Cualquier acto que realicemos en esta vida (bueno o malo, pequeño o grande, por acción u omisión) tendrá repercusión en el devenir de los tiempos

 

 

 

Martes  8 de Septiembre

 

Que sola ha quedado la Plaza

Hoy he mirado la plaza de mi pueblo y me ha dolido verla. Tan quieta. Tan vacía. Me ha parecido que ya no era la plaza que yo recuerdo. Porque hubo un tiempo en que allí latía el pueblo entero. Las voces se mezclaban con las risas, los niños llenaban el espacio con sus carreras y siempre había alguien dispuesto a detenerse para conversar. Allí se celebraba la vida. Las fiestas, los encuentros, las tertulias, las noches largas de verano... Todo pasaba por la plaza.

Estaba aquel bar, en un lateral, que parecía mantener encendida una pequeña llama. Mientras sus puertas estuvieron abiertas, la plaza tuvo compañía. Después cerró. Y con aquella persiana bajada se apagó algo más que un negocio. Se apagó una parte del pueblo. Ahora paso junto a ella y apenas me atrevo a mirarla de frente. La miro de reojo, como quien teme reconocer en un rostro conocido cuánto ha cambiado el tiempo. Y entonces recuerdo. Recuerdo la gente que ya no está, las voces que se fueron apagando, las puertas que dejaron de abrirse, las fiestas que ya no son como antes.

Y comprendo que la plaza no está vacía. Está llena de recuerdos. Quizá por eso duele tanto. Porque cuando miro sus bancos, sus esquinas y sus piedras, no veo el vacío de hoy. Veo todo lo que un día estuvo allí. Y quizá lo más triste no sea que la plaza se haya quedado sola. Lo verdaderamente triste es saber que nosotros también hemos cambiado con ella. Que aquel pueblo que llenaba sus tardes de voces y de vida se está convirtiendo poco a poco en un recuerdo. Y mientras me alejo, pienso que quizá las plazas también pueden echar de menos.

Quizá, cuando cae la noche y nadie las transita, ellas también recuerdan. Recuerdan cuando estaban llenas. Cuando eran felices. Cuando el pueblo entero latía en ellas. Que sola ha quedado la plaza de mi pueblo. Y qué solos nos hemos quedado un poco nosotros con ella. Sigue estando ahí, en el mismo sitio de siempre, pero parece otra. Vacía. Silenciosa. Como congelada en un tiempo que ya no existe. Y entonces uno comprende que no es solamente la plaza la que está sola. También lo está el pueblo. Porque los pueblos no se quedan vacíos de golpe. Se van quedando solos poco a poco, cuando se marchan las personas, cuando cierran las puertas, cuando desaparecen los lugares donde encontrarse y cuando las voces dejan de llenar sus calles.

Quizá por eso duele tanto contemplarla. Porque aquella plaza no era solamente un lugar. Era nuestra vida. Era nuestra infancia, nuestras fiestas, nuestros encuentros, nuestras historias. Y ahora solo quedan el silencio y los recuerdos. Qué sola y triste se ha quedado la plaza de mi pueblo. Y qué extraño resulta descubrir que, a veces, lo que más echamos de menos no es un lugar...sino la vida que un día llenó ese lugar. Apagar la Plaza del Pueblo, derivando las actividades festivas a otro espacio, es el peor error que puede cometer un Ayuntamiento, porque ha contribuido en gran parte a apagar el Pueblo.