulares
y consignas simplistas. Elegimos a nuestros representantes no por su
capacidad para gobernar con justicia, prudencia y visión de Estado, sino por
su habilidad para seducir, polarizar o prometer beneficios inmediatos.
Una parte
significativa del electorado vota desde la ignorancia, no siempre culpable,
pero sí peligrosa: sin información contrastada, sin comprensión de los
programas políticos y sin análisis de las consecuencias a medio y largo
plazo. Otra lo hace desde el fanatismo ideológico, entregando su voluntad a
líderes carismáticos cuya retórica sustituye al pensamiento crítico. Y
existe, además, un voto condicionado por el interés material inmediato: el
del “estómago agradecido”, que apoya a quien ofrece ventajas particulares,
aunque estas comprometan el bienestar colectivo o el futuro común.
En todos estos
casos, el voto deja de ser una expresión de soberanía responsable para
convertirse en un acto subjetivo, utilitarista y, en última instancia,
irresponsable. Se vota en función de lo que me conviene, no de lo que
conviene al conjunto. Se prioriza el beneficio propio sobre la justicia
social, la estabilidad institucional y el bien común. Así, la democracia se
transforma en un mercado de favores, emociones y lealtades ciegas.
Conviene subrayarlo
con claridad: el problema no es la participación del pueblo en la elección
de sus gobernantes, sino la ausencia de una ciudadanía formada, crítica y
consciente. Una democracia sin educación cívica, sin cultura política y sin
exigencia ética está condenada a ser manipulada. Cuando el voto no se apoya
en el conocimiento ni en la reflexión moral, deja de ser un instrumento de
progreso y se convierte en una herramienta de degradación democrática.
El resultado es un
sistema donde no gobiernan los mejores, sino los más eficaces en explotar el
miedo, la ignorancia o la necesidad. La competencia política ya no se libra
en el terreno de las ideas, sino en el de la propaganda. La virtud es
sustituida por el espectáculo, y la responsabilidad por el cálculo
electoral.
Quizá la mayor
perversión de la democracia contemporánea sea esta: haber convertido un
ideal noble en una coartada para legitimar mediocridades y abusos. Una
democracia sin conciencia no es un triunfo de la libertad, sino una
caricatura de ella.
Platón temía que la
ignorancia condujera inevitablemente a la injusticia. Dos milenios después,
no solo no hemos refutado su advertencia, sino que parecemos empeñados en
confirmarla.
Sábado 17 de Enero
La Champions de Sanchez frente a la
miseria de la calle
Resulta difícil no sentir sonrojo cuando el
presidente del Gobierno proclama que la
economía española “juega en la Champions
League”. No por la metáfora en sí (tan
gastada como hueca), sino por el abismo que
separa ese relato triunfalista de la vida
real de millones de ciudadanos. Porque
mientras en La Moncloa se habla de ligas de
élite, en la calle se juega otro partido: el
de la supervivencia.
¿De qué le sirve a España “competir en la
Champions League de la economía mundial” si
crece el número de ciudadanos que cruzan el
umbral de la pobreza? ¿De qué sirve ese
supuesto éxito macroeconómico si los jóvenes
están expulsados del mercado del alquiler,
condenados a compartir pisos imposibles o a
volver al hogar familiar bien entrada la
treintena? ¿De qué sirve si trabajar ya no
garantiza vivir con dignidad? La economía no
es una estadística ni una diapositiva en una
cumbre internacional. La economía es el
carrito de la compra, el recibo de la luz,
el alquiler que se come medio sueldo y el
salario que no alcanza.
Y ahí, señor Sánchez, España no está en
ninguna Champions: está en la cola. Con los
salarios mas bajos de la UE y con el mayor
numero de parados, sobre todo jóvenes. Se
nos habla de crecimiento mientras los
salarios siguen siendo tercermundistas en
relación con el coste de los productos
básicos. Se presume de estabilidad mientras
las familias no llegan a fin de mes. Se
celebran subidas salariales del 3% mientras
la inflación real —la que se siente en el
bolsillo, no la que se maquilla en los
informes— devora el poder adquisitivo.
Se felicita al Gobierno por los datos macro
mientras cada vez hay más trabajadores
pobres, personas con uno o incluso dos
empleos que aun así no pueden vivir con
tranquilidad. ¿Ese es el progreso del que se
nos habla? ¿Ese es el bienestar que se
supone que debemos aplaudir? Resulta
profundamente obsceno sacar pecho de un
éxito económico que no alcanza a los más
humildes, a los trabajadores, a las clases
medias empobrecidas. No se puede gobernar
mirando solo gráficos ascendentes mientras
la vida cotidiana de la gente desciende en
picado.
No se puede hablar de prosperidad cuando
para una parte enorme de la población vivir
se ha convertido en una carrera agotadora,
no para avanzar, sino para no caer. Más del
relato triunfalista, lo que indigna es la
soberbia. Esa actitud de quien cree que
repetir una consigna basta para convertirla
en verdad. Esa distancia creciente entre el
poder y la calle. Porque un presidente no
puede permitirse el lujo de ignorar que,
para una mayoría social, la palabra
“bienestar” suena hoy a sarcasmo.
Señor Sánchez, mire a la
calle.
Mire a los ciudadanos y a
su situación real. Escuche a quienes
trabajan y aun así no llegan. A quienes
pagan impuestos europeos y viven con
angustias africanas. A quienes no piden
lujos, sino estabilidad, dignidad y futuro.
Cambie la vida de la gente, su poder
adquisitivo y su bienestar real, no el
titular del día siguiente. Porque la
historia demuestra que cuando los
gobernantes se empeñan en hablar de progreso
mientras la gente solo siente penurias, no
es la realidad la que acaba cediendo. Son
ellos. Ya está bien de demagogia. Ya está
bien de metáforas vacías.
Ya está bien de burla. La
economía podrá jugar en la Champions, pero
la ciudadanía sigue atrapada en el barro. Y
ningún país puede llamarse próspero cuando
obliga a sus ciudadanos a sobrevivir en
lugar de vivir.
Viernes 16 de Enero
¿Estamos al borde de la Tercera Guerra Mundial?
Vivimos un momento histórico muy real, que ha
dejado lejos los dogmas y la ficción y se ha
sumergido de golpe en un mundo cuyas consecuencias
ya son previsibles, que provoca temor, inquietud y
desconfianza. Y es momento de llamar a las cosas por
su nombre, sin tibieza ni medias tintas. Tenemos a
la espada de Damocles sobre nuestras cabezas,
pendiendo de un hilo que cada vez se vuelve mas
fino.
No estamos repitiendo el siglo XIX por error. Lo
estamos
imitando por conveniencia. Las grandes
potencias han llegado a la conclusión de que el
derecho internacional es útil solo mientras no
estorba, y prescindible cuando bloquea la ambición.
En 2026, el mundo no se desliza hacia un nuevo
orden:
retrocede deliberadamente hacia uno antiguo,
basado en fuerza, zonas de influencia y botín
estratégico.
Groenlandia no es una anécdota climática ni una
curiosidad geográfica. Es territorio codiciado en un
tablero donde ya no se discute si se puede, sino
cuándo y cómo. Ucrania no es solo una guerra: es la
prueba de que las fronteras vuelven a ser
negociables si se dispone de suficiente músculo
militar y paciencia. Gaza no es un conflicto
aislado, es la confirmación de que el lenguaje de
los derechos humanos se sacrifica sin pudor cuando
estorba a los intereses estratégicos. Irán no es un
actor imprevisible, es una pieza central en una
partida donde la disuasión nuclear ya no es tabú,
sino argumento.
Y no, esto no es un fallo del sistema.
Es el
sistema funcionando como fue diseñado cuando se le
quita la máscara.
Las grandes potencias ya no disimulan. Han dejado de
hablar de normas y han vuelto a hablar de poder. De
armas. De territorio. De control. El mensaje es
claro: la ley existe mientras no contradiga la
fuerza. Cuando lo hace, se la ignora, se la vacía o
se la redefine a conveniencia.
Trump no es una anomalía, es un síntoma. Putin no
es un accidente histórico, es la consecuencia lógica
de décadas de cinismo estratégico. Ambos encarnan
una verdad incómoda: el liderazgo contemporáneo ya
no busca legitimidad moral, sino
capacidad
de imposición. El derecho internacional
no se viola por desconocimiento, se viola porque ya
no se teme la consecuencia.
Estamos entrando en una era donde los países vuelven
a ser tratados como premios, no como sujetos. Donde
los mapas se observan con la misma mirada con la que
antes se miraban colonias. Donde la diplomacia es
una pausa entre movimientos, no una alternativa a la
fuerza. La diferencia con el siglo XIX no es ética,
es tecnológica. Hoy la ambición se apoya en misiles
hipersónicos, vigilancia total, guerra híbrida y
manipulación masiva de percepciones. El resultado es
más frío, más rápido y potencialmente más
irreversible.
Y lo más inquietante no es que los poderosos actúen
así. Eso siempre lo han hecho. Lo inquietante es que
el resto del mundo empieza a asumirlo como
inevitable. Como si la ley del más fuerte fuese una
ley natural y no una decisión política. Como si la
renuncia al orden común fuese el precio lógico de
sobrevivir en un mundo armado hasta los dientes.
Quizá 2026 no sea el año en que estalla todo,
pero sí puede ser el año en que
aceptamos
que el mundo ya ha cambiado de reglas.
Que hemos pasado de un orden hipócrita pero
normativo a uno abiertamente depredador. Y cuando
eso ocurre, la historia enseña algo con brutal
claridad: no gana el más justo, gana el que llega
antes y golpea más fuerte.
La pregunta ya no es si estamos regresando a un
mundo de imperios. La pregunta es
quién será
tratado como territorio y quién como dueño.
Jueves 15 de Enero
Gobernar para unos
pocos es traicionar a todos II
Cuando un gobierno
legisla para favorecer a sus socios políticos con menosprecio del
resto de ciudadanos, deja de gobernar y empieza a mercadear con el poder. No
es solo una cuestión de estrategia parlamentaria: es una traición al
principio de solidaridad entre comunidades, a la igualdad entre los
españoles y a la justicia más elemental.
Aceptar chantajes
políticos (por muy humillantes que sean) a cambio de seguir en La Moncloa no
es pragmatismo, es sumisión. Y cuando el presidente del Gobierno los asume
como un peaje necesario para mantenerse en el cargo, no solo se degrada a sí
mismo, sino que humilla al conjunto de España. Un gobernante que actúa así
deja de representar a los ciudadanos y pasa a representar únicamente a
quienes sostienen su mayoría artificial. Sanchez recurre a una perversión
"comprar apoyos con el dinero de todos". Y eso en un país en que los
trabajadores pierden diariamente poder adquisitivo y se empobrecen mas.
La llamada
financiación “especial” a Cataluña es una perversión política en toda regla.
Cataluña recibiría más recursos del Estado que cualquier otra comunidad,
pese a aportar menos a la caja común (2 terceras partes menos). Su
contribución se reduciría drásticamente (de alrededor de 2.800 millones a
apenas 800) mientras comunidades como Madrid aportan más de 6.000 millones y
reciben menos que Cataluña. No hay solidaridad en esto: hay privilegio. No
hay justicia territorial: hay compra de apoyos.
Un sistema de
financiación no puede convertirse en una moneda de cambio para asegurar
votos en el Congreso. Cuando el dinero de todos se utiliza para pagar la
continuidad de un gobierno, el interés general desaparece y la democracia se
vacía de contenido. El Ejecutivo deja de legislar para el bien común y lo
hace exclusivamente para su propia supervivencia.
Un gobernante que
pierde la dignidad, la integridad moral y la conciencia democrática por
seguir en el poder no es digno de representar a los ciudadanos. La única
salida decente es clara: marcharse, convocar elecciones y someter su gestión
al juicio de las urnas y de la Justicia. Porque el poder sin principios no
es gobierno: es abuso.
Cuando gobernar
deja de servir al bien común I
Un gobierno que legisla
en contra de la mayoría de los ciudadanos para favorecer a unos pocos
socios políticos no solo traiciona el principio de solidaridad entre
comunidades, sino que pervierte la igualdad entre los españoles y la
idea misma de justicia equitativa. Cuando esas exigencias, planteadas
como chantajes, son aceptadas (e incluso celebradas) por el jefe del
Ejecutivo a cambio de mantenerse en el poder, el daño es doble: se
humilla al conjunto de la nación y se deslegitima al propio gobernante
como representante del interés general. El reciente trato en materia de
financiación a Cataluña es un ejemplo claro de esta perversión política.
No hablamos de solidaridad ni
de equilibrio territorial, sino de privilegio. Cataluña pasaría a recibir
más recursos de la Administración central que cualquier otra comunidad, pese
a aportar menos a la caja común. Según los datos conocidos, su contribución
al Tesoro se reduciría drásticamente (de unos 2.800 millones a apenas 800)
mientras comunidades como Madrid aportan más de 6.000 millones y reciben,
sin embargo, menos recursos. Esta incoherencia no tiene justificación ni
económica ni moral. Un sistema de financiación justo debe basarse en la
corresponsabilidad, la equidad y la solidaridad entre territorios.
Cuando se rompe ese
equilibrio para contentar a quienes sostienen al gobierno con sus votos
parlamentarios, el mensaje es claro: el Ejecutivo ya no gobierna para todos,
sino para una minoría decisiva para su continuidad en el poder. El bien
común queda subordinado a la supervivencia política. Aceptar este tipo de
acuerdos no es un acto de pragmatismo, sino de renuncia. Renuncia a la
dignidad institucional, a la integridad moral y a la responsabilidad que
implica representar a todos los ciudadanos por igual. Gobernar no es
resistir a cualquier precio; gobernar es servir, y cuando ese servicio se
sustituye por el cálculo permanente, la democracia se degrada.
Por todo ello, creo
sinceramente que un gobernante que cruza esta línea pierde la legitimidad
moral para seguir al frente del país. La salida democrática es clara:
convocar elecciones, devolver la palabra a los ciudadanos y someter la
acción de gobierno al escrutinio de la Justicia y de las urnas. Porque en
una democracia madura, el poder no se conserva: se merece
Miércoles 14 de Enero
Políticas sociales de boquilla y
pobreza real
Los ministros se
llenan la boca hablando de políticas sociales, justicia redistributiva y
revalorización de salarios y pensiones. El discurso es impecable, pero la
realidad que vive la mayoría de la ciudadanía es muy distinta. Mientras el
Gobierno se felicita a sí mismo en ruedas de prensa, millones de personas no
llegan a fin de mes, pese a tener un empleo.
Según diversas
encuestas y estudios sociales, una amplísima mayoría de la población vive
asfixiada económicamente: no puede pagar un alquiler digno, llenar la cesta
de la compra con normalidad ni afrontar imprevistos básicos. Tener trabajo
ya no es garantía de salir de la pobreza. El fenómeno del trabajador pobre
se ha normalizado, y eso debería ser un escándalo nacional.
Sin embargo, este
problema estructural rara vez es reconocido por quienes gobiernan. Admitirlo
supondría aceptar que las políticas aplicadas no están funcionando para la
mayoría social a la que dicen defender. Es más cómodo hablar de “datos
macroeconómicos positivos” que mirar de frente la precariedad cotidiana de
la gente común.
La contradicción se
vuelve aún más hiriente cuando se comparan los discursos con los privilegios
de la clase política. Muchos cargos públicos perciben sueldos que
multiplican varias veces el salario medio de un trabajador. A ello se suman
dietas, complementos por vivienda y otros beneficios, incluso cuando residen
en edificios propiedad del Estado. Todo ello resulta difícil de justificar
en un país donde millones de personas cuentan cada euro antes de llegar a
final de mes.
Esta distancia entre
gobernantes y gobernados no es solo económica, es moral. Mientras se pide
sacrificio, paciencia y comprensión a la ciudadanía, quienes toman las
decisiones viven en una burbuja de comodidad financiada con dinero público.
Esa incoherencia alimenta la desafección política y la sensación de que el
sistema está diseñado para proteger a unos pocos.
No se trata de negar
la necesidad de políticas sociales, sino de exigir que sean reales, eficaces
y orientadas a mejorar de verdad la vida de la mayoría. Revalorizar salarios
y pensiones no sirve de mucho si el coste de la vivienda y de los alimentos
crece más rápido. Proclamar sensibilidad social es inútil si no se combate
la precariedad estructural.
La gente no quiere
propaganda ni discursos grandilocuentes. Quiere poder vivir con dignidad de
su trabajo. Mientras eso no ocurra, hablar de justicia social desde
despachos cómodos y sueldos privilegiados seguirá sonando a hipocresía.
Domingo 11
de Enero
La política convertida en
trinchera, donde combate
únicamente por el "Poder"
España asiste a una
degradación democrática sin
precedentes recientes. El
poder ya no se ejerce para
gobernar, sino para
resistir. Los líderes se
aferran a él como parásitos
al huésped, retorciendo la
ley cuando les conviene y
ninguneándola cuando
estorba. El Parlamento,
corazón de la democracia, ha
sido reducido a un decorado
incómodo al que se acude
solo cuando los números
cuadran.
El Gobierno actual, no
ejerce ni gobierna: se
atrinchera y se mantiene con
el beneplácito interesado de
sus socios que a modo de
alianza cerrada actúan como
una piña, no para gobernar
con solvencia y visión de
Estado, sino para que no se
escapen sus privilegios. Se
sostiene sobre una suma de
intereses enfrentados que
solo coinciden en una cosa:
mantener a Pedro Sánchez en
La Moncloa cueste lo que
cueste, para que los demás
no caigan. No hay proyecto
de país, ni hoja de ruta, ni
escrúpulos. Hay intercambios
de favores, cesiones
vergonzantes y un desprecio
absoluto por el interés
general. Sánchez ha cruzado
todas las líneas rojas
posibles para sobrevivir
políticamente.
Ha sacrificado la igualdad
entre españoles, ha
humillado a los barones de
su propio partido y ha
entregado piezas clave del
Estado al independentismo,
no por convicción, sino por
pura necesidad. No gobierna
España: negocia su
continuidad día a día. El
PSOE vive una implosión
silenciosa. Su alma
histórica ha sido
secuestrada por un liderazgo
personalista, autoritario y
desconectado de la
militancia.
Solo permanecen leales
quienes viven de su sombra;
el resto calla, aguanta o
conspira, consciente de que
esta deriva puede llevar al
partido a un desastre
electoral de proporciones
históricas. Lo que está en
juego ya no es solo un
Gobierno, sino la
credibilidad de la izquierda
institucional y la salud
misma de la democracia.
Cuando el poder se convierte
en una trinchera y la
política en un mecanismo de
autoprotección, el sistema
entero se corrompe.
Sánchez no está resistiendo
por el bien del país, sino
por miedo a caer. Y cuando
un líder gobierna desde el
miedo, arrastra consigo a su
partido, a las instituciones
y a la nación entera.
El problema ya no es cuánto
durará este Gobierno, sino
cuánto daño está dispuesto a
causar antes de caer..
Sábado 10 de Enero
Venezuela: los hermanos siniestros
III
En Venezuela, el poder no se
ejerce: se blinda. Y los hermanos Rodríguez lo saben mejor que nadie. Su
permanencia en la cúspide del régimen no responde a lealtades ideológicas,
afectivas ni patrióticas, sino a un instinto de supervivencia política
llevado al extremo. Todo vale cuando el objetivo es uno solo: seguir
mandando. No resulta exagerado afirmar que estarían dispuestos a sacrificar
a cualquiera (amigos, aliados o incluso símbolos familiares) si con ello
garantizan su seguridad personal y su continuidad en el poder).
En ese contexto hay que
interpretar la reciente liberación de presos políticos: un goteo calculado,
insuficiente y cínico. Liberar a apenas unas decenas mientras siguen
encarcelados cerca de dos millares no es un gesto humanitario ni una
apertura democrática; es una operación cosmética destinada a ganar tiempo y
oxígeno internacional. La estrategia es clara: ofrecer concesiones mínimas
mientras se envían mensajes contradictorios a Washington. Una de cal y otra
de arena para Donald Trump, conscientes de que desviarse de las directrices
marcadas desde Estados Unidos podría tener consecuencias letales para su
futuro político.
No se trata de convicción,
sino de miedo. Miedo a ser apartados, sancionados o borrados del tablero.
Sin embargo, el problema de fondo permanece intacto. Venezuela sigue lejos
de una democracia real. El poder continúa en manos de los mismos actores que
sostuvieron (y sostienen) a Nicolás Maduro. Los aparatos de represión siguen
activos, el terror continúa siendo una herramienta política y la disidencia
se paga cara, aunque ahora se intente disimular con gestos controlados y
mesas de diálogo sin resultados estructurales.Especial mención merece el
papel de ciertos mediadores internacionales. José Luis Rodríguez Zapatero se
ha consolidado como una figura funcional al régimen, más preocupado por
legitimar procesos vacíos que por exigir garantías reales. Su mediación ha
servido, en demasiadas ocasiones, para blanquear a quienes han practicado la
represión sistemática.
Aún más preocupante resulta
la actitud del Gobierno de Pedro Sánchez, que parece dispuesto a normalizar
relaciones con figuras como Delcy Rodríguez, señalada por su responsabilidad
directa en políticas de represión y tortura. Todo ello mientras adopta una
postura abiertamente confrontacional con Trump, ignorando (o subestimando)
el riesgo de represalias económicas que podrían traducirse en aranceles
asfixiantes y un golpe severo a las exportaciones españolas. El resultado es
un escenario inquietante: un régimen venezolano que se recompone sin
reformarse, una comunidad internacional dividida y una oposición interna
debilitada y perseguida.
La llamada “normalización”
no es más que una ilusión peligrosa si no va acompañada de elecciones
libres, liberación total de presos políticos, separación de poderes y
garantías reales de derechos humanos. Mientras eso no ocurra, Venezuela no
avanza hacia la democracia: simplemente gana tiempo bajo el control de
quienes han demostrado que, para conservar el poder, no existen líneas
rojas....
Viernes 9
de Enero
Venezuela: el poder a
cualquier precio II
En Venezuela no hay gestos
de apertura, hay puro
instinto de supervivencia.
Los siniestros hermanos
Rodríguez (Delcy y Jorge) se
aferran al poder con una
lógica mafiosa: todo es
negociable salvo su inmensa
fortuna y su seguridad
personal. No hay patria,
ideología ni lealtades; solo
cálculo frío. La liberación
selectiva de presos
políticos (unas pocas
decenas frente a casi 1.800
encarcelados) no es un
avance, es una burla y una
estratagema diseñada para
ganar tiempo y lavar la cara
del régimen. El juego con
Estados Unidos es igual de
cínico. Dan señales ambiguas
a Trump porque saben que
salirse del guion marcado
por Washington los dejaría
expuestos a sanciones,
aislamiento o desaparición
política. No obedecen por
convicción, sino por miedo.
Mientras tanto, el núcleo
duro del chavismo sigue
intacto, sosteniendo un
sistema basado en la
represión, el terror y la
impunidad. Todo ello cuenta
con la inestimable ayuda de
mediadores complacientes
como Zapatero, convertido en
legitimador de una
dictadura, y con el silencio
(cuando no la complicidad)
del Gobierno de Sánchez, que
blanquea a figuras como
Delcy Rodríguez mientras
juega a desafiar a Trump,
poniendo en riesgo intereses
económicos estratégicos para
España. Hablar hoy de
normalización democrática en
Venezuela es una obscenidad.
Sin liberación total de
presos políticos, sin
elecciones libres y sin
desmantelar el aparato
represivo, no hay transición
posible. Solo hay un régimen
que sobrevive, a cualquier
precio, y una comunidad
internacional que mira hacia
otro lado. En definitiva
creímos vivir un momento en
el que todo iba a cambiar en
Venezuela, para darnos
cuenta, en menos de una
semana, que el cambio fue
para seguir igual: torturas,
represión, persecución,
narcotráfico y miseria
Jueves 8 de Enero
De la esperanza al desencanto: la
falsa promesa de Trump para Venezuela I
Durante un breve
instante, muchos venezolanos (dentro y fuera del país) creyeron estar
presenciando el principio del fin de una de las dictaduras más crueles y
corruptas del continente. Las duras declaraciones de Donald Trump contra el
régimen bolivariano, su retórica de mano dura y su aparente disposición a
actuar contra Nicolás Maduro generaron una ola de esperanza hace tiempo
deseada. Para un pueblo sometido durante años por una narcodictadura,
aquella posibilidad fue recibida con una mezcla de alivio, ilusión y
alegría.
Sin embargo, esa
esperanza se disipó con la misma rapidez con la que había surgido.
Pronto quedó claro
que la supuesta “intervención” de Trump no tenía como objetivo desmontar el
entramado criminal del chavismo ni devolver la democracia a Venezuela. No
hubo una estrategia real para acabar con el régimen, ni justicia para las
víctimas, ni reparación por los crímenes cometidos. El aparato represivo,
los cómplices civiles y militares, y las redes del narcotráfico siguieron
intactas.
Dejar al mando a los
hermanos siniestros Delcy Rodríguez y su hermano Jorge ha sido un aldabonazo
en la esperanza de millones de Venezolanos. Lo mas oscuro de Venezuela
sigue aplicando sus métodos represivos....
El problema no
fue solo la inacción, sino la lógica que la sustentaba. Trump pareció
reducir el drama venezolano a una cuestión de
seguridad y recursos,
especialmente el petróleo, relegando a un segundo plano la democracia, los
derechos humanos y la justicia. Venezuela dejó de ser un país secuestrado
por una dictadura para convertirse en una ficha más en el tablero
geopolítico.
Así, el discurso de
liberación se transformó en una política de conveniencia. No se buscó el fin
del régimen bolivariano, sino su contención. No se apostó por la
reconstrucción institucional, sino por acuerdos tácitos que permitieran la
supervivencia del mismo sistema opresor, quizá con otros rostros, pero con
idénticas prácticas.
El resultado fue una
decepción tan profunda como lo había sido la alegría inicial. Porque no hay
nada más cruel que ofrecer esperanza a un pueblo oprimido para luego
retirarla sin explicaciones. No hay mayor traición que utilizar el
sufrimiento de millones como moneda de cambio estratégica.
Venezuela no
necesita gestos grandilocuentes ni discursos electorales. Necesita
compromiso real con la democracia, justicia para las víctimas y el
desmantelamiento completo de la narcodictadura. Todo lo demás (incluidas las
falsas promesas de salvación) no hace sino prolongar la agonía de un país
que ya ha sufrido demasiado.
Miércoles 7 de Enero
Adiós Navidad
La Navidad se despide casi sin hacer ruido.
Se apagan las luces, se recogen los adornos
y con ellos se repliega también ese
paréntesis emocional que, año tras año, nos
concede una tregua frente a la realidad.
Vuelve la rutina, el despertador temprano,
las cuentas pendientes y la sensación de que
el calendario avanza más rápido que las
soluciones. Enero no solo marca el inicio de
un nuevo año; marca, sobre todo, el regreso
a un presente cargado de incertidumbre.
Porque la realidad que nos espera no es
nueva, pero sí persistente.
Todo parece indicar que el guión se
repetirá: nuevos casos de corrupción que
erosionan la confianza en las instituciones,
alquileres que continúan subiendo hasta
convertir la emancipación juvenil en una
quimera y pensiones que, aunque aumentan
sobre el papel, se diluyen en la práctica
frente a una inflación que no da tregua. La
cesta de la compra sigue encareciéndose y
obliga a muchas familias a hacer malabares
para llegar a fin de mes, mientras el
discurso oficial insiste en hablar de
crecimiento y estabilidad. En lo
social, la fractura se hace cada vez más
visible. Conviven quienes pueden protegerse
del golpe económico con quienes viven
instalados en la precariedad permanente.
Y en lo político, el ruido sustituye con
frecuencia al debate profundo, mientras el
mundo observa cómo las grandes potencias
mueven sus fichas sin reparar demasiado en
las consecuencias humanas de sus decisiones.
Guerras, tensiones geopolíticas y ambiciones
desmedidas que acaban decidiendo el destino
de millones de personas que nunca fueron
consultadas. Sin embargo, despedir la
Navidad no debería ser solo un ejercicio de
resignación. También puede ser una
invitación a mantener vivo algo de lo que
estas fechas simbolizan: la empatía, la
solidaridad y la conciencia de comunidad. No
para refugiarnos en la ingenuidad, sino para
afrontar la realidad con espíritu crítico y
memoria activa.
Porque si algo nos enseña la rutina es que
el cambio no suele llegar de forma
repentina, sino a través de pequeñas
resistencias cotidianas: exigir
transparencia, defender derechos básicos
como la vivienda o unas pensiones dignas y
no normalizar la injusticia como parte
inevitable del paisaje.
Se acaba la Navidad, sí. Pero empieza un año
que nos interpela. Y quizá el mayor reto no
sea aceptar que “todo seguirá igual”, sino
negarnos a que esa idea se convierta en una
profecía que se cumple sola.
Martes 6 de Enero
Y llegó la hora de ajustar nuestra economía
familiar
Salimos de la
Navidad con el corazón lleno, sí, pero con demasiada frecuencia también con
la economía familiar por los suelos. No es una sensación individual ni
anecdótica: es casi un ritual colectivo. Unos se endeudan para cumplir
expectativas que no siempre son propias; otros gastan para aparentar una
normalidad que no existe. Todo ello bajo la presión de una cultura que ha
confundido celebrar con gastar, compartir con derrochar, y felicidad con
consumo.
Las fiestas
navideñas se han convertido en una carrera hacia el exceso. Banquetes
opíparos, cenas interminables, productos “imprescindibles” que solo lo son
durante unas semanas, regalos desorbitados (especialmente esos sablazos que
llegan de la mano de los Reyes Magos) y una sensación generalizada de que
hay que estar “a la altura”, aunque eso signifique vaciar la cuenta bancaria
o tirar de crédito. Luego llega enero. Y con él, la cruda realidad.
Este escenario
resulta todavía más doloroso si lo situamos en el contexto del país en el
que vivimos. Un país donde las desigualdades sociales y económicas ya no son
solo injustas, sino escandalosas. Donde se multiplican los millonarios
mientras millones de familias no llegan a fin de mes. Donde unos pocos
acumulan riqueza sin límite y muchos otros sobreviven endeudándose,
atrapados en una economía de resistencia permanente.
No podemos
normalizar estas costumbres sin hacernos preguntas incómodas. No solo cuánto
hemos gastado, sino por qué lo hemos hecho. ¿A quién beneficia realmente
este modelo de celebración? ¿Qué precio pagamos, no solo en términos
económicos, sino también sociales y humanos? Porque cada gasto superfluo,
cada consumo impulsivo, alimenta un sistema que se sostiene precisamente
sobre esa desigualdad.
A mí, al menos, todo
esto me produce tristeza y preocupación. Tristeza por asumir como
inevitables prácticas que dañan directamente a las economías más frágiles.
Preocupación por la ligereza con la que aceptamos un modelo que nos empuja
al exceso mientras nos deja vacíos, no solo de dinero, sino también de
sentido.
Tal vez el verdadero
ajuste que necesita este nuevo año no sea únicamente económico. Tal vez sea,
sobre todo, un ajuste de conciencia. Un replanteamiento ético y humano de
cómo celebramos, de qué entendemos por bienestar y de hasta qué punto
estamos dispuestos a seguir participando en una dinámica que beneficia a
unos pocos y asfixia a tantos.
Quizá ahí esté el
verdadero propósito para el año que comienza: consumir menos, pensar más y
recuperar el valor de lo esencial.
Lunes 5 de Enero
Cuando el
poder no se mantiene por consenso social, sino por
miedo y fuerza
Venezuela no es hoy una
anomalía histórica ni un simple “fracaso del socialismo”; es el resultado
predecible de un poder que decidió sustituir la legitimidad por la fuerza
bruta. Cuando un gobierno deja de convencer y comienza a someter, la
violencia se vuelve política pública. En Venezuela, la represión no es un
exceso: es el sistema. La ley no protege al ciudadano, lo persigue; las
armas no defienden la soberanía, resguardan al poder; y el miedo reemplaza
al voto como mecanismo de control.
Desde el punto de vista del
derecho internacional, el régimen venezolano actúa como un Estado que ha
roto el contrato básico con la comunidad global: respetar los derechos
humanos y el Estado de derecho. Ignora tratados, desacata organismos
internacionales y convierte la justicia en un instrumento de castigo. A esto
se suma una realidad aún más grave: la progresiva fusión entre poder
político y crimen organizado.
Cuando altos funcionarios
son señalados por vínculos con el narcotráfico y las economías ilícitas
sostienen al Estado, ya no hablamos solo de autoritarismo, sino de una
narco-dictadura que se financia con la ilegalidad y se protege con
uniformes. Eso es la tiranía moderna: no necesita abolir elecciones, solo
vaciarlas; no necesita cerrar tribunales, basta con controlarlos; no
necesita tanques en las calles todos los días, porque el miedo ya hace el
trabajo.
Venezuela es la advertencia
más clara de lo que ocurre cuando el poder no tiene límites, cuando la ley
se convierte en ficción y cuando la fuerza se impone como argumento final.
No es solo una tragedia nacional, es una lección histórica que el mundo no
debería ignorar. El actual gobierno de España no está lejos del régimen
boliviarano si sustituimos el narcotráfico por corrupción sistémica
Si aplicamos la lógica, no
erraremos si advertimos que puede tener un fin parecido....
Domingo 4
de Enero
No es el uso de la fuerza, sino quien la usa
y para que.
Si es para hacer Justicia,
bienvenida sea
Seamos honestos: la
autodeterminación de los pueblos ya no la
garantizan ni la ONU ni el derecho
internacional, sino los misiles, las
sanciones y los ejércitos. El mundo actual
no se rige por normas, sino por la voluntad
de tres potencias hegemónicas (EEUU, Rusia y
China) que deciden qué países son aceptables
y cuáles deben ser corregidos, intervenidos
o directamente arrasados.
El mensaje es claro: quienes
no se alinee en propósitos, formas e ideas con los que ostentan el poder
serán "revisados" y "neutralizados". Da igual si se llama soberanía,
legalidad internacional o derecho internacional; todo eso queda subordinado
al interés estratégico de cada potencia. La ley del más fuerte ya no se
oculta, simplemente se justifica.
Pero aquí aparece la duda,
la pregunta, una que a algunos mandatarios incomoda: ¿de verdad toda
intervención es mala? ¿También cuando un país se ha convertido en una
dictadura sin contrapesos, donde el poder ejecutivo devora al legislativo y
al judicial, y la democracia es una obra de teatro sin público? En esos
casos, la defensa sagrada de la soberanía suena sospechosamente a excusa
para no cambiar nada y seguimos preguntándonos ¿toda intervención es
condenable? ¿También cuando un régimen ha vaciado la democracia, ha
absorbido todos los poderes del Estado, y gobierna como una dictadura o
autocracia sin posibilidad real de cambio interno? En esos casos, la no
intervención no sería neutralidad, sería omisión ante una situación penosa
para los ciudadanos, y el abandono a su suerte.
El problema no es el uso de
la fuerza en sí, sino quién la usa y para qué. Bien es cierto que las
grandes potencias toleran las dictaduras aliadas y las enemigas se
demonizan. La moral internacional no es universal, es selectiva. Y mientras
esa hipocresía marque el tablero, seguiremos atrapados entre dos males:
aceptar la dominación del más fuerte (a veces mejor opción) o mirar hacia
otro lado cuando la tiranía aplasta los derechos de sus propios
ciudadanos.
Ese es el verdadero nuevo
orden internacional. No uno basado en tratados o derecho internacional, sino
en uno que se decide por encima de las conveniencias. Ahora todas
miradas están puestas en Cuba, Nicaragua, Colombia y posiblemente México. El
verdadero peligro está en que EE.UU. ha abierto el veto para que el resto de
potencias se anexionen el pais que mas le convenga..... Trump ya ha puesto
su teleobjetivo sobre España, en primer lugar sopesando la extradicción de
Zapatero como colaborados imprescindible de Maduro, y también para atender
la obsesión de Marruecos para recuperar el Andalus en España... todo esto lo
veremos muy pronto,
Viernes 2 de Enero
Arrabalde: cuando el invierno
demográfico amenaza al Pueblo
La situación
demográfica de Arrabalde no es preocupante: es alarmante. Los datos son
claros y no admiten maquillajes. Hoy el pueblo cuenta con 182 habitantes,
frente a los 186 que aún recoge el INE sin actualizar. Desde 2023 hemos
perdido 31 vecinos. En un pueblo pequeño, esa cifra no es una estadística
más: es un golpe directo a su supervivencia.
El problema tiene
nombre y apellido: envejecimiento. Arrabalde es un pueblo cada vez más viejo
y cada vez más vacío. La falta de relevo generacional está llevando al
límite a una comunidad que ve cómo, año tras año, desaparecen vecinos, se
cierran casas y se debilita la vida social. No es una tendencia pasajera; es
una caída sostenida.
Durante el verano,
el pueblo resiste. Regresan los jubilados, llegan los niños con los abuelos
y, durante unas semanas, Arrabalde recupera el pulso. Hay ruido, hay
encuentros, hay vida. Pero esa vitalidad es temporal y frágil. No es
crecimiento: es un paréntesis.
Quienes realmente
sostienen el alma del pueblo son los jóvenes. Jóvenes que ya no viven aquí,
pero que vuelven constantemente. Ellos son los que devuelven la alegría, los
que llenan las calles, los que mantienen viva la identidad del pueblo. Sin
embargo, su presencia es intermitente. Y un pueblo no puede sobrevivir solo
a base de visitas.
El invierno es la
prueba de la realidad. Cuando el buen tiempo se va, Arrabalde se queda a
oscuras. La población residente cae a menos de la mitad de los empadronados.
El silencio se instala en las calles y la vida cotidiana se reduce a
mínimos. Esto no es vida rural: es resistencia.
El futuro
demográfico de Arrabalde es crítico. Una población envejecida, sin niños
suficientes y sin jóvenes asentados de forma estable, conduce a un callejón
sin salida. Sin gente joven no hay escuela, no hay servicios, no hay
actividad económica. Y sin servicios, nadie se queda. Es un círculo vicioso
que ya está en marcha.
Hoy, el futuro del
pueblo descansa injustamente sobre los hombros de los jóvenes que viven
fuera pero siguen regresando. Son ellos quienes mantienen el vínculo,
quienes aún creen en el pueblo. Pero el compromiso emocional no sustituye a
las políticas públicas, ni el cariño compensa la falta de oportunidades.
Arrabalde no
necesita discursos vacíos ni promesas tardías. Necesita acción inmediata.
Necesita condiciones reales para vivir, trabajar y formar una familia.
Porque cada año que pasa sin actuar es un año perdido. Y en pueblos como el
nuestro, el tiempo ya no juega a favor.
Si Arrabalde se
apaga, no será por falta de amor a la tierra, sino por la indiferencia
prolongada ante una emergencia demográfica que ya no se puede ignorar.
**********************

Miércoles 31 de Diciembre
2026: mas de lo
mismo. La política se enmascarara, se envicia y no
dará soluciones
2026 no será un año de sorpresas, sino de
confirmaciones. Será el año en que el
sistema se degradará aún mas, encubrirá lo
mas problemático y no dará soluciones a los
graves problemas de los ciudadanos, como es
la vivienda, los abusivos precios del
alquiler, la precariezada sanidad, los
bajos salarios y el trabajo precario, junto
con la inflación y la perdida de poder
adquisitivo. La corrupción seguirá ahí, ya
sin pudor.
Aumentaran las diferencias sociales y
económicas generando la concentración de
riqueza en manos de una élite privilegiada,
mientras la gran masa de asalariados se
sumirán aun mas en la pobreza. Las guerras
en el mundo continuarán a distancia,
convertidas en estrategia y negocio, pero no
se resolverán: se administrarán. La OTAN y
Rusia pondrán al mundo al borde del abismo
nuclear. Por lo demás el despilfarro
convivirá con la pobreza como si fuera un
rasgo natural del paisaje. Nada nuevo. Lo
verdaderamente nuevo y triste será la
reacción social: menos indignación, mas
apatía, más cansancio, mas resignación. La
psicología colectiva ya no cree, sospecha
pero se conforma. No confía, se atrinchera y
la lucha por superar los problemas
será individual, no colectiva.
Se asume que todos mienten, pero se defiende
al propio bando con fanatismo. Y
normalizamos el: "Si a mi me favorece, la
ética y la moral no me importan". El puterío
político se vuelve permanente, los
escándalos se pisan entre sí y la impunidad
deja de disimularse. Ya no se esconde: se
justifica. En la economía, las cifras
mejoran en los discursos y empeoran en la
vida real. Se recorta abajo mientras se
derrocha arriba. Se socializan pérdidas, se
privatizan beneficios y se pide
agradecimiento al que apenas llega a fin de
mes.
No hay estallido inmediato, pero sí una
sensación de estafa constante. El dolor
ajeno se consume como información, sin
tiempo para procesarlo. La violencia se
normaliza y la crueldad se gestiona con
lenguaje técnico. Cuando el sistema falla,
florece el pensamiento mágico, el refugio en
el opio de las religiones. En 2026 crecerán
los fanatismos, las sectas disfrazadas de
espiritualidad o ideología, y los abusos que
salen a la luz, sin consecuencias reales. La
moral se usará como discurso, no como
práctica.
El poder seguirá premiando la ambición sin
escrúpulos, el engaño eficaz, el sadismo
administrativo y la inmoralidad pública. Se
ocultará la corrupción, se mirara hacia otro
lado ante la malversación y se seguirá
usando la política como un medio de vida,
para enriquecerse y lograr el poder, no como
un servicio al ciudadano. Pero queda dañado
de muerte el respeto y la confianza en las
instituciones y los políticos, y en el
relato extraoficial, sus líderes
se convertirán en el cáncer de la
democracia.
El orden y la convivencia se mantendrán por
inercia, no por convicción. 2026 no será la
continuación de un ciclo. Será el año en que
muchos dejen de aplaudirlo y de mirarlo,
porque no regenerará, no traerá prosperidad,
ni ética, ni moral. Tan solo una lucha
despiadada, unos por el poder y otros por
la supervivencia. Porca miseria.
Martes
30 de Diciembre
La inteligencia artificial no
nos amenaza. Nos desnuda, y en
el futuro evaluará, sin
emociones, si somos
prescindibles, no solo para su
supervivencia sino también para
el planeta.
Los sorprendentes
avances de la IA indican que será
una máquina la que decida
nuestro futuro. Por
omisión. Mientras debatimos si
la inteligencia artificial
“pensará como un humano”,
aceptamos sin protestar que
piense por nosotros. La IA ya
decide quién importa y quién
espera. A quién se contrata, a
quién se vigila, a quién se
escucha. Y lo hace sin rostro,
sin voto y sin responsabilidad
política. No porque sea malvada,
sino porque le
entregamos el poder con
entusiasmo y silencio. Nos
tranquiliza decir que es
neutral. Que es técnica. Que es
inevitable. "MENTIRA". Cada
algoritmo refleja intereses,
valores y prioridades humanas.
Llamarlo progreso no lo vuelve
procedente.
En los próximos años, millones de decisiones que hoy
toman personas pasarán a manos de sistemas automáticos: quién recibe un
crédito, qué paciente es atendido primero, qué contenido vemos, qué trabajo
desaparece. No será un futuro lejano ni una película de ciencia ficción. Ya
está ocurriendo. El problema no es que la IA sustituya tareas. El problema
es permitir que sustituya criterios humanos sin control democrático.
La IA no eliminará la
democracia: la vaciará si dejamos que lo importante se decida sin debate. No
habrá un día en que despertemos controlados. Habrá miles de pequeños días en
los que dejamos de preguntar.
La IA será capaz de
dirigir sistemas críticos y gestionarlos con mas precisión que los
humanos: la redes eléctricas y energéticas, el tráfico y el transporte de
mercancías, las cadenas de suministros globales, la respuesta ante
emergencias y desastres, y como no, el arsenal nuclear del mundo, superando
la intuición humana. Eso quiere decir que decidirá por nosotros y nos
evaluará como especie, calculando nuestra aportación negativa o positiva
para el planeta.
Porque la
inteligencia artificial no viene a reemplazarnos. Viene a comprobar si
todavía merecemos decidir, si somos útiles. Y no os quepa la menor duda,
decidirá si somos reemplazables. Y dará prioridad a lo que sea
necesario para preservar el planeta .... Porque llegará el día en que la IA
decidirá que es justo o injusto, lo que merece ser protegido y preservado y
los sacrificios aceptables, ante los que no influirá la ética, los
sentimientos o las emociones, ya que sus valores son de ciencia, no humanos.
Porque la IA no será social, ni ética, solo técnica e inteligencia.
Pero no nos pongamos en lo peor.
La IA también podrá traer
progreso, utilizar los recursos naturales para mejorar la vida de los
humanos, curar todas las enfermedades, prolongar la vida, volvernos mas
biotécnicos, crear naves interestelares y poder viajar a otros planetas. A
cambio perderemos nuestra privacidad, nuestra libertad, porque la IA
controlará tu vida privada e intima, controlará hasta tus
pensamientos. ¿Seremos capaces de controlarla?.
En mi opinión NO.
Para eso hay que ser mas inteligente que la IA, y cuando esté desarrollada,
será un millón de veces mas potente que el mejor cerebro humano...
Lunes 29
de Diciembre
Pedro Sánchez: el principal
obstáculo del PSOE II
El problema del
socialismo en España no es ideológico ni programático. No lo es. El
verdadero problema tiene nombre y apellidos: Pedro Sánchez. Así lo expresan
cada vez más votantes que se consideran progresistas, defensores de
políticas sociales y del Estado del bienestar, pero que han dejado de
confiar en quien hoy lidera el PSOE y el Gobierno.
La desafección no
nace del rechazo a la izquierda, sino de la acumulación de decisiones
políticas que han erosionado gravemente la credibilidad del presidente.
Promesas que se negaron de forma tajante y que luego se incumplieron sin
rubor; pactos con fuerzas a las que se calificó de inaceptables; indultos y
reformas penales percibidas como concesiones a cambio de apoyo
parlamentario; y una política basada más en la supervivencia personal que en
la coherencia ideológica.
Sánchez ha gobernado
al margen de su electorado tradicional, pero también al margen de buena
parte de su propia militancia. Ha vaciado de contenido el concepto de
responsabilidad política, sustituyéndolo por un pragmatismo extremo en el
que todo vale con tal de permanecer en el poder. El resultado es un
liderazgo que genera rechazo transversal: votantes progresistas que se
abstienen, antiguos apoyos que se desmovilizan y una creciente sensación de
desgaste institucional.
A ello se suma una
dependencia absoluta de socios que no creen en el proyecto común, que
critican públicamente al Gobierno mientras lo sostienen en privado, y que
actúan movidos por el interés de conservar cargos, privilegios y una
posición de poder cómoda. No mantienen al Ejecutivo por lealtad al
socialismo, sino por conveniencia. Esta dinámica no solo debilita al
Gobierno, sino que degrada la calidad democrática.
El PSOE está pagando
un precio alto: derrota tras derrota electoral, pérdida de poder territorial
y una fractura evidente entre el partido y una parte significativa de la
sociedad. No porque el socialismo haya dejado de ser necesario, sino porque
su actual liderazgo se ha convertido en un factor de expulsión de votantes.
La pregunta ya no es
si Pedro Sánchez ganará o perderá unas elecciones. La pregunta es cuánto más
está dispuesto el Partido Socialista a perder mientras siga aferrado a un
liderazgo que resta más de lo que suma. Sin una regeneración interna real y
un relevo creíble, el socialismo español corre el riesgo de quedar atrapado
en un declive que no responde a sus ideas, sino a quien hoy las representa.
El lastre del secretario general
para el socialismo I
Ayer, conversando con un amigo
sobre la situación política de
España, surgió una reflexión
que, guste o no, se repite cada
vez con más frecuencia en la
calle. Mi amigo se definía como
votante progresista, partidario
de políticas sociales y de un
Estado fuerte en derechos y
servicios públicos. Sin embargo,
fue contundente: hoy no votaría
al Partido Socialista mientras
su secretario general siga al
frente.
Su argumento no iba contra el
socialismo como proyecto
político, sino contra la figura
del presidente. Enumeraba
motivos que muchos ciudadanos
comparten: promesas incumplidas,
pactos que se negaron y luego se
firmaron, indultos polémicos,
reformas legales percibidas como
hechas a medida de los socios
parlamentarios, y una sensación
creciente de deterioro ético e
institucional. A todo ello se
suma, decía, la imagen de un
entorno político salpicado por
la corrupción y una dependencia
constante de aliados que
critican al Gobierno, pero nunca
lo abandonan. La conclusión de
mi amigo era clara: Pedro
Sánchez se ha convertido en un
lastre para el socialismo
español.
No porque las políticas sociales
sean rechazadas
mayoritariamente, sino porque su
liderazgo genera desconfianza,
cansancio y desapego incluso
entre votantes tradicionales de
la izquierda. El resultado es
que el PSOE pierde elecciones no
tanto por su ideario, sino por
quien lo encarna. Según esta
visión, los socios de Gobierno
no sostienen al Ejecutivo por
convicción ideológica, sino por
puro interés: mantener cargos,
privilegios y una posición de
poder que les garantiza
estabilidad personal y política.
Mientras tanto, una parte
importante del electorado
observa el espectáculo con
escepticismo y opta por la
abstención o por otras opciones.
Cuando le pregunté cuál era,
entonces, el verdadero problema,
su respuesta fue directa: la
continuidad de Sánchez como
secretario general y candidato.
Sin un relevo claro y una
regeneración interna, el
socialismo corre el riesgo de
seguir alejándose de una mayoría
social que, paradójicamente,
podría estar de acuerdo con
muchas de sus propuestas. Quizá
la pregunta ya no sea si el
socialismo tiene futuro en
España, sino si puede
recuperarlo mientras arrastra el
peso de un liderazgo que resta
mas que suma y que divide más de
lo que une.
Domingo
28 de Diciembre
Reyes Magos:
No, no es magia, es
fantasía, y una
estafa que se repite cada Enero
Cada mes de enero
se consuma uno de los engaños colectivos más normalizados de nuestra
sociedad. Un fraude aceptado, celebrado y defendido incluso por quienes más
lo sufren. Se llama Reyes Magos y se vende como ilusión infantil, cuando en
realidad es
una estafa
emocional y económica que castiga a los pobres, premia a los
ricos y educa en la mentira.
No hablamos de
magia ni de tradición inocente. Hablamos de un
mecanismo de presión social que obliga a millones de familias a
gastar lo que no tienen para no quedar señaladas como “malos padres”.
Hablamos de tarjetas de crédito echando humo, de préstamos rápidos con
intereses obscenos y de hogares que empiezan el año en números rojos por
cumplir un ritual que no eligieron, pero del que no se atreven a escapar.
A los niños se
les inculca desde pequeños una idea profundamente perversa:
“Si te portas
bien, los Reyes te traerán regalos”. Una promesa falsa desde su raíz.
Porque los regalos no dependen del comportamiento, sino del saldo bancario
de los padres. Así, el sistema enseña muy pronto una lección cruel:
la pobreza
se castiga y el dinero lo justifica todo.
El niño aplicado,
educado y respetuoso abre paquetes modestos, escasos, casi simbólicos. El
niño caprichoso, maleducado o agresivo (pero con padres acomodados) recibe
consolas, móviles y montañas de juguetes. ¿Qué mensaje queda grabado a
fuego? Que ser bueno no sirve. Que el mérito es irrelevante. Que la justicia
es un cuento para pobres.
Esta desigualdad
obscena se exhibe sin pudor en colegios y barrios. Se comparan regalos, se
humilla al que menos tiene y se normaliza que algunos niños “valgan más” que
otros porque sus padres pueden pagar más. Todo bajo la sonrisa hipócrita de
una sociedad que dice proteger la infancia mientras la utiliza como
escaparate del consumo.
Los padres,
atrapados en este chantaje, hacen lo imposible. Se endeudan. Renuncian a
necesidades básicas. Se sienten culpables por no llegar. Algunos cruzan
límites desesperados. Todo para sostener una mentira que no inventaron
ellos, pero que el sistema les exige representar. Porque aquí nadie quiere
ser el adulto que “rompe la ilusión”, aunque esa ilusión sea tóxica y
profundamente injusta.
Mientras tanto, los
únicos ganadores son los de siempre: grandes superficies, multinacionales
del juguete y entidades financieras. Los verdaderos Reyes Magos. Ellos sí
reciben oro. Mucho oro. A costa de la ansiedad, la culpa y el endeudamiento
de millones de hogares. Un negocio redondo envuelto en papel brillante y
anuncios lacrimógenos.
Y llega el
momento inevitable: el descubrimiento. El día en que el niño entiende que no
había Reyes, que no había justicia ni magia. Que todo era una ficción. Ese
día no se pierde una ilusión:
se pierde
la confianza. Se aprende que los adultos mienten. Que la
religión fabrica cuentos convenientes. Que el sistema necesita engañar para
seguir funcionando.
¿De verdad esto es
educación? ¿De verdad esto es amor? ¿De verdad necesitamos mentir para
criar?
La respuesta es
incómoda, pero clara:
los Reyes
Magos no son una tradición, son propaganda. No fomentan valores,
fomentan consumo. No generan igualdad, generan frustración. No traen
ilusión, traen deuda.
Ya va siendo hora de
decirlo alto y claro. Mantener esta farsa no nos hace protectores de la
infancia, nos hace cómplices de un engaño colectivo. La verdadera valentía
no está en seguir el cuento, sino en romperlo. En explicar a los niños que
los regalos cuestan trabajo, que el cariño no se compra y que la dignidad no
depende de una noche al año.
Porque esto no es
magia. Es propaganda. Es negocio. Es una gran mentira que juega con la
inocencia de los niños y la desesperación de los padres, cuando comprueban
como sutilmente son victimas del atraco perfecto. Y demasiados siguen
aplaudiendo mientras les vacían el bolsillo.
Los Reyes Magos no educan:
adoctrinan
en el consumo. No igualan:
humillan al
pobre. No protegen la infancia:
la utilizan
como rehén emocional
para que los adultos obedezcan y
paguen. Año tras año, el sistema repite el ritual y
millones aceptan el chantaje con la cabeza baja, la
tarjeta en la mano y la culpa clavada en el pecho.
Basta ya de cuentos. Basta ya de fingir que no
pasa nada. Basta ya de llamar “ilusión” a la
desigualdad y “tradición” al saqueo. Cada regalo
comprado por encima de las posibilidades no es amor:
es miedo. Miedo a señalarse. Miedo a quedar fuera.
Miedo a decir la verdad.
La verdadera magia no está en mentirle a un niño,
sino en respetarlo. En no tratarlo como un idiota.
En enseñarle que los regalos no caen del cielo, que
cuestan horas de trabajo, esfuerzo y renuncias. En
mostrarle que la dignidad no se mide en juguetes ni
en cajas envueltas con lazos dorados.
Quien sigue sosteniendo esta farsa no es
inocente.
Es
cómplice. Cómplice de un sistema que
endeuda a los débiles, normaliza la desigualdad y se
enriquece vendiendo culpa envuelta en papel
brillante. Cómplice de una mentira colectiva que se
transmite de padres a hijos como si fuera una
herencia maldita.
Hay que romper el ritual. Hay que decir la
verdad. Hay que negarse a seguir participando en
este atraco anual disfrazado de fiesta. Porque
mientras sigamos aplaudiendo el cuento, seguirán
vaciándonos el bolsillo… y la conciencia.
No son Reyes. No son Magos. Son comerciantes. Y
ya va siendo hora de dejar de rendirles pleitesía.
Domingo
28 de Diciembre
Vivir en un pueblo
en invierno
El invierno en un
pueblo pequeño no llega: cae.
Cae de golpe, como una losa de silencio y frío que se posa sobre calles
vacías, casas cerradas y recuerdos que pesan más que la escarcha. No es solo
una estación del año; es una forma de estar en el mundo. Una experiencia que
desnuda el territorio y también a quienes permanecen en él
Vivir en un pequeño pueblo rural
de la llamada
"España
vaciada"
en invierno, es una experiencia intensa y muy particular, que combina
belleza, pero también valentía y resistencia ante la dureza que impone un
entorno que parece apagado, frío y vacío, donde tienes la sensación de que
el tiempo se ha detenido. Para quien no lo ha vivido, suele sorprender más
por la sensación emocional que por lo material.
Vivir en invierno en
el pueblo exige previsión, fortaleza y una cierta aceptación de la
precariedad. Todo cuesta más. Todo tarda más. Y nadie viene a rescatarte si
algo falla. Esa es la crudeza real, la que no aparece en los folletos ni en
las fotos bonitas. La memoria de veranos llenos de vida que contrastan
brutalmente con este presente inmóvil. El invierno convierte al pueblo en un
lugar donde el pasado pesa más que el futuro.
En invierno, los pequeños
pueblos rurales de la España despoblada se vacían y tan solo un atisbo de
vida social se percibe durante el duro invierno. Las casas cerradas, las
persianas bajadas y las calles silenciosas crean una atmósfera que puede
resultar poética o inquietante, también de quietud y paz, pero con una
soledad que afecta el ánimo, según el día. El silencio no es una metáfora:
se oye el susurro del viento, los pasos propios, algún perro lejano, algún
sonido extraño y las campanas si aún suenan. La noche cae pronto y el frío
acentúa la sensación de aislamiento. La soledad es el rasgo más evidente.
Quienes quedan suelen ser
personas mayores, algún ganadero o agricultor, y quizá alguien que ha
decidido resistir o volver. La juventud que regresa en los festivos de
Navidad hace que por unos días brille una chispa de vida en el pueblo,
para volver a pagarse en cuanto se van de nuevo. En esta época, la
socialización (cuando la hay) se intensifica: se saluda siempre, se charla
más despacio, cada encuentro importa. Pero también se nota la falta: no hay
bares abiertos a diario, ni comercios que cubran lo que se demanda para la
subsistencia diaria, ni actividades lúdicas o sociales; no hay servicios
públicos excepto el Ayuntamiento, a veces tampoco médico fijo ni transporte
regular. La vida cotidiana en estos pueblos durante el invierno exige
previsión y autonomía. Hacer la compra implica desplazarse decenas de
kilómetros. Una nevada o una avería no son contratiempos menores, sino
problemas serios.
El invierno obliga a depender de
uno mismo y, en ocasiones, del vecino más cercano, que puede estar a varios
cientos de metros, cuando lo hay. A cambio, hay una sensación de
autenticidad difícil de encontrar en otros lugares. El paisaje invernal
(escarcha, niebla, montes desnudos) tiene una belleza austera. El ritmo
lento permite pensar, leer, escribir, observar. Para algunas personas es un
refugio ideal, si dispones de una casa amplia, cómoda, confortable y con una
buena calefacción; para otras, un desafío, que te endurece y te hace mas
resistente emocionalmente.
También está la conciencia
constante de la ausencia: la escuela cerrada, el recuerdo de los que ya no
están, la casa que fue de una familia entera y ahora se cae, el recuerdo de
veranos llenos de vida que contrastan brutalmente con el invierno. Por eso,
vivir en invierno en el pueblo es sentir la percepción de un mundo que se
apaga poco a poco.
Vivir allí en
invierno es mirar de frente un mundo que se apaga lentamente. Sentir que
formas parte de algo que se extingue, aunque nadie lo diga en voz alta. Es
una experiencia que te enfrenta contigo mismo, porque no hay distracciones,
ni ruido, ni máscaras. Todo se amplifica: la tristeza, la calma, el miedo,
la lucidez.
No es una vida
idílica. Tampoco es una tragedia constante. Es
radical. Dura.
Honesta. A veces hermosa de una forma austera, casi dolorosa. El invierno en
los pueblos no embellece: revela. Y no todos están preparados para sostener
esa verdad durante meses de frío, silencio y soledad.
En resumen, vivir allí en
invierno no es idílico, pero tampoco trágico. Por definición: es radical,
por la dureza del ambiente, por la soledad, por la ausencia de vida que hace
brillar a los pueblos en esta época del año, porque amplifica lo que uno
lleva dentro. Puede ser una experiencia profundamente enriquecedora o
profundamente dura, y a menudo es ambas cosas a la vez.
Sábado
27 de Diciembre
Rusia sí está preparada para
una guerra contra Europa
Durante años, Europa
ha preferido pensar que la guerra en Ucrania es una anomalía, un episodio
aislado o una reacción exagerada del Kremlin. Sin embargo, hay una realidad
incómoda que muchos dirigentes europeos siguen evitando: Rusia lleva mucho
tiempo preparándose para un conflicto prolongado con Occidente, y
especialmente con Europa. En este punto, hay algo que no puede negarse:
Moscú no improvisa.
El Kremlin ha
movilizado de forma sistemática a su población, su industria y su aparato
propagandístico para un escenario de confrontación. No se trata solo de
tanques o misiles, sino de una economía adaptada a la guerra, de una
narrativa nacional que normaliza el sacrificio y de una sociedad
acostumbrada a vivir bajo presión. Europa, en cambio, sigue actuando como si
la paz fuera un estado permanente garantizado por inercia histórica.
Mientras Bruselas y
las capitales europeas amenazan con sanciones, ampliaciones de la OTAN y
discursos cada vez más duros, Rusia ha demostrado que no teme al fuego. Ha
resistido sanciones masivas, aislamiento diplomático y un conflicto militar
de gran escala sin colapsar. Puede gustar o no el régimen ruso, pero ignorar
esta capacidad de resistencia es un grave error estratégico.
Más aún, existe una
paradoja que Europa se niega a reconocer: si algún día Rusia llegara a
invadir directamente territorio europeo, probablemente no lo haría por una
voluntad expansionista espontánea, sino como respuesta a lo que percibiría
como una agresión acumulada. Desde Moscú, la expansión de la OTAN hacia el
este, el despliegue militar cercano a sus fronteras y la retórica belicista
occidental no se interpretan como medidas defensivas, sino como
provocaciones existenciales.
Esto no significa
justificar una agresión rusa, sino comprender su lógica estratégica. Rusia
ha dejado claro, en palabras y en hechos, que llevará la confrontación hasta
el límite si considera amenazada su integridad territorial o su
supervivencia como potencia. Y ese límite, nos guste o no, incluye la
posibilidad del uso de armas nucleares. Fingir que esa línea roja no existe
no la hace desaparecer.
Europa parece
confiar en que Rusia retrocederá ante la presión moral o económica. Pero la
historia demuestra que los Estados que se sienten acorralados suelen
reaccionar de forma más peligrosa, no más racional. La escalada constante,
sin una vía clara de desescalada, solo acerca a todas las partes a un punto
de no retorno.
Cuanto antes Europa
entienda esta realidad, antes podrá cambiar de rumbo. No hacia la rendición
ni hacia la sumisión, sino hacia una diplomacia realista, basada en el
diálogo, el entendimiento mutuo y la reducción de riesgos. La paz no se
construye ignorando al adversario ni humillándolo, sino reconociendo sus
miedos, sus líneas rojas y su capacidad de respuesta.
Persistir en la
fantasía de una Rusia débil y temerosa es una irresponsabilidad histórica.
Reconocer que Rusia está preparada para la guerra no es alarmismo: es el
primer paso necesario para evitarla. Solo desde esa comprensión será posible
volver a transitar el sendero del diálogo, el entendimiento y, finalmente,
de la paz.
Viernes 26 de Diciembre
Aprender, resistir y seguir adelante
En la vida no todo es
victoria ni todo es derrota. Hay momentos en los que se gana y otros en los
que se pierde, pero en cada experiencia (agradable o dolorosa) hay una
lección esperando ser aprendida. Vivir no consiste en evitar los tropiezos,
sino en saber qué hacer cuando llegan. Los obstáculos no aparecen para
detenernos, sino para probarnos, para sacarnos de la comodidad y obligarnos
a mirar la realidad con más profundidad.
Las dificultades de la
vida, aunque duras y a veces injustas, cumplen un papel esencial en nuestra
formación. Nos obligan a pensar mejor, a actuar con más juicio y a valorar
lo verdaderamente importante. Quien nunca ha pasado por la adversidad suele
confundir lo urgente con lo esencial; quien ha sufrido, aprende a priorizar,
a escuchar y a decidir con mayor sensatez. El dolor, cuando se enfrenta con
honestidad, no solo endurece: también afina la conciencia y fortalece el
criterio.
Cada dificultad
superada nos fortalece, nos da perspectiva y nos enseña de qué estamos
hechos. Incluso cuando el camino se vuelve cuesta arriba y parece que no
avanzamos, algo dentro de nosotros está creciendo: la paciencia, la
resiliencia, la humildad y la valentía. Aprendemos a medir nuestras fuerzas,
a reconocer límites y, al mismo tiempo, a descubrir capacidades que no
sabíamos que teníamos. La experiencia difícil no nos hace mejores por sí
sola; nos hace mejores si estamos dispuestos a reflexionar sobre ella.
Caer no es fracasar.
Fracasar es rendirse. Tropezar forma parte del proceso humano; levantarse es
una decisión consciente. Seguir adelante con esperanza, aun con miedo o
cansancio, es un acto de coraje silencioso que muchas veces pasa
desapercibido, pero que define nuestro carácter. Es en esos momentos, cuando
nadie aplaude y todo pesa, donde se forja la verdadera fortaleza interior.
Al final, solo pierde
quien abandona el camino. Quien persiste, aprende. Y quien aprende se vuelve
más fuerte, más sabio y más juicioso. Porque la vida no premia la ausencia
de problemas, sino la capacidad de crecer a través de ellos. Y ese
crecimiento, lento pero firme, es lo que nos permite avanzar después con más
claridad, más conciencia y mayor humanidad.
Jueves 25 de Diciembre
El problema no es el debate, es
la impunidad
En estos días se multiplican los
mensajes bienintencionados que
llaman a la convivencia, al
respeto y a rebajar la
crispación política. Se nos
advierte de que el tono duro del
debate público alimenta el
populismo y el extremismo. Pero
esa explicación, cómoda y
recurrente, esquiva el verdadero
origen del malestar ciudadano.
La indignación social no
nace de los debates intensos ni de la confrontación de ideas. Nace de la
corrupción, de la mentira sistemática, del despilfarro de recursos públicos
y del uso partidista de las instituciones. Nace de ver cómo demasiados
responsables políticos incumplen las reglas mientras exigen sacrificios a
quienes sí las cumplen. Eso es lo que erosiona la confianza y empuja a
muchos ciudadanos al hartazgo.
El debate no es una
amenaza para la democracia; es su oxígeno. Discutir con firmeza, señalar
errores y exigir responsabilidades no debilita el sistema, lo fortalece. Lo
peligroso no es discrepar, sino gobernar sin rendir cuentas. Una sociedad
sin debate es una sociedad anestesiada, y una democracia sin crítica es una
democracia vacía. Resulta llamativo, además, el silencio sobre realidades
que golpean cada día a millones de personas. Jóvenes condenados a no poder
emanciparse por el precio de la vivienda. Trabajadores que, aun con empleo,
no llegan a fin de mes. Familias atrapadas en el umbral de la pobreza.
Ni una mención a la
pobreza infantil, una de las mayores vergüenzas de cualquier país
desarrollado, ni a una justicia que parece no medir a todos con el mismo
rasero. Tampoco se habla del sobredimensionamiento político y
administrativo, de estructuras prescindibles y cargos innecesarios que pagan
siempre los mismos: los contribuyentes. Ni del desapego que genera la
sensación de que nadie responde por sus actos.
Lo que realmente se echa
de menos es una advertencia clara a la clase política: su función es servir,
no servirse. La política no puede ser un camino hacia el privilegio mientras
la mayoría pierde poder adquisitivo y expectativas de futuro. La crítica
honesta no divide; la impunidad sí.
Si algo alimenta el
extremismo no es el debate, sino la desigualdad, la falta de ejemplaridad y
la certeza de que nadie rinde cuentas. Tal vez ahí esté la raíz del
problema. Y, también, el principio de la solución
Miércoles 24 de Diciembre
Surge una nueva Secta:
"Hakuna Patata": el timo religioso de
siempre, ahora con guitarra
Una cosa es el espíritu navideño, entrañable
y familiar y otra el entramado religioso con
motivo de estas fiestas navideñas. Y claro,
hay listos (los mismos de siempre) que
aprovechan el momento para pescar en aguas
revueltas el poco pescado religioso que
queda y esparcir la simiente de la ficción
con un único propósito: impedir que el
emporio económico y sus pilares se derrumben
por completo. Parecía difícil, pero lo han
conseguido.
Cuando muchos pensábamos que la
religión organizada ya había tocado techo en
creatividad, aparece el timo de siempre,
ahora con guitarra. En pleno siglo XXI,
cuando el pensamiento crítico debería ser la
norma y no la excepción, surge , una
propuesta presentada como juvenil, alegre y
moderna que, en realidad, no aporta nada
nuevo. " Es el timo de siempre". Cambia el
envoltorio, pero el contenido sigue siendo
el de siempre: dogma, manipulación,
ocultismo, obediencia y verdades
incuestionables.
Música, sonrisas y mensajes
positivos sustituyen al púlpito, pero el
objetivo es el mismo: captar mentes jóvenes
que aún están aprendiendo a distinguir entre
hechos y creencias. No es casual que detrás
de esta estética amable aparezca la sombra
ideológica del Opus Dei, una de las
estructuras más conservadoras y poderosas
del catolicismo. La ironía es evidente.
Estas iniciativas proliferan justo cuando
los datos muestran que las sociedades más
libres, prósperas y avanzadas son aquellas
que han relegado la religión al ámbito
privado.
Menos dogma, más derechos, mas progreso.
Pero claro, el negocio no puede parar. Y la
religión, más allá de discursos elevados,
sigue siendo uno de los negocios más
rentables de la historia.
Patrimonio inmenso, donaciones constantes,
privilegios fiscales y una jerarquía que
predica austeridad mientras vive rodeada de
lujos bastante terrenales. captación de
mentes jóvenes
que aún no han desarrollado herramientas
sólidas para separar hechos de creencias,
historia de mito, ciencia de dogma. Se les
ofrece felicidad, pertenencia y respuestas
absolutas a cambio de obediencia y
pensamiento único. La fórmula es conocida:
música pegadiza, mensajes simples, comunidad
cerrada y un relato emocional que evita
preguntas incómodas.
Todo muy alegre, todo muy
positivo… hasta que uno empieza a rascar un
poco y descubre que detrás del “Hakuna”
asoma, una vez más, la sombra del Opus Dei,
una de las organizaciones religiosas más
conservadoras, influyentes y económicamente
poderosas del catolicismo y que no dudaría
en imponer de nuevo la "Diábólica, siniestra
y terrorífica Inquisición, si la ley se lo
permitiera. Menos fe impuesta, más
pensamiento libre. Pero el negocio no puede
parar. Porque la religión organizada, más
allá del discurso espiritual, sigue siendo
una maquinaria económica formidable:
patrimonio, donaciones, privilegios fiscales
y jerarquías que predican austeridad desde
la comodidad.
El problema no es creer,
sino adoctrinar. No es la fe personal, sino
la manipulación emocional. Cuando se ofrecen
respuestas simples a cambio de obediencia y
se desalienta la duda, la frontera entre
religión y secta se vuelve peligrosamente
fina. Creer es una opción. Pensar debería
ser un derecho irrenunciable. Y cualquier
sistema que tema a la duda merece, como
mínimo, una crítica sin concesiones.
Y aunque se presenten como
espacios lúdicos y musicales, numerosos
indicios apuntan a una continuidad
ideológica con estructuras tradicionales del
catolicismo más conservador, entre ellas el
Opus Dei. El cambio no está en el contenido,
sino en la forma: un lenguaje emocional,
dinámicas de grupo y elementos estéticos
pensados para atraer a una población joven
aún en proceso de maduración intelectual y
crítica.
Desde una perspectiva
sociológica, resulta significativo que estas
estrategias de captación surjan en un
momento histórico en el que los indicadores
de desarrollo humano muestran una
correlación clara entre secularización y
progreso social. Los países con mayores
niveles de libertad individual, igualdad de
género, crecimiento económico y calidad
democrática son, en su mayoría, aquellos
donde la religión ha dejado de desempeñar un
papel central en la vida pública.
Tal vez haya llegado el
momento de preguntarnos por qué a muchas
sectas se las vigila y sanciona, mientras
otros movimientos (como HAKUNA), con métodos
muy similares pero mejor maquillados, campan
a sus anchas. No se trata de prohibir
creer, sino de impedir que el engaño se
disfrace de diversión. Que bastante tiempo
(2000 años) nos han tomado el pelo, como a
simples panolis.
Porque
pensar libremente debería ser un derecho. Y
vender cuentos como verdades, al menos, algo
que merezca un serio debate social.
Miércoles 24 de Diciembre
Pedro Sánchez: un lastre electoral que el PSOE ya no puede permitirse
El batacazo electoral del PSOE
en Extremadura no es un
accidente, ni un error de
campaña, ni una mala noche. Es
una consecuencia lógica. Y,
sobre todo, es una advertencia
que la dirección del partido ya
no puede seguir ignorando. Cada
nueva derrota confirma una
realidad incómoda: Pedro Sánchez
se ha convertido en el principal
problema electoral del
socialismo español.
Durante demasiado tiempo,
el PSOE ha fiado su futuro a un liderazgo personalista, blindado
internamente y cada vez más desconectado de la realidad social. Sánchez ya
no pierde elecciones por factores coyunturales; las pierde porque su
proyecto genera rechazo. Un rechazo transversal que alcanza a antiguos
votantes socialistas, a sectores moderados y a ciudadanos que, sin ser de
derechas, ya no confían en un presidente que parece gobernar únicamente para
sobrevivir.
La política de pactos de
Sánchez ha cruzado líneas que el electorado no estaba dispuesto a aceptar.
Concesiones constantes a socios que no creen en el Estado, reformas legales
diseñadas para satisfacer exigencias parlamentarias concretas, indultos y
cambios normativos percibidos como intercambios de poder, no como decisiones
de Estado. Todo ello ha construido una imagen demoledora: la de un
presidente dispuesto a pagar cualquier precio con tal de seguir en La
Moncloa.
A esta deriva se suma un
entorno político contaminado por la sombra permanente de la corrupción. No
hace falta que existan condenas firmes para que el daño sea real: basta con
la acumulación de escándalos, investigaciones y comportamientos poco
ejemplares en el círculo cercano del poder para que la confianza ciudadana
se desplome. Y cuando un presidente transmite la sensación de gobernar para
protegerse, no para gobernar, el desgaste es irreversible. Lo más grave es
que el PSOE parece haber renunciado a la autocrítica.
Se señalan candidatos
regionales, se buscan excusas locales, se culpa a la abstención o a la
derecha, pero nunca se mira al núcleo del problema. Sin embargo, en privado,
cada vez más voces dentro del partido admiten lo evidente: con Pedro Sánchez
al frente, el PSOE encadena derrotas y se dirige sin frenos hacia un nuevo
fracaso en las generales. La historia del socialismo español demuestra que
el partido sobrevive cuando sabe cortar a tiempo. González, Zapatero o
Rubalcaba entendieron, antes o después, que ningún liderazgo está por encima
del partido. Sánchez, en cambio, ha construido un modelo en el que el PSOE
parece subordinado a su permanencia personal en el poder.
Seguir por este camino no
solo garantiza nuevas derrotas; amenaza con dejar al partido irreconocible,
moralmente agotado y electoralmente irrelevante. Prescindir de Pedro Sánchez
no es una traición ni una rendición: es una necesidad política urgente. Cada
día que pasa sin abrir una nueva etapa es un día que acerca al PSOE a un
hundimiento mayor. Extremadura no es el final del camino. Es el principio
que marca una señal clara y diáfona del futuro del PSOE. Y cuanto más tarde
el partido en asumirla, más caro pagará el precio
Lo más grave no es
que Sánchez haya tomado decisiones controvertidas. Lo verdaderamente
imperdonable es que haya arrastrado al PSOE a justificarlas todas, sin
excepción, bajo la amenaza implícita de que cualquier disidencia es una
traición. Ha vaciado al partido de debate interno, ha laminado liderazgos
alternativos y ha sustituido la crítica por obediencia. Eso no es fortaleza:
es miedo.
Extremadura ha
hablado con claridad, como antes lo hicieron otras comunidades. Y volverá a
ocurrir. Porque cuando el problema es el liderazgo, cambiar caras locales no
sirve de nada. El electorado no distingue ya entre PSOE y Sánchez: los
percibe como un mismo bloque, y castiga al conjunto por la deriva del
primero.
Seguir sosteniendo a
Pedro Sánchez no es un acto de lealtad al partido; es una irresponsabilidad
histórica. Cada semana que pasa con él al frente es un paso más hacia una
derrota mayor en las generales y hacia una crisis interna de consecuencias
imprevisibles. El PSOE no se hunde porque la derecha avance, sino porque su
propio líder lo ha desconectado de su base social y moral.
Pedro Sánchez no es
imprescindible. El PSOE sí. Y cuanto antes lo entienda su dirección, menos
doloroso será el ajuste de cuentas con la realidad. No se trata de ganar
tiempo; se trata de evitar el colapso. Y el tiempo de Sánchez ya se ha
acabado.
Martes 23 de Diciembre
Un relato infame. La España real
no vive del crecimiento
económico
El triunfalismo del gobierno no
va acompañado de la realidad
social que viven millones de
personas sumidas en la pobreza.
Ahora inmersos de lleno el
periodo navideño, donde todo son
parabienes, fiestas, lujo
desbordante, opiparos banquetes
y derroche sin freno, nos
olvidamos de la España real, esa
que sufre pobreza, esa que no
tiene vivienda ni puede pagarse
un alquiler, si esa que no llega
a fin de mes ni puede llenar la
cesta de la compra. Así que, que
no nos vengan con milongas ni
con relatos edulcorados. La
economía española no va bien
para la mayoría, por mucho que
el Gobierno se empeñe en
repetirlo como un mantra.
El crecimiento del que
presumen no se nota en los barrios, no se nota en los hogares y, desde
luego, no se nota en la vida diaria de millones de personas. Es un
crecimiento selectivo, excluyente y profundamente injusto. Mientras se
celebran récords macroeconómicos en despachos y ruedas de prensa,
más del 54,6% de los jóvenes ha sido
expulsado del mercado del alquiler. No hablamos de caprichos ni de
falta de cultura del esfuerzo, sino de una generación a la que se le ha
robado el derecho a emanciparse. Viviendas a precios obscenos, salarios de
miseria y políticas públicas que miran hacia otro lado. Esto no es progreso:
es fracaso político. La situación de los pensionistas es igual de
indignante.
El
66% de las pensiones no permite llegar a fin de mes. Personas que
han trabajado durante décadas sobreviven hoy con ingresos que no garantizan
una vida digna. Se les pide paciencia, agradecimiento y silencio, mientras
se les condena a elegir entre comer, calentarse o comprar medicamentos. Un
país que trata así a sus mayores no puede llamarse social. Y mientras tanto,
el 44% de los hogares no podrá
llenar la cesta de la compra estas Navidades. No por mala gestión
familiar, sino porque la inflación y la falta de medidas eficaces han
convertido lo básico en un lujo. Hablar de recuperación económica en este
contexto no es optimismo: es cinismo.
Pero hay una cifra que
debería provocar una auténtica sacudida moral:
más de 4 millones de niños viven
en pobreza severa en España, y
16 millones de personas están en
el umbral de la pobreza. Niños condenados desde la cuna a la
desigualdad, familias atrapadas en una precariedad estructural, y un
Gobierno incapaz —o no dispuesto— a romper este círculo. Esto no es una
anomalía puntual: es una consecuencia directa de decisiones políticas. Por
eso resulta insultante el triunfalismo.
No se pueden vender
“avances sociales” cuando una parte tan grande del país sobrevive en
condiciones indignas. No se puede hablar de políticas progresistas mientras
la pobreza se cronifica y la desigualdad se normaliza. Gobernar no es
maquillar datos; gobernar es transformar la realidad. España no necesita más
propaganda ni más autocomplacencia.
Necesita menos discursos
y más justicia social real. Hasta que el crecimiento llegue a la mayoría y
no solo a unos pocos, cualquier celebración económica será una burla para
quienes no llegan a fin de mes.
Sábado 20 de Diciembre
La OTAN no podrá salvar a Europa si Rusia decide ir
mas allá.
En Europa nos repetimos una idea como si fuera un
mantra:
"La OTAN nos protege".
Y es cierto… hasta cierto punto. Pero confiar ciegamente
en esa protección puede ser tan peligroso como ignorar
los riesgos reales del conflicto con Rusia. La
geopolítica no funciona a base de consignas, sino de
decisiones bien calculadas, y hoy da la sensación de que
Europa está
jugando una partida muy seria con exceso de confianza.
Europa cometerá un gravísimo error si subestima a Rusia
Subestimar a Rusia ha sido, históricamente, un error
recurrente. Vladimir Putin no actúa con la misma lógica
que los líderes occidentales. Su manera de entender el
poder, la seguridad y la guerra es distinta. Para él,
perder influencia o territorio estratégico no es solo
una derrota política:
es una amenaza
directa al Estado ruso.
Por eso, pensar que Rusia aceptará sin más una
derrota en Ucrania es poco realista. Y prolongar el
conflicto enviando más y más armas puede dar la
sensación de firmeza, pero
no acerca la
paz, solo aumenta el riesgo de que la guerra
se extienda.
¿Invadirá
Rusia Europa?
La pregunta se repite cada vez más. La respuesta
corta es:
no, al menos no porque lo tenga planeado desde el
principio. Pero aquí viene lo importante:
Rusia podría hacerlo
si se siente
provocada o acorralada.
Putin no necesita conquistar Europa para ganar; solo
necesita demostrar que puede causar un daño enorme si
cruza ciertas líneas. Y si llega a la conclusión de que
la OTAN pretende derrotar a Rusia de forma definitiva,
la escalada podría ser brutal.
La OTAN es poderosa, sí. Pero el problema no es quién
tiene más armas, sino
hasta dónde
está dispuesto a llegar cada bando. Rusia ha
demostrado que está dispuesta a asumir costes humanos y
económicos que Europa difícilmente aceptaría.
La historia lo demuestra: cuando Rusia se ha sentido
amenazada, ha luchado sin límites. Pensar que hoy sería
diferente es confiar demasiado en la racionalidad ajena
y olvidar que
no todos
juegan con las mismas reglas.
Muchos se preguntan:
¿De verdad alguien usaría armas nucleares sabiendo que
eso podría acabar con todo?
La respuesta, aunque incomode, es sí. Si un líder
cree que su país está al borde de una derrota
existencial,
la lógica del
“todo o nada” entra en juego. Apostar a que
eso nunca ocurrirá es una estrategia peligrosa.
Por eso, cada paso que acerque a Rusia a ese punto debe
medirse con extremo cuidado.
Europa habla mucho de liderazgo, pero la realidad es
que el
futuro de Ucrania no se decidirá solo en Bruselas.
Se decidirá en negociaciones donde Rusia y Estados
Unidos tendrán un peso decisivo. Europa corre el riesgo
de quedarse como espectadora si no cambia de estrategia.
Seguir alimentando la guerra sin una salida política
clara solo garantiza más destrucción y menos margen de
maniobra. Rusia no firmará la paz si eso implica perder
los territorios que considera clave. Negarlo no cambia
los hechos.
Negociar con Rusia no significa claudicar, sino
evitar un
desastre mayor. Incluso si implica aceptar
concesiones difíciles, la alternativa (una escalada sin
control entre potencias nucleares) es mucho peor.
La pregunta que Europa debería hacerse no es si
quiere “ganar”, sino
qué está
dispuesta a arriesgar. Porque en esta
partida, una mala decisión puede no tener vuelta atrás.
Rusia no invadirá Europa porque quiera hacerlo, sino
si es
empujada a una situación límite. El
verdadero peligro no es una invasión planeada, sino una
escalada mal gestionada.
La prudencia no es debilidad. Es supervivencia. Cuanto
antes lo acepten los líderes europeos, mas nos
alejaremos de la tragedia.
Miércoles 17 de Diciembre
El
arte de indignarse preservando
la estabilidad de la poltrona
Sumar sigue escenificando rabietas sin
consecuencias, haciendo el payaso como siempre.
Yolanda Díaz se ha especializado
en un ejercicio político tan
vistoso como estéril: alzar la
voz cuando el escándalo estalla
y bajar la cabeza cuando llega
el momento de decidir. Mucho
gesto, mucha declaración
altisonante y mucha indignación
de boquilla, pero ninguna
consecuencia real. La llamada
“mano dura” de Sumar se queda
siempre en un amago, en una
coreografía calculada cuyo
objetivo no es corregir los
abusos del Gobierno, sino
preservar la estabilidad de sus
sillones. Cada vez que el
Ejecutivo de Pedro Sánchez
acumula tropelías (corrupción,
escándalos de acoso sexual,
incumplimientos en materia de
vivienda, salarios indignos o la
perpetuación de los contratos
basura) Yolanda Díaz “pone el
grito en el cielo”. Pero ese
grito nunca pasa de ser ruido.
A la hora de la verdad,
cuando habría que tomar decisiones valientes y asumir costes políticos, el
ardor guerrero se disuelve. La prioridad no es el interés general, sino la
conservación del cargo, de las poltronas y de los privilegios. Esta actitud
convierte a Sumar en algo más que un socio pasivo: lo transforma en
cómplice. Cómplice de un gobierno que ni gobierna con eficacia, ni legisla
con ambición, ni deja gobernar a quienes podrían hacerlo mejor. Un gobierno
que ha traicionado los valores que dice representar y que, sin embargo,
sigue en pie gracias a la cobardía calculada de quienes prefieren mantenerse
dentro antes que plantar cara desde fuera.
El resultado es evidente.
Sumar está en caída libre. Ha perdido credibilidad, apoyo social y sentido
político. Quienes confiaron en este proyecto como una alternativa
progresista real hoy se sienten engañados. No porque no haya problemas (los
hay, y graves) sino porque quienes prometieron combatirlos han optado por la
comodidad del poder frente a la coherencia de sus principios. Yolanda Díaz
ha ligado su destino político al de Pedro Sánchez, y con ello ha hipotecado
su futuro. Mantener en el poder a un dirigente que simboliza todo lo
contrario a progreso, feminismo, honradez y decencia no es una estrategia:
es una renuncia. Renuncia a liderar, a transformar y a representar a una
ciudadanía cansada de discursos vacíos.
La política no se mide
por las palabras, sino por las decisiones. Y cuando las decisiones siempre
benefician a quien las toma y nunca a quien las sufre, la conclusión es
inevitable: no estamos ante un liderazgo valiente, sino ante una pantomima.
Y las pantomimas, tarde o temprano, se pagan en las urnas
Cada escándalo del
Gobierno activa el mismo ritual. Primero, el sobresalto teatral: “esto es
intolerable”. Después, la advertencia solemne: “tomaremos medidas”.
Finalmente, la gran decisión: seguir exactamente igual. Todo muy feminista,
muy progresista y muy cómodo.
Cuando hay
corrupción, Yolanda Díaz se muestra “profundamente preocupada”. Cuando hay
abusos, pide “reflexión”. Cuando la vivienda es inalcanzable, promete
“diálogo”. Cuando los salarios no dan para vivir, apela a la
“responsabilidad”. Y cuando llega la hora de romper, de plantar cara o de
marcharse, descubre de repente el valor supremo de la estabilidad. La
estabilidad… del sillón. Sumar, ese proyecto que venía a cambiarlo todo, ha
terminado siendo el cojín que amortigua las caídas de Pedro Sánchez. No es
socio crítico, es protector oficial. No es contrapeso, es barniz. Yolanda
Díaz no frena al Gobierno: lo decora.
La ministra que
decía representar a los trabajadores ha descubierto que lo verdaderamente
agotador no son los contratos basura, sino perder el coche oficial. Tiene el
mismo poder de embaucar "engañar" que el famoso coletas". El se subio al
tren del progreso, los demas siguieron y siguen en el apeadero. Sumar ya no
suma, hace de relleno. Y Yolanda Díaz no lidera: administra su supervivencia
política con exquisita educación institucional. Porque para cambiar las
cosas hace falta coraje, pero para conservar el cargo basta con saber cuándo
indignarse… y cuándo mirar hacia otro lado.
La gran feminista
calla cuando callar conviene. La defensora de los trabajadores traga cuando
el poder aprieta. La supuesta política valiente se encoge cuando peligra su
despacho oficial. No es prudencia: es cobardía política con sonrisa
institucional. Sumar no es ya un proyecto político, es una coartada. Una
excusa para que el Gobierno pueda seguir haciendo lo que quiera mientras
alguien se encarga de venderlo como “mal menor”. Yolanda Díaz no corrige a
Sánchez, lo blanquea. No lo frena, lo legitima. No es contrapeso: es
cómplice.
Al final, el
problema no es que mienta. Es que ni siquiera hace falta. El espectáculo se
repite solo. Y el público, cansado de tanta pantomima, empieza a levantarse
de la butaca
Martes 16 de Diciembre
Nubes negras sobre
el PSOE: corrupción, desgaste y cloacas que apestan
Balance feliz de un
país en riesgo de quiebra.
España se encamina
hacia un nuevo ciclo electoral y el PSOE lo hace envuelto en una tormenta
perfecta. Registros de la UCO, denuncias por acoso, dirigentes señalados y
candidatos políticamente abrasados conforman un paisaje que dista mucho de
la imagen de estabilidad y ejemplaridad que el partido pretende proyectar.
En este contexto, Pedro Sánchez vuelve a recurrir a su fórmula predilecta:
resistir. No gobernar mejor, no explicar con claridad, no asumir
responsabilidades políticas, sino aguantar.
El llamado
Manual de resistencia ya no es una
metáfora, sino una estrategia permanente. Sánchez, maestro del escapismo
político, confía una vez más en que el paso del tiempo diluya los
escándalos, en que el ruido mediático se desgaste antes que el Gobierno y en
que la fragmentación de la oposición le permita llegar con vida a la próxima
cita con las urnas. Gobernar pasa a un segundo plano; sobrevivir es el
objetivo real.
El problema es que
esta resistencia tiene un coste creciente. El PSOE se mueve incómodo entre
el discurso de la ejemplaridad y la práctica del silencio. Se proclama
tolerancia cero mientras se mira hacia otro lado. Se exige contundencia a
los adversarios mientras se pide paciencia cuando el foco apunta hacia
dentro. Esta disonancia no solo erosiona la credibilidad del partido, sino
que alimenta la desafección de una ciudadanía cada vez más cansada de dobles
varas de medir.
Pero Pedro Sánchez
no estaría donde está sin sus socios parlamentarios. Socios que amagan con
la ruptura, elevan el tono en público y muestran indignación calculada, pero
que a la hora de la verdad no actúan. Porque la caída de la legislatura
sería también su caída. Porque perder el Gobierno significa perder cuotas de
poder, influencia y, en muchos casos, los “chiringuitos” políticos que han
florecido al calor de esta mayoría. Así, la supuesta vigilancia moral se
convierte en complicidad silenciosa.
Esta aritmética
parlamentaria convierte la gobernabilidad en rehén del miedo a unas
elecciones. No se sostiene el Gobierno por su proyecto, sino por el temor
compartido a perderlo todo. Y ese es, quizá, el mayor daño institucional: un
Ejecutivo que se mantiene no por convicción, sino por conveniencia; no por
resultados, sino por pánico al veredicto de las urnas.
Mientras tanto, los
problemas reales de los españoles siguen esperando. La vivienda, el poder
adquisitivo, la calidad institucional o la seguridad jurídica quedan
relegados a un segundo plano frente a la urgencia de tapar escándalos,
apagar incendios internos y contener fugas de apoyo. El país avanza a
trompicones mientras el Gobierno calcula tiempos, gestiona titulares y
estira la legislatura como si fuera un salvavidas.
El PSOE llega a este
nuevo ciclo electoral con la lengua fuera, atrapado entre lo que prometió
ser y lo que hoy representa. Y Pedro Sánchez, fiel a su estilo, apuesta de
nuevo por la resistencia numantina. Pero resistir no es gobernar, y
sobrevivir no es liderar. La pregunta ya no es si el presidente logrará
aguantar un poco más, sino cuánto más puede permitirse España este modo de
hacer política sin que el desgaste sea irreversible
Lunes 15 de Diciembre
Occidente: anatomía de una
decadencia
Toda civilización
muere cuando pierde el sentido del bien y del mal. No cuando los
confunde, sino cuando los invierte. Lo que antes se consideraban
conductas ilógicas o inaceptables, hoy se dan por buenas. Occidente ya
no distingue entre virtud y vicio: los intercambia.
Llama libertad a la disolución de las normas y el
libertinaje, progreso a la violación de la naturaleza y derechos a los
caprichos asentados sobre la anarquía. Ha sustituido la ley moral por el
deseo, y el deseo, por definición, no conoce límite ni verdad, solo
apetencia. Una sociedad que niega la existencia de un orden natural está
condenada a crear ficciones caprichosas para sostenerse. . Una
sociedad que niega la existencia de un orden natural está condenada a
fabricar ficciones para sostenerse. Y toda ficción necesita propaganda,
censura y dinero.
Cuando lo antinatural se
impone como norma, la razón debe callar y la conciencia ser anestesiada. No
se discute: se obedece o se margina. Occidente ya no educa; adoctrina. Ya no
forma carácter; fabrica sensibilidad. Ya no exige dominio de uno mismo;
celebra la rendición ante el impulso. El autocontrol es visto como
represión, la disciplina como violencia simbólica, y la virtud como sospecha
moral.
En cambio, el exceso se
aplaude, la trasgresión se convierte en mérito y la incoherencia en
identidad. El resultado es una humanidad debilitada. Individuos incapaces de
gobernarse, pero convencidos de ser libres. Almas sin estructura, pero
orgullosas de su “autenticidad” aunque les prive de autoestima y dignidad.
Cuando el hombre renuncia a la razón y al límite, no se eleva: se degrada y
se pudre.
La política, como
siempre, es el espejo. Gobierna quien promete darlo todo sin exigir nada. Se
compra el voto alimentando pasiones aunque sean contrarias a moral y
decencia, no apelando a principios. La corrupción no escandaliza porque ya
no existe una idea compartida de honor. Donde no hay virtud, solo queda
gestión del botín.
Occidente ha llegado al
punto en que lo antinatural no solo se tolera, sino que se impone; y lo
moral no solo se cuestiona, sino que se castiga. Se persigue la verdad por
incómoda y se protege la mentira por rentable. El orden es presentado como
opresión; el caos, como emancipación. El libertinaje como libre albedrio.
Pero ninguna civilización ha sobrevivido negando la realidad. Ninguna ha
prosperado despreciando la naturaleza humana.
Ninguna ha perdurado
convirtiendo el vicio en bandera y la decadencia en identidad. La decadencia
occidental no es un accidente histórico: es una elección. La elección de
vivir sin verdad, sin límite, en la tolerancia absoluta y sin virtud. Y toda
elección tiene consecuencias.
Cuando una civilización
ya no sabe distinguir entre el bien y el mal, entre la libertad y el
libertinaje, la tolerancia y la aberración, el vicio y la virtud, lo justo
de lo injusto, no tarda en descubrir qué la sociedad se desmorona entre las
ruinas de degradación y la podredumbre aunque siga brillando por fuera
Domingo 14 de Diciembre
La Despoblación: Un lamento por los
pueblos que poco a poco van desapareciendo
El éxodo generalizado y prolongado del campo a la ciudad ha tenido como
consecuencia el progresivo abandono de numerosas áreas rurales, en particular
las caracterizadas por un medio físico cuyas condiciones las condenan a una
situación de aislamiento. Este proceso de pérdida de población se deja notar
cada vez más en determinadas áreas que configuran la llamada «España vaciada».
En el corazón de la España
vaciada, donde las tierras de cultivo y las montañas verdes se entrelazan
con los recuerdos de tiempos pasados, se encuentra un pequeño pueblo (mi
pueblo) "Arrabalde", que, aunque rebosante de belleza natural y
encanto, lucha contra una de las realidades más crudas que enfrenta nuestro
país: "la despoblación". Un pueblo que una vez fue un hervidero de vida, de
risas, vitalidad y esperanza se va desmoronando, silenciosamente, sin que
casi nadie se detenga a escuchar su último suspiro, su último eco. Un eco
que, si nadie lo escucha, se apagará para siempre. Los últimos datos
demográficos del INE han sido otro mazazo para el pueblo, donde se constata
la pérdida continua de habitantes (en menos de un año se han perdido 11).
Con apenas 183 habitantes
en la actualidad, (186 según el INE) la historia de este pueblo refleja, con
una claridad dolorosa, el proceso que vive una gran parte de los pequeños
núcleos rurales españoles, aquellos que se han visto arrastrados por la
marea de la modernidad y la centralización. En menos de 5 años Arrabalde ha
perdido 32 habitantes y continúa el proceso de despoblación, por las causas
tantas veces repetidas, entre ellas el envejecimiento de la población, la
falta de nacimientos y la emigración de los jóvenes hacia las ciudades mas
grandes.
Y claro, salta la alarma
demográfica, porque las previsiones son demoledoras. En 1920, este pueblo
contaba con 1.200 habitantes, un número que reflejaba una vibrante comunidad
donde la vida no solo se medía por la cantidad de habitantes, sino también
por la calidad de la convivencia, la interacción constante y el dinamismo
propio de un lugar que respiraba futuro. Sin embargo, lo que en aquel
entonces parecía un lugar de crecimiento y oportunidades, cayó bajo el yugo
de la emigración, despoblándose poco a poco de forma inmisericorde, con
una tendencia que no parece tener freno, pues desde esa fecha al día de hoy
ha perdido mas de mil habitantes.
Lo triste es que
continúa la perdida a un ritmo de 10 habitantes por año. Eso significa que
en 10 años el pueblo sufrirá una declive demográfica difícil de asumir, y ya
no aventuro que pasará en 20 años..... La supervivencia del pueblo para que
no caiga en el olvido esta en manos de los jóvenes nietos de los abuelos que
lo forjaron. Ellos tienen la misión de mantenerlo con vida o se apagará.
El envejecimiento de la
población, la falta de relevo generacional, de oportunidades laborales para
los jóvenes y la pérdida de servicios públicos han sido los principales
factores que ha conducido a la desaparición progresiva de los habitantes. La
falta de nacimientos en los últimos 15 años y la escasez de matrimonios han
dado como resultado una población envejecida, que poco a poco va dejando de
ser capaz de sostener la vida cotidiana del pueblo. Sin jóvenes que se
queden, el futuro se vuelve incierto, y los pocos que aún residen allí lo
hacen debido a un arraigo profundo a la tierra y a la tradición, pero los
ciclos de vida ya no son los mismos. Y nos preguntamos ¿Quienes van a
sostener la infraestructura de servicios en el pueblo cuando los vecinos se
reduzcan a un tercio de los actuales?
Por otro lado la
desaparición de servicios básicos en el pueblo ha sido otro de los
factores clave en este proceso de declive y que ha contribuido a la pérdida
de población de mayor edad. La falta de una agencia bancaria, de hospitales
cercanos, de supermercados que abastezcan adecuadamente las necesidades
diarias, de transportes adecuados a la tercera edad, y de una
infraestructura mínima que permita a los habitantes llevar una vida donde
tengan cubiertas sus necesidades básicas, obliga a muchos a buscar estos
servicios en localidades cercanas mas pobladas. Esta carencia no solo empuja
a los habitantes a abandonar el pueblo, sino que también limita las
posibilidades de atraer nuevos residentes o incluso turistas que podrían
revitalizar la economía local.
A pesar de ser un
problema reconocido, la España vaciada sigue sin encontrar una respuesta
efectiva por parte de las políticas públicas. Las ayudas que llegan a estos
pueblos son escasas, y las iniciativas para fomentar el desarrollo de la zona
parecen ser más bien parches temporales que no abordan de fondo las necesidades
de los residentes ni fomentan un desarrollo sostenible. Los servicios y las
infraestructuras que alguna vez sustentaron la vida en estos lugares han sido
desmantelados, y la escasa inversión en la mejora de la conectividad digital, de
transporte y de empleo agrava aún más la situación. Mientras tanto, las grandes
ciudades se siguen expandiendo y concentrando los recursos, dejando a los
pueblos rurales a su suerte, lo que nos lleva a
un futuro incierto, donde el vacío es
lo que nos asusta.
Es indiscutible que el
futuro de este pueblo es sombrío. Las perspectivas demográficas no son
alentadoras, y, si nada cambia, dentro de una década podría estar prácticamente
vacío en temporada invernal, convertido en un pueblo fantasma, donde solo los
ecos de la historia resuenen entre sus calles desiertas. Sin embargo, no todo
está perdido. La clave podría estar en una estrategia integral que revalorice
las zonas rurales, apueste por la innovación, el teletrabajo y el emprendimiento
en el sector agroalimentario, y, sobre todo, apueste por devolverle a estos
lugares la esencia de la vida rural: la comunidad, los servicios básicos y las
oportunidades laborales que han desaparecido.
El Gobierno no ve, ni
siente, ni sabe. Las políticas públicas llegan tarde, son frágiles, como una
venda puesta sobre una herida que ya ha comenzado a gangrenarse. Las ayudas son
meras migajas lanzadas para tapar un agujero que ya es un abismo. ¿Dónde están
las medidas urgentes para salvar lo que queda? ¿Dónde están las políticas de
inversión real, de desarrollo rural, de apoyo a las familias que luchan por
sobrevivir en un lugar condenado al olvido?
Es hora de que se
invierta en el campo, en la gente que lo habita y en la preservación de un
modo de vida que ha sido la columna vertebral de nuestra sociedad durante
siglos. Sin una intervención seria y decidida, la España vaciada será solo
un recuerdo lejano de lo que una vez fue un motor de crecimiento y vida para
toda la nación. El futuro no está escrito, pero si seguimos la crónica de
acontecimientos, queda poco espacio a la esperanza. Ojalá me equivoque,
porque a mi, igual que a otras muchas personas, nuestro pueblo, nos encanta.
Podremos sostenerlo, pero la pregunta es ¿Hasta cuando?
La triste realidad es
que el futuro de este pueblo, y de tantos
otros como él, ya está escrito. Si nadie
pone freno a esta marea de olvido, si no se
toman medidas urgentes para revitalizar
estas zonas, dentro de una década este
pueblo estará muerto. Y no será una muerte
ruidosa, no será una rebelión, no será una
tragedia visible. Será una muerte callada,
que nadie escuchará, que nadie lamentará. Un
pueblo entero se apagará y se perderá en la
nada.
Si no logramos cambiar la visión sobre el
mundo rural, si no damos a entender
que la modernización no significa solo
urbanización, sino también progreso en las
áreas rurales, caminaremos por el sendero
del olvido. Y estos pueblos seguirán su
lento y doloroso camino hacia la
desaparición, no solo de sus habitantes,
sino también de su historia, su cultura y,
sobre todo, de su alma. Que pena
Viernes 12 de Diciembre
La ciénaga política y el
hartazgo de un país II
La doble moral que indigna: cuando
el PSOE traiciona su propio discurso feminista
Lo que está
ocurriendo con los presuntos casos de acoso sexual dentro del Partido
Socialista no es solo un escándalo político; es una puñalada emocional para
miles de personas que creyeron en el discurso feminista que el partido
enarboló durante años. Para muchísimas mujeres (y también para muchos
hombres) esto no es un simple tropiezo: es una traición en toda regla.
Porque una cosa es
cometer errores, y otra muy distinta es encubrirlos. Lo verdaderamente
insoportable es saber que, según ha trascendido, cuando algunos responsables
del partido supieron lo que estaba pasando, no corrieron a la fiscalía, no
activaron mecanismos de transparencia, no hicieron aquello que tanto
predican. No. Se optó por el silencio. Por mirar hacia otro lado.
Y ahora, con todo expuesto ante la opinión pública, aparecen disculpas
tardías y cuidadosamente redactadas, como si un mea culpa bien pronunciado
pudiera borrar meses de ocultamiento. Es difícil no verlo como un intento
desesperado de salvar los muebles, más que como un acto de verdadera
responsabilidad.
La indignación crece
porque la incoherencia es brutal. ¿Cómo puede un partido que ha señalado,
criticado y exigido responsabilidad al adversario político por situaciones
similares pretender que nadie se dé cuenta de que, puertas adentro, ha
actuado con la misma opacidad que denuncia? ¿Cómo pueden hablar de
tolerancia cero cuando la tolerancia interna, según parece, ha sido
demasiado alta?
Lo que ocurre no es
un simple desgaste: es una humillación para quienes confiaron. Es una burla
para las mujeres que creyeron en un proyecto político que prometía
protegerlas, apoyarlas, defenderlas. Y es, además, un golpe durísimo para
una ciudadanía ya cansada de escándalos, de medias verdades, de esa
corrupción moral que no siempre aparece en los tribunales, pero sí se cuela
en cada gesto de opacidad.
Todo esto sucede,
además, en un momento en el que el Ejecutivo parece paralizado, sin
capacidad de gobernar ni de legislar, atrapado por sus propios socios y por
sus propias contradicciones. Un gobierno bloqueado, un partido en crisis
ética y una sociedad agotada: la mezcla es explosiva.
La política solo
puede recuperar credibilidad cuando se atreve a mirarse al espejo sin
filtros. Pero hoy ese espejo devuelve una imagen muy dura: un partido que
predicó feminismo mientras, según se denuncia, ocultaba conductas
intolerables.
Y eso, por mucho que algunos quieran minimizarlo, no es un error.
Es una desvergüenza.
Jueves 11 de Diciembre
La ciénaga política
y el hartazgo de un país
España vive un
momento político enrarecido, un ambiente denso que asfixia la gobernabilidad
y contamina cualquier discurso, venga de donde venga. La ciudadanía observa,
entre la incredulidad y el hastío, cómo cada semana estalla un nuevo
escándalo, una nueva polémica o un episodio que alimenta la sensación de que
el país avanza sin rumbo y que la política institucional se ha convertido en
un lodazal del que nadie parece saber salir.
Los casos recientes
que han sacudido al país (investigaciones, denuncias y noticias que han
generado un profundo malestar social) han terminado por erosionar aún más la
confianza en las instituciones y, especialmente, en un Gobierno que aparece
atrapado en su propio laberinto. Más allá de la veracidad que determinen los
tribunales o de las responsabilidades que se terminen depurando, la
percepción pública es
devastadora: la idea de que el entorno gubernamental vive instalado en la
opacidad, la improvisación y la crisis permanente.
Y es que cada día
nos despertamos con un caso nuevo, una polémica más, una crisis adicional
que se suma al rosario interminable de escándalos, denuncias y sombras que
sobrevuelan al Gobierno. Da igual la naturaleza del asunto: lo importante es
que contribuye a alimentar la sensación de que el país está gobernado por un
Ejecutivo que ya no gobierna, sino que sobrevive aferrado al borde del
precipicio… o al sillón de Moncloa, que a estas alturas parece tener
ventosas.
Y en el centro, un
presidente cuya legislatura parece haber quedado prácticamente paralizada.
Las iniciativas progresistas anunciadas se estrellan contra un Congreso
fragmentado y una gobernabilidad agotada. El Ejecutivo sobrevive más que
gobierna, empujado por inercias, pactos frágiles y una estrategia de
resistencia que muchos ciudadanos interpretan como un aferrarse al cargo más
que como un proyecto de país.
Mientras tanto, en
la calle crece un sentimiento que mezcla incomodidad, vergüenza ajena e
irritación. No porque haya una única causa, sino porque la suma de todas ha
creado un clima asfixiante, kafkiano, casi irreal. España asiste a un
espectáculo político que parece no tener fin, en el que la crispación se ha
convertido en rutina y en el que lo urgente siempre eclipsa lo importante.
No es extraño, por
tanto, que cada vez más voces reclamen una convocatoria electoral como
válvula de escape democrática. No como gesto partidista, sino como mecanismo
de higiene institucional. Muchas personas sienten que el país necesita un
reinicio, una bocanada de aire fresco que permita recomponer la confianza,
redefinir mayorías y devolver legitimidad a un sistema que, hoy por hoy,
parece encallado.
La política española
ha entrado en una ciénaga de desgaste mutuo, descrédito público y
confrontación permanente. Y lo más grave no es el ruido: es la parálisis. Un
país que no avanza termina retrocediendo. Y España, a ojos de millones de
ciudadanos, lleva demasiado tiempo detenida en un lugar en el que nadie
quiere quedarse.
Quizá haya llegado
el momento de que la política, antes de pedir confianza, se pregunte si aún
la merece.
Miércoles 10 de Diciembre
Un Gobierno que presume mientras el
país se asfixia
Resulta insoportable
escuchar, un día sí y otro también, al Presidente del Gobierno repetir su
mantra triunfalista: España es el país
que más crece de la UE y el que más empleo crea. ¿En serio? ¿Para quién
crece un país donde las familias no pueden llenar la nevera sin hacer
malabares, donde pagar un alquiler se ha convertido en una proeza y donde el
empleo que se genera es tan precario que ni siquiera saca a los trabajadores
de la pobreza?
La desconexión entre
el discurso oficial y la vida real de millones de ciudadanos es tan grande
que ya no parece ingenuidad, sino un ejercicio calculado de cinismo
político. Hablar de crecimiento económico y bonanza laboral mientras la
gente vive ahogada es una burla. Una provocación. Una falta de respeto a
quienes sobreviven encadenando trabajos basura que no garantizan dignidad ni
futuro.
Pero el problema va
más allá de la economía. Cuando se señalan los escándalos de corrupción que
salpican a personas de la máxima confianza del Gobierno, cuando se denuncian
comportamientos machistas y abusos en entornos institucionales ligados al
partido en el poder, la respuesta del Ejecutivo es siempre la misma: mirar
hacia otro lado y señalar la suciedad ajena. Como si destapar la vergüenza
de la oposición borrara la propia. Como si la corrupción, el amiguismo o el
abuso fueran menos graves según la camiseta del responsable.
Esa estrategia (tan
vieja como la política misma) se ha convertido en el refugio de un Gobierno
que parece haber perdido cualquier pudor. El mensaje implícito es claro:
“Sí, quizá tengamos problemas, pero
mirad, ellos están peor.” Un consuelo miserable que no arregla nada y
que solo alimenta la degradación institucional que ya repugna a tantos
ciudadanos.
Mientras tanto,
quienes viven amarrados a la poltrona, quienes disfrutan del cargo, del
sueldo público, de los privilegios concedidos por la cercanía al poder,
aplauden y callan. Para ellos sí crece España. Para ellos sí hay
prosperidad. Para ellos la realidad es siempre amable.
Pero para los demás,
para los que sostienen el país sin recibir nada a cambio, para los que no
tienen una red de favores ni un sillón asegurado, la España oficial es una
caricatura grotesca de la España real.
Y quizá lo más
indignante de todo es la impunidad con la que se espera que la ciudadanía
trague, aplauda y sonría ante discursos que ya no se sostienen ni con
cemento. Se exige confianza a un Gobierno que no se exige a sí mismo
transparencia, responsabilidad ni humildad.
España no
necesita más propaganda.
No necesita más fuegos artificiales de datos sin contexto.
Lo que necesita es un Gobierno que mire a la cara a su gente y reconozca lo
evidente: un país no puede
presumir de crecer mientras su propia gente se empobrece.
Y, sobre todo,
necesita dirigentes conscientes de que la dignidad de los ciudadanos no es
un recurso electoral, sino la base misma de la democracia.
Lunes 8 de Diciembre
Navidad: El resplandor que arde, pero que
para millones de personas, no calienta
Llega la Navidad.
Las ciudades se visten de destellos, los escaparates suspiran promesas y los
hogares se preparan para un ritual que parece repetirse desde tiempos
inmemoriales: reencontrarse, abrazar, brindar, fingir que el mundo (por unas
horas) es un lugar amable. Es la época en la que nos contamos que todo irá
bien, que la bondad despierta con el invierno, que basta un gesto para que
el corazón vuelva a latir con esperanza.
Pero no todos
sienten ese latido. Para muchos, la Navidad no es luz: es espejo. Un espejo
que devuelve ausencias, soledades y heridas antiguas. Un espejo que
amplifica lo que el resto del año logramos disimular.
Está quien siente
que diciembre solo sirve para recordar a quienes ya no están. Quien, rodeado
de gente, descubre un silencio más profundo que cualquier villancico. Quien
mira las mesas repletas de comida y no puede evitar pensar en los que no
tendrán ni una cena caliente. Y están quienes caminan entre multitudes
festivas sin poder evitar la sensación de no pertenecer a nada, de ser un
espectador mudo de una felicidad ajena.
A una distancia
mínima (la distancia cruel entre dos realidades que conviven sin tocarse)
hay miles de personas que no pueden encender la calefacción, que calculan el
precio de cada alimento, que sobreviven como pueden a un invierno que no
solo es meteorológico. Más allá, millones viven en la pobreza más desnuda,
observando cómo el mundo celebra una fiesta que no les incluye, como si la
alegría fuese un privilegio y la miseria un destino inevitable.
Y es entonces cuando
la Navidad, para ellos, se convierte en un teatro. Un escenario donde se
predica solidaridad al mismo tiempo que se ignora el sufrimiento, donde se
habla de amor mientras las desigualdades crecen como grietas incurables. Una
coreografía perfecta de buenos deseos… que no siempre se traducen en actos.
Incluso las
instituciones que dicen hablar en nombre de la compasión participan del
ritual. Distribuyen limosnas con una mano mientras, con la otra, sostienen
banquetes que contradicen sus propios sermones. Y es imposible no sentir que
algo chirría en ese contraste entre los palacios que resplandecen y las
casas que tiemblan de frío.
No se trata de negar
la belleza que la Navidad puede tener. Se trata de mirar de frente lo que
también es: un recordatorio doloroso de un mundo roto.
Tal vez la verdadera
Navidad no esté en la mesa repleta ni en las luces que cuelgan de las
calles. Tal vez esté en la capacidad de detenernos un segundo y preguntarnos
por los que no celebran, por los que sufren, por los que miran desde el
margen. Tal vez la esencia de estas fiestas, si la tiene, sea esa chispa de
humanidad que aparece cuando dejamos caer las máscaras y reconocemos que la
alegría no es plena si no se comparte con quienes más la necesitan.
Porque la luz que
solo ilumina a unos pocos no es luz: es escaparate.
Y la Navidad, si quiere significar algo, debería aspirar a alumbrar también
las sombras.
Domingo 7 de Diciembre
Cuando el verano se apaga: la soledad que
vuelve a los pueblos
Cada fiesta, cada puente, cada verano,
España vive un fenómeno silencioso pero
profundamente revelador: el “vaciado
demográfico” de sus pueblos en las zonas
rurales de la España vaciada. Tras un verano
de bullicio, sonrisas y reencuentros,
después de una fiesta o un puente, las
calles vuelven a quedarse vacías, como si el
tiempo mismo se detuviera. Lo que para
muchos es el inicio de la rutina, para los
pueblos es el regreso a una soledad que
lleva décadas enquistándose. La llamada
España vaciada
no es un concepto nuevo.
La despoblación comenzó en los años 50 y 60,
cuando miles de personas dejaron atrás la
vida rural para buscar oportunidades en las
ciudades. Desde entonces, la sangría
demográfica nunca se ha detenido del todo.
Pero cada verano surge un espejismo:
municipios que apenas cuentan con un puñado
de habitantes vuelven a llenarse de vida
durante unas semanas.
El caso de mi pueblo es solo un ejemplo,
pero podría ser el retrato de tantos otros
rincones del país. Allí, una población que
ronda los 187 vecinos llega a superar los
300 en verano, en fiestas o eventos
especiales. Las calles recuperan risas, los
bares vuelven a abrir sus puertas sin miedo
al vacío, y las casas que llevan meses
cerradas levantan sus persianas para dejar
pasar la luz. Pero basta que llegue
septiembre, que se acabe la fiesta o el
evento para que el pueblo vuelva a quedarse
bajo mínimos: menos de 80 personas conviven
en invierno, según cuentan sus propios
habitantes. “Falta gente, falta vida”,
resume una vecina.
Y es difícil encontrar una frase que capture
mejor la realidad. Quienes gestionan páginas
y proyectos locales lo tienen claro: el
turismo rural sube hasta un 95% en verano
(sobre todo de los vecinos cuyo origen es el
pueblo y residen en grandes ciudades, donde
tienen trabajo, mejores servicios públicos o
centros de estudio), pero ese impulso
desaparece en cuanto cae el último rayo de
sol de agosto.
Los bares pasan a abrir solo los fines de
semana, los negocios cierran por falta de
clientes y las calles, que hace apenas unos
días eran un hervidero, se quedan en un
silencio que pesa más que nunca. Y es que la
soledad rural no es solo una cuestión
demográfica. Es también emocional. Los
pueblos son territorios que viven dos vidas
distintas dependiendo de la estación. En
verano son una fiesta; en invierno, un eco.
“Les echamos de menos”, confiesa Manuel,
vecino de Arrabalde, poniendo voz a esa
nostalgia que queda flotando en el aire.
Ahora empieza de nuevo la espera. La del
próximo verano, la del próximo evento o la
próxima fiesta, y de nuevo se llenará de
vida lo que durante demasiado tiempo
permanece en calma artificial. Pero mientras
tanto, la España rural sigue preguntándose
cuánto tiempo podrá resistir así: viviendo
entre dos realidades, alimentándose de
recuerdos y esperando que algún día la vida
que llega en Mayo y Agosto decida quedarse
un poco más.
Porque un pueblo que no tiene vida el resto
del año es un pueblo que deja de brillar, un
pueblo que se apaga.
Sábado 6 de Diciembre
Europa se asoma
al Abismo estratégico: alimenta el
fuego de la guerra, y Rusia no teme a las
llamas.
Europa se aproxima a un punto
crítico mientras mantiene una retórica que combina prepotencia moral y
ceguera estratégica. La OTAN actúa bajo la premisa implícita de que puede
presionar indefinidamente a una potencia nuclear sin provocar una reacción
sistémica. Este supuesto revela una desconexión preocupante entre el
discurso europeo y la lógica realista que rige a Rusia, cuyo comportamiento
se articula en torno a supervivencia, influencia y disuasión, no a
categorías morales occidentales.
Sostener la guerra en
Ucrania sin una estrategia política clara no constituye liderazgo, sino
prolongación del riesgo. La negativa europea a considerar negociaciones
(incluso territoriales) no expresa firmeza, sino incapacidad para asumir los
límites del poder disponible.
Mientras Europa predica y
mendiga, Rusia adapta su estrategia y consolida hechos sobre el terreno. El
resultado es evidente: Europa avanza hacia un escenario donde un error de
cálculo puede desencadenar una escalada mayor con un peligro real. Persistir
en esta actitud no es valentía, es temeridad estratégica. Y así Europa
avanza hacia un choque anunciado con una ceguera estratégica intolerable,
mientras se refugia en una retórica reivindicativa que nada tiene que ver
con la realidad del poder.
La OTAN opera bajo la
ficción de que puede presionar sin límites a una potencia nuclear, ignorando
que Rusia interpreta cada movimiento no como un gesto diplomático, sino como
una amenaza estructural. Esta miopía europea no es un error puntual: es una
falla de análisis que erosiona la seguridad del continente.
Persistir en la guerra en
Ucrania y alimentarla con el objetivo de que Rusia se avenga a dialogar con
Europa en un marco político de dialogo entre potencias, es irresponsabilidad
estratégica. La obsesión de Europa de contemplar negociaciones con Rusia
para obtener su parte del pastel de Ucrania no demuestra firmeza, sino
incapacidad para reconocer que el equilibrio militar favorece a Moscú y no
cambiará por inercia moral.
Europa confunde
principios con poder y advertencias con liderazgo. Esa ilusión tiene un
precio: un conflicto que se acerca peligrosamente al punto de no retorno.
Seguir así no es coraje; es una apuesta suicida.
Es poner en riesgo la
supervivencia de millones de europeos. Líderes europeos, entendedlo de una
puñetera vez. Rusia es una potencia nuclear y desafiarla es adentrarnos en
el Argemedon, porque Rusia jamás cederá ante las presiones de la OTAN por
mucho poder militar que tenga. Rusia como imperio jamás se resignará a
perder y en últimas instancia hará uso de su potencia nuclear aunque el
mundo entero se vaya al carajo. Asimilad esta premisa y no juguéis con el
destino de la humanidad.
Y os voy a adelantar algo: Si Europa no cambia el rumbo, Rusia terminará
invadiendo y arrasando Europa, pero no porque lo desee, sino porque Europa con
sus provocaciones le empujará a hacerlo.
Viernes 5 de Diciembre
Las buenas gentes del Pueblo
Siempre se ha dicho que la vida en los
pueblos es más sana que en las ciudades:
que sus gentes son cálidas, amables,
cercanas. Pero la realidad, al menos en
muchos lugares, es más compleja. Junto a
la buena gente, existen individuos que
convierten la envidia y el rencor en un
modo de vida. Personas que se dedican a
murmurar, difamar y sembrar discordia,
mancillando la reputación y la
tranquilidad de sus vecinos.
Durante nuestra trágica guerra civil,
esta faceta lamentable de la vida en los
pueblos dejó huellas imborrables.
Familias arruinadas, bienes destruidos,
relaciones rotas… todo por la inquina y
la maldad de quienes no podían soportar
los éxitos ajenos. Hoy, aunque vivimos
en tiempos distintos, la esencia no ha
desaparecido: la envidia sigue siendo un
motor poderoso de resentimiento y
conflictos. En muchas comunidades
pequeñas, el estatus social y la riqueza
marcan diferencias profundas.
No es extraño que quienes poseen
modestos recursos y una gran dignidad
sean menospreciados, mientras que
aquellos que presumen de ser ricos
puedan carecer de nobles valores, pero
se consideren superiores. El cotilleo,
lejos de ser un pasatiempo inofensivo,
se convierte en un arma: hablar bien a
la cara y poner verde a las espaldas. La
rutina, el aislamiento y la falta de
contacto con personas nuevas alimentan
este comportamiento.
Y así, muchos jóvenes y mujeres se ven
obligados a abandonar sus pueblos,
cansados de un ambiente que en lugar de
enriquecerlos, los desgasta. No toda la
gente de pueblo es mala.
Siempre hay excepciones: vecinos
honestos, generosos, leales, cuya
humanidad y principios destacan entre la
mediocridad del cotilleo y la envidia.
Son ellos quienes nos recuerdan que la
bondad todavía existe y que vale la pena
seguir creyendo en la gente. Sin
embargo, debemos ser conscientes de la
tendencia general: en muchos pueblos, la
envidia y la maldad han transformado
comunidades que podrían haber convivido
en armonía, en espacios donde los
resentimientos y los odios condicionan
la vida cotidiana. La reflexión es
necesaria: necesitamos reconocer estos
comportamientos, no para condenar a todo
un pueblo, sino para aprender a
protegernos de la toxicidad y para
valorar a quienes realmente merecen
nuestro respeto y aprecio.
En definitiva, la vida en los pueblos
puede esconder tanto belleza como
mezquindad. Aprender a distinguir entre
la buena y la mala gente, cultivar la
solidaridad y preservar la dignidad
propia y ajena es, hoy más que nunca, un
acto de resistencia frente a la envidia,
el rencor y la maldad que aún persisten.
Jueves 4 de Diciembre
La
gran mentira que nos venden: España no es el
país feliz que Sánchez intenta dibujar
Llevamos años escuchando el mismo estribillo
desde el poder: que España crece, que el empleo se
dispara, que todo va mejor. Un relato repetido hasta
la saciedad como si, por insistencia, pudiera
convertirse en verdad. Pero basta con salir a la
calle, basta con hablar con cualquier trabajador,
con un jubilado, con un joven que intenta alquilar
un piso, para que la supuesta “España feliz” se
desmorone en cuestión de segundos.
Porque esa
España de lujo y progreso solo existe en los
discursos del Gobierno.
Nos dicen que estamos mejor que nunca, que la
economía va viento en popa, pero
¿qué
economía es esa que no alivia la vida de nadie?
Sí, se crean empleos… pero empleos que no permiten
vivir, sobrevivir a duras penas si acaso. Contratos
inestables, salarios que rozan la miseria, jornadas
partidas que exprimen al trabajador como si fuera un
recurso infinitamente reciclable. “Más empleo”,
dicen. Pero jamás añaden lo esencial:
empleo digno, estable y bien pagado.
Y mientras tanto, los jóvenes (los que
deberían construir el futuro) viven atrapados en un
presente que no les da
ni un
respiro. Hablar de emancipación suena a
chiste cruel. Alquileres inasumibles, sueldos que se
evaporan en cuanto pisan el supermercado,
imposibilidad de plantearse una vida autónoma. ¿Cómo
se pretende construir un país sólido si se condena a
una generación entera a la precariedad permanente?
Los jubilados tampoco viven el paraíso que se
anuncia en los telediarios oficiales. Sí, las
pensiones suben… pero
sube más
la vida, sube más el pan, la luz, la
cesta de la compra. Casi seis millones de
pensionistas comprueban que lo que ganan cada mes
rinde menos, que llegan con más angustia al final
del mes, que pagar lo básico se convierte en un
esfuerzo que no debería existir en un país que
presume de bienestar.
Y lo más ofensivo no es solo la dureza de la
situación, sino la burla implícita. La burla de
escuchar un discurso que nada tiene que ver con la
realidad. La burla de que se nos pida aplaudir
mientras se ignora el sufrimiento cotidiano de
millones de personas. La burla de que se pretenda
tapar con propaganda lo que todo el mundo ve con sus
propios ojos.
Ese es el
insulto más grande.
Por eso la pregunta ya no es retórica. Es
urgente, directa y necesaria:
¿Hasta
cuándo vamos a aguantar que nos mientan en la cara?
¿Hasta cuándo vamos a permitir que se maquille la
realidad mientras la vida de la gente se hace cada
vez más cuesta arriba? ¿Hasta cuándo vamos a
soportar que se nos trate como si no pensáramos,
como si no sintiéramos, como si no viéramos lo que
vivimos cada día?
España necesita dejar de tragar. España necesita
levantar la voz. España necesita recordar que un
país no se construye con propaganda, sino con
dignidad. Y esa dignidad empieza por decir basta.
Miércoles 3 de Diciembre
Un país agotado: cuando la política
se convierte en un espectáculo bochornoso
Hay momentos en la historia de un país en los que la ciudadanía siente que
algo fundamental se ha roto. Que el contrato tácito entre gobernantes y
gobernados (ese acuerdo por el cual unos administran el poder y otros lo
aceptan con la confianza de que será usado en su beneficio) ha quedado
reducido a un eslogan vacío. Muchos ciudadanos perciben que España se
encuentra, precisamente, en uno de esos momentos.
Vivimos en un tiempo en el que se habla de gobierno, pero no se siente
gobernanza. Un Ejecutivo que, a ojos de una parte creciente de la población,
no ejerce como motor de soluciones, sino como un engranaje agarrotado por
intereses partidistas, por concesiones de supervivencia y por un clima
político que parece más centrado en resistir que en construir. La sensación
de país bloqueado, atrapado en un interminable juego de equilibrios y
chantajes políticos, se ha convertido para muchos en una humillación
compartida.
Mientras tanto, la realidad golpea mucho más fuerte que cualquier debate
parlamentario. Jóvenes con empleo que no pueden emanciparse. Trabajadores
que, aun sumando jornadas completas, no logran escapar de la pobreza.
Pensionistas que ven cómo llenar la cesta de la compra se convierte en un
desafío. Listas de espera sanitarias que desesperan. Y un mercado laboral
que continúa liderando los rankings europeos… pero en las cifras que nadie
quiere encabezar.
La frustración ciudadana no nace solo de los problemas, sino de la sensación
de abandono. De ver un gobierno que no consigue sacar adelante leyes clave,
un Parlamento que se enreda en luchas intestinas y un clima político en el
que la palabra “consenso” parece haberse borrado del diccionario. Para
muchos, la imagen dominante es la de un Ejecutivo rodeado de polémicas,
investigado por escándalos que se multiplican, y que aun así se aferra al
poder con la obstinación del náufrago que solo piensa en no hundirse.
Y surge entonces la pregunta incómoda:
¿cómo es posible que la sociedad tolere esta situación? ¿Cómo es
posible que quienes podrían poner fin a este desgaste institucional (los
mismos que entre bambalinas cuentan con los números y el poder para
desbloquear el país) prefieran el cálculo, la comodidad o la inercia antes
que la responsabilidad?
Quizá la respuesta sea amarga: porque esta es la consecuencia directa de
años de polarización, de normalizar lo inaceptable, de aceptar que la
política es un fin en sí mismo y no una herramienta al servicio de los
ciudadanos. Porque nos hemos acostumbrado a sobrevivir, no a exigir. Porque
nos han llevado a un escenario en el que cada crisis se explota, pero
ninguna se resuelve.
Sin embargo, el hartazgo es real. Crece. Late. No es una anécdota ni un
estallido puntual; es una exasperación madura, cansada, que ya no se expresa
solo en redes sociales o bares, sino en miradas que se han vuelto
incrédulas. En una decepción profunda que no distingue ya entre colores
políticos, sino entre quienes cumplen y quienes no.
Un país no se derrumba de un día para otro. Se deteriora lentamente cuando
quienes deben liderarlo se olvidan de para quién trabajan. Y lo que muchos
ciudadanos perciben hoy es que España merece mucho más que un espectáculo
político permanente, más que un gobierno que sobrevive en lugar de gobernar,
más que socios que chantajean en lugar de cooperar y más que instituciones
convertidas en campo de batalla.
El país está cansado. Cansado de excusas, cansado de barro, cansado de
sentir que la política se ha convertido en un esperpento que nos arrastra a
todos.
Y tarde o temprano, cuando la paciencia se agota, llega el momento en que la
sociedad deja de tolerar lo intolerable. Ese momento, para muchos, ya ha
comenzado.
Martes 2 de Diciembre
El Suicidio
La generación que se nos rompe: el
grito que nadie quiere escuchar
El reciente suicidio de dos adolescentes en
Jaen ha hecho saltar un aldabonazo en
nuestras conciencias. Algo
terrible está ocurriendo delante de
nosotros, a plena luz del día, pero seguimos
actuando como si no lo viéramos. Los
adolescentes y jóvenes de hoy están
perdiendo la capacidad de sentirse
satisfechos con sus vidas. No es una
impresión aislada ni un desánimo pasajero:
es una caída en picado. Están más tristes,
más ansiosos, más solos que cualquier
generación reciente. Y esa soledad (que
quema como ácido) está empujando a
demasiados de ellos hacia el suicidio. Y se
está cebando en las adolescentes. Una
tragedia que podría evitarse.
Una tragedia que preferimos ignorar. Hablar
de esto duele, pero callarlo los mata.
Detrás de cada adolescente que decide poner
fin a su vida queda un universo devastado:
madres y padres convertidos en
supervivientes involuntarios, hermanos que
no entienden por qué el mundo siguió
girando, familias enteras que de un día para
otro caen en una oscuridad perpetua. No se
habla de este dolor porque es insoportable.
Porque nos obliga a aceptar que hemos
fallado estrepitosamente. La conducta
suicida no es un rayo que cae de repente; es
una tormenta que se viene gestando
silenciosamente. Es multicausal, es
compleja, es poliédrica.
Y por eso duele aún más ver cómo tantos
factores de riesgo están creciendo al mismo
tiempo en esta época nuestra, tan acelerada,
tan individualista, tan indiferente.
Depresión. Pobreza. Humillaciones diarias
disfrazadas de “bromas”. Fracaso escolar.
Señales ignoradas. Dichos que restan
importancia: “ya se le pasará”, “cosas de la
edad”. El bullying que persigue a los
jóvenes en el colegio, en el móvil, en la
noche y hasta en los sueños. Sienten que no
tienen descanso, que no tienen respiro, que
no tienen un lugar seguro. Y, mientras
tanto, la soledad no deseada se ha
convertido en un monstruo invisible que se
sienta a comer con ellos, estudia con ellos,
duerme con ellos.
La fragilidad de los vínculos es tan grande
que muchos adolescentes viven rodeados de
gente y, aun así, sienten un vacío que nadie
llena. A este paisaje ya doloroso se suma
algo que da escalofríos: la búsqueda de
consuelo emocional en herramientas de
inteligencia artificial. Chicos y chicas
que, incapaces de confiar en adultos o en
iguales, se vuelcan en máquinas esperando
recibir comprensión, calor, guía. Pero las
máquinas no aman. No abrazan. No pueden
sostener a un adolescente en plena caída
libre. Ese espejismo de compañía es, en
realidad, un precipicio más.
Y hay una verdad incómoda que los gobiernos
no quieren aflorar:
la
pobreza, la falta de futuro digno y las
dificultades para hacerse un hueco en la
vida, está destrozando a nuestros jóvenes.
La exclusión, la marginación, la falta de
oportunidades no son datos sociológicos: son
heridas abiertas. La desesperanza económica
es un veneno lento que se infiltra en la
autoestima, en los sueños, en la manera de
mirar el futuro. La pobreza no solo priva de
bienes; priva de horizontes. Y cuando no ves
futuro, la vida se vuelve insoportable.
Porque el suicidio adolescente no es un acto
impulsivo ni un capricho trágico: es el
último capítulo de un relato lleno de dolor
psicológico, familiar, social, económico y
cultural. Un relato que podríamos reescribir
si quisiéramos. Si invirtiéramos. Si
escucháramos. Si nos atreviéramos. Pero aquí
seguimos, mirando hacia otro lado.
Aquí seguimos, asustados por hablar de la
muerte cuando deberíamos asustarnos por no
hablar de la vida. Aquí seguimos, actuando
como si fuera normal perder a jóvenes que
apenas han empezado a existir. La pregunta
que duele, pero que tenemos que hacernos, es
esta:
¿Cuántos adolescentes más tienen que caer
para que reaccionemos? No podemos
permitirnos ni una muerte más por causas que
sí tienen salida, que sí tienen tratamiento,
que sí tienen prevención. Es urgente crear
redes reales de apoyo, escuelas que sepan
detectar, familias que se atrevan a
preguntar, profesionales disponibles y
accesibles, políticas públicas que no se
queden en promesas huecas.
Nuestros adolescentes no necesitan
discursos. Necesitan que estemos. Que
escuchemos. Que acompañemos. Necesitan
sentir que no están solos. Que su vida
importa. Que su dolor tiene espacio y tiene
respuesta. No podemos seguir permitiendo que
una generación entera se nos rompa.
Lunes 1 de Diciembre
España al borde del hartazgo: un país
secuestrado por la ambición y la
mediocridad.
España
vive un momento que duele. No es solo
cansancio político: es frustración,
rabia y una profunda sensación de
abandono. El país observa cómo se
derrumba la confianza en sus
instituciones mientras el Gobierno y la
oposición se enredan en una guerra
estéril, incapaces de ofrecer una salida
digna. Por un lado, tenemos un Ejecutivo
corroído por escándalos, despilfarros y
una gestión errática que
ha hecho saltar por los aires la
credibilidad que le quedaba. Por el
otro, una oposición desdibujada,
temerosa y sin la inteligencia
estratégica necesaria para construir la
alternativa que España ansía. Dos polos
inútiles, dos bloques agotados, dos
caras de la misma impotencia política.
Y mientras el país se hunde en esta
parálisis insoportable, crece la
sensación (cada vez más extendida entre
ciudadanos de todas las sensibilidades)
de que España se desliza hacia un modelo
de poder concentrado, donde el liderazgo
se confunde con el culto a la
personalidad y el diálogo con la
obediencia. Un estilo de gobernanza que
no respira pluralidad ni respeto
democrático, sino instinto de
supervivencia. Porque esa es la palabra
clave: supervivencia.
El Gobierno ya no gobierna; solo intenta
mantenerse de pie, apoyado en pactos
frágiles, contradicciones constantes y
maniobras políticas que bordean (cuando
no retuercen) el espíritu de la ley. El
Presidente parece decidido a seguir en
la Moncloa cueste lo que cueste: aunque
incomode a sus socios, aunque irrite a
su grupo parlamentario y aunque una
parte creciente de la población haya
dejado de creer en él. Ese afán obsesivo
por conservar el poder transmite un
mensaje desolador: no importa el país,
importa el sillón. No importa el
proyecto, importa la permanencia. No
importa la ciudadanía, importa el
relato.
Y lo que de verdad asusta es el temor
(cada vez más comentado en la calle, en
cafeterías, en familias, en trabajos) de
que el Gobierno pueda recurrir
a cualquier artimaña, legal o moralmente
dudosa ,
para prolongar su estancia en el poder.
Ese aroma a cacicada, a gobernante que
se aferra al cargo como un sátrapa
democrático, es la señal más evidente de
una descomposición moral que ya cuesta
ignorar.
España no merece esto. No merece un
Gobierno que se ahoga en su propia
soberbia, y una oposición que se
conforma con sobrevivir políticamente
sin ofrecer futuro. No merece vivir
atrapada en esta telaraña de
mediocridad, donde cada decisión pública
parece orientada al interés partidista y
no al bienestar colectivo. Y, sobre
todo, los ciudadanos no pueden permitir
que esta situación se normalice y
que este desgaste se convierta en
rutina, que esta falta de honestidad
política se instale sin resistencia.
Porque un país no se destruye de
golpe: se pudre lentamente mientras
su gente mira hacia otro lado. Y España
ya ha tragado suficiente. Es hora de
decirlo claro, alto y sin miedo: BASTA
YA. Convoque elecciones y de la palabra
a los ciudadanos.

Domingo
30 Noviembre
España en el filo: un país agotado
por un poder que ya no gobierna, solo resiste (I)
Hay que decirlo
sin rodeos: Los ciudadanos estan hartos de una situación
bochornosa, inmoral e indecente.
El Gobierno se ha
entregado a un instinto primario: sobrevivir. Y cuando un Ejecutivo deja de
pensar en el futuro y solo piensa en mantenerse,
el país se convierte en sacrificio,
en moneda de cambio, en retórica hueca que tapa una realidad insoportable.
España está gobernada por una maquinaria que ya no busca mejorar nada: busca
prolongarse. Y esa es la antesala de cualquier deriva autoritaria,
silenciosa, sutil, sin tanques ni golpes:
la autocracia por inercia.
Lo más devastador es
la frialdad. La frialdad con la que se retuercen argumentos, se desprecia la
crítica, se descalifica al discrepante. La frialdad con la que se gobierna
en contradicciones, en improvisaciones, en acuerdos que duran lo que tarda
un socio descontento en enviar un tuit. La frialdad con la que se ignora que
la gente fuera de las alfombras rojas vive con angustia, incertidumbre y una
enorme sensación de haber sido traicionada.
Y enfrente, una
oposición que parece existir solo por acompañamiento histórico, como un
mueble viejo que nadie se atreve a tirar. Una oposición sin nervio, sin
urgencia, sin grandeza. Un contrapeso que no contrapesa nada, una
alternativa que no altera nada. Mientras el país pide auxilio democrático,
ellos responden con discursos reciclados, previsibles, insípidos. Es
devastador, sí: España no
tiene un gobierno que gobierne ni una oposición que se oponga.
En este vacío, el
presidente se erige como único eje, único relato, único centro. Como si
España cupiera en su voluntad personal, como si su continuidad fuera
sinónimo de estabilidad cuando es precisamente la fuente de la mayor
inestabilidad que hemos vivido en décadas. La sospecha que muchos sienten ya
sin pudor es brutal, pero inevitable: que hará
todo lo necesario,
incluso lo moralmente impresentable, para seguir en la Moncloa un día más,
una legislatura más, una eternidad si pudiera.
Y ese es el golpe
más devastador para cualquier democracia: cuando la ciudadanía deja de creer
que el poder actúa para el país y empieza a creer que el país existe para
sostener al poder.
España no está en
decadencia; está siendo
empujada hacia ella. España no está rota;
la están quebrando
poco a poco, a golpe de tacticismo y soberbia. España no ha perdido el
rumbo; se lo han arrebatado
quienes deberían guiarla.
Lo insoportable es
que quieran que nos acostumbremos. Que aceptemos la mediocridad como paisaje
permanente, la deshonestidad como método y la parálisis como forma de vida.
Que traguemos, callemos y sigamos adelante como si no estuvieran desmontando
la confianza que sostiene cualquier democracia sana.
Pero aquí está la
verdad devastadora, la que no quieren escuchar:
España no es suya. España no es un
botín. España no es una silla heredable.
Y si pretenden
eternizar este deterioro, si creen que la ciudadanía vivirá resignada en un
país cada vez más debilitado, más dividido y más desencantado, se equivocan.
Porque un pueblo puede aguantar mucho, pero cuando llega al límite (y España
está peligrosamente cerca de ese límite),
la dignidad despierta.
Y cuando despierta,
ninguna maquinaria del poder puede detenerla.
Sábado
29
de Noviembre
Pensiones en
España: la verdad que nadie quiere asumir
España presume de empleo récord y de una recaudación
histórica, pero la realidad demográfica es inapelable:
el sistema
de pensiones no es sostenible tal y como está.
La OCDE alerta: el envejecimiento disparará el gasto en
83.000 millones hasta 2050; solo las
pensiones crecerán
51.000 millones. Y mientras tanto, las
cotizaciones ya solo cubren un
56%
del coste. El resto (14.600
millones en 2025) sale directamente de
impuestos. Es un modelo que se mantiene a base de
parchear, no de planificar.
Las reformas recientes no arreglan nada: retrasan,
maquillan o redistribuyen, pero no resuelven. Y la
propuesta de la OCDE (una reforma fiscal integral) exige
decisiones impopulares que nuestra política evita.
A todo esto se suma un problema del que nadie habla:
la
hipertrofia del sector público.
Administraciones duplicadas, cargos a dedo, asesores,
consejeros, directivos, agencias y entes sin utilidad
real. ¿Cómo pedir más esfuerzo fiscal a la ciudadanía
sin antes limpiar esta estructura?
¿Peligra la
sostenibilidad del sistema?
Sí. Pero no porque vaya a dejar de pagarse mañana (el
sistema todavia aguantará unos años), sino porque cada
año exigirá más impuestos, más deuda y más sacrificios.
La solución
pasa por tres verdades incómodas:
Reordenar y
adelgazar la estructura pública.
Una reforma
fiscal seria y no improvisada.
Revisar el
modelo de pensiones con realismo, no con propaganda.
Porque hay otra cuestión que rara vez se aborda con
seriedad:
el coste de la propia estructura pública.
Miles de cargos políticos de libre designación,
duplicidades entre municipios, diputaciones, comarcas y
autonomías, y una galaxia de agencias y entes públicos
cuya utilidad real es, como mínimo, discutible. Antes de
pedir más esfuerzo fiscal a los ciudadanos, ¿no debería
el Estado demostrar que utiliza eficientemente cada
euro?
Entonces ¿Peligran las pensiones?
No, si se
actúa con valentía.
La sostenibilidad no se garantiza subiendo cuotas o
impuestos sin más; se garantiza aumentando la eficiencia
del gasto, ampliando la base de cotizantes con más
productividad y empleo de calidad, y evitando que el
Estado siga creciendo en capas superpuestas que nadie
fiscaliza.
El envejecimiento no se detendrá. Los números tampoco
mienten. Lo único que está en juego es si la política
estará a la altura o si preferirá seguir gestionando el
presente a costa del futuro.
Porque la demografía manda. La matemática también.
Negarlo solo nos acerca al colapso que nadie quiere
asumir.
Viernes
28
de Noviembre
Un Gobierno en la UVI: España no
debe seguir así
España vive una crisis política
que ya no admite matices. El
Gobierno está en la UVI
institucional, sin apoyos, sin
leyes y sin autoridad moral. La
legislatura está agotada, pero
La Moncloa sigue aferrada al
poder mientras el país se
paraliza. El Ejecutivo ya no
gobierna:
no puede aprobar leyes,
no consigue pactos y ha perdido
la capacidad de sacar adelante
incluso las iniciativas más
básicas.
No se trata solo de un clima
tenso o de las habituales fricciones parlamentarias: hablamos de un deterioro
profundo de la capacidad de gobierno, de la credibilidad institucional y, en
consecuencia, de la confianza ciudadana en quienes deberían estar al servicio
del país.
Porque un Gobierno sin mayoría
es un Gobierno sin motor, y hoy España avanza con el motor gripado. A esto
se suma un problema aún más grave:
la corrupción. La entrada
en prisión de ministros, exministros y cargos de primer nivel por delitos de
corrupción ha destrozado la credibilidad del proyecto político del
Presidente Sánchez. ¿Cómo se puede pedir confianza a los ciudadanos cuando
el propio entorno gubernamental se desmorona entre imputaciones, condenas y
escándalos? La erosión institucional es igual de preocupante.
La
tensión abierta con el Poder Judicial, el choque permanente con el
Parlamento y la incapacidad para respetar la separación de poderes han
convertido la acción de Gobierno en una batalla de supervivencia. La
democracia está secuestrada por una estrategia que solo busca ganar tiempo.
Mientras tanto, España está sin presupuestos, sin políticas sociales
renovadas y sin reformas. La parálisis es total: economía estancada,
instituciones tensas y un Ejecutivo que no gobierna ni deja gobernar.
La pregunta es evidente:
¿por qué Pedro Sánchez no convoca
elecciones? ¿Qué sentido tiene mantener un Gobierno sin apoyos, sin
rumbo y sin resultados? Las urnas son la salida natural cuando un Ejecutivo
pierde la mayoría y la confianza. Cada día que se retrasa la convocatoria
electoral es un día que el país pierde. España necesita recuperar la
normalidad, volver a tener un Gobierno que pueda legislar y reconstruir la
estabilidad institucional que hoy está hecha trizas. Lo que está claro es
que así no se puede seguir. Y lo sabe todo el mundo.
España necesita aire fresco.
Necesita recuperar la normalidad institucional, revitalizar la vida política
y dar una oportunidad a una nueva mayoría (sea cual sea) de reconstruir un
proyecto de país estable, sólido y creíble. Mantener la legislatura
artificialmente solo prolonga la crisis y multiplica el desgaste.
El país merece un respiro. La
política, también.
Jueves
27
de Noviembre
Mal
vamos con un Gobierno que presume de empleo
y crecimiento, pero que asfixia a sus
jóvenes y encarece la vida para los mas
pobres (I)
Hay una
realidad
que ya
no
podemos
seguir
maquillando:
este
país
está
fallando
a
quienes
más
dependen
de él.
Jóvenes
que no
pueden
empezar
sus
vidas y
trabajadores
pobres
que no
pueden
sostenerlas.
Hemos
normalizado
lo
inaceptable,
y lo
peor es
que nos
piden
paciencia,
comprensión…
incluso
sacrificio.
Pero
¿hasta
cuándo
los
jóvenes
tendrán
que
posponer
sus
planes
de vida?
Hoy
emanciparse
es casi
un acto
heroico.
Más de
la mitad
de los
jóvenes
entrega
entre un
40% y un
60% de
su
sueldo a
un
alquiler
o una
hipoteca
que
jamás
deberían
costar
tanto.
No
hablamos
de
caprichos,
hablamos
de tener
un
techo. Y
mientras
los
precios
suben
como si
no
existiera
la ley
de la
gravedad,
los
salarios
siguen
anclados
al
suelo.
La
precariedad
laboral
es la
otra
cadena.
Contratos
temporales,
sueldos
que no
dan ni
para
respirar,
horarios
imposibles.
Y luego
nos
dicen
que “es
cuestión
de
organizarse
mejor”.
¿Cómo se
supone
que
alguien
pueda
planificar
su vida
cuando
ni
siquiera
sabe
cuántos
meses
durará
su
empleo?
Así, la
vida se
congela.
La
emancipación,
la
estabilidad,
formar
una
familia…
todo
queda en
pausa. Y
con esa
pausa
llegan
la
ansiedad,
el
estrés,
la
sensación
de que
por
mucho
que
corran,
siempre
habrá
una
piedra
más
grande
bloqueando
el
camino.
No es
falta de
esfuerzo:
es un
sistema
que
exprime
y no
devuelve.
Trabajar
y seguir
siendo
pobre:
la gran
injusticia
silenciosa
Pero no
son solo
los
jóvenes.
Hay
miles de
personas
que
trabajan
(algunas
en más
de un
empleo)
y aun
así no
llegan a
fin de
mes. El
coste de
vida los
sobrepasa,
la cesta
de la
compra
sube sin
frenos y
lo
básico
empieza
a
convertirse
en un
lujo.
Vivir al
día se
vuelve
rutina:
pagar un
recibo
significa
renunciar
a
alimentos
frescos;
un
imprevisto,
como una
reparación
o una
medicina,
puede
desmoronar
el
presupuesto
del mes.
Depender
de la
familia,
de
ayudas
públicas
o de
organizaciones
no es
una
decisión:
es el
único
salvavidas
en un
mar que
te hunde
cada día
un poco
más. Y
este
desgaste
no solo
vacía
bolsillos:
también
quiebra
la salud
mental y
física.
Ansiedad,
miedo al
futuro,
agotamiento
permanente.
¿Cómo no
va a
afectar,
si
sobrevivir
se ha
convertido
en el
empleo
más duro
y menos
pagado?
El
problema
no es
individual:
es
estructural,
y está
podrido.
Nos han
repetido
durante
años que
la clave
está en
“esforzarse”,
en
“formarse”,
en
“saber
ahorrar”.
Pero la
verdad
es otra:
la
desigualdad
está
construida
a
conciencia.
Un
sistema
que
permite
que la
vivienda
sea un
producto
de
especulación,
que
mantiene
salarios
que no
cubren
lo
esencial
y que
sube
precios
sin
proteger
a
quienes
menos
tienen
es un
sistema
injusto.
Punto.
No es
que los
jóvenes
no
quieran
independizarse:
es que
no
pueden.
No es
que los
pobres
gestionen
mal su
dinero:
es que
no les
alcanza.
No es
que la
gente no
aspire a
más: es
que las
condiciones
no lo
permiten.
No hay
futuro
sin
dignidad.
Si
realmente
queremos
un país
que
avance,
necesitamos
algo
básico:
que
vivir no
sea un
privilegio.
Que
trabajar
permita
vivir
con
dignidad.
Que los
jóvenes
puedan
construir
un
futuro
sin
hipotecar
su
bienestar
mental.
Que la
pobreza
deje de
ser una
condena
hereditaria.
No
estamos
pidiendo
milagros.
Estamos
pidiendo
justicia.
Y no
deberíamos
tener
que
pedirla:
debería
ser la
base de
cualquier
sociedad
decente.
Miércoles 26
de Noviembre
Europa
camina hacia el desastre con una arrogancia suicida
Europa y la OTAN parecen haber olvidado una verdad
elemental: jugar con una potencia nuclear no es solo
imprudente, es una forma de locura política.
Mientras los líderes europeos se sacuden el polvo de
los hombros creyéndose estrategas de guerra, Rusia
se prepara (con una frialdad que Occidente ni
entiende ni respeta) para escenarios que Europa ni
siquiera se atreve a imaginar. La desconexión entre
la retórica europea y la realidad del tablero
mundial es tan profunda que ya no se puede describir
como ingenuidad: es temeridad en estado puro.
Europa no entiende a Rusia, y lo peor es que cree
que sí. La OTAN habla de “contener” a Moscú
como si Rusia fuese un estado fallido al que basta
presionar para que ceda. Ese error conceptual es el
primero de una cadena que podría ser fatal.
Rusia no funciona según los parámetros emocionales o
morales que tanto gusta exhibir Europa. Rusia opera con un instinto
primario: sobrevivir, mantener influencia y jamás mostrar debilidad.
Occidente confunde esto con barbarie; Rusia lo considera simple sentido de
Estado. Y entre ambas lecturas, Ucrania se desangra y Europa se adentra en
un terreno que no controla. Putin
no necesita querer la guerra para que la guerra estalle La
pregunta no es si Putin
quiere
invadir Europa; la pregunta es: ¿qué hará si percibe
que la OTAN intenta arrinconarlo hasta el punto de poner en riesgo la
estabilidad interna de Rusia? Europa juega a provocar, como si el adversario
fuera un adolescente impulsivo. Rusia, en cambio, ha demostrado una y otra
vez que, ante amenazas existenciales, toma decisiones que Occidente
considera impensables. Y ahí está el error: subestimar al adversario es el
primer paso hacia la derrota.
La OTAN
prolonga la guerra sin un plan: una receta para el desastre Se
envían armas, se anuncian paquetes de ayuda, se celebran cumbres llenas de
declaraciones altisonantes. ¿Resultado? La guerra sigue, el desgaste aumenta
y el riesgo de escalada crece. Lo que la OTAN no dice —o no quiere admitir—
es que no tiene una estrategia realista para poner fin al conflicto. Todo se
reduce a “resistir”, como si la resistencia eterna fuera un plan en sí
mismo. Pero lo verdaderamente preocupante es que Europa ha decidido sostener
la guerra sin considerar seriamente las consecuencias de empujar a una
potencia nuclear contra la pared.
Negociar
no es un gesto débil; ignorar la negociación es un acto criminal A
estas alturas, admitir la posibilidad de negociar territorios no es una
concesión ideológica: es reconocer que la alternativa puede ser devastadora
para todos. Europa desprecia esta opción porque teme parecer débil. Pero no
hay mayor debilidad que negarse a ver la realidad. Y la realidad es esta:
Rusia no devolverá lo que considera suyo. Y Ucrania, por sí sola, no puede
recuperarlo. Negar esta ecuación no la cambia; solo pospone el momento en
que estalle en la cara de todos.
Europa
vive en un delirio moralizante La Unión Europea se esconde detrás
de discursos sobre democracia y derechos humanos mientras juega a estratega
global sin tener el peso, la unidad ni la visión necesarios. Se cree
moralmente superior, pero la moralidad no es un escudo contra misiles
hipersónicos. Europa predica, Rusia actúa. Europa sanciona, Rusia se adapta.
Europa amenaza, Rusia responde con hechos. Y si algo
ha demostrado la historia es que las guerras no las gana quien grita más
alto, sino quien entiende mejor el coste que está dispuesto a asumir.
Conclusión: Europa debe dejar de
engañarse O Europa recupera el sentido del límite (y empieza a
tratar la guerra con la gravedad que exige) o seguirá avanzando hacia un
escenario donde un error de cálculo, una mala lectura o una provocación
innecesaria podrían arrastrar al continente entero. Este no es un juego de
poder; es un equilibrio nuclear.
Y el mundo ya ha visto lo que ocurre cuando los
líderes confunden valentía con imprudencia. Europa va hacia un precipicio.
Lo alarmante no es que avance: es que lo hace convencida de que nada puede
pasar..
Martes 25
de Noviembre
España ante el vértigo político que supone la
ambición, el poder y la corrupción
La política española
vive un momento de extrema tensión que, lejos de disiparse,
parece profundizarse día tras día. La reciente sentencia del
Tribunal Supremo ha reabierto heridas que muchos consideran
nunca cerradas, y ha reactivado un clima de confrontación
que vuelve a tomar las calles. En paralelo, el Gobierno de
Pedro Sánchez afronta acusaciones desde distintos flancos:
desde quienes le reprochan ceder a presiones
independentistas hasta quienes ven en sus movimientos un
intento desesperado de retener el poder a toda costa.
Más allá de la
literalidad de los discursos oficiales, una
parte creciente de la ciudadanía percibe que
los últimos cambios legislativos (indultos,
reformas penales y, especialmente, la ley de
amnistía) no responden tanto a un proyecto
de reconciliación como a la necesidad
aritmética de mantener el apoyo
parlamentario que sostiene al Ejecutivo.
Esta lectura, compartida incluso por
votantes que no se identifican con el
independentismo, alimenta una sensación de
frustración, indignación y desconfianza
hacia la clase política.
El debate público se
ha intoxicado hasta el punto de que los
enfrentamientos verbales (y, en ocasiones,
físicos) entre ciudadanos de ideologías
opuestas ya no resultan sorprendentes. La
crispación ha pasado de ser excepcional a
convertirse en parte del paisaje político y
social. A ello se suma la compleja relación
del Ejecutivo con sus socios parlamentarios.
Algunos partidos que
garantizan la gobernabilidad de Sánchez,
especialmente Junts, se mueven en una
posición ambivalente: presionan para avanzar
en su agenda, pero también intentan evitar
una caída del Gobierno que pudiera provocar
unas elecciones cuyo resultado podría ser
desfavorable para sus intereses.
Este equilibrio
frágil alimenta la percepción de que la
legislatura se sostiene con alfileres, más
por necesidad que por convicción. Quienes
critican a Sánchez sostienen que su discurso
ha contribuido a un clima cuasi
“guerracivilista”, en el que se presenta la
permanencia del Gobierno como un muro
indispensable frente a la derecha o la
extrema derecha. Este planteamiento, según
afirman, divide al país entre “defensores
del progreso” y “enemigos del avance”,
simplificando la realidad y generando un
clima emocional que poco ayuda a la
serenidad institucional.
Lo preocupante es
que esta dinámica erosiona los pilares
básicos de una democracia saludable: la
confianza en las instituciones, el respeto
al adversario político y la percepción de
que el poder se ejerce dentro de límites
claros. Cuando se extiende la idea de que
las decisiones políticas se adoptan
exclusivamente para la supervivencia del
Gobierno, la frontera entre democracia
robusta y democracia deteriorada se vuelve
inquietantemente fina.
España no está, ni
mucho menos, en un escenario autocrático.
Pero tampoco puede ignorarse que la
crispación, la desconfianza y la percepción
de que “todo vale” en nombre de la
gobernabilidad abren la puerta a una
degradación progresiva del sistema. Las
democracias no suelen colapsar de un día
para otro: se erosionan lentamente, a base
de polarización, deslegitimación del
adversario y decisiones tácticas que se
normalizan sin reflexión crítica.
El futuro político
del país es incierto y, a ojos de muchos,
preocupante. Lo que está en juego no es solo
el liderazgo de un presidente ni la
correlación de fuerzas parlamentarias, sino
la capacidad de la sociedad para reconducir
el debate público hacia un terreno de
respeto, estabilidad y confianza
institucional.
No se trata de que
España esté abocada al desastre, pero sí de
que la tensión actual no augura un horizonte
tranquilo si no se toma conciencia de los
riesgos y se apuesta, de verdad, por la
reconstrucción del diálogo.
En tiempos de
vértigo político, la responsabilidad de
todos (gobernantes, oposición, medios y
ciudadanía) es no dejar que la confrontación
permanente se convierta en la única forma
posible de convivencia porque al final
saltará la chispa que de paso a la
involución y no será agradable.
Martes 25
de Noviembre
La decadencia de la Iglesia avanza a
pasos agigantados (2)
La crisis que atraviesa la Iglesia (especialmente la Iglesia de Roma) no
es un fenómeno repentino ni inesperado. Es el resultado de siglos de
contradicciones entre su discurso moral y su práctica institucional. El
ateísmo que muchos profesamos hoy no nace tanto del cúmulo de escándalos que
salen a la luz, sino del agravio constante a millones de personas que han
sido inducidas a creer en una “fe” cimentada en mitos, falacias y
manipulaciones perpetuadas a lo largo de la historia.
La religión, en su origen, fue una respuesta humana al absurdo de una
existencia marcada por el dolor, el sufrimiento y la muerte. La necesidad de
dar sentido a lo incomprensible dio lugar a relatos mitológicos que con el
tiempo se transformaron en religiones organizadas. Pero estas instituciones,
lejos de limitarse a ofrecer consuelo espiritual, se convirtieron en
herramientas de poder destinadas a controlar y manipular a sociedades
enteras. La Iglesia Católica es quizá el ejemplo más evidente: una
institución que predica humildad, pero que ha acumulado riquezas, influencia
política y privilegios a costa de la ignorancia y la obediencia de sus
fieles.
Hoy su decadencia no es solo moral, sino estructural. Los escándalos de
abusos sexuales, la opacidad ante los crímenes cometidos por miembros de su
propio clero y la hipocresía sistemática han desgarrado su credibilidad.
¿Cómo puede una institución que ha encubierto durante décadas la pederastia
pretender imponer una moral o dictar normas de conducta? ¿Con qué autoridad
habla de virtud quien ha actuado durante siglos desde la falta de decencia y
la ausencia de vergüenza?
La historia demuestra que cada vez que la Iglesia ha acumulado poder, la
humanidad ha retrocedido. Mientras el conocimiento intentaba avanzar un
paso, ella empujaba dos hacia atrás. Bajo la excusa de proteger la fe, se
persiguió, torturó y exterminó a quienes cuestionaban sus dogmas o
simplemente representaban un peligro para su hegemonía. Pueblos enteros
fueron masacrados y la lista de víctimas de la “defensa de la verdad” es
larga y documentada. La Inquisición, ese monstruo jurídico-religioso, es la
prueba más estremecedora de hasta dónde puede llegar una institución cuando
su prioridad no es la espiritualidad sino la dominación.
Solo a medida que la humanidad ha logrado desatar, poco a poco, las
cadenas del adoctrinamiento religioso, han florecido la ciencia, la
educación y el pensamiento libre. Y no es casualidad que donde hay más
conocimiento, menos espacio queda para los dogmas. A mayor progreso, menor
necesidad de recurrir a explicaciones sobrenaturales. A mayor acceso a la
información, menor capacidad tienen las instituciones religiosas para
imponer miedo o culpabilidad como método de control.
Hoy la Iglesia se derrumba, y no solo en sentido figurado: pierde fieles,
vocaciones, influencia política y peso social. Su relato ya no convence, su
autoridad ya no intimida, sus estructuras ya no sostienen la ficción de una
infalibilidad que nunca existió. La decadencia está en marcha y avanza, sí,
a pasos agigantados.
Quizá este proceso no sea motivo de celebración para todos, pero sí
representa una oportunidad histórica: la posibilidad de construir una
sociedad menos sometida a dogmas y más abierta al pensamiento crítico; una
humanidad que ya no necesita vivir en las tinieblas del miedo para encontrar
sentido, sino que busca luz en el conocimiento, la libertad y el progreso.
La religión fue durante siglos un refugio, un poder y, en ocasiones, un
instrumento de opresión. Hoy, su declive es también un renacimiento: el de
la razón, la ciencia, la autonomía, la libertad de pensamiento y la dignidad
humana.
Lunes 24
de Noviembre
La Iglesia: un edificio que
se derrumba, una ficción que
se descompone
(1)
La decadencia de la Iglesia no es un
accidente histórico ni un tropiezo
circunstancial: es la consecuencia
inevitable de una institución construida
sobre dogmas indemostrables, jerarquías
rígidas y una tradición que ha confundido
deliberadamente la fe con la obediencia
ciega. Lo que hoy observamos (escándalos,
corrupción, miseria moral, hipocresía,
descrédito público) no es una grieta: es el
derrumbe anunciado de un edificio moralmente
podrido. No es el ateísmo lo que destruye a
la Iglesia. Es su propia historia, su propio
legado de engaños, abusos y contradicciones.
Millones de personas han sido educadas en
una fe que se presenta como verdad absoluta
pero que, bajo cualquier análisis serio, se
revela como un artificio: un relato
mitológico elevado a estructura de poder.
El insulto no es negar esa “verdad”; el insulto es
haberla impuesto durante siglos como si fuera incuestionable, apelando al
miedo, a la culpa, bajo el soporte de la ignorancia. La religión nació como
un mecanismo primitivo para responder a una existencia que parecía
insoportablemente absurda. La humanidad, asustada por el sufrimiento y
aterrorizada ante la muerte, imaginó dioses. Esa vulnerabilidad humana fue
el caldo de cultivo perfecto para que surgieran instituciones que se
apropiaron del mito y lo transformaron en una herramienta de control.
La Iglesia de Roma fue (y sigue siendo) el ejemplo
paradigmático: un poder terrenal disfrazado de mandato divino, una
maquinaria disciplinaria que ha encontrado en la sumisión emocional la base
de su autoridad y ha convertido a los fanáticos en ciegos y sumisos esclavos
mentales. Hoy el disfraz se cae. Los escándalos de pederastia, la corrupción
interna, las fortunas acumuladas a espaldas de sus propios fieles, la
hipocresía sistemática… todo ello ha desnudado a la institución. ¿Qué
autoridad moral puede reivindicar quien ha demostrado no tener ninguna? ¿Con
qué legitimidad puede dictar conductas quien ha encubierto durante décadas
crímenes contra los más vulnerables?
Pretender que una institución así imponga normas
éticas es equivalente a pedirle al pirómano que redacte el manual de
seguridad contra incendios. La historia es implacable: allí donde la Iglesia
ha extendido su poder, la humanidad ha retrocedido. Cuando el pensamiento
avanzaba un paso, la Iglesia empujaba dos hacia atrás. No por defender la
fe, sino por defender el monopolio de la institución. Lo que no podía
someter por la persuasión, lo trituraba mediante la violencia. La
Inquisición (ese proyecto institucional de terror) no fue un exceso aislado:
fue la esencia misma del mecanismo eclesiástico. Herejes, Cátaros,
Templarios, Albigenses, pueblos indígenas… todos fueron sacrificados en
nombre de una supuesta verdad que solo servía para sostener un imperio
mediático y económico. La luz siempre fue el enemigo. El conocimiento, una
amenaza. La educación, un peligro. El progreso, desapego.
Porque una mente que aprende deja de temer; una
persona que deja de temer, deja de obedecer y una familia que tiene
bienestar económico y social deja de suplicar. Por eso la Iglesia prosperó
en la oscuridad: necesitaba tinieblas, pobreza e ignorancia para perpetuar
su poder. No es casualidad que la ciencia, la filosofía y la libertad
individual hayan florecido solo cuando el dominio eclesiástico empezó a
resquebrajarse. Hoy vivimos ese resquebrajamiento definitivo. La Iglesia
pierde fieles a un ritmo que ni ella misma puede disimular.
Su influencia política se diluye. Su capacidad para
dictar moral se extingue. La narrativa de la infalibilidad se desintegra
ante cada nueva revelación de corrupción, de abuso, de miseria moral. Y,
como siempre ocurre con las estructuras autoritarias, su declive provoca un
temblor interno: cuanto más se aferra a su poder, más evidente se vuelve su
vacío. La decadencia no es solo visible; es irreversible. Es una buena
noticia. Porque lo que se desmorona no es la espiritualidad humana (esa
seguirá reinventándose), sino un sistema de control que durante siglos ha
sofocado la libertad, la inteligencia y la dignidad. Lo que cae es la
sombra. Surge la luz y el conocimiento.
Lo que queda es la posibilidad de una humanidad que
ya no necesita someterse para encontrar sentido, que ya no necesita dogmas
para buscar verdad, que ya no necesita miedo para vivir. El yugo se agrieta.
La razón avanza.
Y la Iglesia, por fin, entra en la fase final de un
declive que llevaba siglos mereciendo...
Domingo 23
de Noviembre
La
arrogancia social que nos condena
Vivimos en una sociedad que presume de
progreso, pero seguimos arrastrando los
mismos impulsos primitivos de siempre. Aún
perseguimos a las mujeres como si fueran
objetos destinados a complacernos, como si
su valor dependiera de una belleza que tarde
o temprano se marchita. Ese machismo
ancestral que creíamos superado sigue ahí,
disfrazado de modernidad, replicando la
vieja idea de que lo femenino existe para el
deseo masculino. No aprendemos. Mientras
tanto, acumulamos bienes y dinero como si la
vida fuera eterna, como si la muerte fuera
un mito que solo ocurre en las noticias.
A lo largo de la
historia, hemos perseguido ideales y placeres como si fuéramos eternos.
Tratamos a las mujeres como trofeos, como si su belleza nunca fuera a
marchitarse, con la misma lujuria primitiva de aquel hombre de las cavernas
que aún nos habita. Sin embargo, todo se desvanece: se apaga el brillo de
los ojos, se consumen las rosas, se agota el vigor del cuerpo. Nada escapa
al paso del tiempo.
Construimos nuestra identidad alrededor de
posesiones, de apariencias, de números en una cuenta bancaria, sin entender
que nada de eso nos pertenece realmente: somos huéspedes temporales en un
mundo que seguirá girando sin nosotros. Un recordatorio incómodo que
preferimos ignorar:
memento mori.
Y lo más absurdo es que, aun sabiendo que nuestra existencia es un instante,
alimentamos guerras, disputas, odios y rivalidades. Levantamos fronteras,
discursos de odio, ideologías excluyentes, como si fuéramos dueños del mundo
y no simples habitantes pasajeros.
Nos cuesta aceptar que todo lo que defendemos con
tanta ferocidad poder, riqueza, bienes, e incluso “verdades”, acabará
reducido a polvo. Porque al final todo (con el tiempo) se reduce a nada,
precisamente en eso en polvo. Y sin embargo, nos aferramos a la vida con una
contradicción casi trágica: tememos desaparecer, pero actuamos como si
fuéramos invencibles. Nos creemos dueños de la verdad, del éxito, del
futuro, con una soberbia colectiva que nos hace sentir dioses en un mundo
que apenas tolera nuestra presencia y que pasaremos por el como un fugaz
instante.
Y así justificamos la violencia, la explotación, la
desigualdad… con odio, con rencor, con inquina y deseos insaciables de
venganza como si fueran inevitables, cuando en realidad son el resultado
directo de nuestra arrogancia. Al final, no somos más que arena que arrastra
el viento del tiempo. Y, aun sabiendo que todo es vanidad, que tan pronto
estamos aquí, como estamos para allá, seguimos atrapados en ella: en la
presunción, en el consumismo, en el egoísmo disfrazado de libertad
individual.
Pobre humanidad, tan orgullosa de sus logros y tan
incapaz de verse a sí misma con humildad. Quizá el primer paso para cambiar
algo (lo propio y lo colectivo) sea reconocer nuestra fragilidad, aceptar
nuestra efímera existencia y dejar de vivir como si fuéramos eternos. Solo
entonces podremos cuestionar de verdad aquellas aquellas conductas que nos
llevan al odio, a la envidia, a la ambición y la codicia, cuestionando
también aquellas estructuras sociales que perpetúan la desigualdad, la
violencia y la indiferencia.
Mientras no lo hagamos, seguiremos siendo lo mismo:
mortales ilusos creyéndonos inmortales y actuando como si el mundo nos
perteneciera, cuando solo somos productos del mundo.
Tal vez, si aceptáramos nuestra condición,
aprenderíamos a vivir con más humildad, con
más gratitud y con menos soberbia. Quizás
entonces entenderíamos que lo único
verdaderamente eterno es aquello que dejamos
en los demás: un gesto, una palabra, una
huella que, con suerte, resista un instante
más que nosotros.
Sábado 22
de Noviembre
¿Hay riesgo real de
conflicto civil en España? Un país crispado,
pero no al borde del abismo
España vive uno de los momentos de mayor
tensión política desde la Transición. El
intercambio constante de acusaciones,
descalificaciones y advertencias
catastrofistas ha transformado el debate
público en una contienda verbal permanente.
La ciudadanía percibe dos bloques
enfrentados, cada vez más rígidos y
desconfiados entre sí. Y en la calle surge
la pregunta:
¿Puede esto acabar mal?
La respuesta, según coinciden analistas y
politólogos, se mueve entre la preocupación
y la cautela. Sí, hay un aumento claro de
polarización emocional. Sí, los discursos se
han endurecido hasta niveles inéditos en
décadas. Pero no, España no está cerca de un
conflicto civil.
La crispación, por
intensa que parezca, convive con una sociedad que sigue mezclándose con
normalidad en la vida diaria. No hay fractura social profunda, ni grupos
armados, ni territorios sublevados, ni un colapso institucional que permita
siquiera imaginar un escenario bélico.
Lo que sí existe es un
desgaste democrático: desconfianza, insulto constante, movilización contra
el adversario y un clima que normaliza la hostilidad. Los expertos advierten
que este deterioro, aunque lejos de una guerra civil, sí puede derivar en
episodios aislados de violencia o en un debilitamiento del Estado de
Derecho.
Por ahora, las
instituciones siguen funcionando, los cuerpos de seguridad mantienen la
estabilidad y la Unión Europea actúa como ancla de moderación. El reto de
España no es evitar una guerra, sino evitar que la crispación siga avanzando
como una niebla espesa que erosiona la convivencia.
Viernes 21
de Noviembre
La erosión
de las instituciones y el riesgo de un poder que se
aferra a sí mismo
En las últimas semanas, España vive una tensión política que muchos
ciudadanos perciben como una deriva preocupante. La confrontación entre
instituciones, la batalla retórica sin freno y la sensación de que la
legalidad se interpreta según convenga han generado un clima de desconfianza
que no puede pasarse por alto. Para una parte creciente de la sociedad,
estamos asistiendo a un episodio en el que las llamadas
cloacas del
poder
ya no son un rumor subterráneo, sino un elemento visible que condiciona la
vida pública. Lo que algunos describen como un Gobierno acorralado por sus
propias contradicciones ha desembocado en un escenario esperpéntico: un
Ejecutivo en minoría que apenas logra sacar adelante iniciativas en el
Parlamento, que esquiva la convocatoria de elecciones mientras crecen los
frentes judiciales en su entorno político y que ha respondido a las
decisiones de los tribunales con una mezcla de desdén, desconfianza y
acusaciones de parcialidad.
Cada gesto del poder hacia la justicia parece
interpretarse según su conveniencia: se la ensalza cuando favorece y se la
cuestiona cuando no. En este contexto, la indignación ciudadana gana
terreno. No es solo el desgaste propio de la política cotidiana; es la
sensación de que la lógica democrática (alternancia, transparencia,
responsabilidad) está siendo sustituida por una estrategia de resistencia
numantina. Para muchos, aferrarse al poder cuando el propio panorama
judicial y parlamentario se estrecha transmite un mensaje inquietante: que
el Gobierno prioriza su supervivencia por encima de la salud institucional.
Tampoco ayudan las concesiones realizadas a socios
parlamentarios cuya agenda es percibida por buena parte de la ciudadanía
como ajena o incluso contraria al interés general. La crítica se agrava
cuando se plantea que esos acuerdos no responden a una visión de Estado,
sino a la necesidad de sostener aritméticamente al Ejecutivo a cualquier
precio. Cuando el país queda subordinado a las urgencias políticas del
Gobierno, la desconfianza se convierte en malestar social. La reciente
condena del fiscal general del Estado (un suceso que ha intensificado el
debate institucional) ha sido para muchos el punto de no retorno.
En democracias consolidadas, la asunción de
responsabilidades políticas ante un escándalo judicial es un gesto de
higiene democrática. Por eso, no son pocos los que consideran que, ante un
episodio de tal gravedad, la única salida digna del Ejecutivo sería abrir
las urnas y devolver la palabra a los ciudadanos. España necesita
instituciones fuertes, transparentes y creíbles. Necesita un Gobierno que
gobierne, no que se defienda. Y necesita, sobre todo, que quienes detentan
el poder entiendan que este no es un patrimonio personal, sino un mandato
temporal sometido al escrutinio constante de la sociedad.
Perpetuarse en el poder cuando todo apunta a un
desgaste irreversible no solo erosiona la legitimidad del Ejecutivo:
erosiona la confianza de un país entero en su democracia.
Jueves 20
de Noviembre
Ultraprocesados: la gran estafa que está
devorando nuestra salud
Ya es hora de decirlo sin filtros:
nos están enfermando a sabiendas. Durante años, la industria de los
ultraprocesados ha convertido nuestra alimentación en un experimento masivo
donde el objetivo no es nutrirnos, sino
exprimir cada euro posible,
aunque eso implique dejar un rastro de enfermedades, ansiedad alimentaria y
cuerpos agotados. Y mientras las instituciones más respetadas del mundo (The
Lancet,
la OMS, UNICEF)
lanzan alarmas cada vez más desesperadas, nosotros seguimos atrapados en un
sistema donde la comida basura reina
y la comida real sobrevive como puede.
Una invasión
que nunca votamos No elegimos estar rodeados de productos diseñados
para enganchar. No elegimos que los alimentos frescos sean más caros que un
paquete de calorías vacías. No elegimos que a nuestros hijos les enseñen a
desear dulces brillantes antes que fruta.
Esto no es un “estilo de vida moderno”. Esto es
una invasión alimentaria, silenciosa, estratégica, calculada. Los
ultraprocesados no llegan a tu carrito por casualidad: están construidos
para conquistarte. Mezclas imposibles de azúcar, grasas baratas, aditivos,
texturas adictivas, colores que hipnotizan… todo pensado para que quieras
más, incluso cuando tu cuerpo ya
está gritando que pares. Y luego te dicen que es tu culpa. Que
“comes mal”. Que “no te controlas”.
Como si la
responsabilidad de resistir un sistema
entero recayera solo en ti.
¿Cual es el precio?:
nuestra salud y la de los niños
UNICEF lo ha dicho sin temblar:
estamos frente a una amenaza
urgente para la salud humana. Y
especialmente para la infancia. Nuestros
niños crecen rodeados de productos diseñados
para engancharlos antes incluso de que
aprendan a leer. ¿Y qué hacemos como
sociedad? Demasiadas veces, mirar hacia otro
lado. Aceptarlo como si fuera inevitable,
como si no hubiera alternativa. Tenemos que
decir:
Basta ya. Basta de
normalizar que la comida que más se anuncia
sea la que peor nos nutre.
Basta
de aceptar que lo barato sea lo que más daño hace. Basta de que nuestras
emociones se manipulen con envases bonitos y promesas vacías mientras
nuestra salud se desgasta. Hay que
encender la mecha del cambio. Porque esto no va de “demonizar
alimentos”. Va de defender el
derecho básico a comer sin enfermar, a criar niños que no crezcan
condicionados por sabores artificiales, a vivir en un entorno donde la
comida real no sea un lujo. Y ese cambio no va a venir de quienes se
benefician del problema.
Ese cambio empieza
en nosotros: en exigir políticas valientes,
en rechazar la mentira disfrazada de oferta
irresistible, en recuperar el derecho a
alimentarnos de verdad.
Nos han tomado por
consumidores pasivos. Ahora toca demostrar
que somos ciudadanos despiertos.
Miércoles 19 de
Noviembre
Mi Pueblo
donde el silencio se mezcla con el recuerdo II
Hay pueblos que parecen dormidos, pero que en realidad
están soñando. Lugares donde el tiempo camina más
despacio y donde cada piedra, cada fuente y cada sendero
guarda un trocito de quienes pasaron antes. Arrabalde es
uno de esos pueblos: pequeño en tamaño, inmenso en
memoria. Duele ver cómo se vacía. Cómo las calles que un
día estuvieron llenas ahora esperan, pacientes, a que la
vida regrese. Pero Arrabalde sigue ahí, firme,
sosteniéndose sobre su historia, su sierra, su río y su
gente. Porque este pueblo no se rinde.
No sabe hacerlo. La despoblación no es solo un dato: es
una tristeza silenciosa. Una casa que se cierra, una voz que se apaga, una
ventana que ya no enciende su luz en invierno. Y aunque agosto nos regala el
milagro de los reencuentros, de la alegría que vuelve como un río
desbordado, una parte de nosotros sabe que necesitamos algo más. Que un
pueblo no puede vivir solo dos meses al año.
Y sin embargo, hay esperanza. Porque Arrabalde tiene un
encanto que no se compra ni se fabrica:
su verdad.
La de su gente cercana, la de su pasado milenario, la de esa Sierra de las
Labradas que observa, desde lo alto, cada cambio, cada esfuerzo, cada
latido. Allí arriba, donde el paisaje te atrapa y las leyendas parecen
vivas, uno entiende por qué tantos vuelven. Por qué a este lugar se le coge
cariño sin buscarlo. Pero también sabemos que el cariño, sin acción, no
basta. Si queremos que Arrabalde siga respirando, debemos cuidarlo.
Mejorar sus accesos, sus servicios, sus caminos, su
oferta cultural y turística. Hacer de él un destino todo el año, no un
paréntesis estacional. Soñar juntos un pueblo moderno pero auténtico;
tranquilo pero vivo; pequeño pero orgulloso. Porque Arrabalde tiene futuro
si nosotros se lo damos. Si los vecinos y el Ayuntamiento caminan en la
misma dirección. Si los jóvenes que aman sus raíces encuentran un motivo
para quedarse o regresar. Si el visitante descubre que aquí no solo hay un
paisaje, sino un hogar.
Y es que un pueblo no muere mientras alguien lo espera.
Mientras alguien lo recuerda. Mientras alguien vuelve. Arrabalde sigue
esperando, sí. Pero también late, también respira, también sueña. Y quienes
lo queremos sabemos que siempre habrá un camino de regreso, aunque lo
recorramos con nostalgia, con ilusión o con ese sentimiento indescriptible
que solo se tiene con los lugares que te han visto crecer.
Porque Arrabalde no es un punto en el mapa. Es un punto
en el corazón.
Martes 18 de Noviembre
Arrabalde: un pueblo al que siempre quieres
volver (I)
La despoblación que afecta a tantos pequeños
pueblos de Zamora también castiga a
Arrabalde. Sin embargo, ese declive no borra
su atractivo ni su encanto. Más bien al
contrario: lo subraya. Hace evidente que
nuestro pueblo tiene algo especial, algo que
nos empuja a volver una y otra vez, aunque
el futuro rural se escriba hoy con más
sombras que luces. Arrabalde disfruta de una
ubicación privilegiada, de un patrimonio
cultural e histórico envidiable, de un
entorno natural que sorprende a cualquiera
y, sobre todo, de una empatía y una
cordialidad que se encuentran "casi" en el
100% de sus habitantes. Pero, por desgracia,
todo eso no basta para frenar un proceso de
despoblación que parece irrevesible. Año
tras año, somos menos.
Y aunque el pueblo
recobra su chispa en agosto (cuando las fiestas lo llenan de vida, música y
reencuentros), no es consuelo suficiente. La España vaciada también se
escribe aquí. ¿Podemos frenar la despoblación? Sinceramente, ya no. Las
causas son profundas y las conocemos bien. Lo que sí podemos hacer, y está
plenamente a nuestro alcance, es
convertir Arrabalde en un lugar atractivo y vivo, tanto para
quienes viven aquí todo el año como para quienes nos visitan o vuelven a sus
raíces.
Para lograrlo, la
colaboración entre Ayuntamiento y vecinos es imprescindible. Necesitamos
apostar por el civismo, la cultura, la sanidad, los transportes, el
bienestar ciudadano y los servicios básicos como el comercio, el médico o la
banca. Hace falta cuidar y modernizar infraestructuras, parques y jardines,
urbanismo, festejos y caminos. Y, sobre todo, debemos tener una visión clara
de futuro.
Y no todo está
perdido. Los jóvenes del pueblo están comprometidos con mantener sus raíces
y dar un futuro a Arrabalde. Además, nuestro entorno es un tesoro para los
amantes del senderismo, la escalada, el paisaje y la naturaleza. Desde lo
alto de la Sierra de las Labradas, las panorámicas son un regalo para la
vista, cargadas de historia, leyendas y de objetos que nos hablan de un
pasado que nos enorgullece. Pero pese a todo ese potencial, Arrabalde
languidece durante largos meses, hasta que el verano trae de nuevo la vida,
los turistas y los vecinos que regresan a sus casas. Y, sin embargo,
Arrabalde es mucho más que un destino estacional: es un punto de encuentro
para jóvenes y adultos, un lugar donde se teje la amistad y donde los
montañeros planifican rutas aunque tengan que dormir en el coche o en un
saco. Porque siempre hay un motivo para volver. Ha llegado la hora de
ponerse manos a la obra.
Si queremos que
Arrabalde sea un pueblo vivo todo el año, tenemos que facilitar la llegada
de visitantes y mejorar los accesos (especialmente el camino hacia la
Sierra, desde el pueblo hasta el tramo asfaltado donde estuvo el Castro),
reforzar los servicios públicos, mejorar el transporte y replantear
infraestructuras como la carretera que cruza el centro urbano. La clave está
en construir entre todos un pueblo
moderno, cómodo, cuidado y atractivo, con una economía sostenible
basada en la agricultura, el turismo y el respeto al medio ambiente.
Un pueblo que no sea
solo para jubilados, sino también para familias, jóvenes y visitantes que
buscan naturaleza, cultura y tranquilidad. Arrabalde puede ser (y debe ser)
el pueblo más bonito de la comarca. Porque, al final, para cada uno de
nosotros, nuestro pueblo siempre será el mejor de todos. Aunque quede poca
gente, aunque queden pocos servicios, aunque el invierno sea largo.
Para quienes lo
sienten suyo, Arrabalde siempre será un hogar al que volver.
Martes 18 de Noviembre
Cuando la política cae en lo miserable: la
vergonzosa actuación de Rufián en la
comisión de la DANA
Antes de cualquier reflexión política, lo
primero es lo primero: mi respeto y mis
condolencias a las familias de las víctimas
de la DANA. Su sufrimiento debería ser
sagrado, intocable, y jamás formar parte del
teatro político al que asistimos. Por
desgracia, eso es exactamente lo que
ocurrió. La intervención del diputado
Gabriel Rufián en la comisión de
investigación fue, sencillamente,
bochornosa. No hay palabra más
precisa. Atropellada, desordenada, incapaz
de mantener un mínimo de respeto
institucional. En vez de un interrogatorio
serio, aquello parecía una performance
agresiva cuyo único objetivo era generar
titulares rápidos, sin importar quién
estuviera delante y mucho menos el contexto
humano que se estaba tratando.
Rufián lanzó
preguntas sin pausa, sin permitir que Mazón pudiera siquiera articular una
respuesta completa. Pero lo verdaderamente grave no es el estilo (ya
conocido...) sino el fondo: la
utilización abierta del dolor de las víctimas como arma política.
Convertir la
tragedia de familias destrozadas en munición para atacar al adversario es
cruzar una línea roja que jamás debería haberse tocado. Lo que vimos fue a
un diputado más preocupado por el ruido que por la verdad, más concentrado
en la confrontación que en esclarecer hechos, más volcado en sacar rédito
político que en honrar a quienes perdieron la vida. Una actitud
atolondrada, patética y
profundamente irresponsable, impropia de alguien que ocupa un
escaño en nombre de la ciudadanía. Porque esto no va de defender a Mazón ni
de exculpar a nadie. Va de decencia. De límites. De entender que hay
escenarios donde la política debe estar a la altura del dolor humano. Y
Rufián, en esa comisión, no estuvo a la altura. Ni de las víctimas. Ni de
sus familias. Ni de la institución que representaba.
La comisión sobre
la DANA exigía serenidad, rigor y respeto. En cambio, lo que presenciamos
fue un espectáculo indigno. Y cuando un representante público demuestra
estar dispuesto a utilizar una tragedia para obtener rendimiento electoral,
revela no solo falta de profesionalidad, sino algo aún más preocupante: una
alarmante ausencia de escrúpulos. La política puede ser dura, sí. Pero jamás
debería ser miserable.
Y lo vivido en esa
comisión de la DANA fue exactamente eso:
miserable.
Lunes 17
de Noviembre
El escándalo de la pederastia en
el seno de la Iglesia española que ha
escandalizado hasta el mismo Papa
Cuando
el abuso se perpetua en el
tiempo, mirar hacia otro lado es
hacerte cómplice del mismo
La pederastia en la Iglesia no
es un accidente. Es un horrendo
vicio encubierto que ha generado
la perdida total de la
credibilidad en la Institución
religiosa, por el silencio
cómplice de quienes debieron
actuar y no lo hicieron. Porque
no es “un caso aislado ni una
desviación puntual”. Es una
cadena interminable de
abusos
cometidos durante siglos.
encubiertos y protegidos por
quienes debían impedirlos.
Incluso el propio Papa admite
estar escandalizado ante la
magnitud de los abusos,
especialmente con lo ocurrido y
fija la mirada en España, donde
la norma ha sido siempre la
misma:
ocultar al agresor, callar a la
víctima y mover al sacerdote de
parroquia como si el problema
fuera el lugar y no el crimen.
La curia española nunca fue
transparente.
Nunca fue valiente. Y nunca
estuvo del lado correcto.
Lo que debería haber sido un
refugio espiritual para millones
se convirtió, en demasiados
casos, en un escenario de
impunidad. La curia española no
solo evitó afrontar el problema:
lo enterró. Y con ello enterró
también su credibilidad moral.
Su prioridad fue salvar la
imagen de la institución, aunque
para ello hubiera que sacrificar
la infancia de cientos de
víctimas.
Esa es la realidad. Y esa
realidad destruye cualquier
autoridad moral que pretendan
reclamar. Pero la indignación no
puede sorprendernos. La historia
de la Iglesia es una sucesión de
contradicciones: predica pobreza
mientras vive rodeada de
riqueza; exige castidad mientras
tolera excesos que avergonzarían
a cualquier ciudadano; se
presenta como guía espiritual
mientras sus jerarcas disfrutan
de lujos dignos de monarcas
absolutos. Hubo papas con
harenes, papas que compraban y
vendían favores divinos, papas
que manejaban reinos enteros
como piezas de ajedrez.
Y todo ello envuelto en el manto
de lo “sagrado”. Ante esa
trayectoria, la pregunta es casi
un grito:
¿cómo respetar a una institución
que ha protegido
déspotas, pederastas y sátrapas
libidinosos?
¿Cómo creer en su moral cuando
ellos mismos la han pisoteado?
¿Cómo confiar en quienes
predican virtud mientras
encubren lo imperdonable?
Ya no vale el silencio.
Ya no valen las disculpas
vacías. Y ya no vale el discurso
cómodo del “perdón”.
Porque hay pecados que no se
redimen rezando. Y este,
precisamente este,
se paga con verdad, justicia y
responsabilidades reales.
Hasta que ese día llegue, la
Iglesia podrá seguir proclamando
su santidad. Pero será una
santidad hueca, manchada,
incapaz de esconder lo que ya
todo el mundo sabe:
que perdió su credibilidad el
mismo día que decidió proteger
al abusador antes que al niño.
Mientras la Iglesia no demuestre
que sus hechos valen mas que
los sermones que predican, no
tendrán legitimidad y mucho
menos credibilidad alguna.
Domingo 16 de
Noviembre
La
herida abierta de la Iglesia: entre el
encubrimiento y la pérdida de credibilidad
Pocas instituciones
han ejercido tanto poder moral, político y simbólico a lo largo de la
historia como la Iglesia católica. Y, sin embargo, pocas han acumulado
también un historial tan amplio de sombras. Entre ellas, quizá la más oscura
y devastadora sea la pederastia en el seno del clero, un crimen que durante
siglos se ha encubierto, relativizado o directamente silenciado. Hoy,
incluso el propio Papa reconoce la magnitud del escándalo, que ha golpeado a
países de todos los continentes y que, en el caso de España, presenta cifras
y dinámicas especialmente dolorosas.
Porque en España (y
esto ya no lo niega nadie informado) ha existido una
cultura sistemática de ocultación.
Las denuncias se archivaban internamente, los sacerdotes señalados eran
trasladados a otras parroquias, lejos de la atención pública, y la curia
evitaba asumir responsabilidades reales. No se expulsaba a los agresores: se
les protegía. No se escuchaba a las víctimas: se las condenaba al silencio.
Este comportamiento
no es un simple error administrativo. Es una
traición moral. Una
institución que predica castidad, humildad y rectitud no puede permitirse
mirar hacia otro lado ante el sufrimiento de los más vulnerables. Mucho
menos si ese sufrimiento es provocado por quienes deberían ser guías
espirituales.
Pero el problema no
es nuevo. La historia de la Iglesia está marcada por contradicciones
profundas entre su discurso y su práctica. El voto de pobreza convivió
durante siglos con la opulencia, el oro, los palacios y los banquetes. Hubo
papas que se comportaron como monarcas absolutos, con harenes, intrigas
palaciegas y poder para decidir el destino de reinos enteros. Y mientras
tanto, se utilizaban el miedo, la culpa y los dogmas para sostener la
autoridad: el diezmo obligatorio, la venta de bulas y perdones, la promesa
de una vida eterna a cambio de obediencia y dinero.
Cuando una
institución acumula tantos episodios de manipulación, de abuso de poder y de
desconexión moral, ¿cómo puede seguir reclamando una autoridad sagrada?
¿Cómo exige credibilidad quien tantas veces ha traicionado la confianza
depositada en él? ¿Cómo puede pedir respeto quien no ha respetado ni
siquiera a los niños puestos bajo su cuidado?
La pregunta,
entonces, no es si la Iglesia puede redimirse. La pregunta es si está
dispuesta a hacerlo. Porque la fe, para quienes la viven de forma honesta,
no debería estar secuestrada por una estructura que ha demostrado
repetidamente su incapacidad para reconocer sus propios pecados. Y porque la
espiritualidad puede sobrevivir sin templos de mármol, pero no sin ética.
Hoy, ante la
magnitud de los abusos y el dolor acumulado, la Iglesia se enfrenta a su
mayor crisis de credibilidad. No por ataques externos, sino por los actos de
sus propios miembros y por el silencio cómplice de quienes debieron actuar y
no lo hicieron. ¿Y se extrañan de que el numero de ateos crezca a un ritmo
vertiginoso?
Sábado 15
de Noviembre
España: Un país que avanza dejando a
muchos atrás
El panorama nacional
se oscurece a un ritmo preocupante. A la crisis política permanente (ese
esperpento diario que se representa en las instituciones y en los titulares)
se suma un deterioro sistemático de los pilares que deberían sostener
cualquier sociedad mínimamente justa: el empleo, los salarios, la educación,
la sanidad y la vivienda. Mientras, la inflación acelera al 3,1%,
la cesta de la compra se encarece un 22% y los alimentos, así como la
luz y la tasa de basuras disparan al IPC, elevando el coste de lo mas básico
para las familias humildes.
En un país donde la
vivienda se ha convertido en un lujo y el alquiler sube con la misma
constancia que baja el poder adquisitivo, resulta difícil creer en los
discursos oficiales que presumen de crecimiento económico. La macroeconomía,
efectivamente, despega, pero la microeconomía (la de las familias, la de la
vida real) se arrastra.
Las cifras lo
confirman cada día: trabajo más precario, contratos más frágiles, salarios
que no se ajustan al coste de la vida y una inflación que golpea
precisamente a quienes menos pueden resistirla. Quienes ya vivían al límite
se han visto empujados al borde del abismo. Familias que ya no pueden
encender la calefacción en invierno, que recortan donde no se puede recortar
y que llenan la cesta de la compra con resignación, comparando precios al
céntimo, sabiendo que aun así no siempre llegarán a fin de mes.
Mientras tanto,
desde las altas esferas se celebra un supuesto “éxito económico” que parece
no tocar la puerta de la mayoría. Y surge inevitable la pregunta:
¿éxito para quién?
Porque la paradoja es cruel: los jóvenes ganan hoy menos que sus padres a su
edad, mientras la generación anterior (la misma que soportó crisis y
sacrificios) ve cómo sus salarios y pensiones se ajustan mejor que el
ingreso de quienes sostienen ahora el país.
Es como si
viviéramos en dos realidades paralelas. La oficial, donde los indicadores
brillan y el país crece. Y la cotidiana, donde la frustración crece más
rápido que el PIB, donde se exigen sacrificios a quienes ya no tienen nada
más que sacrificar. La distancia entre ambas realidades se ha hecho tan
grande que ya no la llenan ni los discursos, ni las promesas, ni los planes
estratégicos. Solo queda la sensación de que este modelo económico y
político se sostiene sobre una desigualdad cada vez más profunda.
La
pregunta, por tanto, es legítima y urgente:
¿para quién se está construyendo este país? Porque si el
crecimiento no mejora la vida de la mayoría, si la riqueza se concentra
mientras la precariedad se expande, entonces no estamos ante un éxito
económico, sino ante un fracaso social maquillado de estadísticas.
Y mientras no
respondamos a esa pregunta (y, sobre todo, mientras quienes gobiernan no la
respondan) la brecha entre lo que se dice y lo que se vive seguirá
ensanchándose, convirtiendo la esperanza en un privilegio y el futuro en un
territorio incierto.
Viernes 14 de
Noviembre
Junts, Sánchez y la política del
engaño: una legislatura agotada
La última maniobra
de Junts en el Congreso, apoyando la iniciativa del Gobierno para mantener
el calendario de cierre de las centrales nucleares, ha vuelto a poner de
manifiesto una evidencia incómoda: la distancia entre lo que el partido dice
y lo que finalmente hace. Tras anunciar a bombo y platillo la ruptura con
Sánchez, su voto de ayer no solo contradice ese supuesto distanciamiento,
sino que además supone un golpe directo al tejido empresarial catalán, que
lleva tiempo alertando sobre las consecuencias económicas de prescindir
prematuramente de la energía nuclear.
Una vez más, Junts exhibe una doble moral que no solo irrita al conjunto de
los españoles, sino también a los propios catalanes a quienes dice
representar.
Este episodio
refuerza una percepción que crece de manera sostenida en la sociedad: la de
que Pedro Sánchez no tiene la menor intención de abandonar el poder, aun a
costa de forzar los límites de la lógica democrática. Cada día aumenta el
número de ciudadanos convencidos de que el Gobierno está agotado, sin
Presupuestos, sin apoyos reales y sin capacidad de iniciativa. Y, sin
embargo, el presidente opta por atrincherarse en La Moncloa apelando
únicamente al miedo a la alternancia.
La situación
adquiere tintes aún más preocupantes cuando a este bloqueo institucional se
suman los frentes judiciales que rodean al presidente y a su entorno. Las
causas en marcha, los procesos pendientes de sentencia y las revelaciones
sobre prácticas internas dentro del PSOE alimentan la sensación de que se ha
llegado a un punto de no retorno. Muchos perciben que la estabilidad del
país está supeditada a la estrategia personal de resistencia de Sánchez, más
que a un proyecto político coherente.
Tanto el adelanto
electoral como la presentación de una cuestión de confianza son herramientas
legítimas, previstas en la Constitución y necesarias cuando un Gobierno
pierde su respaldo parlamentario. Sin embargo, ninguna de estas opciones
parece estar siquiera contemplada por el presidente. La razón que señalan
sus críticos es clara: hoy por hoy, tanto las urnas como el Congreso le
darían la espalda.
Mientras tanto,
España continúa atrapada en una legislatura fantasma, con un Ejecutivo que
desea seguir gobernando aunque ya no pueda hacerlo. Un Gobierno que pretende
perdurar incluso en la próxima legislatura sin haber superado las pruebas
básicas de legitimidad política. Y así crece entre una parte significativa
de la ciudadanía el convencimiento de que «éste no se va» y que está
dispuesto a cualquier maniobra para perpetuarse en el poder.
La conclusión es
evidente: ni censura, ni confianza, ni elecciones. Solo la prolongación de
un proyecto fallido cuya continuidad se sostiene en pactos contradictorios,
en equilibrios inestables y en un profundo desgaste institucional. España no
puede permitirse seguir en esta parálisis indefinida. Toca actuar, y cuanto
antes.
Jueves 13
de Noviembre
La trampa de la precariedad: cuando
trabajar no basta para vivir
En España se ha instalado una
paradoja inquietante:
cada vez trabajamos más, pero
vivimos peor. Lo que
antes era una garantía (tener un
empleo) ya no asegura una vida
digna. Y es que con salarios que
apenas cubren el alquiler, con
pensiones que no alcanzan para
llenar la nevera y con una
inflación que devora el poder
adquisitivo, la precariedad se
ha convertido en el aire que
respiramos. Ya no se trabaja
para vivir, se trabaja para
sobrevivir.
Y sí, España crece
económicamente, pero una parte
importante de su población no
nota ese progreso. La
precariedad, la desigualdad y la
sensación de injusticia fiscal
alimentan una economía sumergida
que actúa como válvula de
escape. Sin una redistribución
más justa y una mejora real del
empleo, el malestar social y la
pérdida de confianza en las
instituciones seguirán
profundizándose.
Especialmente duro es el
panorama para los jóvenes.
Se
les pide que estudien, que
emprendan, que coticen, pero se
les niega lo básico: un trabajo
estable y una vivienda asequible,
y la opción obligada es
recurrir a la economía
sumergida (trabajar en B) para
poder afrontar los gastos
básicos y llegar a fin de mes.
España es hoy un país donde la
independencia se retrasa, la
natalidad se desploma y el
talento se fuga. La
promesa del esfuerzo ha perdido
valor porque el esfuerzo, por sí
solo, ya no garantiza nada. Y es
que España atraviesa un momento
complejo en su estructura
socioeconómica a pesar de que el
gobierno se vanagloria del
crecimiento. Los indicadores
sociales muestran
una desconexión entre el
crecimiento del PIB y el
bienestar real de la población.
La inflación persistente, el
encarecimiento de la vivienda y
la elevada presión fiscal sobre
las rentas del trabajo han
deteriorado la capacidad
adquisitiva de los hogares.
España es uno de los países que
mas precariedad laboral sufre
con los salarios mas bajos de la
UE a pesar de haber subido el
SMI a 1134 euros. La
temporalidad en el empleo y los
bajos salarios impiden la
estabilidad económica a largo
plazo, lo que se traduce en
menor inversión limitando la
capacidad de generar empleo de
calidad.¿La consecuencia? Los
trabajadores jóvenes y precarios
tienen dificultades para
independizarse, formar una
familia o ahorrar, lo que frena
el relevo generacional y el
dinamismo económico, con unos
precios del alquiler que están
desvinculados de los salarios
reales. Si a esto le
sumamos la asfixia fiscal, entre
IRPF, IVA y cotizaciones, la
percepción real es que los
impuestos se comen el poder
adquisitivo y les aboca a la
precariedad y subsistencia.
Esta precariedad tiene un
precio silencioso: la
desconfianza. Desconfianza en
las instituciones, en la
política, incluso en el futuro.
Cada vez más ciudadanos sienten
que cumplen con su parte, pero
que el contrato social está
roto. Y surge la picaresca.
Trabajar en negro no es una
elección moral, sino muchas
veces una
decisión de supervivencia.
Cuando los números no salen, la
gente busca soluciones al margen
del sistema.
No se trata de justificar la
economía sumergida, sino de
entender que su persistencia es
el reflejo de un modelo que no
funciona para todos. Si el
sistema no ofrece salidas
dignas, la gente crea las suyas,
aunque sea fuera de la ley. ¿Que
genera esta situación? Pues que
muchos jóvenes y no tan jóvenes
recurran a la economía sumergida
(trabajar en B) para poder
afrontar los gastos básicos y
llegar a fin de mes. Pero no
solo afecta esta situación
a los jóvenes, también los
pensionistas pierden poder
adquisitivo debido a la
inflación acumulada y al aumento
del coste de la energía y los
alimentos.
Esto empuja a muchos jubilados a
situaciones de pobreza
energética o dependencia de
ayudas familiares.La
consecuencia social es la falta
de confianza en las
instituciones, que perciben un
sistema fiscal que los persigue,
acosa y empobre ¿Pero que
soluciones y perspectivas
existen? Los Técnicos apuntan
que para revertir esta situación
es necesario aliviar la carga
sobre las rentas del trabajo,
impulsar el empleo de calidad,
hacer una política de vivienda
coherente y realista y
fortalecer el estado del
bienestar, orientado a
garantizar el poder adquisitivo,
elevando las pensiones mínimas y
garantizando el empleo estable
con salarios dignos que estén
acordes con el coste de la vida.
España necesita una revisión
profunda de su modelo económico.
No bastan los parches ni los
discursos triunfalistas.
Se requiere una
reforma fiscal más justa,
que alivie a quienes menos
tienen y exija más a quienes más
pueden. Se necesita un
mercado laboral que premie la
estabilidad y la productividad,
no la temporalidad y la
precariedad. Y se necesita,
sobre todo, una
política de vivienda valiente,
que devuelva a los ciudadanos el
derecho a un techo sin hipotecar
la vida. Porque un país que
obliga a sus jóvenes a vivir al
margen, a sus mayores a contar
monedas y a sus trabajadores a
ocultar su esfuerzo no es un
país próspero: es un país
agotado.
Ya es hora de llamar a las
cosas por su nombre. Lo que hay
en España no es “ajuste” ni
“moderación salarial”: es
explotación moderna. Y
mientras sigamos normalizando
que un joven con dos trabajos no
pueda pagar un piso, o que un
jubilado tenga que elegir entre
calefacción o comida, seguiremos
siendo cómplices de este modelo
que solo beneficia a unos pocos.
Hace falta una política
valiente que devuelva a la gente
lo que es suyo: el derecho a
vivir con dignidad
Miércoles 12 de
Noviembre
El lado oscuro
del altar: la Iglesia, la oscuridad y su imperio de
silencio y miedo
A raiz de la publicación de la imputación del Obispo de
Cádiz en un nuevo caso de pederastia, surge de nuevo el
cuestionamiento del papel de la iglesia y la religión a
lo largo de la historia.
Por siglos, la Iglesia Católica ha cultivado una imagen
de virtud, compasión y guía moral. Pero bajo ese manto
sagrado se esconde una historia paralela: una red de
poder, abusos y encubrimientos que ha operado impune
durante generaciones. Un imperio que, bajo el signo de
la cruz, ha amasado riquezas, protegido criminales y
manipulado conciencias en nombre de la fe.
Y durante siglos se ha erigido como guardiana de la
moral, guía espiritual de los pueblos y representante de
Dios en la Tierra.
Sin embargo, bajo el brillo dorado de sus altares y la
solemnidad de sus cánticos, se oculta una historia tejida con abusos,
sangre, poder y silencio. Una historia que no se enseña en los catecismos,
pero que ha marcado el destino de la humanidad. Desde sus orígenes, el
cristianismo institucionalizado fue mucho más que una doctrina de fe: fue un
proyecto político para someter a las masas.
Cuando el Imperio Romano abrazó la cruz, lo hizo no por
convicción, sino por conveniencia. Y así nació una estructura que, en nombre
de una historia (la de Cristo), edificó un poder terrenal que pronto
rivalizaría con reyes y emperadores. La Iglesia no tardó en convertirse en
el poder detrás del poder, dictando leyes, coronando monarcas y justificando
guerras. Pero lo más oscuro no fue su ambición, sino su capacidad para
convertir el miedo en dogma. El infierno se volvió herramienta de control,
la culpa una forma de dominación. Quien pensaba diferente era hereje; quien
dudaba, enemigo de Dios. Así se erigió la Inquisición, la maquinaria más
despiadada que haya operado en nombre de la fe. Torturas, hogueras y
confiscaciones fueron el precio de la “pureza espiritual”.
Mientras tanto, los
altos prelados vivían entre el lujo y la lujuria. Los archivos vaticanos
(que aún guardan muchos secretos insondables) dan cuenta de papas que fueron
guerreros, libertinos, banqueros o déspotas. En los palacios pontificios, la
carne venció más de una vez al espíritu. Los banquetes, los concubinos y las
intrigas palaciegas fueron la norma en siglos donde el pueblo, hambriento y
analfabeto, era llamado a entregar su diezmo “para mayor gloria de Dios”. Y
cuando el mundo moderno comenzó a iluminarse con la razón, la Iglesia no
bendijo el progreso, sino que lo combatió. Galileo fue condenado, las
ciencias sospechadas, la libertad de pensamiento perseguida. El poder no se
rinde fácilmente, y el Vaticano lo sabía.
En tiempos
recientes, el velo del silencio se ha rasgado para mostrar otra herida
indeleble: los innumerables casos de pederastia clerical.
Miles de víctimas,
durante décadas, fueron silenciadas, trasladadas o ignoradas mientras la
jerarquía se dedicaba a proteger al abusador antes que al inocente. La
“santa madre Iglesia” prefirió lavar sus trapos sucios en casa antes que
enfrentar la justicia terrenal. Y así, el pecado se convirtió en rutina, y
el perdón en encubrimiento. A pesar de todo, ¿Como es psoible que esta
institución sigue en pie?. Su poder económico es colosal; sus propiedades y
su influencia política, inmensas. Los mismos dogmas que sirvieron para
someter a generaciones aún sobreviven, aunque ya no logren infundir el mismo
miedo. Pero el edificio no es eterno y hace años que se resquebraja poco a
poco: la fe ciega se desvanece ante la evidencia, y el rebaño, cansado de
pastores hipócritas, empieza a buscar su propia luz.
La Iglesia, como poder terrenal, ha sobrevivido no por su santidad, sino por
su astucia, su alianza con los poderosos y las dictaduras mas crueles. Supo
mutar, adaptarse, disfrazarse de humildad cuando la indignación popular
tocaba sus puertas. Pero los siglos de abuso y mentira no se borran con un
mea culpa. La fe, como experiencia personal, puede ser fuente de consuelo y
grandeza (la ilusión en algo ficticio consuela).
Pero la fe convertida en negocio, en instrumento de control, en
justificación del horror, es la más grande de las blasfemias. Y esa
blasfemia no la cometió el pueblo: la cometió la Iglesia. Desde el momento
en que la Iglesia se alió con el poder imperial, su misión espiritual se
entrelazó con la ambición política. Lo que nació como un movimiento de
humildes pescadores se convirtió en una estructura jerárquica que dictaba
leyes, coronaba reyes y justificaba conquistas. El Evangelio fue desplazado
por la estrategia, y el mensaje de amor dio paso al miedo como herramienta
de control. La amenaza del infierno sirvió durante siglos para someter a
pueblos enteros, mientras el “pecado” se convertía en moneda de cambio para
el perdón.
La Inquisición fue la expresión más brutal de ese
sistema. Miles de hombres y mujeres fueron torturados,
despojados de sus bienes y ejecutados en nombre de la
ortodoxia. La Iglesia no solo bendijo la violencia: la
administró, la legitimó y la convirtió en espectáculo de
fe.
Y destaca el lujo de los santos y la
miseria de los fieles
Mientras el pueblo rezaba en iglesias frías y vacías,
las altas jerarquías eclesiásticas se rodeaban de lujo.
Los palacios papales competían en fastuosidad con los de
los reyes. Hubo pontífices guerreros, papas libertinos y
cardenales banqueros. Los archivos históricos del
Vaticano y las crónicas de la época registran orgías,
nepotismo, asesinatos y fortunas amasadas mediante
indulgencias y diezmos. Mientras tanto, los fieles,
sometidos por la culpa y la ignorancia, ofrecían sus
últimas monedas para comprar un pedazo de cielo. La
Iglesia acumuló así un patrimonio incalculable,
sostenido sobre la pobreza de quienes creían que su
sufrimiento era la voluntad de Dios.
Pero algo
horrendo y siniestro vive el lo mas profundo, es
el crimen detrás de los muros sagrados
La
verdadera herida, la más profunda y reciente, es la de
la pederastia clerical. En cada continente, miles de
víctimas han denunciado abusos sexuales cometidos por
sacerdotes. Y en la mayoría de los casos, la institución
actuó no para proteger a los niños, sino a sus
agresores. Los documentos judiciales y las
investigaciones periodísticas revelan un patrón
repetido: traslado de curas abusadores, destrucción de
pruebas, chantajes a las familias y un silencio impuesto
por el miedo y la vergüenza.
Durante décadas, el Vaticano y las conferencias
episcopales priorizaron la “reputación de la Iglesia”
sobre la justicia. Ese encubrimiento sistemático no fue
un error, sino una política interna de autoprotección. Y
mientras las víctimas luchaban por ser escuchadas, los
responsables ascendían en la jerarquía eclesiástica. Y
para disimular su pompa y su decadencia se invento el
negocio de la salvación, mediante el pecunio de los
fieles y la donación de las grandes fortunas,
convirtiéndola en uno de los mayores propietarios de
bienes inmuebles del planeta, con inversiones en banca,
medios de comunicación y hasta en industrias
armamentísticas. Sus fundaciones y paraísos fiscales
esconden cifras millonarias, mientras continúa
predicando pobreza y sacrificio. La fe, convertida en
industria, es el mejor negocio jamás concebido: no paga
impuestos, no rinde cuentas y se alimenta del miedo y la
esperanza, con una crisis institucional que les priva no
solo de moral y autenticidad, sino de la mas mínima
credibilidad
Las nuevas generaciones, menos dispuestas a aceptar
dogmas y silencios, comienzan a mirar con escepticismo a una institución que
se presenta como moralmente superior, pero que durante siglos fue cómplice
del poder, de dictadores, de guerras y de abusos. El edificio aún se
mantiene en pie, sostenido por tradiciones y por la inercia cultural de
millones de creyentes fanáticos, ignorantes, cómodos, ciegos o interesados.
Pero su autoridad moral está en ruinas.
Porque no hay redención posible sin verdad, y no hay fe
legítima cuando se construye sobre el miedo, la mentira,
la tortura, el abuso y el sufrimiento ajeno.
Martes 11 de
Noviembre
La “máquina de voto cautivo” del
socialismo.
Desde la llegada a la Moncloa
en 2018 del ejecutivo socialista, el crecimiento de los subsidios y
empleados públicos(altos cargos, consjeros y asesores) ha aumentado en 1.
500.000. Este fenómeno, parece ser una jugada política cuidadosamente
orquestada, una “máquina de voto cautivo” que refuerza su base de apoyo a
través de los subsidios, las ayudas sociales y, por supuesto, el empleo en
el sector público. Es difícil no ver en este fenómeno una estrategia de
consolidación del poder político: más funcionarios y subsidiados significan
más dependientes del gobierno, y más dependientes del gobierno pueden
traducirse en más votos para el PSOE.
En la era del sanchismo, se
ha instaurado una cultura de “paguitas” que, aunque puedan ser necesarias en
situaciones puntuales, han creado una dependencia creciente entre ciertos
sectores de la población. En lugar de apostar por la autonomía económica, el
emprendimiento y la creación de empleo privado, el gobierno de Sánchez ha
preferido mantener a una parte significativa de la población en una
situación de dependencia económica. El argumento detrás de estas políticas
es, supuestamente, aliviar la pobreza. Sin embargo, el impacto real parece
ser el contrario: al mantener a grandes grupos de ciudadanos en una
situación de precariedad, el gobierno asegura que su base electoral siga
dependiendo de las políticas públicas y, por lo tanto, siga votando por
aquellos que las otorgan.
Esta estrategia, aunque
efectiva a corto plazo, erosiona la capacidad de los ciudadanos para salir
de la pobreza por sí mismos, creando una “trampa de pobreza” que beneficia
al mismo tiempo a quienes se encuentran en el poder. No podemos pasar por
alto otro aspecto que ha sido clave en la estrategia electoral de Sánchez:
la nacionalización masiva de inmigrantes.
Desde su llegada a la
presidencia, más de un millón de inmigrantes han obtenido la nacionalidad
española, lo que les otorga acceso a una serie de derechos, incluidos los
subsidios y ayudas sociales. Este movimiento, por supuesto, tiene un claro
componente político, ya que muchos de estos nuevos ciudadanos se convierten
en votantes potenciales del Partido Socialista. De nuevo, se configura un
sistema que premia la dependencia y la falta de autonomía económica, creando
una base electoral cautiva que, si bien puede tener razones legítimas para
votar, también está vinculada a una estructura de poder que depende de su
apoyo.
Este no es un camino hacia un
futuro próspero ni dinámico, sino el de un país que, lentamente, se
convierte en un Estado paternalista, donde la dependencia del gobierno es lo
que asegura el voto, pero también lo que perpetúa la pobreza y la falta de
oportunidades reales.
Si España no reacciona
pronto, nos encontraremos con un país de funcionarios y subsidiados, donde
el emprendimiento y la iniciativa privada ya no sean el motor de la
economía, sino un lastre que dañara el progreso de las clases medias y
la sostenibilidad de las pensiones.
Lunes 10 de Noviembre
La vergüenza de
una casta sin pudor
Cada día me resulta más insoportable ver la hipocresía,
el cinismo y la burla con la que algunos políticos
actúan, sean de una ideología u otra, de un partido o el
contrario. Es indignante comprobar cómo manipulan la
verdad a su antojo: lo que ayer era blanco, hoy lo
pintan de negro, y lo que era negro, mañana lo blanquean
sin rubor alguno. No hay coherencia ni principios, solo
interés. Un interés partidista, personal, egoísta,
disfrazado de promesas y buenas intenciones. Lo único
que parece moverles es conservar su sillón, su sueldo y
los privilegios que conlleva ese “carguito” que tanto
defienden.
Mientras la gente se esfuerza por llegar a fin de mes,
ellos siguen viviendo a costa del esfuerzo ajeno, colocando a los suyos,
beneficiando a amigos y familiares, y construyendo una red de favores donde
lo que menos cuenta es el mérito. Y lo hacen con una sonrisa, con discursos
llenos de palabras vacías que ya no engañan a nadie. Su demagogia es tan
repugnante que se les ve venir desde lejos: hablan de justicia mientras se
aprovechan de las leyes, hablan de pueblo mientras viven alejados de él,
hablan de transparencia mientras actúan entre sombras.
Lo más triste es que
han perdido toda empatía, toda credibilidad.
Su brújula moral no apunta al bien común, sino al beneficio propio, al
ascenso dentro del partido o a mantener la poltrona que tan cómodamente
ocupan. Su forma de actuar revela un interés constante por asegurarse
privilegios, por colocar a los suyos y por perpetuar una estructura de poder
basada en el enchufe y la conveniencia, mientras se llenan la boca con
palabras como "democracia, servicio público o compromiso social".
Siempre con un discurso impostado, una sonrisa
ensayada y unas promesas que una vez consolidado el
cargo, se desvanecen en el aire. Y en ese proceso,
la confianza de los ciudadanos en las instituciones
públicas y sus representantes se erosiona día a día,
dejando tras de si un paisaje político cada día mas
desprestigiado, menos creíble pero mas sombrío y
esperpéntico. Ya no representan a la gente, se
representan a sí mismos. Se han convertido en una
casta cerrada, insensible, que se protege a costa de
los demás.
Y lo peor es que muchos lo aceptan como si fuera lo
normal, como si no hubiera otra forma de hacer política.
Domingo 9 de Noviembre
Gobernar sin gobernar: la gran
estafa política
Hay una
pregunta que cada vez se escucha con más fuerza en las calles, en los cafés,
en las redes y en cualquier sobremesa donde el hartazgo ha sustituido al
interés:
¿qué sentido
tiene seguir en el poder cuando no se gobierna?
La ciudadanía
observa cómo las sesiones parlamentarias se estancan, cómo las promesas se
desvanecen y cómo las prioridades se reducen a conservar el sillón antes que
a mejorar vidas. Nadie votó para esto. Nadie pidió un país atrapado en el
cálculo político permanente, en la estrategia del día siguiente, en el
postureo que sustituye a la gestión.
Hay algo profundamente obsceno en la
situación política actual:
un presidente dispuesto a aferrarse al
poder aunque el país se hunda en la
parálisis. Cuando el Ejecutivo
mantiene un Gobierno que no gobierna,
que no legisla, que no avanza… pero que
se aferra a La Moncloa como si fuera su
propiedad privada, esta
desvirtuando la Democracia y
convirtiéndola en una Autocracia, cuando
no en una Dictadura. Su objetivo ya no
es transformar España ni servir a los
ciudadanos. Su único fin es
seguir sentado en la poltrona.
Y para ello cuenta con unos socios que
han decidido convertirse en
cómplices de una degradación democrática.
No apoyan un proyecto, no impulsan
reformas,
solo sostienen un poder vacío a
cambio de sus sillones, sus cuotas, sus
favores y sus privilegios.
Cada votación es un
chantaje; cada nombramiento, una moneda de cambio; cada institución tomada,
una conquista partidista más. Porque aquí está el verdadero drama:
se está utilizando al Estado como botín:
Puestos creados a medida,
enchufes a dedo sin pudor alguno,
ascensos y nombramientos
como pago por lealtades, bloqueo
constante del Parlamento cuando no les interesa. ¿Y el país?
Esperando, atascado y pagando la fiesta de la casta política. La ciudadanía
soporta una mezcla de indignación,
cansancio y repugnancia al ver cómo quienes deberían garantizar el
bienestar colectivo, están únicamente concentrados en
garantizarse a sí mismos.
La política se ha
convertido en una tragicomedia donde el guión es siempre el mismo:
primero el sillón, después el
sillón, y si queda tiempo… el sillón. El Jefe del Gobierno y
sus socios no pueden sacar
adelante las leyes que España necesita, no pueden dialogar sin
imponer, no pueden pactar sin mercadear. Siguen, simplemente, para que nada
cambie en su estatus personal. ¿Para qué sirve un gobierno que no gobierna?
¿Para qué sirve una mayoría que solo suma para bloquear? ¿Para qué sirve
conservar el poder… si se renuncia a ejercerlo por el bien de la nación?
Esta situación es una burla a la democracia, a los españoles y a España.
Una decepción
monumental para quienes aún creían en la política. Una
vergüenza histórica que
pasará factura. Porque cuando los
gobernantes dejan de servir al pueblo y pasan a servirse de él, lo
que se degrada no es solo el poder,
se degrada el país entero ...
Los socios que
sostienen este equilibrio artificial no son meros espectadores. Son
cómplices de un estado
de parálisis que solo beneficia a quienes ostentan el poder y
perjudica al conjunto de los
ciudadanos. Su motivación tampoco escapa al escrutinio: sus
poltronas, sus despachos, sus cuotas, sus privilegios. En definitiva: su
interés particular.
La política
española parece haber perdido el horizonte. Y cuando el mandato público ya
no se traduce en mejoras, cuando la gestión se reduce al mantenimiento del
estatus, el poder deja de
servir a la ciudadanía y pasa a servirse de ella.
Mientras tanto,
semana tras semana, asistimos al mismo espectáculo:
Instituciones colonizadas,
convertidas en moneda de cambio.
Cargos repartidos no para servir, sino para asegurar
fidelidades. Nombramientos y
ascensos más ligados al carnet o la conveniencia que al mérito.
Legislación bloqueada,
frenando reformas que sí importan a la gente común.
Y en ese inmovilismo, la indignación
crece. Porque la dignidad democrática
también se resiente cuando los
representantes parecen olvidar que están ahí
para trabajar por el país, no
para garantizarse futuro y favores.
¿Qué nos queda
entonces? La indignación, y también la voz.
Porque la democracia no puede resignarse a ser un teatro de sillones. Porque
seguir en el poder sin
gobernar es una burla. Porque los ciudadanos
merecemos algo mejor.
Sábado 8 de Noviembre
España: un país de esfuerzo
secuestrado por una élite del privilegio
La pobreza
no aumenta porque su gente sea vaga, incapaz o poco ambiciosa. Todo lo
contrario: este país está levantado, día tras día, por millones de
trabajadores que encadenan contratos precarios, madrugan para coger trenes
abarrotados, pagan impuestos desorbitados y aún así llegan a final de mes
contando céntimos. España se desangra porque quienes tienen en sus manos la
capacidad de mejorarla han decidido convertir el Estado en su cajero
automático personal.
Es una
obscenidad democrática que mientras el salario medio no llega a los 1.500
euros, cargos públicos de distinto nivel se llenan los bolsillos con
retribuciones alejadas de toda realidad social. Diputados que pueden
alcanzar los 20.000 euros al mes, alcaldes que superan los 120.000 euros
anuales y eurodiputados que rozan cifras de escándalo, más de 200.000 euros
al año. Todo ello acompañado de dietas, privilegios y una red de prebendas
que harían sonrojar al mejor pagado de los ejecutivos privados.
¿Y el
ciudadano? El ciudadano paga. Paga impuestos, paga alquiler, paga luz, gas,
gasolina, comida… Paga la incompetencia de quienes gobiernan y el lujo de
quienes legislan. Paga para sostener un sistema que le da cada vez menos a
cambio de más.
Nos
hablan de ejemplaridad, pero viven en otro planeta: coches oficiales,
asesores a dedo, viajes, pensiones privilegiadas… Nos piden austeridad
mientras ellos se sirven del poder como si fuera un patrimonio hereditario.
Y lo peor: se miran al espejo cada mañana convencidos de que se lo merecen.
España
se ha convertido en un país donde las brechas sociales no son solo cifras:
son muros. Por un lado, una élite política que derrocha y se protege
mutuamente. Por el otro, una mayoría que sobrevive. Un país donde el
ascensor social está averiado, pero el ascensor institucional sube y baja a
toda velocidad para los de siempre.
La
pobreza ya no es un daño colateral: es un escenario permitido y
administrado. Mientras unos acumulan privilegios, otros sostienen el país
con jornadas interminables y sueldos que no garantizan una vida digna. Y aun
así, se nos pide confiar, tragar y seguir votando con resignación.
No es
radical decirlo: es cívico. La democracia no se mide solo en urnas, sino en
justicia, en equidad, en dignidad. Y cuando el sistema premia el abuso y
castiga el esfuerzo, ya no hablamos de democracia: hablamos de un estado
capturado.
Porque
la pregunta ya no es por qué estamos así. La verdadera pregunta es hasta
cuándo vamos a tolerarlo.
Viernes 7 de Noviembre
El gran chollo de la política en
España: como vivir del ciudadano sin despeinarse
En España, hemos convertido la política en un
refugio de oro para quienes buscan un modo de vida
cómodo, blindado y a menudo totalmente desconectado
del servicio público. Mientras la ciudadanía se
parte el lomo para pagar impuestos, hipotecas y
llenar la nevera en un país con salarios mediocres y
precios disparados, existe una élite política a la
que se le sigue engordando el bolsillo… y la cara
dura. En este país tenemos miles y miles de cargos
públicos, entre representantes electos y asesores
de procedencia mágicamente misteriosa,
que cobran puntualmente su salario (muchas veces
obsceno) sin que nadie les exija resultados,
objetivos, ni mucho menos eficiencia.
Estamos hablando de diputados, consejeros, alcaldes,
eurodiputados y una lista interminable de personas que hacen del erario
público su modo de vida. La política en España se ha transformado en una
carrera profesional extraordinaria… para quienes logran sentarse en la
silla. Sueldos que superan varias veces el salario medio de los mejor
situados del país, dietas pagadas, coches oficiales, jubilaciones
privilegiadas, indemnizaciones por “cese del cargo”… y cero riesgo laboral.
Un trabajo donde, aunque lo hagas mal, sigues cobrando.
Y aunque lo hagas desastrosamente, también. Y así
nos va. Cada año vemos cómo las instituciones se convierten en agencias de
colocación para el partido de turno. Ser político aquí rara vez es un acto
de vocación; es un negocio. Un privilegio hereditario del que nadie quiere
bajarse porque, cuando el dinero no es tuyo, gastar es facilísimo. Cuando el
precio del derroche lo paga el ciudadano, el dispendio se vuelve deporte.
Mientras tanto, millones de trabajadores necesitan
tres
décadas y media
para ganarse una pensión que, con suerte, les llegará para sobrevivir. Pero
los que mandan, los que aprueban esas mismas pensiones insuficientes, no
tendrán jamás ese problema. Ellos ya se encargaron de legislar a su favor.
¿Democracia? ¿Estado social? A veces cuesta mucho verlos entre tanta
desfachatez. Da la sensación de que lo que tenemos es una casta política que
vive en un país distinto al nuestro, donde la vida es fácil porque la
pagamos todos los demás.
Y aún tienen el valor de hablarnos de sacrificios y
esfuerzos comunes. La realidad es tozuda:
la política en España se ha
convertido en el chollo laboral más grande jamás diseñado en este país,
y si no se corta de raíz el abuso, la desconexión y la falta de controles,
seguiremos financiando, voto tras voto, el lujo y la impunidad de quienes
deberían estar al servicio del ciudadano y no al revés.
Porque la democracia no se destruye con golpes de
Estado, sino con privilegios blindados, con la resignación del pueblo… y con
la desvergüenza de los que viven como sátrapas a costa de todos nosotros.
Hay que cambiar el chip o el sistema se enquistará para pudrirse cada día
mas.
Jueves 6 de Noviembre
La resistencia numantina de Sánchez
mientras España continúa en el limbo
España vive, de nuevo, en un territorio conocido:
una Moncloa ocupada, pero un poder ejecutivo
prácticamente inmovilizado. Pedro Sánchez permanece
al frente del Gobierno pese a que sus apoyos
parlamentarios se deshilachan. Junts ha retirado la
confianza y advierte que no respaldará ninguna ley
que salga del Consejo de Ministros. Entonces, ¿por
qué resistir cuando el margen para gobernar y
legislar parece agotado? La respuesta puede ser tan
política como personal.
Desde la óptica del poder, la
capacidad de decidir la fecha de unas elecciones es una herramienta
decisiva. Mantenerse en Moncloa permite ganar tiempo, buscar nuevos
equilibrios parlamentarios e intentar revertir una situación adversa. Desde
la óptica judicial, el futuro inmediato tampoco es prometedor:
investigaciones que rodean al entorno del presidente suponen un desgaste
evidente de cara a unas elecciones anticipadas. Dimitir o convocar comicios
ahora implicaría acudir a las urnas con un lastre político y mediático aún
sin resolver.
Pero el país no espera. Ni
puede permitirse hacerlo. Una legislatura paralizada es una legislatura
perdida: no se actualizan leyes, no se implementan reformas urgentes, y la
Administración se convierte en un barco sin rumbo. Todo esto sucede, además,
en un contexto europeo que no admite inacción. Bruselas observa con lupa el
cumplimiento de las exigencias que permiten desbloquear fondos cruciales
para la recuperación y modernización económica. Si España no legisla, si no
ejecuta, esos recursos pueden congelarse o retrasarse. Y los ciudadanos ya
están pagando un precio demasiado alto. Mientras tanto, la política se ha
convertido en una guerra de posiciones.
Los partidos no discuten
sobre los problemas que afectan al ciudadano (la presión fiscal creciente,
la pérdida de poder adquisitivo, la falta de vivienda, la crisis
institucional), sino sobre quién paga el coste de la parálisis. Y en ese
juego, todos pierden… menos quien mantiene la silla.
España necesita un cambio
profundo en el modo de gobernar: menos políticos obsesionados por su
continuidad y más técnicos capaces de gestionar con rigor. El país requiere
reformas que mejoren la vida de la gente, no más peleas para retener el
control de los aparatos del Estado. La política debería ser un servicio, no
una supervivencia. Sánchez puede aguantar semanas, meses quizá. Pero
aguantar no es gobernar. Resistir no es liderar.
Y España (que arrastra retos
enormes) deuda, déficit, inflación, no puede seguir atrapada en un
limbo político por la única razón de que quien tiene el poder se resiste a
soltarlo. Porque cuando un Gobierno deja de servir a la ciudadanía, la silla
de Moncloa deja de ser un puesto institucional para convertirse en un
símbolo de decadencia e instrumentalización partidista y personal.
Y eso señores ni es
política, ni es Democracia, ni es progreso.
Miércoles 5 de Noviembre
Junts y la política del chantaje:
U n
juego que que se transforma en sainete, y
cuya representación teatral ya aburre
Junts
sigue con el chantaje infinito: política de amagos y
desengaños. Y
una vez más, se planta ante el Gobierno
como si fuera parte de un ritual político ya
tedioso,
con la misma cantinela de siempre:
“No aprobaremos ningún real decreto ni los
presupuestos hasta que Sánchez nos dé lo que
pedimos”.
ó "La legislatura queda bloqueada solo hasta que nos
den lo nuestro".
Un mantra repetido hasta la
saciedad, que ya no sorprende a nadie… salvo quizá a
quienes creen que esta estrategia aún tiene algo de
novedosa o útil para los planes de Puigdemon.
Porque no
hablamos de una negociación legítima para mejorar la
financiación de Cataluña o impulsar infraestructuras
clave. No. Estamos ante una táctica repetida:
primero la amenaza, luego la tensión… y finalmente
el acuerdo cuando ya han conseguido lo suyo.
En el tablero político español, Junts ha encontrado
en el chantaje su herramienta preferida. A falta de
capacidad para liderar propuestas constructivas,
convierte su fuerza parlamentaria en un permanente
ultimátum. No se trata de mejorar la vida de los
catalanes ni de avanzar en soluciones reales: se
trata de arrancar concesiones, presionar al máximo
y, una vez conseguido el botín político, volver a
convertirse en socio indispensable del Gobierno.
Hasta la siguiente amenaza.
El problema es que esta dinámica ya no engaña a
nadie. Su electorado (ese mismo al que
prometieron independencia, prosperidad y liderazgo)
contempla ahora un partido que se ha encallado en la
negociación perpetua. Un partido que no avanza hacia
la Cataluña que dice defender, sino que parece
haberse instalado cómodamente en un “toma y daca”
sin horizonte ni ambición más allá del regate corto
en Madrid. ¿Y los ciudadanos? Convertidos en meros
accesorios de esta estrategia: utilizados como
excusa, ignorados en sus necesidades reales. Junts
actúa como si los españoles, catalanes incluidos,
fuéramos simples espectadores ingenuos incapaces de
ver lo evidente: tras cada amenaza de ruptura, tras
cada gesto teatral de rebeldía, llega el acuerdo en
despachos cerrados y la vuelta al pacto de
conveniencia. Porque mientras Sánchez sea la vaca
que se puede seguir ordeñando, no habrá ruptura
real.
Mucho ruido, muchos titulares… y al final, lo mismo
de siempre. El resultado es una política convertida
en espectáculo y una representación que ya roza el
ridículo. Una puesta en escena que pretende exhibir
fuerza pero que solo transmite desgaste, frustración
y un profundo desinterés por los ciudadanos a los
que se dice servir. Junts puede seguir intentando
vender su papel de paladín indomable frente al
Gobierno central. Pero cada vez son más quienes
perciben la verdad: no hay épica, no hay proyecto,
no hay valentía. Hay simplemente una estrategia
agotada basada en la presión constante y el chantaje
infinito.
Y al final, la pregunta se impone sola:
¿Cuánto
tiempo más va a aguantar su electorado esta comedia?
Porque la política de chantaje es un juego que hasta
ahora solo ha perjudicado a todos: españoles y
catalanes.
Y, mientras tanto, los problemas de fondo siguen
ahí: sanidad saturada, vivienda inasequible,
educación tensionada, jóvenes que se marchan, con
una deuda pública que en proporción duplica a la del
resto de España.
Martes 4 de Noviembre
Sobre la consulta
pública respecto a la futura regulación de limpieza de solares al objeto de
prevenir incendios
La amenaza de los incendios ya no es un
riesgo estacional ni lejano. Es una realidad
que golpea con fuerza a municipios de toda
España, especialmente a aquellos situados en
entornos forestales. En este contexto, la
reciente consulta pública abierta por el
Ayuntamiento para regular la limpieza de
solares y huertos urbanos constituye un paso
necesario y esperado por gran parte de la
ciudadanía.
Quiero reconocer en primer lugar la iniciativa
del Ayuntamiento por considerar de urgencia y de
absoluta necesidad la opción de regular una
normativa al objeto de adoptar medidas firmes y
eficaces en materia de prevención de incendios en
nuestro municipio. Y con tal motivo aportar mi
granito de arena. La iniciativa municipal para
regular la limpieza de solares y huertos es
positiva, pero resulta innegable que llega con
retraso.
La ciudadanía viene
reclamando esta actuación desde hace años, mucho antes de que los
devastadores incendios que afectaron al noroeste de España evidenciaran la
gravedad de la situación. No actuar con diligencia en un territorio
especialmente vulnerable es, a estas alturas, sería una dejadez que ya no
admite más demoras.
Existen en el casco
urbano numerosos solares privados llenos de maleza y sin mantenimiento,
muchos de ellos colindantes con viviendas habitadas y otras vacias de
personas que residen en la ciudad. Estos solares constituyen un foco de
riesgo extremo: vegetación seca, acumulación de residuos y una cercanía
peligrosa a los hogares de los vecinos. La experiencia reciente demuestra
que un incendio puede iniciarse y propagarse en cuestión de minutos,
poniendo en peligro vidas humanas y bienes materiales. Igualmente
preocupante es el cinturón de matorral y hierba seca que rodea el pueblo en
la zona de los pinares. Este perímetro (como anillo inflamable) es una
amenaza constante y latente.
Si el fuego
penetrara desde el monte hacia las primeras viviendas, la capacidad de
reacción sería mínima sin medidas preventivas adecuadas. Por todo ello,
desde mi punto de vista considero imprescindible y urgente que la normativa
que se apruebe incluya, como mínimo, las siguientes actuaciones con carácter
punitivo en caso de negativa:
1.-
Obligatoriedad de limpieza de solares urbanos con seguimiento y
régimen sancionador efectivo para los incumplimientos.
2.- Desbroce preventivo perimetral
en torno al casco urbano con una distancia mínima de seguridad de
100 metros desde las
primeras casas.
3.-
Instalación de bocas de riego o hidrantes en las zonas de mayor
riesgo, para facilitar una rápida intervención en caso de emergencia.
4.-
Plan anual de inspección y mantenimiento, no solo acciones
puntuales motivadas por el verano o la alarma social.
5.-
Colaboración efectiva con propietarios, pero con intervención
subsidiaria municipal cuando estos no actúen.
Y por último, la
prevención no puede reducirse a declaraciones de intención; debe traducirse
en medidas reales y continuadas en el tiempo. No se trata únicamente de
proteger el espacio urbano, sino de defender la vida, la seguridad y el
patrimonio natural y cultural de Arrabalde.
La verdadera
pregunta es simple:
¿Queremos esperar a que el fuego decida por nosotros? ¿O
vamos a anticiparnos para proteger nuestra vida, nuestra seguridad y nuestro
patrimonio natural y cultural? El momento de actuar es ahora. Lo contrario
sería asumir un riesgo que nuestro municipio ya no puede permitirse.
Miércoles 29 de Octubre
Crecer hacia arriba sin mirar abajo
Los titulares celebran cifras históricas de empleo. La
economía avanza, el PIB crece, la inversión se dispara. Sin embargo, tras
esos números que llenan ruedas de prensa y campañas políticas, hay una
realidad incómoda: la pobreza crónica sigue aumentando. Un país que crece
verticalmente, pero que no reparte los frutos de ese crecimiento, no puede
llamarse ni solidario ni equitativo. Porque de poco sirve presumir de
récords económicos si millones de personas siguen atrapadas en el mismo
círculo (un círculo que da vueltas, pero nunca avanza) y siempre se cierra
con los mismos, los mas pobres.
Hoy, tener
un trabajo ya no garantiza una vida digna. Quienes reciben un salario cada
mes no logran cubrir lo básico: pagar un alquiler imposible, llenar una
cesta de la compra que parece encarecerse sola, afrontar gastos tan
cotidianos como la luz o el transporte. ¿Cómo se puede hablar de
“recuperación” cuando la mitad de las familias tienen que elegir entre comer
o calentar la casa? Tampoco la jubilación es un refugio. Las pensiones,
lejos de proteger esa etapa de descanso merecido, se convierten en una
carrera de fondo contra la inflación. Muchos mayores, tras una vida de
esfuerzo, descubren que han quedado fuera del mismo bienestar que ayudaron a
construir.
Y si la
pobreza golpea, lo hace con especial crueldad a quienes menos pueden
defenderse: los jóvenes y la infancia. Un paro juvenil que sigue siendo
escandaloso y una pobreza infantil que debería avergonzarnos como sociedad.
¿Qué futuro puede aspirar a tener un país que abandona a quienes deben
garantizar justamente ese futuro? El progreso no puede medirse solo en
gráficos que suben.
El
desarrollo real se mide en dignidad, en igualdad de oportunidades, en la
tranquilidad de saber que llegar a fin de mes no es una proeza. Se mide en
reducir la brecha, no en maquillarla. No se trata de negar los avances
económicos. Se trata de exigir que se traduzcan en vidas mejores para todos.
Porque un país que crece sin mirar abajo corre el riesgo de que su base se
quiebre, de que la desigualdad termine por erosionar la convivencia y la
confianza en el propio sistema.
Crecer
está bien. Crecer repartiendo es imprescindible.
Martes 28 de Octubre
El sainete de Puigdemont y
Junts que solo causa la risa y genera el descrédito total
El relato épico de
resistencia que Junts intenta mantener ya no se corresponde con sus
acciones. Su política se ha convertido en un ejercicio táctico sin
horizonte, basado en gestos y advertencias que han perdido eficacia. La
erosión de credibilidad no viene de ataques externos; es producto de sus
propias decisiones. Junts per Catalunya, con Carles Puigdemont al frente,
lleva demasiado tiempo instalado en una dinámica política basada en amenazas
que nunca se cumplen. Anuncian rupturas con el Gobierno del PSOE, lanzan
ultimátum y exhiben un supuesto tono de firmeza frente a Pedro Sánchez, pero
cada gesto teatral acaba diluido en nuevas negociaciones para obtener más
concesiones. Pero evitan pedir elecciones o defender una moción de
censura. Sus aspiraciones están claras y ya no engañan a nadie, solo
provocan risa y desprecio, sobre todo del gobierno de Sánchez.
Negociar es legítimo, pero
disfrazarlo de épica y resistencia es una incoherencia que ha erosionado su
credibilidad. Cuando un actor político repite advertencias sin asumir
consecuencias, la amenaza pierde efecto y deja de intimidar. Hoy, buena
parte de la ciudadanía percibe que Junts no defiende un proyecto claro ni un
rumbo definido para Cataluña, sino un mercadeo constante para arrancar
beneficios políticos. Ese desgaste abre espacio a nuevas fuerzas que atraen
al votante desencantado, precisamente porque ya no creen en los discursos de
firmeza sin hechos. Puigdemont debe decidir si está dispuesto a asumir
costes reales para sostener lo que proclama o si seguirá atrapado en una
estrategia que ya no convence ni moviliza.
En política, cuando la
palabra pierde valor, lo siguiente que se pierde es apoyo social y votos,
porque ese ejercicio de hipocresía de Puigdemon ya no intimida a nadie y
sobre todo ya no ilusiona a nadie. Junts asumió el coste politico de jugar
con un sainete y ha perdido. RIP
Sábado 25 de Octubre
Idiosincrasia rural
El daño de las
habladurías y chismes en las tertulias de los pueblos
Las habladurías en un pueblo suelen ser parte de la vida cotidiana y pueden
reflejar la cultura y las dinámicas sociales de la comunidad. A menudo,
estas charlas informales pueden girar en torno a eventos recientes, rumores
sobre personas, o incluso anécdotas del pasado, y aunque a veces
pueden ser inofensivas, las habladurías también pueden tener un impacto
negativo, como malentendidos o conflictos entre vecinos. Porque una
cosa es compartir historias y experiencias y otra muy distinta reunirse para
criticar a los demás de forma maliciosa y dañina.
No es malo compartir noticias o hechos de forma honesta y auténtica, al
contrario pueden ayudar a sentir a las personas mas conectadas entre si,
creando un sentido de pertenencia grupo y o camaradería. Son muy negativas
las habladurías cuando estas dan lugar a rumores infundados y malentendidos,
cuando se distorsiona la información o se saca de contexto, reflejando
situaciones o comportamientos falsos, dando lugar a tensiones y conflictos
con las personas de las que se habla, sobre todo cuando afectan a la
reputación de las mismas, a las que muchas veces se las estigmatiza, aísla y
margina.
Una de las
cosas que yo pienso hacer es crear un ambiente donde las personas se sientan
cómodas hablando directamente entre si para evitar los malentendidos y
propagación de rumores, provocados muchas veces, por el rencor, la inquina y
la envidia.
Sobre todo
alertar de sobre como los chismes pueden afectar a las personas y a la
comunidad, concienciando a todos para fomentar un comportamiento respetuoso,
mediante la empatía, la sinceridad y la comprensión.
Recordar a las personas que detrás de cada rumor hay una historia y que
todos merecen ser tratados con respeto, al objeto de disminuir la
tendencia a hablar mal de los demás. Quien no recuerda aquellas habladurías
que en tiempos pasados dañaron gravemente la imagen de alguna persona de
forma maliciosa y tendenciosa, hasta el punto de tener que irse del
pueblo por no soportar la situación triste y lamentable creada por los
chismes y habladurías. Hay que evitar situaciones tan deprimentes y
deplorables
Para ello debes
dar ejemplo, evitando participar en chismes, cuentos y habladurías que
puedan dañar la imagen de los demás, inspirando a otros a hacer lo mismo. No
olvides que la actitud positiva y el respeto son aspectos que se contagian.
Los espacios de
diálogo siempre son positivos y para ello lo mejor es organizar reuniones
comunitarias donde se puedan discutir abiertamente los problemas y
preocupaciones, para ayudar a construir un ambiente de confianza y reducir
la necesidad de hablar a espaldas de otros.
En definitiva,
en un pueblo pequeño donde todo se sabe hay que construir un espacio de
empatía y respeto y para ello es prioritario evitar las habladurías que solo
conducen a malentendidos que terminan en puras invenciones, cuando no en
calumnias o injurias
Viernes 24 de Octubre
El esperpento de la modernidad
Una
sociedad perdida bajo el barniz de la belleza y la tecnología
Vivimos tiempos extraños, tiempos donde la
estupidez (antes patrimonio de unos pocos)
parece haberse democratizado. La sociedad
española, antaño combativa, lúcida y con
hambre de justicia, se ha entregado a una
suerte de anestesia colectiva donde todo
vale, todo se justifica y nada importa
realmente. Confundimos la libertad con el
libertinaje, el derecho con el capricho, la
dignidad con la indiferencia, la riqueza con
la caballerosidad, el poder con la decencia
y la ficción de la religión, como consuelo y
evasión.
Celebramos lo superficial mientras
despreciamos lo profundo. Aplaudimos a
gritos el gol de un equipo millonario, pero
callamos ante la injusticia cotidiana que
nos roba el pan, el trabajo, la vivienda y
la esperanza. Hemos llegado a creer que la
vida es un escaparate, y que el brillo basta
para ocultar la miseria y decadencia que se
extiende por dentro. Nos han vendido la idea
de que la trasgresión sin sentido es
progreso, que la vulgaridad es autenticidad,
que la sumisión es serenidad mental y que la
aberración sexual se transforma en un
derecho si electoralmente es rentable.
Mientras tanto, el pensamiento crítico se ha
convertido en una especie en extinción. Ya
no se cuestiona, se repite. Ya no se razona,
se consume. Ya no se actúa, se reacciona.
Los políticos (esos demiurgos de la
demagogia) nos prometen cada cuatro años la
redención, cuando lo único que redimen es su
propio futuro económico. Los templos de lo
religioso se llenan de fieles que buscan
salvación en la esperanza que da una
ficción, mientras la justicia terrenal se
vacía de sentido. Y en medio de este circo,
seguimos creyendo, esperando, resignándonos,
como si la esperanza bastara para cambiar la
realidad. España se ha convertido en un
esperpento social, político y económico.
Un país donde el artificio se confunde con
la verdad, donde la fachada cuenta más que
el cimiento, y donde la belleza aparente
oculta una descomposición moral cada vez más
visible. No es una cuestión de ideologías,
sino de sentido común. Nos estamos
acostumbrando a la mentira, al ruido, al
despropósito. Quizá aún estemos a tiempo de
despertar. Pero para hacerlo, habría que
comenzar por recuperar algo tan simple y tan
revolucionario como el pensamiento crítico,
coherente, juicioso. Pensar, dudar,
disentir. Recuperar la capacidad de
indignarse sin miedo al ridículo. Exigir
coherencia. Llamar a las cosas por su
nombre, aunque duela.
Porque mientras sigamos gritando gol, mas
fuerte que pedir pan y trabajo, aplaudiendo
mentiras y despreciando verdades, seguiremos
siendo cómplices del esperpento que nos
devora y que nos conducirá a una sociedad
esperpéntica, frutada, deprimida, degradada
y decadente. Es una opinión de M. Fernández
"Anatomía de un País".
Jueves 23 de Octubre
El sainete político
Junts, el partido del chantaje perpetuo
Una vez más, Junts convierte
la política en un espectáculo de amenazas, amagos y retrocesos. Su discurso
suena a disco rayado: que si rompen con Sánchez, que si se levantan de la
mesa, que si no tolerarán más humillaciones. Pero al final, nunca pasa nada.
Lo suyo no es la ruptura, sino el chantaje calculado. Junts vive de tensar
la cuerda lo justo para sacar tajada, pero sin llegar a romperla. La
estrategia es tan vieja como transparente. Cada vez que el Gobierno de Pedro
Sánchez depende de sus votos, Junts finge indignación, amenaza con el
portazo y, mientras tanto, negocia. No negocia por Cataluña ni por los
catalanes, sino por sí misma: por cuotas de poder, por visibilidad
mediática, por mantener la ficción de que todavía es un actor decisivo.
El problema es que el público
ya se sabe el guión. Las falsas rupturas ya no asustan a nadie. Ni en Madrid
tiemblan, ni en Cataluña se lo creen. Lo que antes era un pulso político
ahora parece una comedia sin gracia. El “rompo pero no rompo” se ha
convertido en una marca registrada de Junts, una táctica que solo alimenta
el hartazgo y la desconfianza ciudadana. Mientras el partido juega a hacerse
el duro, la gente sigue esperando respuestas reales a sus problemas: listas
de espera sanitarias, falta de vivienda, precariedad laboral, desinversión
en infraestructuras.
Pero Junts prefiere seguir
representando su sainete victimista, el del agravio perpetuo, el del enemigo
en Madrid y la pureza patriótica en casa. Es una política hueca, diseñada
para mantener viva la llama del conflicto, aunque la mayoría de catalanes
hace tiempo que piden pasar página. Y lo más grave es que Junts no parece
entender que su credibilidad se desangra. Cada vez que amenaza con romper y
no lo hace, pierde un poco más de autoridad moral.
Cada vez que finge escándalo
y luego pacta en silencio, se le cae la máscara. Es un partido atrapado en
su propia trampa: incapaz de romper, pero también incapaz de construir. El
chantaje constante puede dar réditos a corto plazo, pero a la larga destruye
cualquier proyecto político serio. Junts ha pasado de ser un partido con
poder de influencia a ser un partido de pataleta, reducido a su papel de
socio incómodo. Y eso lo saben incluso muchos de sus votantes, que ya no
compran la épica del desafío ni las lágrimas del victimismo.
El sainete de Junts tiene
los días contados. Cada amenaza que no cumple, cada ruptura que no llega,
cada discurso hueco que repite, lo acerca más al descrédito definitivo.
Cataluña no necesita más teatro. Necesita política de verdad.
Miércoles 22 de Octubre
El futuro de la humanidad
El siglo de la ceguera
Hay algo inquietante en la manera en que la
humanidad avanza: con la ilusión del
progreso, pero con los ojos cada vez más
cerrados. Vivimos rodeados de tecnología,
datos y conectividad, y sin embargo,
entendemos menos el mundo que habitamos. El
futuro ya no se parece a una promesa, sino a
una advertencia. La
demografía habla claro: las
sociedades envejecen, los jóvenes escasean,
y los sistemas de bienestar que sostenían la
vida moderna comienzan a resquebrajarse.
Europa, Japón y América del Norte envejecen
en silencio, mientras África y partes de
Asia crecen sin encontrar espacio en la
economía global. Es un desequilibrio que
augura tensiones migratorias, crisis
laborales y conflictos políticos. Sin
embargo, la política sigue discutiendo el
pasado, incapaz de mirar de frente lo que
viene.
Y en ese vacío,
la
extrema derecha encuentra terreno
fértil. Promete orden en medio del caos,
identidad frente a la incertidumbre, y
enemigos fáciles para culpar de todo: los
inmigrantes, las minorías, los pobres, la
globalización. Su avance no es casualidad;
es el reflejo de una ciudadanía frustrada
que ya no confía en las instituciones ni en
las promesas vacías de los gobiernos
tradicionales. Cuando el miedo manda, la
razón retrocede.
A la vez, asistimos al ascenso de una nueva
élite invisible:
la
inteligencia artificial y quienes la
controlan. Lo que empezó como
herramienta se está convirtiendo en árbitro.
Decide qué vemos, qué pensamos y hasta qué
creemos. Los algoritmos no votan, pero
moldean elecciones; no legislan, pero
redactan leyes; no sienten, pero definen qué
vale la pena sentir. La amenaza no está en
que la IA despierte, sino en que nosotros
sigamos dormidos.
Mientras tanto,
la
globalización (ese proyecto que
prometía unir al mundo) ha terminado por
atraparlo. La economía, la información y
hasta la cultura responden a los intereses
de unas pocas corporaciones transnacionales
que conocen más de nosotros que nuestros
propios gobiernos. Lo llaman
“interconexión”, pero huele a control. Lo
llaman “eficiencia”, pero suena a
sometimiento. El siglo XXI se perfila como
el
siglo de la ceguera: envejecemos
sin relevo, votamos sin fe, producimos sin
propósito y consumimos sin conciencia.
La política se ha vuelto gestión de daños,
la tecnología un nuevo poder sin rostro y la
ciudadanía, un público distraído que
confunde libertad con entretenimiento. Sin
embargo, todavía hay margen para reaccionar.
No se trata de renegar del progreso, sino de
reclamarlo. La inteligencia artificial puede
servir al bien común si la controlan
ciudadanos, no corporaciones. La
globalización puede ser justa si se
subordina a la dignidad humana. Pero nada de
eso ocurrirá si seguimos mirando para otro
lado.
El futuro no nos está siendo robado: lo
estamos entregando, poco a poco, entre
clics, votos resignados y silencios
cómplices. Quizá sea hora de abrir los ojos,
antes de que el “avance” nos deje
definitivamente atrás. Vs. M.Fndez.
El futuro de la humanidad II
¿Como
será la vida dentro de 50 años?
El futuro no es una línea recta.
Cada generación siente que vive
un punto de inflexión, pero
pocas han tenido tantas
variables críticas en juego al
mismo tiempo como la nuestra. La
humanidad avanza hacia un siglo
donde el envejecimiento
poblacional, la crisis
climática, la inteligencia
artificial (IA) y la fragilidad
política global se entrelazan.
Lo que hoy decidamos (en
políticas, consumo, cooperación
y ética tecnológica) definirá si
vivimos una era de prosperidad
compartida o de desigualdad
irreversible. Y es que vivimos
en un planeta de contrastes
donde la "demografía" va a
marcar nuestro futuro. El
planeta no se está “vaciando”,
sino llenando con una
transformación regresiva con un
envejecimiento constante en las
pirámides de población.
Según la ONU, la población
mundial alcanzará su pico hacia
finales de siglo con unos 10.200
millones de personas. Mientras
Europa, Japón y China se están
vaciando y envejeciendo,
la África subsahariana concentra
el crecimiento exponencial
demográfico sobre todo de la
juventud. Esto no es solo un
dato estadístico: significa que
el empleo, la educación y la
migración serán los verdaderos
campos de batalla del equilibrio
global. Los países envejecidos
necesitarán fuerza laboral
joven; los países jóvenes
necesitarán oportunidades reales
o enfrentarán estallidos
sociales y migratorios.
El calentamiento global ya no es
una amenaza futura sino una
realidad contable. Sequías,
incendios y fenómenos extremos
multiplican pérdidas humanas y
económicas. El IPCC advierte que
incluso cumpliendo parcialmente
los acuerdos climáticos, la
adaptación será costosa y
desigual. Cada grado de aumento
de temperatura erosiona
seguridad alimentaria, salud
pública y estabilidad política.
No se trata solo de “salvar el
planeta”, sino de evitar que el
costo del cambio recaiga sobre
los más pobres y sobre las
generaciones que menos
responsabilidad tuvieron en el
daño.
Mientras la Inteligencia
Artificial siendo algo
prometedor entraña un peligro
latente,
pues se está acelerando más
rápido que nuestra capacidad de
regulación. En cuestión de años,
los modelos generativos pasarán
de escribir textos o crear
imágenes a tomar decisiones
complejas, analizar datos
masivos y reemplazar tareas
cognitivas humanas. El problema
no es que la IA “nos quite el
trabajo”, sino que concentre el
poder en pocas manos:
corporaciones o gobiernos que
controlen los modelos, los chips
y los datos. Como toda
revolución tecnológica, puede
ampliar el bienestar o ampliar
la brecha. La diferencia
dependerá de si la ponemos al
servicio del bien común o del
beneficio inmediato, todo ello
con el ferreo control a su
desarrollo instrumental, sin que
en ningún caso pueda suponer una
amenaza para el control o las
decisiones humanas
En cuanto al stress que sugren
los diferentes regímenes
políticos, hace décadas que la
erosión democrática avanza más
silenciosamente que cualquier
algoritmo. Según Freedom House y
el proyecto V-Dem, más de la
mitad del mundo vive hoy bajo
regímenes autoritarios o
híbridos. La manipulación
digital (deepfakes,
desinformación dirigida,
vigilancia masiva) acelera esa
tendencia. Si la inteligencia
artificial se combina con el
populismo, la mentira y la
polarización, el resultado puede
ser un control social sin
precedentes. Pero también puede
ser lo contrario: una
herramienta para transparencia,
participación y eficiencia
pública. Todo dependerá de quién
la controle… y para qué.
De ahí que se nos presentes tres
futuros posibles:
El escenario optimista donde
Gobiernos y empresas cooperan en
reducir emisiones, regular la IA
y redistribuir beneficios
tecnológicos. La humanidad logra
combinar productividad con
equidad.
El escenario probable:
donde se avanza de forma
desigual. Algunos países logran
prosperar gracias a la IA, otros
se rezagan. La crisis climática
obliga a adaptaciones costosas,
pero evitamos el colapso. Y el
escenario pesimista:
donde fracasan los acuerdos
globales, el clima desata
migraciones masivas y la IA se
usa para vigilancia y guerra
informativa. La desigualdad y el
autoritarismo se consolidan.
Ninguno esta definido ad futuro,
porque todo depende no de la
tecnología, sino del marco ético
y político que logremos
construir.
¿Qué podemos hacer para revertir
los malos augurios? Podríamos
empezar por
xigir políticas climáticas
reales y
presupuestos para adaptación
local, democratizar
la IA, con
transparencia, auditorías y
límites a su uso autoritario,
invertir
en educación y capacitación,
porque el talento será el
recurso más escaso del siglo
XXI, cuidar
las instituciones democráticas,
resistiendo la desinformación y
la apatía y
fortalecer
la cooperación internacional,
aunque suene ingenuo: es la
única vía racional para
sobrevivir a problemas globales.
Si queremos marcar nuestro
futuro, la historia no debe ser
escrita por las máquinas, sino
por las decisiones humanas que
las guíen. Si logramos usarla
para ampliar derechos, sanar el
planeta y compartir
conocimiento, habremos merecido
llamarla “inteligente”. Si no,
solo será una herramienta
brillante al servicio de nuestra
ceguera y nuestra destrucción
como especie humana.
Martes 21 de Octubre
Suicidios en España: Cunde la alarma
El suicidio: una urgencia
silenciada
El suicidio se ha convertido en uno de los
principales retos de salud pública en
España. Cada día, más de
11
personas se quitan la vida y más de
200
lo intentan, lo que refleja una
realidad tan dura como invisibilizada. Según
los últimos datos, en 2023 se registraron
4.116 suicidios en el país,
superando por amplio margen las muertes por
accidentes de tráfico. Esta cifra no solo
debería alarmar a los profesionales
sanitarios, sino también interpelar
directamente a la sociedad, a las
instituciones y a los responsables
políticos.
No hablamos solo de cifras,
sino de personas. Historias truncadas,
muchas de ellas en la flor de la vida. En
particular, preocupa el aumento de suicidios
entre
jóvenes y mujeres, un fenómeno que
sorprende y duele, porque revela el
sufrimiento silencioso que atraviesan
sectores de la población tradicionalmente
ignorados por las políticas públicas en
salud mental. Los suicidios se han
convertido, junto con los accidentes de
tráfico, en la
primera causa de muerte no
natural entre los jóvenes. Esta realidad
apunta a un malestar profundo: estudiantes
que no soportan la presión académica,
adolescentes víctimas de acoso escolar,
jóvenes atrapados en entornos familiares
disfuncionales o atravesados por la
violencia emocional. La adolescencia y la
juventud son etapas críticas en la
construcción de la identidad.
Pero en lugar de ser acompañadas con empatía
y comprensión, muchas veces están marcadas
por la exigencia, la incomprensión y la
soledad. Y cuando el sufrimiento no
encuentra escucha, puede derivar en
decisiones trágicas. Otro dato inquietante
es el incremento de suicidios en mujeres
jóvenes. Aunque históricamente los
hombres han protagonizado la mayor parte de
los suicidios consumados, en los últimos
años ha crecido la tasa entre mujeres,
especialmente adolescentes. Los motivos
pueden variar —desde problemas familiares,
hasta violencia de género, trastornos
alimentarios, presión social o acoso
escolar—, pero el trasfondo es común: una
salud mental fracturada y desatendida,
porque uno
de los principales obstáculos
en la lucha contra el suicidio es el
silencio.
no
incita, al contrario,
salva vidas. Es fundamental generar
espacios de diálogo seguros, promover
campañas de concienciación y formar a
profesionales y docentes en la detección de
señales de alarma. También es clave contar
con recursos accesibles y eficaces para la
atención psicológica y psiquiátrica.
A pesar de que diversas asociaciones,
colectivos de profesionales y familiares
llevan años reclamando una
estrategia nacional de prevención del
suicidio, lo cierto es que las
respuestas institucionales siguen siendo
insuficientes. En muchas comunidades
autónomas, los recursos en salud mental son
escasos, los tiempos de espera para una
consulta psicológica en la sanidad pública
son inaceptables y el personal está
desbordado. Urge invertir en salud mental,
no solo con palabras o campañas esporádicas,
sino con
medidas estructurales: aumentar el
número de psicólogos clínicos en el sistema
público, mejorar la formación en prevención
del suicidio, facilitar el acceso a atención
gratuita para jóvenes y garantizar la
intervención inmediata en casos de riesgo.
El suicidio no es solo un problema médico o
psicológico. Es un síntoma de una sociedad
que
no
cuida lo suficiente a sus miembros más
vulnerables. Una sociedad que
castiga el error, que aísla la diferencia,
que exige sin comprender. Por eso, la
prevención del suicidio requiere un enfoque
integral: educativo, social, sanitario y
comunitario. Es hora de que el suicidio deje
de ser un tabú y se convierta en una
prioridad política y social. Porque
cada vida cuenta. Porque detrás de cada
número hay una persona que, quizás, con el
apoyo adecuado, con una palabra a tiempo,
con un entorno más empático,
podría seguir aquí.
Domingo 20 de Octubre
Anatomía de un País
Con motivo de la próxima edición de mi libro
"Anatomía de un País" os dejo el preámbulo
del mismo.
España, como nación, ha sido testigo de una
historia plagada de transformaciones
profundas, tanto políticas como sociales,
que han dejado una huella indeleble en su
estructura y en su identidad colectiva. Sin
embargo, en las últimas décadas, una
constante que ha marcado el devenir del país
ha sido la crisis política y moral que
atraviesan sus instituciones. En este libro,
me propongo explorar con mirada crítica las
complejidades de esa crisis, desentrañando
las dinámicas de la corrupción política que,
lejos de ser un fenómeno aislado,
constituyen un componente estructural de un
sistema que, a menudo, se revela más
inclinado a perpetuar los intereses de una
élite, que a responder a las necesidades del
pueblo.
A lo largo de su
historia, ha sido un escenario de paradojas. Un país que, entre la pujanza
de su cultura, la belleza de sus paisajes y el peso de su legado histórico,
arrastra una serie de grietas profundas que definen no solo su presente,
sino también su devenir futuro. Este libro se adentra en esos pliegues
ocultos, en las estructuras de poder que, a menudo, funcionan más allá del
aparente brillo democrático, para develar los mecanismos que sostienen las
desigualdades sociales, la corrupción sistémica y la crisis política que
sacuden sus cimientos.
Esa corrupción que en
España ha alcanzado una magnitud que trasciende el acto individual de los
políticos corruptos para convertirse en un "modus operandi" de las
estructuras de poder. Desde las altas esferas del Gobierno central hasta las
administraciones autonómicas y locales, el clientelismo, la malversación de
fondos, el tráfico de influencias y el financiamiento ilegal de partidos han
sido prácticas que han corroído la confianza de la ciudadanía en sus
instituciones. La corrupción, lejos de ser un "problema marginal", se ha
consolidado como un fenómeno sistémico que afecta las decisiones políticas,
el reparto de recursos y, lo más grave, la cohesión social.
El esperpento político,
ese componente casi teatral y grotesco de la política española, no es mera
exageración de la realidad; es la manifestación de un sistema que ha sido
incapaz de resolver sus contradicciones internas y que ha permitido que se
afiance un círculo vicioso de impunidad, clientelismo y una creciente
desconfianza en las instituciones. La crisis no es solo económica, sino
también moral y ética. En este marco, las desigualdades sociales se agravan,
multiplicando los desequilibrios entre clases y territorios, mientras la
promesa de una democracia plena y equitativa se va desmoronando en la
práctica.
Este fenómeno no es solo
una cuestión de mala gestión o de errores de individuos; es el reflejo de un
sistema político que ha permitido que las redes de poder se fortalezcan a
través de la impunidad y el blindaje de los actores políticos que, en lugar
de velar por el bien común, se han dedicado a garantizar su permanencia en
el poder a costa de la integridad pública. La descomposición ética de las
instituciones no ha sido una casualidad, sino el resultado de décadas de
prácticas clientelistas y de una cultura política en la que el "todo vale"
ha sido una constante, sobre todo en momentos de crisis económica y social.
La "corrupción sistémica", como la llaman algunos analistas, ha sido
alimentada por una clase política cuya desconexión con la ciudadanía es cada
vez más patente.
La promesa de una
democracia plena y justa ha sido traicionada por el mal uso de los recursos
públicos, el favorecimiento de intereses privados y la creación de una red
de clientelismo que se extiende desde las esferas más altas hasta los
entornos más cercanos a la administración local. Los escándalos de
corrupción, lejos de ser excepciones, se han convertido en episodios
recurrentes en la vida política del país, lo que ha generado un círculo
vicioso de desconfianza, cinismo y desesperanza entre los ciudadanos.
Como antes he dicho este
modus operandi no se limita a la esfera política, sino que se extiende a los
grandes conglomerados empresariales y mediáticos, creando una maraña de
intereses que entrelazan el poder económico con el poder político de una
manera tan intrínseca que las fronteras entre ambos parecen difuminarse. Las
conexiones entre grandes empresarios, banqueros y políticos han sido
fundamentales para sostener el statu quo, creando una suerte de "oligarquía"
que preserva sus privilegios a través de prácticas corruptas que afectan
gravemente la competitividad económica, la justicia social y la
transparencia en la gestión pública.
Pero la corrupción no
es solo un mal que se pueda analizar a nivel macro. En el día a día, los
ciudadanos sienten el peso de las malas decisiones políticas, de la falta de
justicia, de la impunidad de aquellos que han saqueado el erario público sin
consecuencias reales. Esta situación ha alimentado un sentimiento de
frustración y desafección con las instituciones, lo que se traduce en un
profundo desencanto político que, lejos de solucionarse, se perpetúa en una
política cada vez más alejada de los intereses de la mayoría. Al analizar
esta corrupción política, resulta crucial también entender su dimensión
cultural y psicosocial. España, con su riqueza de tradiciones y complejidad
social, ha sido históricamente una nación marcada por la lealtad a los
grupos y a los intereses particulares por encima de los del conjunto de la
sociedad. Esta mentalidad de "lo mío primero", sumada a la falta de un
sistema judicial y político que funcione de manera efectiva, ha facilitado
la proliferación de redes de poder que operan al margen de la ley y que han
impuesto su dominio sobre el bienestar colectivo.
El esperpento político,
ese espectáculo grotesco que tantas veces define la imagen de la política
española, es en muchos casos la cara visible de esta profunda podredumbre
que se oculta bajo la superficie. La constante exposición mediática de los
escándalos, la falta de rendición de cuentas y el juego de intereses detrás
de cada decisión han creado una atmósfera en la que la política se convierte
en un teatro de marionetas, donde las instituciones no sirven al pueblo,
sino que se sirven de él.
Este libro no solo
pretende desentrañar las raíces y las consecuencias de la corrupción
política en España, sino también reflexionar sobre sus implicaciones en la
vida cotidiana de los ciudadanos. En un país que sigue luchando por
encontrar su identidad en medio de la globalización y los desafíos internos,
la corrupción es uno de los principales obstáculos que impide el progreso
hacia una sociedad más justa, equitativa y cohesionada.
E n
última instancia, la crisis política y las desigualdades sociales que
derivan de la corrupción son inseparables de la idiosincrasia española. En
una nación donde el pueblo ha demostrado una capacidad asombrosa para
resistir y adaptarse, esta corrupción sistémica representa una amenaza
existencial para el futuro de España. Pero la historia también ha mostrado
que, a pesar de todo, la lucha por la justicia y la equidad sigue viva, y
que la conciencia crítica de los ciudadanos puede ser una poderosa
herramienta para revertir esta situación.
A lo largo de estas páginas,
a modo de crónica, podrás ver la anatomía e idiosincrasia de fenómenos
políticos y sociales que evidencian un sistema que aún brillando, alberga
degradación, podredumbre y repugnancia en su interior. Txt. Manuel Fernández
Sábado 18 de Octubre
¿Crecimiento económico? ¿Para quien?
La pobreza oculta en España
Nos repiten como un
mantra que España es el país que más crece de la Unión Europea. Lo dicen en
titulares, lo celebra el Gobierno, lo aplauden los grandes medios. Pero
basta con salir a la calle, con mirar alrededor, para darse cuenta de que
ese crecimiento no nos está llegando a todos. Ni de lejos. Porque mientras
nos venden cifras récord de PIB, de empleo, de inversión extranjera,
casi 13 millones de personas en este
país viven en la pobreza. Y lo más grave:
4 millones sufren pobreza severa,
muchos de ellos niños. Sí, uno de
cada tres niños en España está creciendo sin lo básico. Sin una
alimentación adecuada, sin una vivienda digna, sin futuro. ¿Y aún así
tenemos que aplaudir el "milagro económico"?
No.
¿Tenemos que tragarnos el cuento de que “vamos bien” mientras hay
trabajadores que no pueden pagar la luz, el alquiler o simplemente llenar la
nevera a final de mes?
Pues n
¿Que aún teniendo un puesto de trabajo
no salen de la pobreza? Que vergüenza. Basta ya de cinismo. Esto no es una
crisis puntual ni una mala racha. Es
pobreza estructural, esa
que se hereda, que se cronifica, que arrasa generaciones enteras. Es el
resultado directo de un sistema que
protege los privilegios de una
minoría poderosa mientras condena a la mayoría a sobrevivir como puede.
Porque no nos engañemos: aquí no falta riqueza, lo que falta es justicia.
Los que generan la riqueza de este país, los que se levantan cada día a
trabajar en condiciones precarias, con sueldos bajos y contratos basura,
no ven ni una migaja del pastel.
Mientras tanto, las grandes
fortunas siguen engordando sus beneficios,
evadiendo impuestos con total impunidad y
dictando la agenda económica desde sus
despachos. Y aún hay quien tiene la
desvergüenza de llamarlo "progreso". ¿Dónde
están las políticas valientes? ¿Dónde está
una reforma fiscal que haga pagar más a los
que más tienen? ¿Dónde está la apuesta real
por vivienda pública, por sanidad de
calidad, por una educación que no dependa
del código postal donde naces? ¿Donde esas
ayudas energéticas para las familias a las
que no les alcanza para pagar luz, gas,
calefacción o agua, mientras las eléctricas
tienen beneficios súper millonarios año tras
año? ¿Porque no se corrigen estas
deficiencias en un país moderno y del primer
mundo que se llama progresista?
La respuesta es siempre la misma: en el
cajón del “no conviene molestar a los
poderosos”. La realidad es que
la riqueza se reparte cada vez
peor.
El crecimiento va para
arriba, no hacia los lados. Y mientras
tanto, millones de personas sufren en
silencio, olvidadas, ignoradas, viviendo en
condiciones que en un país que presume de
modernidad y democracia deberían
escandalizarnos. Ya basta de vendernos humo.
Ya basta de normalizar lo inaceptable. No
hay crecimiento posible si la mayoría no
puede vivir con dignidad. Y no habrá
justicia social si seguimos tolerando que
los de siempre se lo lleven todo mientras
los demás apenas sobreviven. El país que más
crece, dicen. Pues que se lo expliquen a esa
madre que no sabe si podrá pagar la
calefacción este invierno. O a ese joven con
dos carreras que salta de beca en beca sin
futuro o se ve obligado a emigrar a otro
país para tener un sueldo digno. O a ese
abuelo que tiene que elegir entre medicinas
o comida.
Porque si el crecimiento no llega a ellos,
no nos sirve de nada. Esto tiene que
cambiar.
En España, uno de cada tres niños
y niñas vive en riesgo de pobreza o exclusión social. Detrás la
estadística se esconde una dura realidad. Niños y niñas que crecen en
viviendas precarias, sin acceso a una alimentación sana y en hogares donde
se viven situaciones de incertidumbre y desesperación debido a la
inestabilidad de los empleos de sus padres.
La pobreza infantil es un problema estructural que no solo limita el
presente de los niños y niñas, sino que también compromete su futuro.
La pobreza deteriora la salud física, limita
el rendimiento escolar y provoca más ansiedad, tristeza o problemas de
conducta. Los niños con menos recursos acceden más tarde al sistema
educativo, repiten más curso y abandonan antes los estudios. Todo esto
afecta directamente a su autoestima y sus oportunidades de vida. Un
niño o niña que crece en una familia con pocos recursos hoy tiene muchas más
probabilidades de ser un adulto sin posibilidades el día de mañana. La
pobreza se hereda y se cronifica si no se interviene a tiempo.
Por eso, invertir en
infancia no es solo justo, es inteligente: mejora la cohesión social y
reduce costes futuros en sanidad, desempleo y asistencia social.
Domingo 11 de Octubre
La Esencia de un Pueblo, mi
Pueblo
La esencia de
un pueblo no se mide en su tamaño ni en el
número de sus habitantes, sino en los
detalles que le dan vida: en cada amanecer
dorado que asoma tras las colinas, en el
canto tímido de los pájaros que despiertan
el día, y en la brisa que acaricia las
calles adoquinadas aún dormidas. Es en la
quietud del alba donde se manifiesta su
alma, en ese silencio que no es vacío, sino
lleno de presencia: la del tiempo que no
corre, sino que se posa con suavidad sobre
las casas, las plazas y los caminos. Cada
hogar, con su llama encendida, guarda
historias transmitidas al calor del fuego;
historias que no se cuentan a gritos, sino
en susurros, en miradas, en gestos que
hablan de generaciones unidas por la memoria
y la esperanza.
El quehacer
diario se convierte en un acto de amor
silencioso: el pan que se hornea con manos
sabias, los campos que se labran con respeto
por la tierra, las manos que se entrelazan
para sostenerse mutuamente en el día a día.
El entorno natural no es solo un paisaje,
sino un cuadro vivo que cambia con las
estaciones, pintado con pinceladas de luz,
de agua y de tierra. Las montañas, los ríos,
los árboles centenarios son testigos del
paso del tiempo y custodios de una belleza
que no necesita adornos: quieta, atemporal,
humilde.
Aquí, la naturaleza no es solo paisaje, sino
parte del alma del lugar. Los campos, los
árboles, el murmullo del viento y el paso de
las estaciones hablan un idioma antiguo, que
se entiende con el corazón.
Y en medio de esa naturaleza, sus gentes
caminan con paso sereno, llevando en sus
rostros la dignidad de quienes saben vivir
con poco y agradecerlo todo. Pero quizás la
mayor riqueza de un pueblo reside en su
capacidad de crear comunidad incluso en la
distancia. Porque aun en la aparente soledad
de sus rincones, siempre hay una puerta
entreabierta, una sonrisa dispuesta, una
taza de café compartida. En estos lugares,
la armonía no es una meta, sino una forma de
vivir. Los corazones laten al mismo ritmo,
conectados por una red invisible de afecto,
solidaridad y pertenencia.
Así, incluso quien vive aislado, nunca está
realmente solo. En ese remanso de paz y en
ese santuario de humanidad cotidiana, la
esencia del pueblo perdura, intacta, como un
susurro que se transmite de generación en
generación, recordándonos que hay lugares
donde el tiempo no corre, sino que se
detiene a contemplar.
Porque en cada gesto cotidiano y en cada
mirada amable, la esencia del pueblo
permanece viva. Donde cada corazón, aunque
aislado en la distancia, nunca está solo.
Aquí, en este rincón del mundo, la vida se
vive con sentido, con raíces y con
esperanza.
Viernes 10 de Octubre
¿Mañana Europa será musulmana?
En bares, calles, tertulias y redes, se oye
una frase que inquieta:
“Europa acabará siendo musulmana.”
Una pregunta que va más allá del miedo.
Europa entera vive un momento delicado:
menos nacimientos, más migración, más mezcla
de culturas. Es un cambio profundo, y lo
desconocido siempre asusta. La gente lo dice
con preocupación, mirando cómo bajan los
nacimientos y cómo llegan familias de otros
países con una tasa de natalidad que
triplica a la nuestra, con otras costumbres,
con otra fe. Es un pensamiento que surge del
miedo, pero también de la incertidumbre que
muchos sienten al ver cómo va cambiando
Europa. Es verdad que Europa envejece (por
desgracia España bate el record de
envejecimiento).
Y es que cada año nacen menos niños.
La natalidad española está en torno
a
1,2
hijos por mujer, muy por debajo del
nivel de reemplazo (2,1). En
familias inmigrantes musulmanas
residentes en España, la media se sitúa
entre
2,9
y 3,8 hijos por mujer, según el INE
y estudios de la Fundación BBVA. Esto
significa que, si las tendencias se
mantuvieran durante varias generaciones, la
proporción de población musulmana podría
duplicarse o triplicarse en 40–50
años, aunque
sin llegar a una mayoría
(estaríamos hablando de un 27–41% hacia
mediados de siglo, no de un 51%). Lo que sí
cambiará, y ya está cambiando, es
la
composición cultural, religiosa y simbólica
del país: más mezquitas, más festividades
diversas, más pluralidad religiosa en las
escuelas. Pero los números no cuentan toda
la historia.
Es mas, cuando los gobiernos con diferentes
regimenes cambian, transforman la sociedad
de acuerdo con sus ideologías ya sean
sociales, económicas o religiosas. En casi
todos los países ha pasado igual
(Afganistan, Iran, Pakistan): las familias
inmigrantes no se integran con las locales y
la religión se vuelve política. Irán y
Pakistan sufrieron el mayor retroceso cuando
cambió el sistema político, recordando cómo
el poder religioso se impuso y las
libertades desaparecieron.
Lo que preocupa es que pasará cuando las
mayorías musulmanas acogidas a un regimen
democratico puedan votar y elegir sus
gobernantes. ¿Impondrán la saria para las
mujeres? ¿Les robarán sus derechos? Es una
duda que preocupa e inquieta. El reto no es
si “seremos musulmanes”, sino
cómo manejar esa transición cultural
sin fracturar la cohesión social, sin
lesionar nuestras costumbres, nuestra
cultura, nuestros derechos, nuestro sistema
de garantias, nuestra civilización.
Jueves 9 de Octubre
¿Esperanzas para la Paz? Inshallah
Israel podrá ganar la guerra, pero no la Paz
Israel
puede ganar la guerra en Gaza, pero
difícilmente conquistará la paz. Las armas
pueden imponer silencios, pero no borrar la
memoria ni el sufrimiento de un pueblo. Lo
que estamos presenciando no es solo un
conflicto militar, sino una tragedia
humanitaria de proporciones históricas.
Miles de víctimas civiles (en su mayoría
mujeres y niños) han perdido la vida.
Barrios enteros han sido arrasados,
hospitales reducidos a ruinas y familias
enteras desplazadas. La falta de agua,
alimentos y medicinas ha convertido la
Franja de Gaza en un territorio de
desesperanza. Más que una guerra, parece un
castigo colectivo a una población atrapada
entre el fuego y el olvido. Israel argumenta
actuar en defensa propia frente a los
ataques de Hamás. Sin embargo, cuando la
respuesta provoca la muerte indiscriminada
de inocentes y el colapso de la vida civil,
el discurso de la autodefensa se desmorona.
El derecho a la seguridad no puede
sustentarse sobre la violación de los
derechos humanos ni sobre la destrucción
total de un pueblo. La victoria militar, si
llega, será una ilusión momentánea. Ninguna
bomba puede erradicar el resentimiento ni el
dolor acumulado por generaciones. Cada niño
que crece entre ruinas y pérdidas es una
semilla de rencor y de memoria. Y esa
memoria, tarde o temprano, se convierte en
historia, en reclamo y en resistencia. El
verdadero desafío de Israel no está en ganar
la guerra, sino en ganar la paz. Pero la paz
no se construye con tanques ni bloqueos,
sino con justicia, reconocimiento y dignidad
compartida. Porque si las guerras
pueden resolverse con armamento y
estrategia, la paz requiere algo que no se
conquista por la fuerza, sino con justicia,
memoria y reconciliación. Israel justifica
sus operaciones como parte de su derecho a
la autodefensa frente a los ataques de
Hamás.
Sin embargo, el castigo colectivo sobre la
población civil ha traspasado los límites
del derecho internacional humanitario.
Ninguna causa, por legítima que sea, puede
justificar la muerte masiva de inocentes ni
el uso del hambre y la miseria como
instrumentos de presión. Mientras la
población palestina siga viviendo en
condiciones inhumanas, la seguridad israelí
será siempre frágil, y la reconciliación,
imposible. Porque ninguna nación puede
encontrar la paz cuando el precio de su
victoria es el sufrimiento de miles de
inocentes. Israel podrá ganar la guerra, sí,
pero mientras las madres palestinas sigan
llorando a sus hijos y los hijos a sus
madres, la paz será un espejismo tras el que
se esconde el sempiterno deseo de venganza y
justicia.
Es preciso que Israel se concience de que la
paz no se obtiene con superioridad bélica.
La paz solo se construye reconociendo el
dolor del otro, restituyendo derechos y
buscando una convivencia basada en el
respeto y la equidad. Mientras eso no
ocurra, el silencio de las armas será apenas
una tregua, no una reconciliación. Y en cada
rincon, en cada esquina o en cada calle,
puede saltar de nuevo la tragedia, porque el
dolor, el crimen, el sufrimiento y la
barbarie, quedan en el alma y en la memoria
para siempre.
Miércoles 8
de Octubre
La vanidad de la vida y la
mentira de la existencia
“Pues si vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado,
si juzgamos sabiamente daremos lo no llegado por pasado...”
-Jorge Manrique.
Vivimos creyendonos eternos, sin apreciar que todo es fugaz, que
todo se va y nada permanece, y nos autoengañamos pensando que
nuestra vida es estable y que avanza sobre suelo firme. Pero basta
un instante de lucidez —una pérdida, una pausa, un silencio— para
advertir que todo es fugaz, que la existencia es un sueño sostenido
por la mentira del tiempo. Porque la existencia se sostiene sobre
una ilusión de permanencia,
una mentira necesaria para vivir. Jorge Manrique, en sus célebres
Coplas por la muerte de su padre,
lo comprendió con una claridad casi metafísica:
todo pasa, todo se
desvanece, nada permanece. Lo presente se hace pasado antes
de que alcancemos a nombrarlo. El ser humano, en su deseo de durar,
se aferra a sombras: riquezas, honores, recuerdos, deseos. Y sin
embargo, como él mismo advierte,
“todo ha de pasar por tal manera”.
Desde una mirada filosófica, esta conciencia de lo efímero es
el núcleo de la verdad trágica de la existencia. Lo que llamamos
“vida” no es más que un fluir constante, una sucesión de apariencias
que se destruyen en el mismo momento en que nacen. El yo, el mundo,
incluso la memoria, son ficciones que nos permiten soportar el
vértigo del cambio.
La vida, en su esencia, es
una ilusión sostenida por la necesidad de creer en algo duradero.
Esta es la gran vanidad: la pretensión de construir
eternidad dentro del tiempo. Buscamos dejar huella, conquistar un
sentido, cuando en realidad todo se disuelve en el mismo mar del
olvido. Lo sabía Heráclito cuando afirmó que nadie se baña dos veces
en el mismo río. Lo intuyó Schopenhauer al hablar del mundo como
representación.
Lo gritó Nietzsche al desenmascarar la fe en el ser. Sin embargo,
reconocer la mentira de la existencia no implica rendirse al vacío,
sino
vivir con conciencia de lo efímero. Saber que nada dura
puede convertirse en una forma de libertad: la de no esperar más de
la vida de lo que la vida puede dar. Amar el instante, sabiendo que
no se repetirá, es quizás la única manera de vivir verdaderamente.
Porque todo lo demás —poder, gloria, apariencia— no es más que eso:
vanidad de vanidades,
polvo que el tiempo dispersa.
Cuando comprendas que el devenir no es permanencia, que es absurdo
construir o fundar tu felicidad sobre aquello que inevitablemente
desaparecerá, comprenderás la vanidad de intentar dar solidez
a lo que por naturaleza es fugaz y que todo lo que amas y posees etá
condenado tambien a desparecer.
¿De que nos serviran todas nuestras riquezas, todo nuestro poder si
nuestro tiempo se acaba? De nada, porque todo es efímero y fugaz,
todo desaparecerá, porque todo es polvo y vanidad.
Lunes 6 de Octubre
La religión: el espejismo
que consuela
Karl Marx decía allá en
el 1844 que la religión era el opio que adormecía la razón y la
conciencia crítica, con el objeto de consolar al ser humano frente al
sufrimiento, las injusticias y la precariedad de la vida, dando
esperanzas en un mas allá ficticio, generando un sentido a nuestra
existencia, ante tanto despropósito, para calmar la angustia
existencial. Las consecuencias: bloqueo del pensamiento libre,
sometimiento de la voluntad y el pensamiento crítico, represión de la
libertad y el progreso en todos sus ámbitos y facetas y alejamiento de
la realidad. Pero además la religión ha supuesto la sumisión y
aceptación de las desigualdades, el bloqueo de expresión artistica,
cientifica o intelectual, la resignación fente a las injusticias y el
poder avasallador.
Desde el punto de vista
psicológico la religión como analgésico ha supuesto un alivio frente a
las calamidades de la vida, pero también ha servido para adormecer la
conciencia crítica, ha esclavizado la libertad de pensar (no puedes
cuestionar ni hacer una reflexión personal) y ha perpetuado las
ilusiones y fantasias que le alejan de la realidad, de tal forma que lo
que se organizó para que sirviera de consuelo termina siendo una forma
de esclavitud intelectual y personal, desde el momento en que desde la
jerarquia se dicta la forma "correcta" de vivir, pensar y sentir. Decir
que la religión es el opio del pueblo es hablar de una herida y de un
refugio al mismo tiempo. Es cierto que la religión, con sus promesas de
eternidad y sus imágenes de un cielo justo, ha sido para millones de
personas un bálsamo contra la desesperanza. Cuando la vida se vuelve
insoportable, cuando el dolor supera la fuerza humana, creer que existe
un sentido más allá de lo visible puede ser el único alivio posible.
En ese aspecto, la
religión consuela, calma, acaricia, aunque te halles dentro de una
prisión, porque una mente que acepta dogmas que no se permiten
cuestionar ni reflesionar sobre los mismos, deja de ser libre. Y es que
ante el sufrimiento cualquier ficción la damos por válida si nos calma
el dolor. Que el ser humano acepte la promesa de un cielo futuro, para
aceptar resignadamente las injusticias mientras transitas esta vita
terrenal, me parece un burla y una tomadura de pelo, que no solo te
indigna, también te apena, porque es muy triste que jueguen con tu
inocencia. Lo que está claro es que la religión ha frenado la evolución
espiritual del ser humano desde el momento en que su comportamiento no
esta basado en un criterio racional, sino en el miedo a castigos
infernales en la otra vida. Y allí donde debe haber búsqueda se
transforma en sumisión y obediencia.
Allí donde debería haber
preguntas florecen prohibiciones, y allí donde podría haber libertad se
alza el muro de las cadenas. Yo me confieso ateo, no por incredulidad
natural, sino por honestidad intelectual y por sentir de manera diafana
la realidad.
Domingo 5 de Octubre
Cuando el empleo ya no garantiza
escapar de la pobreza.
N os
han vendido la idea de que con un empleo basta para salir adelante, que el
trabajo es el camino hacia la libertad y la dignidad. Pero la verdad es
otra: hoy en día puedes trabajar
ocho, diez o doce horas, tener un sueldo fijo y seguir siendo pobre.
El crecimiento económico es el mantra que repiten gobiernos y empresas, pero
ese “crecimiento” jamás llega a los bolsillos de quienes realmente sostienen
el sistema. ¿Dónde se esconde toda esa riqueza? ¿Quién se la queda? Porque
lo que sí vemos es cómo los asalariados tienen que elegir entre pagar el
alquiler o llenar la nevera, entre facturas de luz imposibles y salarios de
miseria que apenas alcanzan para sobrevivir.
Y resulta paradógico que hablen de
crecimiento económico cuando año tras año aumenta la desigualdad, se pierde
poder adquisitivo, aumentando la pobreza a pesar de optimizar la economía
del pais.
Y la realidad es que los sueldos ya
no alcanzan para cubrir el coste real de la vida, sobre todo de la
vivienda, productos basicos de alimentación, luz, gas o transporte. Si a eso
le añades la precarización en el empleo (cada día hay mas fijos
discontinuos), empleos de temporada y falsas contrataciones, con una
inflación estructural que no se detiene y que supera con creces las subidas
salariales, la situación para la mayoría de los trabajadores se convierte en
penosa. La consecuencia mas inmediata es que los jóvenes ven un futuro
incierto, cuando no bloqueado, sin posibilidad de acceso a la vivienda y
poca o nula estabilidad en el empleo. ¿Que soluciones técnicas, que no
políticas podrían aplicarse para paliar la penosa situación? Pues a mi
entender lo primero debiera ser "Subir el salario mínimo en linea con el
coste real de la vida, regular el mercado de la vivienda limitando el precio
del alquiler "frenando la especulación", aplicar la carga fiscal dependiendo
de los ingresos y consolidar los derechos sociales básicos: sanidad,
energía, alimentación, educación y techo. Porque si estamos ante un modelo
económico que genera riqueza, lo lógico es que genere bienestar para todos,
no solo para esa élite peivilegiada, disminuya la desigualdad y el trabajo
tenga garantia de estabilidad con un salario digno y acorde con el coste de
la vida.
Es
hora ya de que ese crecimiento llegue tambien a los bolsillos de quien mas
lo necesitan y que repito, paradogicamente son los que sostienen el
sistema. Póngase las pilas, sres políticos y hagan política de verdad,
política para mejorar la vida de los mas necesitados, no para mejorar la
vuestra, a costa del trabajo y los impuestos que pagan los demás.
Sábado 4 de Octubre
¿Saber la verdad o mantenernos en la
ignorancia?
Reflexión poético-filosófica
sobre la verdad y la ignorancia
El deseo de conocer
la verdad es una de las tendencias instintivas más profundas del ser
humano. Sin embargo, como bien expreso en la cita que ves
arriba, no toda verdad libera; algunas duelen, otras desilusionan, y
muchas nos obligan a romper con las cómodas ficciones que nos daban
sentido o seguridad. De ahí nace el conflicto: ¿vale más una verdad
que hiere o una ignorancia que consuela? Pero vivir en la ignorancia
por miedo al sufrimiento es como taparse los ojos ante un abismo: no
lo ves, pero sigue ahí. Y cuando llegue el momento de actuar o
decidir, no tener claridad puede costarnos más que el dolor de haber
conocido.
Por
otro lado, entregarse a la verdad sin medida, sin madurez emocional
o sin capacidad crítica, puede llevar al cinismo o la desesperanza.
Por eso, en mi humilde opinión, no se trata de ignorar ni de buscar
compulsivamente; se trata de aplicar buen juicio, equilibrio, y
sobre todo, humildad. La sabiduría no está en saberlo todo ni en
evitar el saber, sino en saber cuándo es tiempo de buscar, cuándo de
esperar, y cuándo de aceptar. La verdad puede doler, sí, pero
también puede sanar.
Y en última
instancia, una felicidad auténtica no puede construirse sobre la
mentira, sino sobre una comprensión compasiva y profunda de la
realidad. Sin embargo no podemos obviar, que hay en el alma humana
una sed antigua, tan vieja como el tiempo: la de conocer la verdad.
Pero, ¿qué es la verdad sino un espejo roto en mil fragmentos, donde
cada pedazo refleja una parte del todo, y a veces también nuestro
propio rostro, herido por lo que no esperábamos ver? Se ha dicho con
razón que la ignorancia puede ser un refugio, un jardín sin sombras
donde la conciencia duerme tranquila. Y es cierto: quien no ve, no
sufre; quien no sabe, no duda. Pero también es cierto que ese
jardín, por más bello que parezca, no deja de ser una jaula de
cristal.
Tarde o temprano, la
vida llama a la puerta con su puño de realidad. No, no conviene
entregarse ni a la ignorancia voluntaria ni a la verdad desnuda y
sin compasión. Ambas pueden destruir, si no se abrazan con madurez.
La sabiduría —esa flor rara que no todos cultivan— nace en el punto
medio: entre el silencio prudente y la búsqueda paciente; entre la
lucidez y la ternura. Porque la verdad no siempre se impone como un
rayo.
A veces se revela
como el alba: lentamente, con matices, sin violencia. Y solo quien
ha vivido, quien ha amado y perdido, quien ha mirado hacia adentro
sin temblar demasiado, puede sostener su peso sin quebrarse. Así que
no se trata de correr tras la verdad ni de huir de ella. Se trata de
caminar con ella. De saber que algunas verdades duelen, pero también
enseñan; y que no hay mayor engaño que vivir felices en la mentira.
Al final, el saber que libera no es el que infla el orgullo, sino el
que enseña humildad. Y si algunas verdades llegan como tormentas,
otras llegan como lluvia suave.
Algunas nos rompen,
otras nos liberan. Pero todas, si se acogen con humildad, si se
comprenden con amor, pueden convertirse en luz. Tu elijes. ¿Vivir un
sueño y ser feliz, o adentrarte en la cruda realidad y llenarte de
amargura y pesar? Yo por supuesto elijo afrontar con madurez y
valentia
la realidad,
pero sin dejar de soñar, porque la misma vida es una broma cruel y
un sueño falaz. fenix@. mañana: El Opio del pueblo que controla y
manipula a millones de personas haciéndolas felices.
Jueves
2
de Octubre
E s hora de que el
mundo entero se una para neutralizar la barbarie de Israel y su
impunidad para asesinar inocentes
Israel se ha convertido
en un Estado que actúa impunemente, blindado por alianzas políticas y
militares, pero cada vez más aislado moralmente frente a la conciencia
de los pueblos ¿Hasta cuándo el mundo va a mostrase sumiso y resignato
ante la barbarie de Israel? Ataca hospitales, mata civiles, asesina
niños y mujeres, provoca hambruna infatil con resultado de muerte, no
respeta los Tratados Internacionales ni los Derechos Humanos,
impide la llegada de ayuda humanitaria en aguas maritimas que no le
pertenecen y sigue actuando despiadada y brutalmente con total
impunidad. Esto no es conflicto, es un crimen programado, una masacre y
un evidente genocidio. Es hora de que el mundo entero actue para frenar
a este monstruo y neutralizarlo.
Y no saquen a relucir lo
de que asi apoyamos a Hamas, porque tambien condenamos el brutal
asesinato cometido por los terroristas. Dicho esto,
cada día que pasa, el Estado de Israel sigue masacrando al pueblo
palestino ante los ojos del mundo. Los bombardeos a Gaza, el asedio
inhumano, los desplazamientos forzados, la destrucción de hogares,
hospitales y escuelas, constituyen una política de exterminio que debe
ser condenada con todas las letras:
genocidio.
No
contento con eso, atacar flotillas humanitarias en aguas
internacionales, que llevan alimentos y medicinas a una población
sitiada, en un gesto de matonismo, brutalidad, arrogancia e impunidad.
Israel actúa como un Estado tirano y agresor, escudado en su poder
militar y en el silencio cómplice de muchos gobiernos. Pero los pueblos
del mundo no somos ciegos ni sordos. Sabemos que lo que está ocurriendo
en Palestina es una limpieza étnica lenta, sistemática y calculada de
forma cruel y despiadada como en su día hizo Hitler en el supuesto
holocausto judio. Y ya no basta con sanciones internacionales, juicios
en tribunales internacionales, ruptura de relaciones diplomáticas,
boicot, desinversiones y sanciones, hay que pararlo de una forma u otra,
hay que dar una respuesta firme y contundente. Porque si asesinan
sin condena real no habrá justicia. Si se sigue permitiendo que masacren
a inocentes les daremos carta de impunidad. Si el mundo lo tolera se
adormecerá la conciencia de la humanidad.
Y
el día de mañaña nos recordará como complices y cobardes que nos
resiganamos a soportar el asesinato, el crimen, la injusticia, la
barbarie y la maldad. La reciente interceptación de flotillas
humanitarias en aguas internacionales con rumbo a Gaza, destinadas a
llevar alimentos, medicinas y asistencia a una población asediada, no
solo representa un acto de piratería estatal, sino que demuestra el uso
sistemático de la fuerza bruta contra iniciativas pacíficas. Atacar
ayuda humanitaria es un símbolo del desprecio por la vida y por los
esfuerzos de la comunidad internacional para aliviar el sufrimiento del
pueblo palestino. La historia juzgará a quienes, pudiendo actuar,
optaron por el silencio o la complicidad. También juzgará a quienes han
convertido el derecho a la resistencia de un pueblo en una excusa para
justificar su exterminio sistemático.
Lunes 29 de Septiembre
¿Existe
la España vaciada?
Pero primero pongámonos en contexto ¿Que es la España
vaciada? El término se usa para describir las áreas
rurales de España que han experimentado un descenso
sostenido de población durante las últimas décadas, con
envejecimiento demográfico, migraciones hacia áreas
urbanas, pérdida de servicios públicos, menor actividad
económica, etc.
Aunque hay ediles que lo niegan, la verdad es que esa
España vaciada existe y las causas de esa despoblación
todos las conocemos. Negarlo es ir contra la cruda
realidad. Por desgracia Zamora es una de las provincias
inmersa de lleno en esa España vaciada. La evolución
negativa de su demografía asi lo constata. Ahora
pregúntate. ¿En tu pueblo se dan estas circunstancias?
Pero
ciñámonos a los datos recientes publicados por los
medios de comunicación que muestran la despoblación y
sus causas:
1) Zamora es una de las provincias
que más población ha perdido en los últimos años.
El País+5elDiario.es+5OndaCero+5;
2) Concretamente, desde 1999, Zamora ha perdido
alrededor del
16 %
de su población.
elDiario.es ;
3) En los últimos 50 años Zamora ha perdido cerca del
34,42 %
de su población.
NoticiasGalicia.com :
4)
En el último año (datos
recientes), Zamora fue una de las provincias con mayor
tasa de pérdida porcentual de población entre las
españolas.
OndaCero+1,
etc, etc, etc.
Y ahora expongamos los motivos que ya todos
conocemos: Los jovenes que emigran en busca de empleo,
estudios o servicios culturales y de ocio, la baja tasa
de natalidad, el envejecimiento demográfico, la debil
economía local y la falta de empleo, infraestructuras y
servicios insuficientes desconexión digital y
tecnológica, lo que nos lleva a una espiral negativa:
La pérdida de población lleva a
menos demanda de servicios, lo que conduce al cierre de
colegios, consultorios médicos, oficinas
administrativas, tiendas… lo que a su vez provoca que
más personas se marchen, empeorando la situación. Los
retos y obstáculos para revertir esa situación son
ingentes y muy difíciles de reiniciar una situación que
ya es irreversible.
Porque
recuperar esa población perdida no solo implica traer
gente, sino asegurar que se quede: empleo estable,
servicios, calidad de vida, conexión digital,
transporte., etc.. por otro lado el envejecimiento de
dicha población hace muy difícil el reemplazo por falta
de nacimientos y según la información aportada Zamora
tiene la población mas envejecida de España, donde mas
se emigra y donde hay menos nacimientos.
Crudo lo
tenemos. Y aunque se han puesto algunas medidas en
marcha la situación es irreversible. Lo mas preocupante
es la tendencia y proyección demográfica en el tiempo.
Según el INE, la provincia de Zamora seguirá teniendo
una perdida continuada de habitantes a tenor de las
variables de edad, nacimientos y servicios con un
resultado probable de una pérdida entre un 15 y un
20% de población en los municipios pequeños y entre un
10 y un 15% para el conjunto de la provincia, lo que
supondría una perdida de unas 30.000 habitantes para el
2031.
En cuanto
a mi pueblo, la proyección demografica en cuanto a
perdida de población la situa en un 3,2% anual, lo que
significa que el 2030 tendriamos 161 habitantes, para el
2024, 112 y para el 2050 quedarían 69, y hablamos de
empadronados, porque los residentes estarian entre 9 y
15 habitantes. Que nadie me atribuya nada con enfasis,
son datos del INE Y ahora, si os sirve de consuelo,
podemos seguir diciendo o pensando que Zamora no está en
la España vaciada y que los pueblos tienen futuro
demográfico. Pero si somos coherentes aceptaremos una
realidad, que no deja de ser dura, con la que tenemos
que bregar , adaptarnos y mejorar la situación en todo
lo que podamos. ver:
demografía
Domingo 28 de Septiembre
La Flotilla humanitaria
hacia Gaza
¿Temeridad o conveniencia?
El envío de una fragata de
Guerra acompañando a la
flotilla que se dirige a
Gaza para socorrer a los
palestinos, puede costar
caro a España. Las
consecuencias para España si
Israel decide atacar al
buque de guerra pueden ser
desastrosas. Enviar
una fragata de guerra para
escoltar o acompañar una
flotilla humanitaria hacia
Gaza tiene implicaciones
legales, diplomáticas y
militares muy serias. A la
primera escaramuza habria
que contemplar los
principios del Derecho
Internacional que imperan en
el mar: como las aguas
territoriales, la zona
contigua y los derechos de
paso de buques extranjeros,
pero sobre todo el Derecho
Internacional Humanitario en
conflictos armados, siempre
respetando la soberanía
marítima de los Estados
costeros.
Hasta aquí bien. Pero ¿Y si
Israel decide no respetar
los Derechos
Internacionales, como viene
haciendo con quien le da la
gana? Está claro que las
advertencias diplomáticas no
sirven desde el momento en
que Sánchez decidió por
conveniencia política o por
irresponsabilidad enviar un
buque de guerra. Así que si
hay una petición por parte
de Israel de que se
abandonen las aguas
territoriales y España no
obedece, legitimará a Israel
para el uso de la fuerza con
el riesgo de escalada
militar, donde España sería
como un cero a la izquierda
y no podría invocar el
artículo 5 del tratado de
ayuda mutua de la OTAN, al
haber sido el provocador del
incidente.
En caso de conflicto armado
con Israel el coste militar
y económico seria devastador
para España, provocando una
crisis sin precedentes para
todos los ciudadanos, tanto
a nivel económico como
político y social. Lo mas
coherente, una vez que
Sánchez ha cometido esta
temeridad es que el buque no
viole el bloqueo, no
intervenga ante cualquier
accion por parte de Israel,
ni entre en sus aguas
territoriales, a fin de
evitar un choque militar de
consecuencias gravísimas:
bajas humanas, desastre
económico, social y
militar. ¿Puede ser esta
iniciativa política un
movimiento politico de
Sanchez para desviar la
atención de sus
conflictos, e incluso de
crear una situación de
excepción para evitar
convocar elecciones y
continuar en la Moncloa?
Espero que no, porque las
consecuencias para España y
los españoles serían
apoalípticas. En todo caso
no deja de ser una
irresponabilidad no exenta
de peligro, de temeridad y
riesgo de conflicto armado.
Lo mas coherente ex que el
buque se mantenga a una
distancia mas que prudente y
se limite a socorrer a las
posibles víctimas de la
reacción bélica de Israel.
Porque reconozcamos que en
caso de un conflicto armado,
Israel nos barrería sin
esfuerzo, mas cuando tiene a
su amigo de Marruecos como
aliado.
Viernes 26 de Septiembre
La Soledad de los Pueblos tras el
Verano
El Silencio que Queda
Cada año, con la llegada del
verano, los pueblos recobran una vida que parecía dormida durante los meses
fríos. Se llenan de risas, de voces, de encuentros. Las calles se animan con
el bullicio de los niños correteando, con el sonido de las charlas al caer
la tarde, con las fiestas patronales que tiñen de color y música hasta el
último rincón. La juventud, muchas veces ausente durante el año, vuelve a
ocupar su lugar en las plazas, devolviendo la chispa que da sentido a la
memoria colectiva del lugar. Pero todo eso, como la estación misma, es
efímero.
Cuando el verano termina,
también se apaga esa efervescencia. El regreso a la rutina se impone, y con
él, una tristeza callada se instala en los pueblos. Las calles, que hace
solo unos días eran escenario de juegos, celebraciones y reencuentros,
quedan vacías, mudas. Un silencio profundo lo cubre todo, como una niebla
invisible que lo invade con una mezcla de paz y melancolía. No es solo la
ausencia física de las personas lo que entristece: es la sensación de
abandono, de vacío, de una vida interrumpida. Los bancos de las plazas
quedan desiertos, las puertas vuelven a cerrarse temprano, y solo quedan los
pocos vecinos que, resignados, conviven con esa rutina solitaria durante el
resto del año. En ellos queda la espera silenciosa de otro verano, otro
regreso, otra chispa. La vida rural, tan rica en tradiciones y comunidad, se
encuentra hoy fragmentada por el éxodo hacia las ciudades, por la falta de
oportunidades y por un modelo de vida que ha relegado al campo a un segundo
plano.
El verano se convierte
entonces en el único momento del año en el que los pueblos recuperan su
esencia completa, cuando vuelven los hijos, los nietos, los amigos de
antaño. Pero este resurgir, por más alegre que sea, lleva implícita una
fecha de caducidad. Es una alegría que sabe a despedida desde el primer día.
No hay duda de que la calma que sigue al bullicio también tiene su belleza.
El silencio del campo, la serenidad de las tardes sin prisa, el murmullo de
las hojas movidas por el viento: todo ello tiene un encanto propio. Pero hay
una diferencia entre la tranquilidad buscada y la soledad impuesta. Lo que
se vive en los pueblos tras el verano es esta última: una soledad que no se
elige, que llega sin pedir permiso y que deja una estela de tristeza en
quienes se quedan.
Quizá sea momento de repensar
nuestra relación con estos pueblos, de buscar formas de darles vida más allá
de las vacaciones. No solo por el valor histórico o estético que tienen,
sino porque en ellos habita una forma de vida que merece ser preservada,
habitada, vivida. Porque un pueblo no es solo un lugar en el mapa: es una
memoria compartida, una raíz común, un hogar que espera. Mientras tanto, con
cada final de verano, los pueblos se quedan en silencio. Las risas se
esfuman, la música se apaga, y solo queda el eco de lo vivido. Un eco que
impresiona, que emociona, y que, ojalá, nos mueva a no olvidar esos lugares
que, aunque parezcan dormidos, siguen latiendo bajo la piel del tiempo.
Jueves 25
de Septiembre
Ser político: ¿vocación o
pasaporte al privilegio?
Decía un buen amigo: Si
quieres vivir como un
sátrapa, disfrutar de
privilegios, prebendas y
poder, métete a político. Y
a raiz del espectáculo
esperpéntico y vergonzoso
que vemos todos los días,
tengo que darle toda la
razón. En este país, ser
político no solo es un
chollo, es para muchos, el
pasaporte directo a una vida
de comodidades y privilegios
pagados por los
contribuyentes.
Y si hablamos de
eurodiputados el espectáculo
es escandaloso, con sus
23.000 euros netos, con sus
dietas, desplazamientos,
derechos a asesores,
secretaria, despacho,
viajes, etc, etc,, y solo
por acudir una vez al mes al
Parlamento. Y no, no es una
exageración. Basta con mirar
los sueldos, las dietas, los
asesores a dedo, las
jubilaciones doradas y la
falta de responsabilidades
reales cuando se cometen
errores graves. La política
debería ser un servicio
público. Un compromiso con
la mejora de la sociedad y
el bienestar colectivo. Pero
en la práctica, se ha
convertido para demasiados
en una plataforma "laboral"
con beneficios que la
mayoría de trabajadores ni
sueñan alcanzar. Mientras
las familias hacen malabares
para llegar a fin de mes,
algunos representantes
públicos acumulan cargos,
sueldos y prebendas con una
facilidad pasmosa. Peor aún
es la impunidad.
Cuando un político mete la
pata (o directamente
mete la mano), las
consecuencias suelen ser
mínimas o inexistentes. Y si
pierde un puesto, no pasa
nada: pronto aparece
recolocado en otro cargo
público o en una empresa
afín. ¿Y el ciudadano? El
ciudadano paga. Paga con sus
impuestos, con su paciencia,
y con una confianza cada vez
más erosionada en un sistema
que parece premiar a los que
más lejos están de la
realidad, de la honradez y
de la integridad. Esto no es
una crítica a la política en
sí, sino a cómo se ha
desvirtuado al utilizarse en
beneficio propio.
Porque necesitamos buenos
políticos que hagan de su
profesión un servicio al
público, no un negocio
personal. Porca miseria
Miércoles 24 de Septiembre
La familia
Durante
mucho tiempo nos han enseñado que la familia es aquella con la que
compartimos la sangre, el apellido, las raíces, y la fortaleza de la unión.
Pero con los años, la vida nos demuestra que no siempre es así. La verdadera
familia no siempre nace de los lazos biológicos, sino de los lazos del
corazón. Familia es quien está cuando más lo necesitas, quien te escucha sin
juzgar, quien te cuida, te respeta, te valora y te acepta tal como eres.
Esas personas que te acompañan en los momentos oscuros, que celebran tus
logros con alegría sincera y que están presentes, no por compromiso, sino
por amor genuino. Lamentablemente, no todas las familias de sangre son así.
A veces, en esos vínculos encontramos lo contrario: envidia, rencor,
competencia, frialdad, o incluso malicia.
Y es doloroso admitir que, por más que nos una el apellido o el árbol
genealógico, hay relaciones que hieren más de lo que sanan. No hay nada más
injusto que sentirse solo rodeado de personas que supuestamente deberían
cuidarte. Por eso, he aprendido a valorar, aún más, a quienes me brindan
amor sin condiciones, a quienes están a mi lado por elección, no por
obligación. Amigos, parejas, colegas o incluso personas que llegan de forma
inesperada y se convierten en parte de tu vida de manera profunda. A ellos
también los llamo familia. Porque ser familia no es una cuestión de sangre,
sino de lealtad, empatía y amor verdadero.
A todos los que han estado cuando más lo necesitaba, a quienes me han
sostenido sin juzgarme, a quienes han elegido compartir el camino conmigo
con respeto y cariño: gracias. Vosotros me enseñais cada día, que la familia
no siempre es la que comparte lazos de sangre, sino que la mayoría de las
veces se encuentra, se construye, y se cuida con el alma.
Martes 16 de Septiembre
Europa juega con fuego, y Rusia no tiembla
ante las llamas
Una advertencia al mundo sobre la peligrosa
escalada entre la OTAN y Rusia
La euforia bélica que
hoy recorre los pasillos del poder en algunas capitales europeas y en los
cuarteles de la OTAN debería ser motivo de alarma, no de orgullo. Se está
jugando un juego extremadamente peligroso, con una potencia nuclear que no
solo tiene capacidad de respuesta, sino también voluntad para llevarla al
límite si se siente acorralada. Y ese jugador es Rusia.
A estas alturas, pensar
que la OTAN puede cercar a Moscú, seguir ampliando su influencia militar en
el Este, y a la vez esperar una respuesta moderada o diplomática por parte
del Kremlin, es
una ingenuidad peligrosa. Es más, podría ser
el principio del fin.
Putin no necesita invadir Europa… a menos
que se lo provoque
Muchos expertos occidentales aún creen que
Vladimir Putin es un líder que actúa como
los de Bruselas o Washington: condicionado
por encuestas, presión pública o intereses
comerciales. No entienden que, para el
régimen ruso, perder no es una opción. Y si
Putin llegara a considerar que la
supervivencia de Rusia está en juego, no
dudaría en llevar el conflicto a su nivel
más destructivo, incluso al nuclear.
La historia lo
respalda. Rusia (entonces la Unión Soviética) sacrificó decenas de millones
de vidas para frenar a Hitler y liberar Europa del nazismo. No lo hizo por
altruismo, sino por supervivencia. Y si Putin se ve acorralado, no tendrá
reparos en tomar decisiones igual de extremas. Nadie debería subestimarlo.
¿De verdad alguien cree que ganará una
guerra contra Rusia?
En el tablero actual, Europa se muestra cada
vez más dividida, económicamente frágil y
estratégicamente dependiente de Estados
Unidos. Por su parte, Rusia ha consolidado
alianzas con China, Irán, Corea del Norte y
buena parte del Sur Global. Mientras tanto,
el conflicto en Ucrania se ha estancado, y
la narrativa occidental empieza a mostrar
fisuras. Y aún así, algunos piensan que
pueden arrinconar a Moscú sin consecuencias.
La verdad es otra: si
la OTAN y sus aliados siguen alimentando este conflicto sin ofrecer una
salida diplomática realista, se arriesgan no solo a perderlo, sino a
arrastrar al mundo entero al abismo. Esto no es una película ni una
simulación: estamos hablando de miles de ojivas nucleares listas para
activarse si alguien comete el error fatal.
Ucrania no es un tablero, es una bomba de
relojería
Europa debe entender que Ucrania no es una
ficha de ajedrez para repartirse entre
potencias. Mientras siga siendo el campo de
batalla entre bloques, no habrá paz ni
reconstrucción posible. Y lo que Europa
pueda sacar de este conflicto —si sobrevive—
será poco más que migajas... o escombros.
Putin no firmará ningún
tratado que implique renunciar a los territorios ya ocupados. Es una
posición inamovible para Rusia, y quien no lo entienda, no entiende la
lógica brutal de la geopolítica contemporánea.
¿Hay locos dispuestos a provocar el fin del
mundo?
Sí, los hay. Y peor aún: algunos de ellos
están al mando de países con capacidad
nuclear. Pero más que locura, lo que hay es
una lógica fría, estratégica, de
supervivencia nacional a cualquier precio.
Si se llega al punto de no retorno, no habrá
marcha atrás, ni diplomacia de última hora
que nos salve.
Por eso, a los líderes
de la OTAN, de Europa, de Estados Unidos y del mundo: piensen antes de
actuar. Midan sus pasos. Escuchen más allá del eco de sus propios discursos.
Porque si continúan provocando al oso ruso sin ofrecerle una salida
honorable, ese oso puede volverse letal.
Y si eso ocurre, que
nadie diga que no fue advertido.
Lunes 15 de Septiembre
La OTAN y el juego peligroso con
Rusia
La euforia bélica que domina ciertas
capitales occidentales debería ir acompañada
de la máxima prudencia. No estamos frente a
un enemigo menor ni ante un conflicto
convencional. Si los líderes de la OTAN
creen que Rusia puede ser derrotada sin
consecuencias catastróficas, es que no han
comprendido con quién están tratando.
Vladimir Putin no
necesita invadir Europa... a menos que se le empuje a ello. Y si lo hace, no
lo hará a medias: Rusia ha demostrado en el pasado estar dispuesta a pagar
precios humanos inmensos si lo considera necesario, como ocurrió durante la
Segunda Guerra Mundial.
Si el Kremlin llegara a
percibir que su supervivencia está en juego, la opción nuclear no sería
impensable. Por eso, más que nunca, se requiere liderazgo con visión,
responsabilidad y, sobre todo, voluntad de evitar la tragedia.
Ucrania no puede ser el
terreno de juego eterno de las potencias. Y si Europa realmente quiere
influir en el desenlace, necesita más estrategia y menos testosterona. De
seguir por este camino, solo obtendrá escombros y migajas, mientras otros
—como Rusia y posiblemente EE.UU. bajo una presidencia Trump— se reparten la
tarta.
La pregunta final no es
si alguien sería tan loco como para usar armas nucleares... sino si hay
alguien lo suficientemente cuerdo como para evitar que eso ocurra.
Domingo
14 de Septiembre
La OTAN no salvará a Europa si Putin decide
invadirla
La OTAN
cometerá un error garrafal si subestima a Rusia,
porque Putin actuará sin límites si se siente
acorralado. Y prolongar el conflicto en Ucrania
aportando armas no solucionará el problema. Muy
bien deben medir los pasos los países de
la OTAN si no quieren crear el Armagedón, porque
la euforia debe ir acompañada de la prudencia,
la responsabilidad y la competencia para
solucionar el conflicto sin arriesgarse a
perderlo todo. Porque si los países que integran
la OTAN creen que van a poder vencer a Rusia, es
que todavía no saben con quien se la están
jugando.
Y por
cierto Putin no invadirá a Europa.... a no ser
que Europa le provoque y le de motivos para
hacerlo, y amigos, convenceros, si Putin invade
Europa lo hará con todas las consecuencias
aunque sepa que para ello tenga que sacrificar
10 millones de soldados. Ya lo hizo en el pasado
cuando ganó la Segunda Guerra Mundial, frenando
a Hitler y a su potente ejército. Y que nadie se
engañe, si Putin se ve acorralado o piensa que
Rusia puede perder frente a Europa, no dudará en
desencadenar el "holocausto nuclear".
Así que
"líderes de la OTAN, medir bien bien vuestras
acciones, vuestras escaramuzas y provocaciones,
porque si la liais, nadie va a quedar para
contarlo. Y que os quede claro, Rusia jamás
firmará un alto el fuego con Ucrania ni tratado
de Paz, si ello implica perder los territorios
conquistados. Ya lo dije cuando se inicio la
guerra. Los motivos, para quien conoce la
estrategia geopolítica mundial son obvios. Si
Europa quiere repartirse la tarta de Ucrania con
Putin y EE.UU., la opción no es seguir
alimentando la Guerra. Europa, de Ucrania solo
va a obtener lo que Putin y Trump acuerden, así
que cambiar de estrategia, zafios temerarios e
irresponsables. Porque por ese camino solo
recogeréis migajas y escombros. La única salida
realista es negociar con Rusia, incluso si eso
implica ceder territorios.
Y
preguntaros ¿Existe algún loco capaz de usar
bombas nucleares a sabiendas que provocará su
propio fin? Y yo os digo, desgraciadamente, SI.
Sábado 13 de Septiembre
Una Europa inútil, con una burocracia impotente
e ineficaz ante la barbarie de Israel
Europa ha demostrado su
impotencia, su ineficacia y su debilidad al no ser capaz
de llevar a cabo acciones de presión para que el asesino
y criminal Netanyahu deje de cometer crímenes de guerra
contra la población civil en la franja de Gaza, donde
mas de 77.000 civiles han muerto entre ellos 27.000
niños y otros 15.000 están condenados a morir de hambre
por inanición, ante la prohibición de Israel para que no
se suministre ayuda humanitaria.
La Unión Europea ha demostrado
ser un centro de burócratas, inútiles e incapaces de
solucionar los problemas que afectan gravemente a los
derechos y libertades de una población, atentos mas ante
las escaramuzas de Putin que al genocidio de Netanyaju y
su anexión de territorio que no le pertenece, mediante
el asesinato y expulsión de los habitantes de Gaza, pero
sobre todo atentos a mantener su status de privilegios y
poltronas, mientras se asesina impunemente, lo que les
convierte de alguna manera en cómplices de la barbarie.
Cabe preguntarse ¿Porque la
Presidenta de la Comisión Europea Ursula Von der Leyen
ignora y cuestiona la violación sistemática por parte de
Israel de los derechos humanos? Si, la misma que
manifiesta que no le importaría ir a la Guerra contra
Rusia y que estemos preparados para enviar a nuestros
hijos a Ucrania a luchar en el frente.
Políticos así son un peligro para la seguridad, la
estabilidad y la paz de los ciudadanos europeos.
Con una OTAN que se prepara para hacer frente a una
posible invasión Rusa de Europa (nunca lo hará), pero
que es incapaz de detener la barbarie y el genocidio que
Israel esta cometiendo contra el pueblo Palestino. Con
un Netanyaju que ha emulado a Hitler y contra el que el
mundo entero luchó, y sin embargo contra el genocida,
bárbaro y criminal Netanyaju los líderes del mundo se
muestran sumisos y resignados. Porca miseria.
Viernes 12 de Septiembre
Para que el mal triunfe
solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada
Cuando vemos tanta barbarie,
atropellos e injusticias en el mundo y nos planteamos la duda de si hacer algo o
dejarlo correr como parte del orden natural, estamos poniendo nuestro granito de
arena para que el mal se perpetué, porque debemos tener en cuenta que las
tiranías no se mantienen solo por el sometimiento y la fuerza, sino
principalmente por el silencio y la sumisión. Los peores males que ha sufrido la
humanidad no han empezado con el uso de las armas sino con la indeferencia de
los buenos ante los atropellos e injusticias de los malos.
En consecuencia el desorden y el
caos se agrava y aumenta con la inanición o falta de compromiso con los valores
que cimientan una sociedad, con un mundo en progreso, libertad y paz. La
responsabilidad social y la lucha contra el mal y las injusticias, es un
compromiso que todo ser humano debe mantener y llevar a cabo de forma
coherente y práctica, a no ser que nos inhibamos, convirtiéndonos en cómplices
de las mismas. La pregunta es ¿Basta con no hacer nada para que abunde el mal?
SI.
Porque cuando los que pueden alzar
la voz eligen callar, están construyendo sin saberlo el trono donde se sienta el
opresor y el tirano, la barbarie y el atropello, las injusticias y el mal... Con
ello se evidencia que quedarse al margen no es neutralidad sino complicidad. La
pasividad frente a las injusticias es una forma de participar en ellas. Este y
no otro es el origen de los males que afligen a la humanidad. Es la causa de que
en la tierra pudiendo tener el cielo tengamos el infierno. Ahora ya lo sabes.
¿Como vas a actuar?
Viernes 23 de Mayo
Israel ganará la guerra, pero ya nunca podrá
dormir en paz.
Israel condena a mas de 17.000 niños palestinos con el
bloqueo de la ayuda humanitaria, a la hambruna y a la
muerte por inanición, mientras la comunidad
internacional se siente impotente ante semejante
monstruo. La brutalidad, la violencia y el daño
engendran violencia, odio y venganza.
No solo se ha ganado el odio de los palestinos, se ha
ganado el odio del mundo entero. Después de lo ocurrido
en Gaza siempre habrá alguien dispuesto a vengar los
horrendos crímenes y las atrocidades cometidas por
Israel. La duda de cada israelí de que en un momento
dado puedan tener alguien a su espalda les acompañará
para siempre y les robará su paz, su tranquilidad y su
sueño.
Cuando mas tranquilos estén seguros de su victoria, la
tormenta huracanada caerá sobre el pueblo de Israel. Así
esta escrito y así sucederá.
Jueves 22 de Mayo
Bloqueo total a Israel ya
Netanyahu ignora la presión internacional, como en su
día hizo Hitler y condena a Gaza a la hambruna,
donde el único alimento que les queda es la hierba y las
hojas de los árboles. Es tan flagrante la violación de
derechos humanos por parte de Israel contra Palestina,
que el mundo entero debe unirse ya para aplicar un
bloqueo total al régimen de Netanyaju y cortar de
inmediato toda relación diplomática, para evitar que
siga cometiendo un genocidio marcado por la barbarie, la
crueldad y la masacre continua de inocentes, entre los
que la mayoría de las víctimas son mujeres, ancianos y
niños que ya ha supuesto una tragedia humanitaria de
proporciones bíblicas.
La ONU se juega su prestigio y su credibilidad en la
decisión que tome al respecto, ya que si permite que
esto continué demostrará su impotencia ante la barbarie
de un genocida que no respeta a nada ni a nadie, excepto
a los que les suministran armas y apoyo logístico. Hay
que tomar una decisión ya, antes de que la barbarie
cause la muerte de millares de niños y mujeres por
hambruna, metralla y bombas. Es un deber y una
obligación de los líderes mundiales, un desafío moral y
un imperativo del que no es posible escapar, a expensas
de que te hagas cómplice de tanta barbarie y maldad,
ante hechos y situaciones que son contrarias a derecho,
justicia, piedad y humanidad.
Martes 20 de Mayo
No es serio este país
Un país donde los puteros te
dicen que van a abolir la prostitución, los
abusadores sexuales defienden el feminismo, donde
los terroristas te hablan de derechos humanos, donde
los que no han trabajado en su puta vida te hablan
de reducir la jornada laboral, donde los pederastas
te hablan de proteger a los niños, donde los
políticos te prometen hacer puentes donde no
hay ríos, donde los corruptos te hablan de ética,
moral y decencia, donde se premia las astucia y la
malicia en vez de lo méritos, donde el poder
del dinero está por encima de los valores y
principios, y donde los ladrones de guante blanco te
hablan de cumplir con nuestras obligaciones
fiscales, son síntomas de que ese país y el
sistema son un completo fracaso, cuya degradación y
decadencia ya es evidente y aceptada como un mal
menor, y no deja de darte la risa cuando te hablan
de obligaciones, de ley y de justicia, y te entran
muchas ganas de mandar a la mierda a toda la gentuza
cínica, hipócrita, indecente y falsa que te
encuentras en cada esquina de este sufrido país.
Lunes 19 de Mayo
Cuando el cinismo, la hipocresía y la desvergüenza se
pasean por los escenarios mundiales
Cuando renunciamos al pensamiento critico frente a
dogmas establecidos previamente impuestos, estamos
renunciando a usar la inteligencia en favor de
creencias que ofreciendo humo y utopías, no queremos
cuestionar, bien por comodidad para evitar pensar,
bien por interés personal o interés electoral. Es
una ceguera voluntaria frente a la evidencia, porque
nos sentimos mas cómodos digeriendo un contenido que
protegen nuestros prejuicios y supersticiones,
evitando enfrentar ideas que los desafíen. Lo triste
es que estas personas no carecen de inteligencia
sino que renuncian voluntariamente a usarla. Se
sienten mas cómodos siendo rebaño que pastores.
Hay paises que llevan así desde hace 2000 años. Por
lo general suelen ser los mas atrasados. Las élites
económicas, mediáticas y políticas han usado siempre
la táctica mas oportunista en el momento oportuno
como medio para preservar su imagen y su estrategia
personal y o electoral y así declarándose ateos o
enemigos del clero no dudan en asistir a funerales o
proclamaciones de Papas, pues vivimos en una época
en que la ética, la integridad o la nobleza son
valores devaluados cuando de por medio están las
elecciones que les pueden llevar al poder a unos y
conservarlo los otros. Ya sucedió en el pasado,
donde el rechazo al colectivo Gay se transformó en
bienvenida y aceptación cuando se dieron cuenta de
que era una cantera de votos que podían hacer ganar
o perder las elecciones.
Hoy día el voto de los creyentes puede inclinar la
balanza hacia un lado u otro de forma evidente y
obtener la simpatía del pueblo para perpetuarse en
la poltrona y o pedestales representativos. Porque
nadie lo dude, hoy día prevalece la imagen sobre la
sustancia, la estrategia electoral sobre la ética,
la ambición personal sobre los principios y la
integridad, y el poder por mas poder, aunque se
embauque al público que te escucha y te ve, con el
único objetivo de manipular y confundir a las masas,
anulando su libertad de pensamiento, su critica
constructiva y su independencia.
Viernes 16 de Mayo
Sin separación de Poderes no hay Democracia
Ni
Jueces ni Fiscales deben estar al servicio de un Gobierno o un partido. Deben
estar al servicio de la sociedad y siempre bajo el peso de la Ley. La separación
de Poderes da transparencia y consolida la democracia y el Estado de Derecho.
Lo que realmente atentaría contra los derechos y libertades sería un gobierno
que colonizase todas las instituciones poniéndolas a su servicio. Eso
transformaría la democracia en una autocracia que derivaría inexorablemente en
una Dictadura. Todos debemos estar comprometidos para evitar esa situación, que
nos conduciría al régimen de Maduro y a la penosa situación de Venezuela o Cuba.
Jueves 15 de Mayo
Un poco de dignidad por favor
Cuando un gobernante transforma la política de
interés general en cálculo e interés personal,
convierte a la política en una forma consciente de
deterioro institucional y social. Cuando un
gobernante aprueba medidas que se consideran
perjudiciales para la sociedad, para beneficiar a
otros a cambio de su apoyo y se hace con
conocimiento de causa, se está causando un deterioro
que daña al Estado de Derecho, convirtiendo a la
Democracia en una farsa y a la Constitución en papel
mojado. Y cuando un gobernante antepone los pactos
partidistas de coalición al interés general, no solo
daña a las instituciones, está dañando los intereses
y derechos de los ciudadanos.
De esto se deduce que un gobernante que actúa de
esta forma, no gobierna para beneficiar al pueblo,
gobierna para mantenerse en el poder y para ello no
duda en pactar y dejarse chantajear con quienes
reniegan de la patria, aunque tenga que prescindir
de integridad moral, de dignidad, de nobleza y de
decencia. Porque cuando un gobernante aplica
políticas que el mismo considera nefastas para los
intereses de los ciudadanos, está prescindiendo de
los valores y principios mas trascendentales, con el
único objetivo de contentar a sus socios que le
permiten continuar en el poder al frente del
Gobierno. Un gobernante así (si le queda algo de
dignidad, autoestima y amor propio) debe dimitir o
en todo caso convocar elecciones cuanto antes, pues
el deterioro que le acompañará, terminará
arrastrándolo al inframundo de la amargura, del
olvido, la vergüenza y el deshonor.
Martes 13 de Mayo
La
Autocracia de la Democracia
Cuando alguien concentra demasiado poder en si
mismo, eliminado la participación ciudadana y de los
políticos que le rodean afines a su grupo, tomando
decisiones unilaterales, podemos decir que la
Democracia se convierte en Autocracia (cuando no en
Dictadura). La Democracia hoy día tan solo es una
farsa, una máscara tras la que se esconden los
poderosos para legitimar sus políticas ajustándolas
a "su derecho" particular. Antes la Democracia era
una forma de Gobierno en el que el poder de decidir
emanaba del Pueblo y participaban en la toma de
decisiones con elecciones libres y manteniendo la
separación de poderes (Ejecutivo, Legislativo y
Judicial) y cuya máxima expresión era el respeto a
los derechos humanos, el progreso social y la
libertad de expresión sin censura.
Hoy
esa Democracia esta devaluada, ya que el poder se
concentra en una sola persona que lo ejerce de forma
absoluta, después de colonizar las instituciones,
eliminar la independencia de Poderes, controlar los
medios de comunicación, modificar las leyes para
perpetuarse en el poder, debilitar las instituciones
democráticas y gobernar el país con una ideología
concreta, administrando las cuentas públicas como si
fueran de su propiedad.
El
problema es que los ciudadanos no usan el único
control que aún le queda (las elecciones) de forma
coherente, pragmática y responsable, y así se da el
caso que teniendo la oportunidad de cambiar a
aquellos políticos que lo están haciendo mal, se
suele caer en el mismo error evidenciando que no se
tiene la formación necesaria para elegir lo mejor y
lo mas útil para el país, para el pueblo. Ya lo dijo
Platón en su tratado sobre la "República": Los
políticos electos deben se aquellos que no vivan de
la política sino para hacer la mejor política para
el pueblo, de ahí que deban ser elegidos por un
consejo de sabios, filósofos y libre pensadores sin
afiliación política. Dejar a los grumetes al mando
del timón del barco es elegir un destino directo al
precipicio. Esa es nuestra situación y así nos va.
Viernes 9 de Mayo
Disertación teológica
San Agustín se planteaba en sus disertaciones la
dicotomía entre la fe y la razón, la ciencia y la religión tratando de
complementarlas sin contradecirse, lo que generó un debate teológico y
filosófico que al día de hoy no se ha cerrado. Solo desde la libertad de
pensamiento y con cierta honestidad intelectual se puede discernir desde una
perspectiva crítica pero sincera y auténtica. No se puede aceptar la fe como una
forma de pensamiento porque no se fundamenta en evidencias, siendo incompatible
con la razón crítica que exige pruebas y coherencia lógica, ya que la fe
aceptaría como verdades algo que la lógica, la ciencia y la coherencia no puede
aceptar.
Así que desde la coherencia intelectual del ateismo,
la razón y la ciencia no pueden considerarse compatibles con la fe y la
religión. Silogismo puro. Una cosa es el conocimiento por evidencia y otra muy
distinta la aceptación de dogmas por sugerencia o imposición. Sin embargo no
confundamos Iglesia con moral o propósito de la Iglesia con historias inventadas
y deidades ficticias. La moral como conducta humana en la que intervienen los
principios, los valores y virtudes es necesaria para sostener una sociedad en
progreso y en paz.
Algo que el ateo acepta no por imposición sino por
convicción, de ahí que sean tus acciones implícitas en la moral lo que te
hace mejor persona, no tus creencias, ni la religión. De ahí la
consistencia entre el conocimiento empírico, con la lógica, la moral necesaria y
la evidencia. La honestidad intelectual nos enseña que la razón y la ciencia si
son compatibles con la realidad mientras que la fe y la religión son fuentes
surgidas de la superstición, la fantasía y cierta manipulación y nunca pueden
sostenerse como fuentes de conocimiento en los mismos términos que la ciencia.
Que cada uno crea lo que quiera, pero admitiendo
que mientras la ciencia crea progreso, la fe genera retroceso en el
conocimiento, el progreso, la libertad y la luz.
Que cada uno crea lo que quiera, pero admitiendo
que mientras la ciencia crea progreso, la fe genera
retroceso en el conocimiento, el progreso, la
libertad y la luz.
Jueves 8 de Mayo
Piensa por
ti mismo y serás libre
Uno se
siente frustrado cuando observa que la estupidez humana se obstina
en ignorar la lógica y actuar en contra de lo racional y coherente.
Y aunque se asocia con la falta conocimiento y sentido común, la
verdad es que va mas allá de la ignorancia y se adentra en un
fanatismo irracional, alterando inconcientemente la percepción de la
realidad. Y es que a pesar de los avances en educación y tecnología,
siguen siendo las emociones, los prejuicios y las creencias
arraigadas las que juegan el papel crucial en el comportamiento
humano. Esto no indica necesariamente falta de inteligencia, sino
una consecuencia de la manipulación de esas instituciones que
generan un miedo ancestral, al aferrarse a creencias que provocan
cierto consuelo, aunque se basen en ficciones totalmente
desconectadas de la realidad en que se vive. Esto se agrava cuando
ciertos pensamientos se bloquean y no se cuestionan dado que el
entorno que te rodea piensa igual y sin alternativas haciendo que la
burbuja ficticia se crezca y se proteja a si misma. Y uno no es
estúpido por ser ignorante, se es estúpido cuando se rechaza una
información que con toda lógica le muestra la realidad, se es
estúpido cuando su fanatismo hace que se cierre a la posibilidad de
aprender o sostener ideas que van en contra de la realidad a pesar
de las pruebas evidentes.
A lo largo
de la historia el miedo ha hecho que muchos prefieran vivir en un
mundo ficticio donde las respuestas simples parecen mas atractivas
que la complejidad de pensar diferente. La estupidez en si no es
nociva para quien la sostiene, lo es cuando engendra ignorancia y
fanatismo que suele generar violencia, retroceso y caos. El
conformismo intelectual generado por la estupidez y el fanatismo
provoca cierta resistencia a la autocrítica, te vuelve sumiso y
receptivo a escuchar aquello que nos gusta escuchar pero que no
dejan de ser trampas psicológicas que limitan nuestro desarrollo
personal y nuestra libertad de pensar.
Sin embargo
hay que constatar que la estupidez humana significa un obstáculo
para el progreso y evolución humana, pues la comodidad mental que
ofrece una creencia hace que dejemos de cuestionar, de explorar, de
progresar y de razonar de manera lógica y critica, reduciendo
nuestras posibilidades de alcanzar un futuro mejor. ¿Como podemos
contrarrestar los efectos de la estupidez? Pues fomentando la
educación y el pensamiento crítico e independiente, cuestionando
aquello que no nos de las garantías de veracidad mínimas, creando un
espacio donde la empatía y el respeto mutuo, donde la verdad y el
razonamiento tengan un lugar preferente, lejos de los espacios
mediáticos, la manipulación y las imposiciones que se nos inculcan
sin haber discernido si son reales o ficticias, donde la luz de la
razón pueda brillar mas que las sombras de la ignorancia o las
tinieblas del fanatismo.
Lunes
5 de Mayo
El Gran Apagón III
Continua la incertidumbre y la desconfianza.
Una semana después del suceso mas traumático que
ha sufrido España en mas de 60 años, y a pesar de las comisiones de
investigación por parte de de los organismos públicos y los
departamentos de energía tanto públicos como privados, el Gobierno
no ha sido capaz de dar seguridad y confianza a los ciudadanos, que
temen que en cualquier momento vuelva a repetirse el desastre vivido
con el consiguiente caos. Que no se hayan asumido responsabilidades
ni que Sanchez haya cesado a los responsables directos o indirectos
contribuye muy poco a dar cierto nivel de tranquilidad y seguridad,
menos cuando sospechamos que todas las investigaciones y
manifestaciones están supeditadas al interés político y económico,
circunstancia que nos da pocas esperanzas de que conozcamos la
verdad.
Y por mucho que nos cuenten, los españoles tenemos la
sospecha de que nunca vamos a saber lo que pasó aquel lunes fatídico. Nos
están colando una secuencia de hechos, entre energía renovables e inercia y
capacidad de almacenamiento y distribución para nivelar la energía que entra
y que sale para que no salten "los plomos", pero con tanta clase magistral
sobre energía y electricidad, los ciudadanos ya no saben si tragarse el
relato o si estan fabricando un montaje exculpatorio. Lo que si es cierto es
que nadie ha pedido disculpas ni ha dimitido ante unos hechos que pudieron
ser muy graves de consecuencias impredecibles en el tiempo y que tal hecho
no puede quedar impune, y mucho menos cuando no nos dan la seguridad de que
no pueda volver a ocurrir.
Queda claro que el Gobierno, accionista mayoritario de
Red Eléctrica debe asumir las responsabilidades pertinentes y, las
operadoras privadas que tuvieron unos beneficios de 27.000 millones el año
pasado y que conocían el deterioro de la red, se les debe exigir la
responsabilidad compartida, si de sus acciones se deriva desidia o
negligencia por no haber dado la solidez y consistencia a la infraestructura
de la red que debe soportar esos altibajos de energía.
Y no queremos declaraciones compungidas de ciertos
responsables que no dan al ciudadano tranquilidad y seguridad, queremos que
nos den la certeza de que se van a tomar las medidas para que el Lunes negro
no se vuelva a repetir y por supuesto que se cese a los responsables para
que se tomen en serio las responsabilidades que a cada uno le correspondan,
para que España deje de ser un país bananero y tercermundista.
Jueves 1 de Mayo
El Gran Apagón II
Negligencia, manipulación o incompetencia
Hoy ya superado el estupor por la situación
caótica vivida por el Apagón recuperamos la calma, teniendo en cuenta
que el peligro de que se repita sigue en el aire . Como todos habéis
estado pendientes de las informaciones que han dado los medios de
comunicación, ya estaréis enterados de por donde van los tiros... Los
expertos deducen que el "Apagón" se produjo por saturación de la red
eléctrica o sea por "exceso de energía" que la deficiente estructura
de la red española no pudo absorber, "saltando los fusibles" por
decirlo de alguna manera, ya que los controles de reconducir esa energía
se petaron. ¿Esto que significa? Pues que a pesar de que las eléctricas
tienen miles de millones en beneficios (el año pasado fueron 27.000
millones) no han sido o no han querido invertir en modernizar y dotar de
mejores controles o acumuladores de energía, sobre todo la procedente de
las renovables (molinos, placas, hidroeléctricas, biomasa, geotermia,
etc) para reconducir el exceso de electricidad producida junto a la
acumulada por las no renovables (petróleo, gas natural, carbón y
nucleares).
¿Esto que quiere decir? pues o que se invierte en generar
controles o acumuladores de energía para reconducir el exceso y se renueva
el parque eléctrico dotándolo de una infraestructura sólida o volveremos a
tener otro apagón, mañana, la próxima semana o dentro de un mes, como
cualquier país tercermundista de mierda, que no merece unos gobernantes
mediocres, que colocan a sus ministros en puestos de responsabilidad, sin
tener preparación alguna en sus competencias, excepto el dedo divino de su
presidente que los enchufa en estos puestos con salarios millonarios.
Al margen de esto, para todos los que sois fieles a la
página y me seguís, mi consejo de hoy, es que no dudéis en haceros con un
KIT de emergencia completo por lo que pueda venir, sin que esto signifique
alarmismo de ningún tipo. Mas vale prevenir..... a que nos pille con el culo
al aire. Linterna, pilas, radio, velas, cerillas, hornillo camping, dinero
en efectivo y comida no perecedera para tres días, para darte una mínima
cobertura a nuestra seguridad y estar tranquilos, sobre todo en las grandes
ciudades, ya que en los pueblos de las zonas rurales, no se produce el caos
y colapso del tráfico y transportes de las grandes urbes ni los problemas de
víveres es tan acuciante, entre otros muchos que provoca el apagón. Lo que
esta claro es que esto no se puede volver a repetir y de ser así que los
responsables políticos y empresariales respondan ante los tribunales y se
les juzgue con toda severidad. Hay que destacar que fue Marruecos la que
aporto energía para levantar los nodos que conectan la electricidad y
suministrarla a Andalucía igual que hizo Francia en los Pirineos con
Cataluña y Navarra.
Es que en pleno siglo XXI con la una tecnología tan
avanzada, que España sufra estos episodios de desastre y caos, nos sitúa
como un país bananero de mierda.
Lunes 28
de Abril
El Gran Apagón I
Accidente o manipulación
Hoy escribo desde el cabreo
mas absoluto, porque tengo
la sensación de que nos han
usado como cobayas y se pudo
provocar el mayor desastre
desde la Guerra Civil en
España. El caos provocado
por el "Apagón" fue total en
las grandes ciudades, pero
la que se llevó la palma fue
Madrid. Hasta tal punto fue
grave, que no solo lo apagó
todo, también apagó al
Gobierno que no dió la cara
hasta cinco horas después. A
estas horas desconocemos
todavía la causa que provocó
el corte de Energía
Eléctrica en toda la
península. Pero de momento
ya se ha descartado el fallo
humano (ya que se
hubiese necesitado el fallo
de 2 o mas personas a la vez
y al mismo tiempo),
descartada la erupción solar
(porque hubo zonas que no
afectó) y descartado el
sabotaje de un ciberataque
(porque de haberlo hecho
estaríamos todavía a
oscuras),
y no me creo que se produjo
por saturación de la red por
exceso de energía, porque en
ese caso debieran regalarla
y nos la cobran a precio de
oro. Claro que en este caso
el responsable del desastre
sería el Gobierno....
¿Que queda? A mi se
me ocurre y sospecho que ha sido un
ensayo para ver como reaccionaba la
población y cuanto tiempo se tardaba
en restablecer la energía eléctrica.
Nadie olvida el aviso de la
fhurer Von der Leyen, aconsejando a
la población la compra de un Kit de
supervivencia para tres días. ¿Que
información tenía? ¿Estaba
programada la desconexión? Desde
luego, todo indica que ciertos
dirigentes políticos tenían
información privilegiada. Y no nos
van a contar la verdad. En todo
caso, este suceso ha marcado un
antes y un después, en la
vulnerabilidad de los habitantes de
las grandes ciudades, que se
convierten en ratoneras cuando
suceden este tipo de crisis y
calamidades.
Hoy un tertuliano
psicólogo ha analizado el
comportamiento de la población,
afirmando que si el primer día fue
calmado "en parte", se debió a que
estaba en la fase de sorpresa y
expectación, pero sigue afirmando
que de continuar la situación el
segundo día habría sido caótico y
comenzaría el caos mas absoluto con
altercados, desvalijamiento de
supermercados y viviendas, violencia
y desorden, que ni la Policía sería
capaz de controlar, teniendo que
recurrir al Ejercito y declarar el
Estado de Excepción. Y al tercer
día, la única preocupación de los
ciudadanos de las grandes ciudades
(Madrid, Barcelona, Bilbao,
Valencia, etc) sería huir a la
desesperada hacia las zonas rurales.
¿Es tan dramático? SI. ¿Entonces que
hacer?.
Hay que reconocer que
la situación ha sido controlada por
el titánica labor de los
trabajadores de la Red Eléctrica,
que han continuado incansablemente
hasta dar cobertura a toda España y
que nuestra Policía y Guardia Civil
junto a la UME, como siempre han
estado para auxiliar, controlar y
proteger a los ciudadanos. Lo
preocupante es que España sigue
teniendo un alto riesgo de que
vuelva a producirse un "Apagón".
Ante todo esto yo si me hago una
reflexión: Si no estamos libres de
que situaciones parecidas vuelvan a
repetirse (como así han
manifestado), yo aconsejo que todos
los que puedan irse a vivir a las
zonas rurales (sobre todo los
jubilados) que aunque haya menos
servicios públicos lo hagan, siempre
serán mas seguras que la gran ciudad
y los que tengan que permanecer en
ellas por motivos de trabajo o
estudio, se pertrechen (de cara a
que en el futuro vuelva a ocurrir),
de un buen kit de supervivencia
(nada de tres días, mínimo para 15
días), pues en esta ocasión el 60%
de los ciudadanos hicieron caso
omiso y los pilló con el culo al
aire. Y os lo digo porque como
madrileño he sido testigo y solo el
primer día, de situaciones caóticas,
pánico descontrolado y desesperación
de la gente que no podía llegar
a sus casas o destinos ("el primer
día"), que de continuar se
hubiesen vuelto dantescas. Repito,
los que podáis y tengáis opción de
vivir en las zonas rurales, no lo
dudéis, hacedlo. Las grandes
ciudades, se pueden convertir en
trampas mortales y en lugares
dantescos, en situaciones de crisis
como la ocurrida.
Ayer ha sido el
Apagón, mañana puede ser el hakeo de
bancos, o la pérdida de conexión
global a Internet, o una erupción
solar que fría todos los componentes
eléctricos, o (esperemos que no) un
enfrentamiento bélico.. Y, adquirir
el kit de emergencia aunque sea el
básico (transistor, pilas, velas,
linterna, dinero en efectivo,
batería para móvil, agua y botes de
conserva), porque visto lo visto,
puede volver a ocurrir en cualquier
momento.
Lo que si reclaman todos los
ciudadanos es que se llegue hasta el
final de la investigación y se exija
responsabilidad por lo ocurrido,
para que algo tan gravísimo no
vuelva a ocurrir.
Si necesitan acumuladores por exceso
de energía, póngase a ello de
inmediato. No puede volver a ocurrir
un desastre como el vivido el Lunes.
Porque si vuelve a ocurrir y se
prolonga en el tiempo, provocaran un
desastre de proporciones
apocalípticas en las grandes
ciudades.
Domingo 27 de Abril
Cuando
el verano se marcha y los pueblos vuelven a
quedarse solos
Cada año, cuando septiembre asoma
tímidamente por el calendario, los pueblos
de España viven una despedida que duele más
de lo que se dice. Es una escena repetida,
casi ritual: maletas en los portales,
puertas que se cierran, coches que se alejan
dejando atrás una nube de polvo… y un
silencio que cae como un telón sobre las
calles. El verano se va, y con él, la vida.
Durante unos meses, los pueblos renacen. Los
hijos que un día se marcharon vuelven para
reencontrarse con sus raíces; las casas
apagadas se llenan de voces; los bares, que
sobreviven como pueden el resto del año,
parecen latir con fuerza. Pero es un latido
estacional, un préstamo de alegría. Porque
en septiembre llega la gran desbandada, ese
éxodo repentino que recuerda a los que se
quedan que la soledad nunca se marchó del
todo: solo estaba dormida.
La despoblación no es solo una cifra fría en un
informe: es una herida abierta. Desde los años
50 y 60, cuando los jóvenes tuvieron que dejar
atrás su tierra en busca de trabajo, estudios u
oportunidades que jamás llegaron a estos
rincones, los pueblos han ido apagándose poco a
poco. Hoy, muchos de esos jóvenes —o sus hijos—
continúan marchándose por las mismas razones. Y
quienes permanecen son, en su mayoría, mayores
que miran las calles vacías con una mezcla de
resignación y nostalgia.
En lugares como Arrabalde, en Zamora, esta
realidad se hace visible sin necesidad de
palabras. En verano, el municipio pasa de 187
habitantes a más de 300. Todo parece posible
durante esas semanas: el bar abre cada día, hay
risas en las plazas y la vida se cuela por cada
esquina. Pero basta con que termine agosto para
que el pueblo vuelva a su cifra real: menos de
80 almas resistiendo el invierno.
¿Cómo no va a dolerles la despedida?
Para muchos mayores, septiembre no es
simplemente el fin del verano: es el principio
de un nuevo tramo de soledad. Los nietos se van,
los hijos regresan a la ciudad buscando
servicios médicos o trabajo, y el silencio
vuelve a ocuparlo todo. Donde hace solo unos
días había mesas llenas, ahora quedan sillas
vacías. Donde había bullicio, ahora se escucha
el eco de un perro ladrando en la distancia.
“Falta gente, falta vida”, dicen los vecinos. Y
es difícil encontrar palabras más verdaderas.
Los pueblos son como corazones que laten a dos
ritmos: uno fuerte y vibrante en verano, y otro
débil, casi imperceptible, el resto del año.
Pero nadie puede vivir eternamente esperando la
próxima estación para volver a sentirse
acompañado.
Quizá por eso cada septiembre duele tanto:
porque recuerda lo que estos pueblos fueron… y
lo que todavía podrían ser si no se extinguen
lentamente entre despedidas.
Mientras tanto, quienes se quedan guardan la
esperanza. La esperanza de que los nietos
regresen el próximo verano; de que el bar vuelva
a abrir cada día; de que las calles vuelvan a
llenarse de pasos y no de silencios.
Hasta entonces, la vida rural continúa
resistiendo, con la misma serenidad con la que
lo hacen sus gentes: esperando, recordando y
soñando con que algún día la vida deje de ser un
paréntesis estival y vuelva a quedarse para
siempre.
De mi libro "Anatomía
de un país"
La decadencia que
no hace ruido
Este libro no
nace de la rabia ni del impulso momentáneo. Nace
de una inquietud persistente. La sensación de
que algo se está deteriorando ante nuestros ojos
mientras seguimos discutiendo como si nada
esencial estuviera en juego. No vivimos un
colapso visible ni una ruptura abrupta del
sistema. No hay tanques en las calles ni
suspensión formal de libertades. Lo que vivimos
es algo más sutil y, precisamente por eso, más
peligroso: un desgaste progresivo de la calidad
democrática, una degradación moral que avanza
sin estridencias y una renuncia colectiva a la
exigencia.
La política ha
dejado de ser, en demasiados casos, una vocación
de servicio para convertirse en un mecanismo de
supervivencia. El poder ya no se concibe como
instrumento, sino como destino. Los partidos no
se estructuran en torno a ideas sólidas y
debates internos vigorosos, sino alrededor de
liderazgos que premian la obediencia y castigan
la discrepancia. El miedo sustituye al
argumento. El silencio reemplaza al pensamiento
crítico. Y cuando eso ocurre, la democracia
empieza a vaciarse por dentro sin necesidad de
que nadie la ataque desde fuera.
Pero reducir
el problema a los dirigentes sería cómodo y
simplista. La degradación institucional es
también reflejo de una transformación cultural
más profunda. Hemos sustituido el análisis por
la emoción, la responsabilidad por la consigna y
la complejidad por el eslogan. La indignación se
ha convertido en un recurso político rentable.
Se moviliza más fácilmente a través de la rabia
que a través de la reflexión. Se gobierna
apelando a impulsos primarios mientras se evita
el coste de explicar la realidad en toda su
crudeza.
En este
contexto, la política promete lo que no puede
sostener y aplaza indefinidamente la factura. Se
anuncian subidas, ayudas y reformas como si la
aritmética fuera una opinión. Se presentan
decisiones coyunturales como victorias
estructurales. Y cuando los números no cuadran,
se recurre al relato. La economía deja de ser
una cuestión de equilibrio para convertirse en
una narrativa emocional. Sin embargo, la
realidad siempre termina imponiéndose. Las
deudas no desaparecen por decreto y los
desequilibrios no se corrigen con titulares.
Al mismo
tiempo, la sociedad parece haber perdido la
claridad en la definición de sus propios
límites. Se confunde tolerancia con ausencia de
criterio. Se interpreta cualquier
cuestionamiento como intolerancia. Se eleva la
percepción subjetiva a la categoría de verdad
incuestionable. En nombre de la inclusión se
diluyen marcos comunes imprescindibles para la
convivencia. Y cuando todo debe ser validado
automáticamente, el debate público se empobrece
y la cohesión social se resiente.
Este libro no
es un ajuste de cuentas con una ideología
concreta ni un ataque personal contra
determinados nombres propios. Es una advertencia
sobre una deriva. Sobre la facilidad con la que
una democracia puede degradarse cuando el poder
se profesionaliza en exceso, cuando la emoción
desplaza a la razón y cuando los ciudadanos
reducen su papel al de espectadores indignados
pero pasivos. No es una crítica a la existencia
de alternativas políticas, sino a la repetición
de un patrón: entusiasmo redentor, promesas
desmesuradas, integración en el sistema y
posterior desencanto.
Tampoco es una
negación de los problemas reales que existen en
ámbitos como la inmigración, la desigualdad o la
protección social. Es, más bien, una llamada a
abordarlos con responsabilidad adulta. Una
sociedad madura no es la que ignora sus límites
ni la que se deja llevar por impulsos reactivos,
sino la que combina solidaridad con exigencia,
libertad con responsabilidad y derechos con
deberes. Cuando se elimina cualquiera de esos
elementos, el equilibrio se rompe.
Hay además una
dimensión cotidiana de esta decadencia que suele
pasar desapercibida. La envidia normalizada, el
rumor convertido en herramienta de descrédito,
la incapacidad de alegrarse por el mérito ajeno,
la sospecha permanente hacia quien destaca. Las
sociedades no se deterioran únicamente por
grandes decisiones políticas; también lo hacen
por pequeñas miserias diarias que erosionan la
confianza. Sin confianza no hay comunidad, solo
coexistencia tensa.
La sensación
de anestesia colectiva no proviene de la
ausencia de problemas, sino de la saturación de
estímulos. Ruido constante, indignación
permanente, conflicto continuo. Cuando todo es
urgente, nada es profundo. Cuando todo es
escándalo, nada es estructural. Y así se
consolida una ciudadanía acostumbrada a
reaccionar pero no a exigir reformas de fondo.
La decadencia
no comienza cuando faltan recursos materiales.
Comienza cuando se rebajan los estándares
morales e intelectuales. Cuando se celebra la
astucia por encima de la honestidad. Cuando el
mérito resulta sospechoso y la mediocridad se
normaliza. Cuando el poder se protege a sí mismo
y la sociedad deja de pedirle cuentas con rigor.
Este libro
parte de una convicción sencilla: ninguna
democracia es indestructible. No necesita un
enemigo exterior para debilitarse; le basta con
la acumulación de pequeñas renuncias internas.
Renuncia al debate honesto. Renuncia a la
responsabilidad presupuestaria. Renuncia a la
exigencia cívica. Renuncia a los límites
compartidos.
No se trata de
anunciar un apocalipsis ni de alimentar el
derrotismo. Se trata de recuperar una mirada
exigente. De asumir que el deterioro no es
inevitable si se reconoce a tiempo. De recordar
que el poder hace hasta donde se le permite y
que la calidad de una democracia depende tanto
de sus dirigentes como de la madurez de sus
ciudadanos.
Si este libro
incomoda, cumple su función. Porque la comodidad
es, precisamente, el terreno donde prospera la
decadencia silenciosa. Y mientras sigamos
creyendo que todo se reduce a una lucha entre
bandos, sin afrontar las carencias estructurales
que compartimos, seguiremos avanzando hacia un
desgaste que no hará ruido, pero dejará huella.
La cuestión no
es si estamos a favor o en contra de un gobierno
concreto. La cuestión es si estamos dispuestos a
exigir más altura, más coherencia y más
responsabilidad a quienes ejercen el poder y a
nosotros mismos. Porque ninguna sociedad cae de
un día para otro. Se debilita cuando deja de
exigirse carácter. Y la recuperación, si llega,
no empezará en los discursos oficiales, sino en
la conciencia crítica de quienes decidan no
conformarse con la versión cómoda de la
realidad.
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