No es oro todo lo que reluce, cuando el relato se atiene a lo que escriben ciertos historiadores

 

 Una vista de la Sierra de las Labradas, donde estuvo ubicado el supuesto Castro Celta hace unos 2000 años. Por desgracia hoy no quedan vestigios, excepto el tesoro encontrado y parte de muralla reconstruida con piedras de la época actual, que desvirtúa el verdadero cerramiento que pudo existir. Pero es un lugar privilegiado, que invita al senderismo, respirar aire puro y contemplar las excelentes panorámicas que desde allí se divisan.

 

 

"El Relato"

 

En la sierra de Las Labradas, en las cercanías de la localidad zamorana de Arrabalde, se encontraron casualmente... 2 importantes tesoros, uno en Agosto de 1980,  y posteriormente volvió a encontrarse otro tesoro en 1987, con un gran valor, no solo material sino también por el aporte  de la antigua cultura del Noroeste de España. El primer tesoro de Arrabalde fue encontrado en el extremo este de la sierra de Las Labradas, situado en terrenos pertenecientes a los municipios zamoranos de Arrabalde y de Villaferrueña. Se trató de un hallazgo fortuito por parte de Victorino Llordén Vega, abogado de Benavente, ocurrido a finales de agosto de 1980 que, ante su importancia, fue adquirido por el Estado tras una rápida gestión de la Subdirección General de Arqueología. En dicha operación participó Moisés Llordén Miñambres, director de la cátedra Jovellanos de extensión universitaria de Gijón y Narciso Santos Yanguas, que fue el primero en dar la noticia "según el relato" de terceras personas....

En este artículo realiza un pormenorizado detalle de las piezas encontradas indicando su peso y tamaño, e informa de que, seguidamente, a primeros de septiembre, llevó a cabo “una prospección a flor de tierra en el terreno removido al extraer la vasija que contenía el tesoro anteriormente descrito, hallándose los siguientes objetos, todos ellos de plata, que fueron entregados al mismo tiempo que las restantes piezas del tesoro”, y pasa del mismo modo a describirlas. El conjunto finalmente estaría formado por medio centenar de joyas de oro y plata con un peso total de  5.010,23 g, de los que 677,95 g correspondían al oro.

Este conjunto de joyas está actualmente expuesto en el Museo de Zamora. Circunstancias lamentables hicieron imposible conocer con exactitud las condiciones en que se depositó el tesoro en el momento de su ocultación y recientes investigaciones, tampoco aseguran que las joyas enterradas procedieran de  de dichos habitantes del supuesto Castro y que pudieran pertenecer a la soldadesca romana que habito el cerro de la sierra en los últios tiempos y que abandonaron precipitadamente ante la llamada de Cesar para dirigirse a Roma y posteriormente a Britania, al encontrarse en el subsuelo de una vivienda, pues se situaba en una zona de hábitat dentro del cerramiento, ciertamente no se encontró ninguna prueba como muros, pavimento ni restos de hogar que lo demostrasen. El conjunto de joyas se encontraba en el interior de una vasija de cerámica a mano oscura, sin decoración, que fue descubierta como consecuencia de la apertura de una zanja para realizar un cortafuegos que atravesó por completo el yacimiento..... Tras el hallazgo, ese sector del yacimiento fue saqueado vandálicamente por detectoristas furtivos, lo que impidió realizar una prospección y excavación de urgencia que pudiera aportar datos sobre la cronología y circunstancias del ocultamiento.

 

 

Ruta por la Sierra donde según los historiadores estubo ubicado un Castro

 

 

DIVERSAS   PIEZAS    DEL  TESORO  de  Piezas CELTIBÉRICAS  ENCONTRADAS EN LA SIERRA DE  ARRABALDE

    

         

  

   

    

       

      

      

   

    

          

 

RELATO DEL DESCUBRIMIENTO DEL TESORO DE ARRABALDE

Y LAS VICISITUDES QUE LE ACOMPAÑARON

 
Sinopsis de: Miguel Delibes

Un hombre que ara en un cortafuegos de un monte pone al descubierto un tesoro celtibérico con brazaletes, anillos, arracadas y pendientes de oro y plata, todo encerrado en una tinaja. Llegar al fondo de nuestras propias raíces es hermoso, como dice uno de los jóvenes y entusiastas arqueólogos que han acudido al lugar para excavarlo.
 
Pero no todo es fácil y apasionante, y la palabra tesoro ya es por su ampulosidad sinónimo de conflictos. Los aldeanos, que vigilan y olfatean, sólo ven en las excavaciones a unos hombres raros que quieren robarles lo suyo, otros tesoros, y se va creando un cerco, una tensión peligrosa que puede estallar en cualquier momento. En esa zona de la Castilla pobre es inútil hablar de ciencia o cultura, y las pasiones son siempre elementales.
 
Por eso, Miguel Delibes da a cada personaje su valor auténtico, y además de poner de manifiesto el abandono campesino nos muestra a la gente del pequeño pueblo tal como es. Entre la codicia, la sospecha y el a veces excesivo celo de la prepotente administración quedará poco margen para un plausible protagonismo de la sufrida arqueología.


Cobijados en un gran vaso cerámico aparecieron una buena cantidad de piezas de orfebrería. Como corresponde a grupos nómadas y guerreros, predominan las armas y los objetos de adorno personal (joyas, fíbulas, diademas, brazaletes, torques, pendientes, anillos, peines, etc.), que formaban parte de la vida cotidiana y que han aparecido en sus ajuares funerarios. Entre las piezas destaca el Brazalete espiraliforme de plata. (…)


El empleo del oro y la plata así como el carácter ornamental de las piezas reflejan la ostentación y la relevancia social de sus dueños. La mayoría de estas joyas se utilizaron como adorno personal, teniendo unos diseños muy vistosos, con decoraciones recargadas con representaciones vegetales y animales (bellotas, racimos, bóvidos, équidos, serpientes o aves). Los celtíberos realizaron notables avances en la técnica de producción de objetos suntuarios. En las artes industriales de metal, destacan dos grupos por su labor: el armamento y las joyas.

El verdadero valor artístico de estas producciones se distinguen por su preciso diseño componiendo motivos circulares, dentados, roleos, grecas, o líneas quebradas. Algunos temas entrelazados, curviformes o radiales muestran una relación con series ornamentales conocidas en la arquitectura castreña, o en ciertos grupos prerromanos centroeuropeos, asimismo de vieja cultura céltica.

Sin embargo, las últimas investigaciones de historiadores no vinculados, afirman que pueden existir otras teorías, tanto sobre el supuesto Castro, como de las joyas encontradas..... exponiendo la posibilidad de que dichas joyas pertenecieran a la soldadesca romana, producto de su rapiña en las racias por el norte de España, debido a que en los ultimes tiempos de su presencia en Iberia, habrían ocupado el Castro, especulando que dichas joyas fueron ocultadas por dichos soldados al tener que partir precipitadamente hacia Roma.

 Los escasos restos de piedras y cerramientos rocosos, bien pudieran deberse a los corrales construidos para albergar las cabras que pastoreaban en lo alto del cerro así como pequeños refugios de piedra para pastores y cabreros, que mas adelante sirvieron como apostaderos para cazadores, según afirma D. Ferrero.

 

 

Así estaban distribuidos en la época en que ocurrieron los hechos que relatamos, allá por el año 26 ac.

 

 

El Castro:  Del relato a la ficción

 

  La Protohistoria: entre los vestigios y el relato ante el supuesto Castro de las Labradas

        Cuando  la arqueología  sirve para acomodar el pasado a una historia que ya tenemos escrita.

Y la pregunta es: ¿Existio un Castro en lo alto de la Sierra? Muchos empiezan a dudarlo

No deja de resultar paradójico que intentemos reconstruir una época de la que apenas disponemos de documentación escrita directa y en la que buena parte de nuestras certezas proceden de vestigios materiales, interpretaciones posteriores y, en ocasiones, de hipótesis que terminan adquiriendo, con el paso del tiempo, la apariencia de verdades incuestionables. En el caso de la sierra de las Labradas, en Arrabalde, conviene mantener cierta prudencia. La existencia de un asentamiento que pueda ser definido con absoluta seguridad como un castro no debería darse por demostrada únicamente a partir de unos restos escasos o difíciles de interpretar.

Que existan vestigios arqueológicos en un lugar determinado no significa necesariamente que podamos reconstruir con precisión quién lo habitó, cómo vivía, durante cuánto tiempo permaneció allí o qué función concreta tuvo aquel espacio. Y precisamente ahí comienza el problema: cuando el vestigio deja de ser una evidencia y empieza a convertirse en el argumento que sostiene una historia previamente construida.

 El llamado Tesoro de Arrabalde constituye, sin duda, un conjunto arqueológico de enorme interés. Su vinculación con las poblaciones prerromanas del noroeste peninsular resulta plausible y ha dado lugar a diferentes interpretaciones. Pero también se han planteado otras posibilidades acerca de su ocultación y de las circunstancias que rodearon su depósito. Una de esas hipótesis contempla que las piezas no fueran necesariamente propiedad de quienes habitaban en la parte alta de la sierra, sino que pudieran estar relacionadas con la presencia romana en el lugar.

En ese caso, el tesoro podría haber sido un botín obtenido por los soldados durante las campañas militares por el noroeste de España con la Legio X Gemina y posteriormente ocultado allí en circunstancias que desconocemos y abandonado ante la precipitada marcha hacia Roma llamados por  el emperador Nerón quela trasladó a la frontera del Danubio (Panonia). Posteriormente, el campamento fue reocupado por una unidad auxiliar de caballería, el Ala II Flavia Hispanorum. Estudios arqueológicos recientes realizados con tecnología láser aérea (LiDAR) han demostrado que las tropas romanas cercaron y asediaron por completo este castro y que luego lo ocuparon por un tiempo indeterminado. Es una posibilidad.

Pero precisamente eso: una posibilidad. Y aquí es donde creo que debemos detenernos. Porque una cosa es encontrar unas piezas y otra muy distinta conocer con absoluta certeza la historia que hay detrás de ellas. El objeto arqueológico permanece; las circunstancias de su ocultación, muchas veces, no. También resulta necesario preguntarse por esos pequeños restos de construcciones de piedra que pueden observarse en la sierra.

Desde mi experiencia y conocimiento directo del terreno, considero perfectamente posible que algunos de ellos correspondan a antiguas casetas utilizadas por pastores y cabreros, o incluso a refugios o puestos empleados ocasionalmente por cazadores. No todo muro de piedra antiguo tiene por qué ser necesariamente la ruina de una vivienda prerromana, ni todo resto constructivo debe integrarse automáticamente en la explicación de un supuesto castro. De todo ello se deduce, según algunos historiadores que no fueron, como afirma el relato los habitantes celtíberos escondieron a toda prisa valiosas joyas, fíbulas y monedas, sino los últimos soldados que permanecieron en el cerro.

No pretendo con ello negar la existencia de un asentamiento antiguo en la sierra. Tampoco pretendo negar el valor de las investigaciones arqueológicas. Lo que defiendo es algo mucho más sencillo: que distingamos entre lo que realmente nos dicen los restos y lo que nosotros queremos que esos restos nos digan. La arqueología trabaja precisamente con fragmentos. Un muro, una cerámica, una pieza metálica, una moneda o un conjunto de joyas pueden proporcionar información extraordinariamente valiosa. Pero ninguno de ellos cuenta por sí solo una historia completa.

Es el investigador quien debe interpretar esos indicios, relacionarlos entre sí y formular una explicación. Y toda explicación, por rigurosa que sea, debe estar abierta a ser revisada cuando aparezcan nuevas evidencias. Por eso las nuevas excavaciones que comienzan ahora en la sierra de las Labradas despiertan interés. Ojalá aparezcan nuevos materiales, estructuras, niveles arqueológicos o cualquier otro indicio que permita conocer mejor qué ocurrió realmente allí.

Si los trabajos aportan evidencias que confirmen la existencia de un asentamiento de determinadas características, habrá que aceptarlo. Y si, por el contrario, cuestionan algunas de las interpretaciones que se han venido manteniendo, también deberíamos estar dispuestos a aceptarlo. Porque la investigación no debería consistir en encontrar pruebas para confirmar una historia que ya hemos decidido contar. Debería consistir justamente en lo contrario: dejar que las pruebas nos obliguen a modificar la historia cuando sea necesario. No entro, por tanto, a juzgar la veracidad de las interpretaciones existentes ni a sustituirlas por otra historia alternativa.

Mi intención es plantear una duda legítima: hasta qué punto algunas reconstrucciones históricas terminan apoyándose unas en otras, formando una especie de cadena interpretativa en la que el relato anterior sirve de punto de partida para el siguiente. Y sabemos que la historia la escriben los vencedores. Pero también sabemos que la historia que escriben los investigadores puede cambiar cuando aparecen nuevas evidencias. Por eso conviene ser especialmente prudentes cuando hablamos de épocas tan alejadas en el tiempo y tan poco documentadas. No deberíamos confundir una hipótesis razonable con una certeza, ni convertir una interpretación arqueológica en una verdad definitiva simplemente porque ha sido repetida muchas veces.

 Tal vez lo verdaderamente interesante de la sierra de las Labradas no sea únicamente demostrar que allí hubo un castro, quiénes lo habitaron o qué ocurrió con ellos. Tal vez sea también descubrir cuánto desconocemos todavía. Mañana comienzan nuevas excavaciones. Ojalá encuentren mucho. Pero, sobre todo, ojalá encuentren lo que realmente haya allí, y que sean los restos, y no el relato que esperamos encontrar, los que nos digan qué ocurrió en la sierra de las Labradas.

Porque la arqueología debería servir para descubrir el pasado, no para acomodar el pasado a una historia que ya tenemos escrita. Que sea la realidad la que construya el relato, y no el relato el que construya la realidad.

Quien hoy asciende a la sierra de Carpurias y se adentra en el paraje de Las Labradas, animado por la evocadora descripción que ofrecen algunos relatos, puede experimentar cierta decepción al encontrarse con una realidad bastante más modesta de lo imaginado. Allí donde espera descubrir los vestigios de un antiguo castro, encuentra un promontorio pedregoso, cubierto de maleza y hierba alta, junto a algunas estructuras murarias de apariencia relativamente reciente, construidas con piedra de cantera.

El contraste entre las expectativas despertadas por la narración y lo que el visitante percibe sobre el terreno invita a reflexionar sobre la importancia de distinguir entre el valor histórico y arqueológico de un lugar, su atractivo paisajístico y la imagen que de él se transmite. Quizá una información más precisa, acompañada de una adecuada contextualización de los restos conservados, contribuiría a que quienes se acercan a Las Labradas pudieran apreciar el lugar con una perspectiva más ajustada a la realidad, sin renunciar por ello al interés que encierra este enclave de la sierra de Carpurias.

 

 

Recreación gráfica de un Castro

 

 

 

diversos denarios encontrados en las excavaciones, muchos de ellos están en manos privadas