
Martes 25 de Agosto La Fiesta de Mi PuebloCuando una fiesta pierde su plaza, pierde parte de su almaLas fiestas de un pueblo no son solamente un programa de actividades, unas procesiones o unos cuantos espectáculos. Una fiesta es, sobre todo, encuentro, convivencia, alegría y participación. Es ese momento del año en el que el pueblo parece recuperar, aunque solo sea durante unos días, una vida que durante el resto del año se va apagando poco a poco. Y este año, en Arrabalde, esa sensación ha faltado más de lo deseable. El programa de fiestas llegó con menos actividades y, especialmente, con una oferta musical que poco tiene que ver con la que nuestro pueblo ha disfrutado en años anteriores. No se trata solamente de hablar de presupuestos o de cachés. Se trata de calidad, de ambiente y de expectativas. Durante años Arrabalde ha contado con grupos y actuaciones que daban categoría y atractivo a sus fiestas. Este año, sencillamente, se ha bajado demasiado el listón. Pero quizá el mayor problema no haya estado en el escenario, sino en el lugar donde tradicionalmente se encontraba el pueblo. El Rollo, o la Plaza del Pueblo, ha sido durante años mucho más que un espacio físico. Ha sido nuestro punto de encuentro. Allí se hablaba, se tomaba algo, se encontraban los amigos, coincidían las peñas, los mayores, los jóvenes y quienes regresaban al pueblo por vacaciones. Allí estaba buena parte de esa espontaneidad que convierte unos días normales en auténticas fiestas. Cuando desaparece ese punto de encuentro, la fiesta pierde algo difícil de sustituir: la vida en la calle. También el propio programa elegido para anunciar las fiestas transmitió una sensación de desencanto. Un fondo claramente inspirado en elementos religiosos (procesiones, palios, cruces) puede representar perfectamente una parte importante de nuestras tradiciones, y nadie debería cuestionar, ni mucho menos faltar al respeto, a quienes viven la fiesta desde la fe. Pero una fiesta patronal pertenece a todos. En un pueblo pequeño, donde somos pocos y cada vecino cuenta, la celebración debería buscar aquello que nos une, no aquello que pueda hacer sentir a una parte de los vecinos que la fiesta se ha diseñado pensando solamente en otros. Con un Pregón que pudo ser mas festivo y que dejó entre el público una cierta sensación de decepción, porque si nadie duda de la importancia que tiene la historia de nuestro pueblo no era el momento ni el lugar de hablar de ciertos temas, ajenos a la celebración de las Fiestas, cuyo mensaje debe ser cercano, festivo y que despierte la ilusión que precede a las fiestas. Pero no escribo para molestar sino para hacer crítica constructiva, que no pretende restar valor a quien pregona. Pretende recordar algo muy sencillo: las fiestas son de todos y el pregón también debería hablar a todos. Quizá para el próximo año podamos pedir algo tan sencillo como un pregón con menos discurso y más corazón; menos historia en las palabras y más fiesta en el ambiente. Porque para hablar de nuestro pasado siempre habrá tiempo. Para celebrar juntos, en cambio, solo tenemos unos días al año. Quitando el breve discurso de la concejala, el resto del pregón en opinión de los vecinos fue patético, con una invitada periodista que se notaba que no era su lugar, ni su espacio. Porque si l a historia tiene su espacio, y muy importante, también lo tiene la alegría. Y cuando se dispone de un micrófono ante todo un pueblo, conviene recordar que ese momento pertenece a todos, no a una parte, a un grupo o a una determinada sensibilidad. Las fiestas deberían ser precisamente eso: un punto de encuentro, no un espacio para marcar diferencias. Un lugar donde nadie se sienta invitado de segunda categoría y donde todos puedan reconocerse como parte de un mismo pueblo.Porque Arrabalde es mucho más que sus procesiones. Es también sus peñas, sus jóvenes, sus mayores, sus familias, quienes regresan cada verano, sus calles, sus bares, sus encuentros y esas conversaciones interminables que solamente se producen cuando el pueblo está de fiesta. Y, como suele ocurrir, las peñas volvieron a demostrarlo. Cuando el programa oficial parecía quedarse corto, fueron ellas las que pusieron imaginación, participación, música, color y ganas. Fueron las peñas las que aportaron buena parte de esa espontaneidad que necesita cualquier fiesta para sentirse viva. Y esto merece ser reconocido. Porque quizá la verdadera lección de estas fiestas sea precisamente esa: un pueblo puede tener un programa magnífico y no tener fiesta; y puede tener un programa modesto y conseguir que la gente haga fiesta. La diferencia está en la participación.Arrabalde necesita recuperar unas fiestas pensadas para todos. Unas fiestas donde la tradición religiosa tenga su espacio, como siempre lo ha tenido, pero donde también haya música, encuentros, actividades, diversión, cultura, juventud y calle. No se trata de gastar más. Se trata de hacer mejor. No se trata de renunciar a nuestras tradiciones. Se trata de sumar. No se trata de enfrentar a quienes viven la fiesta de una manera u otra. Se trata de conseguir que, durante unos días, todos podamos sentir que la fiesta también es nuestra. Porque en un pueblo que durante el año lucha contra la despoblación, el envejecimiento y la falta de actividad, la fiesta no debería ser solamente una fecha del calendario. Debería ser una oportunidad para devolverle al pueblo aquello que más necesita durante todo el año: gente en las calles, encuentros, conversación, alegría y vida. Y quizá por eso, más que preguntarnos cuánto costaron estas fiestas, deberíamos preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿Cuánta vida conseguimos poner en nuestras calles? Este año, buena parte de esa respuesta la dieron, una vez más, las peñas. Y eso también dice mucho de Arrabalde
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