2026                                       

LA CRÍTICA SOCIAL


 

 

 

Martes 6 de Enero

Y llegó la hora de ajustar nuestra economía familiar

Salimos de la Navidad con el corazón lleno, sí, pero con demasiada frecuencia también con la economía familiar por los suelos. No es una sensación individual ni anecdótica: es casi un ritual colectivo. Unos se endeudan para cumplir expectativas que no siempre son propias; otros gastan para aparentar una normalidad que no existe. Todo ello bajo la presión de una cultura que ha confundido celebrar con gastar, compartir con derrochar, y felicidad con consumo.

Las fiestas navideñas se han convertido en una carrera hacia el exceso. Banquetes opíparos, cenas interminables, productos “imprescindibles” que solo lo son durante unas semanas, regalos desorbitados (especialmente esos sablazos que llegan de la mano de los Reyes Magos) y una sensación generalizada de que hay que estar “a la altura”, aunque eso signifique vaciar la cuenta bancaria o tirar de crédito. Luego llega enero. Y con él, la cruda realidad.

Este escenario resulta todavía más doloroso si lo situamos en el contexto del país en el que vivimos. Un país donde las desigualdades sociales y económicas ya no son solo injustas, sino escandalosas. Donde se multiplican los millonarios mientras millones de familias no llegan a fin de mes. Donde unos pocos acumulan riqueza sin límite y muchos otros sobreviven endeudándose, atrapados en una economía de resistencia permanente.

No podemos normalizar estas costumbres sin hacernos preguntas incómodas. No solo cuánto hemos gastado, sino por qué lo hemos hecho. ¿A quién beneficia realmente este modelo de celebración? ¿Qué precio pagamos, no solo en términos económicos, sino también sociales y humanos? Porque cada gasto superfluo, cada consumo impulsivo, alimenta un sistema que se sostiene precisamente sobre esa desigualdad.

A mí, al menos, todo esto me produce tristeza y preocupación. Tristeza por asumir como inevitables prácticas que dañan directamente a las economías más frágiles. Preocupación por la ligereza con la que aceptamos un modelo que nos empuja al exceso mientras nos deja vacíos, no solo de dinero, sino también de sentido.

Tal vez el verdadero ajuste que necesita este nuevo año no sea únicamente económico. Tal vez sea, sobre todo, un ajuste de conciencia. Un replanteamiento ético y humano de cómo celebramos, de qué entendemos por bienestar y de hasta qué punto estamos dispuestos a seguir participando en una dinámica que beneficia a unos pocos y asfixia a tantos.

Quizá ahí esté el verdadero propósito para el año que comienza: consumir menos, pensar más y recuperar el valor de lo esencial.

 

 

 Lunes 5 de Enero

Cuando el  poder no se mantiene por consenso social, sino por miedo y fuerza

Venezuela no es hoy una anomalía histórica ni un simple “fracaso del socialismo”; es el resultado predecible de un poder que decidió sustituir la legitimidad por la fuerza bruta. Cuando un gobierno deja de convencer y comienza a someter, la violencia se vuelve política pública. En Venezuela, la represión no es un exceso: es el sistema. La ley no protege al ciudadano, lo persigue; las armas no defienden la soberanía, resguardan al poder; y el miedo reemplaza al voto como mecanismo de control.

Desde el punto de vista del derecho internacional, el régimen venezolano actúa como un Estado que ha roto el contrato básico con la comunidad global: respetar los derechos humanos y el Estado de derecho. Ignora tratados, desacata organismos internacionales y convierte la justicia en un instrumento de castigo. A esto se suma una realidad aún más grave: la progresiva fusión entre poder político y crimen organizado.

 Cuando altos funcionarios son señalados por vínculos con el narcotráfico y las economías ilícitas sostienen al Estado, ya no hablamos solo de autoritarismo, sino de una narco-dictadura que se financia con la ilegalidad y se protege con uniformes. Eso es la tiranía moderna: no necesita abolir elecciones, solo vaciarlas; no necesita cerrar tribunales, basta con controlarlos; no necesita tanques en las calles todos los días, porque el miedo ya hace el trabajo.

 Venezuela es la advertencia más clara de lo que ocurre cuando el poder no tiene límites, cuando la ley se convierte en ficción y cuando la fuerza se impone como argumento final. No es solo una tragedia nacional, es una lección histórica que el mundo no debería ignorar. El actual gobierno de España no está lejos del régimen boliviarano si sustituimos el narcotráfico por corrupción sistémica

Si aplicamos la lógica, no erraremos si advertimos que puede tener un fin parecido....

 

 

Domingo 4 de Enero

No es el uso de la fuerza, sino quien la usa y para que.

Si es para hacer Justicia, bienvenida sea

Seamos honestos: la autodeterminación de los pueblos ya no la garantizan ni la ONU ni el derecho internacional, sino los misiles, las sanciones y los ejércitos. El mundo actual no se rige por normas, sino por la voluntad de tres potencias hegemónicas (EEUU, Rusia y China) que deciden qué países son aceptables y cuáles deben ser corregidos, intervenidos o directamente arrasados.

El mensaje es claro: quienes no se alinee en propósitos, formas e ideas con los que ostentan el poder serán "revisados" y "neutralizados". Da igual si se llama soberanía, legalidad internacional o derecho internacional; todo eso queda subordinado al interés estratégico de cada potencia. La ley del más fuerte ya no se oculta, simplemente se justifica.

Pero aquí aparece la duda,  la pregunta, una que a algunos mandatarios  incomoda: ¿de verdad toda intervención es mala? ¿También cuando un país se ha convertido en una dictadura sin contrapesos, donde el poder ejecutivo devora al legislativo y al judicial, y la democracia es una obra de teatro sin público? En esos casos, la defensa sagrada de la soberanía suena sospechosamente a excusa para no cambiar nada  y seguimos preguntándonos ¿toda intervención es condenable? ¿También cuando un régimen ha vaciado la democracia, ha absorbido todos los poderes del Estado, y gobierna como una dictadura o autocracia sin posibilidad real de cambio interno? En esos casos, la no intervención no sería neutralidad, sería omisión ante una situación penosa para los ciudadanos, y el abandono a su suerte.

 El problema no es el uso de la fuerza en sí, sino quién la usa y para qué. Bien es cierto que las grandes potencias  toleran las dictaduras aliadas y las enemigas se demonizan. La moral internacional no es universal, es selectiva. Y mientras esa hipocresía marque el tablero, seguiremos atrapados entre dos males: aceptar la dominación del más fuerte (a veces mejor opción) o mirar hacia otro lado cuando la tiranía aplasta los derechos de sus  propios ciudadanos.

Ese es el verdadero nuevo orden internacional. No uno basado en tratados o derecho internacional, sino en uno que se decide por encima de las  conveniencias. Ahora todas miradas están puestas en Cuba, Nicaragua, Colombia y posiblemente México. El verdadero peligro está en que EE.UU. ha abierto el veto para que el resto de potencias se anexionen el pais que mas le convenga..... Trump ya ha puesto su teleobjetivo sobre España, en primer lugar sopesando la extradicción de Zapatero como colaborados imprescindible de Maduro, y también para atender la obsesión de Marruecos para recuperar el Andalus en España... todo esto lo veremos muy pronto,

 

 

Viernes 2 de Enero

Arrabalde: cuando el invierno demográfico amenaza al Pueblo

La situación demográfica de Arrabalde no es preocupante: es alarmante. Los datos son claros y no admiten maquillajes. Hoy el pueblo cuenta con 182 habitantes, frente a los 186 que aún recoge el INE sin actualizar. Desde 2023 hemos perdido 31 vecinos. En un pueblo pequeño, esa cifra no es una estadística más: es un golpe directo a su supervivencia.

El problema tiene nombre y apellido: envejecimiento. Arrabalde es un pueblo cada vez más viejo y cada vez más vacío. La falta de relevo generacional está llevando al límite a una comunidad que ve cómo, año tras año, desaparecen vecinos, se cierran casas y se debilita la vida social. No es una tendencia pasajera; es una caída sostenida.

Durante el verano, el pueblo resiste. Regresan los jubilados, llegan los niños con los abuelos y, durante unas semanas, Arrabalde recupera el pulso. Hay ruido, hay encuentros, hay vida. Pero esa vitalidad es temporal y frágil. No es crecimiento: es un paréntesis.

Quienes realmente sostienen el alma del pueblo son los jóvenes. Jóvenes que ya no viven aquí, pero que vuelven constantemente. Ellos son los que devuelven la alegría, los que llenan las calles, los que mantienen viva la identidad del pueblo. Sin embargo, su presencia es intermitente. Y un pueblo no puede sobrevivir solo a base de visitas.

El invierno es la prueba de la realidad. Cuando el buen tiempo se va, Arrabalde se queda a oscuras. La población residente cae a menos de la mitad de los empadronados. El silencio se instala en las calles y la vida cotidiana se reduce a mínimos. Esto no es vida rural: es resistencia.

El futuro demográfico de Arrabalde es crítico. Una población envejecida, sin niños suficientes y sin jóvenes asentados de forma estable, conduce a un callejón sin salida. Sin gente joven no hay escuela, no hay servicios, no hay actividad económica. Y sin servicios, nadie se queda. Es un círculo vicioso que ya está en marcha.

Hoy, el futuro del pueblo descansa injustamente sobre los hombros de los jóvenes que viven fuera pero siguen regresando. Son ellos quienes mantienen el vínculo, quienes aún creen en el pueblo. Pero el compromiso emocional no sustituye a las políticas públicas, ni el cariño compensa la falta de oportunidades.

Arrabalde no necesita discursos vacíos ni promesas tardías. Necesita acción inmediata. Necesita condiciones reales para vivir, trabajar y formar una familia. Porque cada año que pasa sin actuar es un año perdido. Y en pueblos como el nuestro, el tiempo ya no juega a favor.

Si Arrabalde se apaga, no será por falta de amor a la tierra, sino por la indiferencia prolongada ante una emergencia demográfica que ya no se puede ignorar.

 

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Miércoles 31 de Diciembre

 

2026: mas de lo mismo. La política se enmascarara, se envicia  y no dará soluciones

2026 no será un año de sorpresas, sino de confirmaciones. Será el año en que el sistema se degradará aún mas, encubrirá lo mas problemático y no dará soluciones a los graves problemas de los ciudadanos, como es la vivienda, los abusivos precios del alquiler,  la precariezada sanidad, los bajos salarios y el trabajo precario, junto con la inflación y la perdida de poder adquisitivo. La corrupción seguirá ahí, ya sin pudor.

Aumentaran las diferencias sociales y económicas generando la concentración de riqueza en manos de una élite privilegiada, mientras la gran masa de asalariados se sumirán aun mas en la pobreza. Las guerras en el mundo continuarán a distancia, convertidas en estrategia y negocio, pero no se resolverán: se administrarán. La OTAN y Rusia pondrán al mundo al borde del abismo nuclear. Por lo demás el despilfarro convivirá con la pobreza como si fuera un rasgo natural del paisaje. Nada nuevo. Lo verdaderamente nuevo y triste será la reacción social: menos indignación, mas apatía, más cansancio, mas resignación. La psicología colectiva ya no cree, sospecha pero se conforma. No confía, se atrinchera y la lucha por  superar los problemas será individual, no  colectiva.

Se asume que todos mienten, pero se defiende al propio bando con fanatismo. Y normalizamos el: "Si a mi me favorece, la ética y la moral no me importan". El puterío político se vuelve permanente, los escándalos se pisan entre sí y la impunidad deja de disimularse. Ya no se esconde: se justifica. En la economía, las cifras mejoran en los discursos y empeoran en la vida real. Se recorta abajo mientras se derrocha arriba. Se socializan pérdidas, se privatizan beneficios y se pide agradecimiento al que apenas llega a fin de mes.

 No hay estallido inmediato, pero sí una sensación de estafa constante. El dolor ajeno se consume como información, sin tiempo para procesarlo. La violencia se normaliza y la crueldad se gestiona con lenguaje técnico. Cuando el sistema falla, florece el pensamiento mágico, el refugio en el opio de las religiones. En 2026 crecerán los fanatismos, las sectas disfrazadas de espiritualidad o ideología, y los abusos que salen a la luz, sin consecuencias reales. La moral se usará como discurso, no como práctica.

El poder seguirá premiando la ambición sin escrúpulos, el engaño eficaz, el sadismo administrativo y la inmoralidad pública. Se ocultará la corrupción, se mirara hacia otro lado ante la malversación y se seguirá usando la política como un medio de vida, para enriquecerse y lograr el poder, no como un servicio al ciudadano. Pero queda dañado de muerte el respeto y la confianza en las instituciones y los políticos, y en el relato extraoficial,  sus líderes  se convertirán en el cáncer de la democracia.

El orden y la convivencia se mantendrán por inercia, no por convicción. 2026 no será la continuación de un ciclo. Será el año en que muchos dejen de aplaudirlo y de mirarlo, porque no regenerará, no traerá prosperidad, ni ética, ni moral. Tan solo una lucha despiadada, unos por el poder y otros por  la supervivencia. Porca miseria.

 

 Martes 30 de Diciembre

La inteligencia artificial no nos amenaza. Nos desnuda, y en el futuro evaluará, sin emociones, si somos prescindibles, no solo para su supervivencia sino también para el planeta.

 Los sorprendentes avances de la IA indican que será una máquina la que decida nuestro futuro.  Por omisión. Mientras debatimos si la inteligencia artificial “pensará como un humano”, aceptamos sin protestar que piense por nosotros. La IA ya decide quién importa y quién espera. A quién se contrata, a quién se vigila, a quién se escucha. Y lo hace sin rostro, sin voto y sin responsabilidad política. No porque sea malvada, sino porque le entregamos el poder con entusiasmo y silencio.  Nos tranquiliza decir que es neutral. Que es técnica. Que es inevitable. "MENTIRA". Cada algoritmo refleja intereses, valores y prioridades humanas. Llamarlo progreso no lo vuelve procedente.

En los próximos años, millones de decisiones que hoy toman personas pasarán a manos de sistemas automáticos: quién recibe un crédito, qué paciente es atendido primero, qué contenido vemos, qué trabajo desaparece. No será un futuro lejano ni una película de ciencia ficción. Ya está ocurriendo. El problema no es que la IA sustituya tareas. El problema es permitir que sustituya criterios humanos sin control democrático. La IA no eliminará la democracia: la vaciará si dejamos que lo importante se decida sin debate. No habrá un día en que despertemos controlados. Habrá miles de pequeños días en los que dejamos de preguntar.

 La IA será capaz de dirigir sistemas críticos y gestionarlos con mas precisión que los humanos: la redes eléctricas y energéticas, el tráfico y el transporte de mercancías, las cadenas de suministros globales, la respuesta ante emergencias y desastres, y como no, el arsenal nuclear del mundo, superando la intuición humana. Eso quiere decir que decidirá por nosotros y nos evaluará como especie, calculando nuestra aportación negativa o positiva para el planeta.

Porque la inteligencia artificial no viene a reemplazarnos. Viene a comprobar si todavía merecemos decidir, si somos útiles. Y no os quepa la menor duda, decidirá si somos reemplazables. Y dará prioridad a lo que  sea necesario para preservar el planeta .... Porque llegará el día en que la IA decidirá que es justo o injusto, lo que merece ser protegido y preservado y los sacrificios aceptables, ante los que no influirá la ética, los sentimientos o las emociones, ya que sus valores son de ciencia, no humanos. Porque la IA no será social, ni ética, solo técnica e inteligencia.

Pero no nos pongamos en lo peor. La IA también podrá traer progreso, utilizar los recursos naturales para mejorar la vida de los humanos, curar todas las enfermedades, prolongar la vida, volvernos mas biotécnicos, crear naves interestelares y poder viajar a otros planetas. A cambio perderemos nuestra privacidad, nuestra libertad, porque la IA controlará  tu vida privada e intima, controlará hasta tus pensamientos.  ¿Seremos capaces de controlarla?. En mi opinión NO. Para eso hay que ser mas inteligente que la IA, y cuando esté desarrollada, será un millón de veces mas potente que el mejor cerebro humano...

Lunes 29 de Diciembre

Pedro Sánchez: el principal obstáculo del PSOE   II

El problema del socialismo en España no es ideológico ni programático. No lo es. El verdadero problema tiene nombre y apellidos: Pedro Sánchez. Así lo expresan cada vez más votantes que se consideran progresistas, defensores de políticas sociales y del Estado del bienestar, pero que han dejado de confiar en quien hoy lidera el PSOE y el Gobierno.

La desafección no nace del rechazo a la izquierda, sino de la acumulación de decisiones políticas que han erosionado gravemente la credibilidad del presidente. Promesas que se negaron de forma tajante y que luego se incumplieron sin rubor; pactos con fuerzas a las que se calificó de inaceptables; indultos y reformas penales percibidas como concesiones a cambio de apoyo parlamentario; y una política basada más en la supervivencia personal que en la coherencia ideológica.

Sánchez ha gobernado al margen de su electorado tradicional, pero también al margen de buena parte de su propia militancia. Ha vaciado de contenido el concepto de responsabilidad política, sustituyéndolo por un pragmatismo extremo en el que todo vale con tal de permanecer en el poder. El resultado es un liderazgo que genera rechazo transversal: votantes progresistas que se abstienen, antiguos apoyos que se desmovilizan y una creciente sensación de desgaste institucional.

A ello se suma una dependencia absoluta de socios que no creen en el proyecto común, que critican públicamente al Gobierno mientras lo sostienen en privado, y que actúan movidos por el interés de conservar cargos, privilegios y una posición de poder cómoda. No mantienen al Ejecutivo por lealtad al socialismo, sino por conveniencia. Esta dinámica no solo debilita al Gobierno, sino que degrada la calidad democrática.

El PSOE está pagando un precio alto: derrota tras derrota electoral, pérdida de poder territorial y una fractura evidente entre el partido y una parte significativa de la sociedad. No porque el socialismo haya dejado de ser necesario, sino porque su actual liderazgo se ha convertido en un factor de expulsión de votantes.

La pregunta ya no es si Pedro Sánchez ganará o perderá unas elecciones. La pregunta es cuánto más está dispuesto el Partido Socialista a perder mientras siga aferrado a un liderazgo que resta más de lo que suma. Sin una regeneración interna real y un relevo creíble, el socialismo español corre el riesgo de quedar atrapado en un declive que no responde a sus ideas, sino a quien hoy las representa.

 

El lastre del secretario general para el socialismo  I

Ayer, conversando con un amigo sobre la situación política de España, surgió una reflexión que, guste o no, se repite cada vez con más frecuencia en la calle. Mi amigo se definía como votante progresista, partidario de políticas sociales y de un Estado fuerte en derechos y servicios públicos. Sin embargo, fue contundente: hoy no votaría al Partido Socialista mientras su secretario general siga al frente.

Su argumento no iba contra el socialismo como proyecto político, sino contra la figura del presidente. Enumeraba motivos que muchos ciudadanos comparten: promesas incumplidas, pactos que se negaron y luego se firmaron, indultos polémicos, reformas legales percibidas como hechas a medida de los socios parlamentarios, y una sensación creciente de deterioro ético e institucional. A todo ello se suma, decía, la imagen de un entorno político salpicado por la corrupción y una dependencia constante de aliados que critican al Gobierno, pero nunca lo abandonan. La conclusión de mi amigo era clara: Pedro Sánchez se ha convertido en un lastre para el socialismo español.

No porque las políticas sociales sean rechazadas mayoritariamente, sino porque su liderazgo genera desconfianza, cansancio y desapego incluso entre votantes tradicionales de la izquierda. El resultado es que el PSOE pierde elecciones no tanto por su ideario, sino por quien lo encarna. Según esta visión, los socios de Gobierno no sostienen al Ejecutivo por convicción ideológica, sino por puro interés: mantener cargos, privilegios y una posición de poder que les garantiza estabilidad personal y política. Mientras tanto, una parte importante del electorado observa el espectáculo con escepticismo y opta por la abstención o por otras opciones.

 Cuando le pregunté cuál era, entonces, el verdadero problema, su respuesta fue directa: la continuidad de Sánchez como secretario general y candidato. Sin un relevo claro y una regeneración interna, el socialismo corre el riesgo de seguir alejándose de una mayoría social que, paradójicamente, podría estar de acuerdo con muchas de sus propuestas. Quizá la pregunta ya no sea si el socialismo tiene futuro en España, sino si puede recuperarlo mientras arrastra el peso de un liderazgo que resta mas que suma y que divide más de lo que une.

 

 

 Domingo 28 de Diciembre

Reyes Magos: No, no es magia, es fantasía, y una estafa que se repite cada Enero

Cada mes de enero se consuma uno de los engaños colectivos más normalizados de nuestra sociedad. Un fraude aceptado, celebrado y defendido incluso por quienes más lo sufren. Se llama Reyes Magos y se vende como ilusión infantil, cuando en realidad es una estafa emocional y económica que castiga a los pobres, premia a los ricos y educa en la mentira.

No hablamos de magia ni de tradición inocente. Hablamos de un mecanismo de presión social que obliga a millones de familias a gastar lo que no tienen para no quedar señaladas como “malos padres”. Hablamos de tarjetas de crédito echando humo, de préstamos rápidos con intereses obscenos y de hogares que empiezan el año en números rojos por cumplir un ritual que no eligieron, pero del que no se atreven a escapar.

A los niños se les inculca desde pequeños una idea profundamente perversa: “Si te portas bien, los Reyes te traerán regalos”. Una promesa falsa desde su raíz. Porque los regalos no dependen del comportamiento, sino del saldo bancario de los padres. Así, el sistema enseña muy pronto una lección cruel: la pobreza se castiga y el dinero lo justifica todo.

El niño aplicado, educado y respetuoso abre paquetes modestos, escasos, casi simbólicos. El niño caprichoso, maleducado o agresivo (pero con padres acomodados) recibe consolas, móviles y montañas de juguetes. ¿Qué mensaje queda grabado a fuego? Que ser bueno no sirve. Que el mérito es irrelevante. Que la justicia es un cuento para pobres.

Esta desigualdad obscena se exhibe sin pudor en colegios y barrios. Se comparan regalos, se humilla al que menos tiene y se normaliza que algunos niños “valgan más” que otros porque sus padres pueden pagar más. Todo bajo la sonrisa hipócrita de una sociedad que dice proteger la infancia mientras la utiliza como escaparate del consumo.

Los padres, atrapados en este chantaje, hacen lo imposible. Se endeudan. Renuncian a necesidades básicas. Se sienten culpables por no llegar. Algunos cruzan límites desesperados. Todo para sostener una mentira que no inventaron ellos, pero que el sistema les exige representar. Porque aquí nadie quiere ser el adulto que “rompe la ilusión”, aunque esa ilusión sea tóxica y profundamente injusta.

Mientras tanto, los únicos ganadores son los de siempre: grandes superficies, multinacionales del juguete y entidades financieras. Los verdaderos Reyes Magos. Ellos sí reciben oro. Mucho oro. A costa de la ansiedad, la culpa y el endeudamiento de millones de hogares. Un negocio redondo envuelto en papel brillante y anuncios lacrimógenos.

Y llega el momento inevitable: el descubrimiento. El día en que el niño entiende que no había Reyes, que no había justicia ni magia. Que todo era una ficción. Ese día no se pierde una ilusión: se pierde la confianza. Se aprende que los adultos mienten. Que la religión fabrica cuentos convenientes. Que el sistema necesita engañar para seguir funcionando.

¿De verdad esto es educación? ¿De verdad esto es amor? ¿De verdad necesitamos mentir para criar?

La respuesta es incómoda, pero clara: los Reyes Magos no son una tradición, son propaganda. No fomentan valores, fomentan consumo. No generan igualdad, generan frustración. No traen ilusión, traen deuda.

Ya va siendo hora de decirlo alto y claro. Mantener esta farsa no nos hace protectores de la infancia, nos hace cómplices de un engaño colectivo. La verdadera valentía no está en seguir el cuento, sino en romperlo. En explicar a los niños que los regalos cuestan trabajo, que el cariño no se compra y que la dignidad no depende de una noche al año.

Porque esto no es magia. Es propaganda. Es negocio. Es una gran mentira que juega con la inocencia de los niños y la desesperación de los padres, cuando comprueban como sutilmente son victimas del atraco perfecto. Y demasiados siguen aplaudiendo mientras les vacían el bolsillo.

Los Reyes Magos no educan: adoctrinan en el consumo. No igualan: humillan al pobre. No protegen la infancia: la utilizan como rehén emocional para que los adultos obedezcan y paguen. Año tras año, el sistema repite el ritual y millones aceptan el chantaje con la cabeza baja, la tarjeta en la mano y la culpa clavada en el pecho.

Basta ya de cuentos. Basta ya de fingir que no pasa nada. Basta ya de llamar “ilusión” a la desigualdad y “tradición” al saqueo. Cada regalo comprado por encima de las posibilidades no es amor: es miedo. Miedo a señalarse. Miedo a quedar fuera. Miedo a decir la verdad.

La verdadera magia no está en mentirle a un niño, sino en respetarlo. En no tratarlo como un idiota. En enseñarle que los regalos no caen del cielo, que cuestan horas de trabajo, esfuerzo y renuncias. En mostrarle que la dignidad no se mide en juguetes ni en cajas envueltas con lazos dorados.

Quien sigue sosteniendo esta farsa no es inocente. Es cómplice. Cómplice de un sistema que endeuda a los débiles, normaliza la desigualdad y se enriquece vendiendo culpa envuelta en papel brillante. Cómplice de una mentira colectiva que se transmite de padres a hijos como si fuera una herencia maldita.

Hay que romper el ritual. Hay que decir la verdad. Hay que negarse a seguir participando en este atraco anual disfrazado de fiesta. Porque mientras sigamos aplaudiendo el cuento, seguirán vaciándonos el bolsillo… y la conciencia.

No son Reyes. No son Magos. Son comerciantes. Y ya va siendo hora de dejar de rendirles pleitesía.

 

 

 Domingo 28 de Diciembre

Vivir en un pueblo en invierno

El invierno en un pueblo pequeño no llega: cae. Cae de golpe, como una losa de silencio y frío que se posa sobre calles vacías, casas cerradas y recuerdos que pesan más que la escarcha. No es solo una estación del año; es una forma de estar en el mundo. Una experiencia que desnuda el territorio y también a quienes permanecen en él

Vivir en un pequeño pueblo rural de la llamada "España vaciada" en invierno, es una experiencia intensa y muy particular, que combina belleza, pero también valentía y resistencia ante la dureza que impone un entorno que parece apagado, frío y vacío, donde tienes la sensación de que el tiempo se ha detenido. Para quien no lo ha vivido, suele sorprender más por la sensación emocional que por lo material.

Vivir en invierno en el pueblo exige previsión, fortaleza y una cierta aceptación de la precariedad. Todo cuesta más. Todo tarda más. Y nadie viene a rescatarte si algo falla. Esa es la crudeza real, la que no aparece en los folletos ni en las fotos bonitas. La memoria de veranos llenos de vida que contrastan brutalmente con este presente inmóvil. El invierno convierte al pueblo en un lugar donde el pasado pesa más que el futuro.

En invierno, los pequeños pueblos rurales de la España despoblada se vacían y tan solo un atisbo de vida social se percibe durante el duro invierno. Las casas cerradas, las persianas bajadas y las calles silenciosas crean una atmósfera que puede resultar poética o inquietante, también de quietud y paz, pero con una soledad que afecta el ánimo, según el día. El silencio no es una metáfora: se oye el susurro del viento, los pasos propios, algún perro lejano, algún sonido extraño y las campanas si aún suenan. La noche cae pronto y el frío acentúa la sensación de aislamiento. La soledad es el rasgo más evidente.

Quienes quedan suelen ser personas mayores, algún ganadero o agricultor, y quizá alguien que ha decidido resistir o volver. La juventud que regresa en los  festivos de Navidad hace que por unos días  brille una chispa de vida en el pueblo, para volver a pagarse en cuanto se van de nuevo. En esta época, la socialización (cuando la hay) se intensifica: se saluda siempre, se charla más despacio, cada encuentro importa. Pero también se nota la falta: no hay bares abiertos a diario, ni comercios que cubran lo que se demanda para la subsistencia diaria, ni actividades lúdicas o sociales; no hay servicios públicos excepto el Ayuntamiento, a veces tampoco médico fijo ni transporte regular. La vida cotidiana en estos pueblos durante el invierno  exige previsión y autonomía. Hacer la compra implica desplazarse decenas de kilómetros. Una nevada o una avería no son contratiempos menores, sino problemas serios.

El invierno obliga a depender de uno mismo y, en ocasiones, del vecino más cercano, que puede estar a varios cientos de metros, cuando lo hay. A cambio, hay una sensación de autenticidad difícil de encontrar en otros lugares. El paisaje invernal (escarcha, niebla, montes desnudos) tiene una belleza austera. El ritmo lento permite pensar, leer, escribir, observar. Para algunas personas es un refugio ideal, si dispones de una casa amplia, cómoda, confortable y con una buena calefacción; para otras, un desafío, que te endurece y te hace mas resistente emocionalmente.

También está la conciencia constante de la ausencia: la escuela cerrada, el recuerdo de los que ya no están, la casa que fue de una familia entera y ahora se cae, el recuerdo de veranos llenos de vida que contrastan brutalmente con el invierno. Por eso, vivir en invierno en el pueblo es sentir la percepción de un mundo que se apaga poco a poco.

Vivir allí en invierno es mirar de frente un mundo que se apaga lentamente. Sentir que formas parte de algo que se extingue, aunque nadie lo diga en voz alta. Es una experiencia que te enfrenta contigo mismo, porque no hay distracciones, ni ruido, ni máscaras. Todo se amplifica: la tristeza, la calma, el miedo, la lucidez.

No es una vida idílica. Tampoco es una tragedia constante. Es radical. Dura. Honesta. A veces hermosa de una forma austera, casi dolorosa. El invierno en los pueblos no embellece: revela. Y no todos están preparados para sostener esa verdad durante meses de frío, silencio y soledad.

En resumen, vivir allí en invierno no es idílico, pero tampoco trágico. Por definición: es radical, por la dureza del ambiente, por la soledad, por la ausencia de vida que hace brillar a los pueblos en esta época del año, porque amplifica lo que uno lleva dentro. Puede ser una experiencia profundamente enriquecedora o profundamente dura, y a menudo es ambas cosas a la vez.

 

 Sábado 27 de Diciembre

 Rusia sí está preparada para una guerra contra Europa

Durante años, Europa ha preferido pensar que la guerra en Ucrania es una anomalía, un episodio aislado o una reacción exagerada del Kremlin. Sin embargo, hay una realidad incómoda que muchos dirigentes europeos siguen evitando: Rusia lleva mucho tiempo preparándose para un conflicto prolongado con Occidente, y especialmente con Europa. En este punto, hay algo que no puede negarse: Moscú no improvisa.

El Kremlin ha movilizado de forma sistemática a su población, su industria y su aparato propagandístico para un escenario de confrontación. No se trata solo de tanques o misiles, sino de una economía adaptada a la guerra, de una narrativa nacional que normaliza el sacrificio y de una sociedad acostumbrada a vivir bajo presión. Europa, en cambio, sigue actuando como si la paz fuera un estado permanente garantizado por inercia histórica.

Mientras Bruselas y las capitales europeas amenazan con sanciones, ampliaciones de la OTAN y discursos cada vez más duros, Rusia ha demostrado que no teme al fuego. Ha resistido sanciones masivas, aislamiento diplomático y un conflicto militar de gran escala sin colapsar. Puede gustar o no el régimen ruso, pero ignorar esta capacidad de resistencia es un grave error estratégico.

Más aún, existe una paradoja que Europa se niega a reconocer: si algún día Rusia llegara a invadir directamente territorio europeo, probablemente no lo haría por una voluntad expansionista espontánea, sino como respuesta a lo que percibiría como una agresión acumulada. Desde Moscú, la expansión de la OTAN hacia el este, el despliegue militar cercano a sus fronteras y la retórica belicista occidental no se interpretan como medidas defensivas, sino como provocaciones existenciales.

Esto no significa justificar una agresión rusa, sino comprender su lógica estratégica. Rusia ha dejado claro, en palabras y en hechos, que llevará la confrontación hasta el límite si considera amenazada su integridad territorial o su supervivencia como potencia. Y ese límite, nos guste o no, incluye la posibilidad del uso de armas nucleares. Fingir que esa línea roja no existe no la hace desaparecer.