2026                                       

LA OPINIÓN Y EL ANÁLISIS


 

 

 

Religión: la gran industria de la ignorancia

La religión no ha sido, como suele afirmarse, un refugio espiritual inocente, sino una de las herramientas de manipulación más eficaces y persistentes de la historia humana. Su presencia constante en todas las sociedades no demuestra su verdad, sino su utilidad como mecanismo de control. Desde la cuna, millones de personas son marcadas por una identidad religiosa que no eligieron, obligadas a aceptar dogmas antes incluso de aprender a pensar. No es fe: es adoctrinamiento temprano.

Cuando una creencia se implanta antes del desarrollo del pensamiento crítico, deja de ser una opción libre para convertirse en una jaula mental. Así se anula la capacidad de distinguir entre lo real y lo ficticio, entre conocimiento y superstición. La religión no busca individuos lúcidos, sino creyentes dóciles. La ignorancia, lejos de ser un fallo del sistema, es su combustible.

Resulta grotesco comprobar cómo, en pleno siglo XXI, las instituciones religiosas continúan difundiendo discursos anacrónicos, sostenidos por la culpa, el miedo y la promesa de una salvación indemostrable. Mientras predican resignación y sacrificio, recaudan diezmos, donaciones y herencias, engordando un patrimonio obsceno en bienes, tierras y capitales. La fe, convertida en negocio; la esperanza, en mercancía.

Todo esto se perpetúa gracias a una manipulación sistemática de las mentes más vulnerables. Se ensalza la fe como virtud suprema y se demoniza la duda como pecado. Pensar se vuelve peligroso; cuestionar, inmoral. Así se garantiza la continuidad del “rebaño”, fiel no por convicción racional, sino por miedo a pensar fuera del dogma.

En una democracia real, criticar la religión no solo es legítimo: es imprescindible. La crítica racional es el antídoto contra la superstición institucionalizada. Acusar de intolerancia a quienes cuestionan los dogmas es una estrategia tan vieja como la propia Iglesia. Intolerante no es quien critica ideas, sino quien pretende blindarlas contra el análisis. La historia eclesiástica, escrita con censura, hogueras y persecución, lo demuestra sin necesidad de matices.

La situación se vuelve especialmente obscena cuando este aparato ideológico se dirige a los niños. La educación religiosa infantil no es formación moral: es programación mental. Se inculcan miedos metafísicos, culpas heredadas y obediencia ciega antes de que exista capacidad de defensa intelectual. Así se garantiza la reproducción del engaño generación tras generación.

El llamado moralismo cristiano, y en particular el católico, pretende seguir erigiéndose como brújula ética universal. Pero su autoridad moral es una farsa. Habla de pobreza mientras acumula riqueza, predica amor mientras encubre abusos, exige sumisión mientras vive en privilegio. Su discurso ético se desmorona ante el peso de su propia hipocresía.

Criticar la religión no es atacar a los creyentes, sino denunciar un sistema que ha vivido históricamente de la desinformación, el miedo y la sumisión. Defender la razón, la duda y la libertad de conciencia no es soberbia intelectual: es una forma de resistencia. Porque mientras existan dogmas intocables, no habrá pensamiento libre; y sin pensamiento libre, la dignidad humana seguirá siendo rehén de la superstición.