Este año hemos tenido una fiesta descafeinada, apagada y deslucida por la lluvia en la que no hay evento alguno que destacar.

 

Las fiestas de un pueblo no son solo unos días marcados en el calendario. Son memoria, identidad, encuentro y orgullo colectivo. Por eso, la decepción de este año ha sido especialmente dolorosa para muchos vecinos que esperábamos con ilusión unas celebraciones capaces de devolver vida, alegría y unión de todos en las calles.

Sin embargo, la realidad ha sido muy distinta. El programa presentado por el ayuntamiento ha resultado excesivamente austero, vacío de actividades y falto de inventiva, con un marcado significado religioso. Han desaparecido muchos de esos eventos tradicionales que daban personalidad a nuestras fiestas y que lograban reunir a generaciones enteras alrededor de la música, la diversidad y la convivencia. La ausencia de grupos musicales y la sustitución de todo ello por una simple discoteca móvil que al final ha tenido que celebrarse en el interior del bar de Jose, ha dejado una sensación de improvisación y pobreza festiva difícil de ignorar. El programa de las Fiestas  de este año ha resaltado como punto fuerte la procesión, destacando en el programa por encima de cualquier actividad lúdica festiva, alejadas de las tradicionales fiestas llenas de colorido, chispa y vida. Pero la Fiesta se enriquece con la diversidad, no solo con el espacio religioso, porque la Fiesta es para todos, no solo para los creyentes. Es cierto que la religiosidad (procesión) es del agrado de nuestros mayores, pero seamos sinceros, el alma de las Fiestas son los jóvenes y estos buscan en otro lugar lo que aquí no encuentran ¿se nos ha olvidado por que se ha despoblado el Pueblo?

A ello se ha sumado un tiempo profundamente adverso, con lluvias constantes que terminaron de apagar el poco ambiente que existía. Pero sería injusto atribuir únicamente a la meteorología el fracaso de unas fiestas que ya nacían debilitadas por la falta de ambición y de iniciativa. El resultado ha sido evidente: calles vacías, escasa participación y una sensación generalizada de apatía como hacía décadas que no se veía. Muchos vecinos coinciden en que ha sido una de las fiestas con menor asistencia y entusiasmo de los últimos sesenta años. Y eso no solo afecta al ánimo del pueblo; también perjudica su imagen, su atractivo y sus posibilidades de atraer visitantes, turismo y actividad económica.

Un pueblo sin diversidad lúdica festiva, sin ilusión colectiva y sin capacidad para cuidar sus propias tradiciones corre el riesgo de apagarse lentamente. Y quienes amamos este lugar no queremos resignarnos a verlo convertido en un rincón triste, abandonado y sin alma. Y antes de que "algunos o algunas" se me echen encima..., quiero  constatar que criticar no significa destruir. Al contrario: significa preocuparse. Porque precisamente quienes más sentimos este pueblo somos los que más deseamos verlo lleno de vida, de música, de cultura y de gente disfrutando en sus calles. Todavía estamos a tiempo de recuperar unas fiestas dignas, participativas y capaces de representar lo mejor de nuestra tierra. Yo tengo confianza en que las de Agosto estarán llenas de colorido, chispa y vida. Pero para ello hace falta escuchar a los vecinos, apostar por la diversidad y entender que unas fiestas populares no son un gasto innecesario, sino una inversión en comunidad, identidad y futuro.

Me dirán que la Fiesta de Mayo se hace en Honor a Santa Bárbara, pero la Fiesta no es solo religiosidad, es diversidad, es entretenimiento, es disfrute, es chispa y es vida, porque es para todo el pueblo, ateos o creyentes.

Hay que agradecer al Bar de José (Camelot) que salvo en parte un evento festivo que nació apagado. El Bar sustituyó la chispa y alegría festiva de las calles, que se trasladó a su interior transformándolo en lugar de encuentro social y festivo.

Que no nos falte el Bar, porque el día que falte el pueblo se apagará.

 

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