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La Protohistoria: entre los vestigios y el relato ante el supuesto Castro de las Labradas Cuando la arqueología sirve para acomodar el pasado a una historia que ya tenemos escrita. Y la pregunta es: ¿Existio un Castro en lo alto de la Sierra? Muchos empiezan a dudarlo
No deja de resultar paradójico que intentemos reconstruir una época de la que apenas disponemos de documentación escrita directa y en la que buena parte de nuestras certezas proceden de vestigios materiales, interpretaciones posteriores y, en ocasiones, de hipótesis que terminan adquiriendo, con el paso del tiempo, la apariencia de verdades incuestionables. En el caso de la sierra de las Labradas, en Arrabalde, conviene mantener cierta prudencia. La existencia de un asentamiento que pueda ser definido con absoluta seguridad como un castro no debería darse por demostrada únicamente a partir de unos restos escasos o difíciles de interpretar. Que existan vestigios arqueológicos en un lugar determinado no significa necesariamente que podamos reconstruir con precisión quién lo habitó, cómo vivía, durante cuánto tiempo permaneció allí o qué función concreta tuvo aquel espacio. Y precisamente ahí comienza el problema: cuando el vestigio deja de ser una evidencia y empieza a convertirse en el argumento que sostiene una historia previamente construida.El llamado Tesoro de Arrabalde constituye, sin duda, un conjunto arqueológico de enorme interés. Su vinculación con las poblaciones prerromanas del noroeste peninsular resulta plausible y ha dado lugar a diferentes interpretaciones. Pero también se han planteado otras posibilidades acerca de su ocultación y de las circunstancias que rodearon su depósito. Una de esas hipótesis contempla que las piezas no fueran necesariamente propiedad de quienes habitaban en la parte alta de la sierra, sino que pudieran estar relacionadas con la presencia romana en el lugar. En ese caso, el tesoro podría haber sido un botín obtenido por los soldados durante las campañas militares por el noroeste de España con la Legio X Gemina y posteriormente ocultado allí en circunstancias que desconocemos y abandonado ante la precipitada marcha hacia Roma llamados por el emperador Nerón quela trasladó a la frontera del Danubio (Panonia). Posteriormente, el campamento fue reocupado por una unidad auxiliar de caballería, el Ala II Flavia Hispanorum. Estudios arqueológicos recientes realizados con tecnología láser aérea (LiDAR) han demostrado que las tropas romanas cercaron y asediaron por completo este castro y que luego lo ocuparon por un tiempo indeterminado. Es una posibilidad. Pero precisamente eso: una posibilidad. Y aquí es donde creo que debemos detenernos. Porque una cosa es encontrar unas piezas y otra muy distinta conocer con absoluta certeza la historia que hay detrás de ellas. El objeto arqueológico permanece; las circunstancias de su ocultación, muchas veces, no. También resulta necesario preguntarse por esos pequeños restos de construcciones de piedra que pueden observarse en la sierra. Desde mi experiencia y conocimiento directo del terreno, considero perfectamente posible que algunos de ellos correspondan a antiguas casetas utilizadas por pastores y cabreros, o incluso a refugios o puestos empleados ocasionalmente por cazadores. No todo muro de piedra antiguo tiene por qué ser necesariamente la ruina de una vivienda prerromana, ni todo resto constructivo debe integrarse automáticamente en la explicación de un supuesto castro. De todo ello se deduce, según algunos historiadores que no fueron, como afirma el relato los habitantes celtíberos escondieron a toda prisa valiosas joyas, fíbulas y monedas, sino los últimos soldados que permanecieron en el cerro. No pretendo con ello negar la existencia de un asentamiento antiguo en la sierra. Tampoco pretendo negar el valor de las investigaciones arqueológicas. Lo que defiendo es algo mucho más sencillo: que distingamos entre lo que realmente nos dicen los restos y lo que nosotros queremos que esos restos nos digan. La arqueología trabaja precisamente con fragmentos. Un muro, una cerámica, una pieza metálica, una moneda o un conjunto de joyas pueden proporcionar información extraordinariamente valiosa. Pero ninguno de ellos cuenta por sí solo una historia completa. Es el investigador quien debe interpretar esos indicios, relacionarlos entre sí y formular una explicación. Y toda explicación, por rigurosa que sea, debe estar abierta a ser revisada cuando aparezcan nuevas evidencias. Por eso las nuevas excavaciones que comienzan ahora en la sierra de las Labradas despiertan interés. Ojalá aparezcan nuevos materiales, estructuras, niveles arqueológicos o cualquier otro indicio que permita conocer mejor qué ocurrió realmente allí. Si los trabajos aportan evidencias que confirmen la existencia de un asentamiento de determinadas características, habrá que aceptarlo. Y si, por el contrario, cuestionan algunas de las interpretaciones que se han venido manteniendo, también deberíamos estar dispuestos a aceptarlo. Porque la investigación no debería consistir en encontrar pruebas para confirmar una historia que ya hemos decidido contar. Debería consistir justamente en lo contrario: dejar que las pruebas nos obliguen a modificar la historia cuando sea necesario. No entro, por tanto, a juzgar la veracidad de las interpretaciones existentes ni a sustituirlas por otra historia alternativa. Mi intención es plantear una duda legítima: hasta qué punto algunas reconstrucciones históricas terminan apoyándose unas en otras, formando una especie de cadena interpretativa en la que el relato anterior sirve de punto de partida para el siguiente. Y sabemos que la historia la escriben los vencedores. Pero también sabemos que la historia que escriben los investigadores puede cambiar cuando aparecen nuevas evidencias. Por eso conviene ser especialmente prudentes cuando hablamos de épocas tan alejadas en el tiempo y tan poco documentadas. No deberíamos confundir una hipótesis razonable con una certeza, ni convertir una interpretación arqueológica en una verdad definitiva simplemente porque ha sido repetida muchas veces. Tal vez lo verdaderamente interesante de la sierra de las Labradas no sea únicamente demostrar que allí hubo un castro, quiénes lo habitaron o qué ocurrió con ellos. Tal vez sea también descubrir cuánto desconocemos todavía. Mañana comienzan nuevas excavaciones. Ojalá encuentren mucho. Pero, sobre todo, ojalá encuentren lo que realmente haya allí, y que sean los restos, y no el relato que esperamos encontrar, los que nos digan qué ocurrió en la sierra de las Labradas. Porque la arqueología debería servir para descubrir el pasado, no para acomodar el pasado a una historia que ya tenemos escrita. Que sea la realidad la que construya el relato, y no el relato el que construya la realidad. Quien hoy asciende a la sierra de Carpurias y se adentra en el paraje de Las Labradas, animado por la evocadora descripción que ofrecen algunos relatos, puede experimentar cierta decepción al encontrarse con una realidad bastante más modesta de lo imaginado. Allí donde espera descubrir los vestigios de un antiguo castro, encuentra un promontorio pedregoso, cubierto de maleza y hierba alta, junto a algunas estructuras murarias de apariencia relativamente reciente, construidas con piedra de cantera. El contraste entre las expectativas despertadas por la narración y lo que el visitante percibe sobre el terreno invita a reflexionar sobre la importancia de distinguir entre el valor histórico y arqueológico de un lugar, su atractivo paisajístico y la imagen que de él se transmite. Quizá una información más precisa, acompañada de una adecuada contextualización de los restos conservados, contribuiría a que quienes se acercan a Las Labradas pudieran apreciar el lugar con una perspectiva más ajustada a la realidad, sin renunciar por ello al interés que encierra este enclave de la sierra de Carpurias.
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