ÁNGELES Y DEMONIOS

 

La razón nos ha dado alas para volar y manos para construir mundos; nos ha permitido descifrar los misterios del universo, desafiar los límites de la naturaleza y transformar nuestra existencia. Gracias a ella hemos levantado catedrales, compuesto sinfonías, escrito poemas, descubierto remedios contra enfermedades y conquistado horizontes que durante siglos parecían inalcanzables. Sin embargo, esa misma razón también nos ha proporcionado garras para destruir, instrumentos para dominar y una inteligencia capaz de concebir las formas más terribles de crueldad.

Somos genios y monstruos en un mismo aliento, héroes y verdugos que conviven bajo una misma piel. La historia de la humanidad es, en buena medida, el relato de esa contradicción. Hemos sido capaces de realizar actos de generosidad extraordinaria y, al mismo tiempo, de perpetrar atrocidades difíciles de comprender. Hemos defendido la libertad mientras esclavizábamos a otros, proclamado la igualdad mientras levantábamos muros de intolerancia y hablado de paz mientras perfeccionábamos las herramientas de la guerra. Hemos salvado vidas y también las hemos sacrificado en nombre de ideales, ambiciones, creencias o intereses que, demasiadas veces, pretendían justificar lo injustificable.

Quizá lo más inquietante de esta realidad sea que el mal no siempre adopta un rostro monstruoso ni se manifiesta mediante gestos extraordinarios. A menudo se esconde en la indiferencia, en el silencio cómplice, en la obediencia ciega o en la comodidad de mirar hacia otro lado. No siempre es necesario empuñar un arma para contribuir a la destrucción; basta, en ocasiones, con renunciar a pensar, con aceptar la injusticia como algo inevitable o con considerar que el sufrimiento ajeno no nos concierne. Del mismo modo, el bien tampoco necesita grandes escenarios: puede manifestarse en un gesto de compasión, en una mano tendida, en la defensa de quien no tiene voz o en la valentía de oponerse a lo que todos parecen aceptar.

Nuestra grandeza es inseparable de nuestra fragilidad; nuestra luz, inseparable de nuestra sombra. El ser humano no es una criatura terminada ni una esencia inmutable, sino un territorio de posibilidades y contradicciones. En nosotros conviven el egoísmo y la solidaridad, el miedo y el coraje, la ambición y la generosidad, la necesidad de amar y la capacidad de destruir aquello que amamos. Somos seres imperfectos que aspiramos a la perfección, criaturas conscientes de nuestra vulnerabilidad que, paradójicamente, a veces utilizamos nuestra inteligencia para alimentar nuestro propio desastre.

El progreso, por sí solo, tampoco garantiza una humanidad mejor. La ciencia puede prolongar la vida, pero también ponerla en peligro; la tecnología puede acercar a las personas, pero igualmente aislarlas, manipularlas y someterlas; el conocimiento puede liberarnos de la ignorancia, aunque también convertirse en una herramienta de poder y dominación. No basta con preguntarnos qué somos capaces de inventar, descubrir o conquistar. Deberíamos preguntarnos, sobre todo, para qué lo hacemos, a quién beneficia y qué consecuencias estamos dispuestos a asumir.

Porque el verdadero progreso no debería medirse únicamente por la magnitud de nuestros logros, sino también por nuestra capacidad para utilizarlos en favor de la dignidad, la libertad y la vida. El mundo no está desquiciado por accidente: es, en buena medida, el espejo de nuestra propia ambivalencia, de nuestras contradicciones, de una voluntad que titubea y de una conciencia que demasiadas veces calla.

Nos resulta cómodo atribuir todos los males a los poderosos, a los fanáticos, a los violentos o a quienes consideramos diferentes, pero quizá deberíamos atrevernos a mirar también hacia nuestro interior. ¿Hasta qué punto somos responsables de aquello que criticamos? ¿Cuántas veces hemos preferido la comodidad a la justicia, el prejuicio a la comprensión o el interés particular al bien común? Reconocer nuestra naturaleza contradictoria no significa resignarnos a ella ni aceptar que la crueldad sea una condición inevitable de nuestra especie. Al contrario, significa asumir nuestra responsabilidad. No podemos eliminar por completo nuestras sombras, pero sí aprender a reconocerlas, cuestionarlas y evitar que gobiernen nuestras decisiones. La humanidad no necesita fingir que es perfecta; necesita ser consciente de sus imperfecciones y encontrar en esa conciencia una razón para mejorar.

Ser humanos es vivir permanentemente entre la creación y la destrucción, entre la heroicidad y la barbarie, entre la esperanza y el desencanto. Es poseer la capacidad de levantar algo extraordinario y también la de destruirlo por orgullo, miedo o ambición. Pero es, sobre todo, tener la posibilidad de elegir. Y esa posibilidad constituye quizá nuestra mayor grandeza y nuestra más profunda responsabilidad. Tal vez los ángeles y los demonios no habiten en mundos distintos ni pertenezcan a naturalezas enfrentadas. Tal vez ambos formen parte de nosotros y aparezcan, alternativamente, en nuestras decisiones, en nuestros actos y en nuestra manera de relacionarnos con los demás. No somos exclusivamente buenos ni irremediablemente malos.

Somos aquello que hacemos con nuestras capacidades, nuestros miedos, nuestras convicciones y nuestras contradicciones. Quizá la única manera de acercarnos a un mundo menos desquiciado sea abandonar la cómoda ilusión de que los monstruos siempre son los otros. Comprender que lo monstruoso y lo sublime no nos son ajenos, que ambos representan posibilidades reales de nuestra condición y que, en cada generación, en cada sociedad y en cada individuo, vuelve a librarse esa misma batalla silenciosa. Porque la verdadera lucha no consiste en exterminar nuestros demonios ni en proclamarnos ángeles, sino en impedir que nuestra oscuridad destruya aquello que nuestra luz es capaz de construir.

Y, aunque no siempre acertemos, aunque la historia parezca empeñada en repetir sus errores y nuestras contradicciones nos acompañen hasta el final, todavía conservamos algo esencial: la capacidad de reflexionar, de rectificar, de compadecernos y de elegir otro camino. La elección, aunque incierta, siempre nos pertenece. Y quizá en esa libertad, tan peligrosa como maravillosa, resida precisamente nuestra humanidad.

fénix