PRESUNCIÓN Y ENVIDIA

 

CUANDO EL INTELECTO ESCASEA Y LO ORDINARIO NOS SOBRA

El rico nunca tiene bastante con lo que tiene. Su amargura no nace de la disminución de sus riquezas, sino de la multiplicación de sus deseos. La riqueza es como el agua salada: cuanto más se bebe, más sed produce. Esta reflexión encierra una verdad que trasciende el dinero y alcanza prácticamente todos los ámbitos de nuestra existencia. Quien no sabe conformarse con lo que tiene difícilmente encontrará la felicidad en lo que todavía desea conseguir. Porque el problema no siempre está en la escasez de recursos, sino en la abundancia de ambiciones. Y cuando la ambición deja de ser un estímulo para progresar y se convierte en una obsesión por acumular, termina esclavizando a quien la padece.

Trasladado al terreno político, el fenómeno no es muy diferente. Hay quienes, independientemente de sus convicciones, principios o compromisos, nunca consideran suficiente el poder que ostentan. Siempre aspiran a más: un cargo superior, una mejor posición, una poltrona más cómoda o una parcela de influencia que les permita sentirse importantes. Y cuando llega el momento de confeccionar las listas electorales, no importa demasiado dónde se sitúen sus principios, ni si el proyecto al que se incorporan responde a sus ideas. Lo verdaderamente importante es encontrar un lugar desde el que seguir escalando posiciones. La coherencia se convierte entonces en un estorbo, la conciencia en un elemento negociable y la dignidad en una moneda de cambio. Todo vale cuando el objetivo es conservar o aumentar los privilegios.

Y lo más curioso es que muchos de quienes actúan así se consideran personas de profundas convicciones, aunque sus convicciones cambien de dirección tantas veces como lo exijan sus intereses. Pero la codicia no es patrimonio exclusivo de quienes tienen dinero o ejercen el poder. También se manifiesta en algo mucho más cotidiano y, por ello, bastante más extendido: la necesidad de aparentar. Nuestra sociedad arrastra desde hace tiempo una peculiar debilidad por las apariencias. Especialmente en los pueblos y pequeñas localidades, donde todos se conocen, donde la vida de cada vecino parece estar sometida a un permanente escaparate y donde, en ocasiones, importa más lo que los demás piensan de nosotros que lo que realmente somos. Es la cultura de la comparación permanente. Si el vecino se compra una casa, nosotros necesitamos una más grande. Si cambia de coche, el nuestro empieza a parecernos viejo.

Si viste ropa de marca, sentimos la necesidad de llevar otra todavía más cara. Si hace un viaje, el nuestro tiene que ser más lejano, más exótico y, naturalmente, más digno de ser contado. Y así, casi sin darnos cuenta, convertimos nuestra existencia en una competición absurda en la que nunca hay vencedores, porque siempre habrá alguien que tenga más, que pueda más o que aparente mejor. La presunción alimenta la envidia y la envidia, a su vez, alimenta la insatisfacción. Es un círculo vicioso del que resulta difícil escapar cuando se vive pendiente de la vida ajena. Ya no disfrutamos de lo que tenemos, sino que nos preocupamos por lo que tienen los demás. Nuestra felicidad deja de depender de nuestras propias circunstancias para quedar sometida a una comparación constante con las de quienes nos rodean.

Y lo verdaderamente triste es que, en esa carrera por aparentar, terminamos confundiendo el éxito con la ostentación, la inteligencia con la astucia, la educación con el dinero y la categoría humana con la posición social. No se trata de criticar a quien prospera, a quien trabaja para mejorar su situación o a quien disfruta legítimamente de aquello que ha conseguido con su esfuerzo. Todo lo contrario. El problema comienza cuando la posesión se convierte en una medida de superioridad y cuando necesitamos exhibir lo que tenemos para sentirnos por encima de quienes tienen menos. Porque una cosa es tener y otra muy distinta ser. Hay personas que poseen grandes fortunas y una enorme pobreza intelectual. Otras tienen cargos importantes, pero carecen de la más elemental grandeza moral. Y también las hay que, sin apenas recursos materiales, atesoran una honradez, una generosidad y una dignidad que jamás podrán comprarse en ningún establecimiento. Sin embargo, nuestra escala de valores parece haber invertido el orden de las cosas.

En demasiadas ocasiones, el humilde, aunque sea honrado, trabajador y buena persona, pasa inadvertido, mientras que quien exhibe riqueza, poder o influencia recibe consideración y reconocimiento, incluso cuando su trayectoria personal deja mucho que desear. Parece que hemos terminado aceptando que el dinero concede categoría, que el cargo proporciona inteligencia y que la apariencia sustituye al mérito. Una equivocación colectiva que dice bastante poco de nuestra madurez como sociedad. Y aquí es donde convendría detenerse a pensar. ¿Qué nos está ocurriendo para que valoremos tanto lo superficial y tan poco lo esencial? ¿Por qué admiramos más un coche de alta gama que una trayectoria de honradez? ¿Por qué concedemos tanta importancia a quien tiene capacidad para invitarnos, favorecernos o colocarnos en algún sitio, y tan poca a quien demuestra generosidad sin esperar nada a cambio?

 Quizá porque hemos ido perdiendo la costumbre de valorar a las personas por su comportamiento, por su cultura, por su capacidad de pensar y por la coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. Y cuando una sociedad deja de premiar esas cualidades, acaba convirtiendo la mediocridad en una forma de reconocimiento social. No es casualidad que proliferen los aduladores, los oportunistas, los presumidos y quienes necesitan constantemente demostrar una importancia que, en realidad, no tienen. Son comportamientos que encuentran terreno abonado allí donde la reflexión escasea, el criterio propio se debilita y la opinión ajena termina teniendo más peso que la propia conciencia. Naturalmente, no todos somos iguales ni sería justo meter a todo el mundo en el mismo saco. Hay personas extraordinarias en los lugares más humildes y auténticos ejemplos de dignidad en quienes nunca han tenido necesidad de presumir de nada.

Precisamente por eso resulta tan lamentable que, como sociedad, no siempre sepamos distinguir entre el verdadero valor de una persona y el escaparate que construye a su alrededor. Al final, la vida suele poner las cosas en su sitio. El dinero se gasta, los cargos desaparecen, las posiciones se pierden y las apariencias terminan desvaneciéndose. Lo que permanece es la huella que dejamos en los demás, la palabra que hemos cumplido, la honestidad con la que hemos actuado y el respeto que hemos sabido ganarnos. Porque se puede ser pobre y tener una enorme riqueza interior, del mismo modo que se puede ser inmensamente rico y vivir en la más absoluta miseria humana. Y quizá esa sea la gran contradicción de nuestro tiempo: hemos aprendido a valorar el precio de casi todas las cosas, pero cada vez parece que nos cuesta más reconocer su verdadero valor.

Esto es España, señores. Un país con una historia extraordinaria, con gente trabajadora, solidaria y de enorme talento, pero también con demasiadas contradicciones. Un país en el que, a veces, el ruido se impone al pensamiento, la apariencia al conocimiento, el oportunismo a la honradez y la presunción a la modestia. Un país donde no siempre se admira al que más sabe, sino al que más presume; donde no siempre se respeta al que más vale, sino al que más tiene; y donde, demasiadas veces, lo ordinario ocupa el espacio que debería corresponder a lo extraordinario. Porque, al fin y al cabo, la verdadera grandeza de una persona no está en lo que posee, sino en aquello que sería incapaz de vender para conseguirlo. Y de eso, me temo, vamos bastante necesitados.

 

fénix