Un pregón insulso, sin chispa ni garra, que demandó más fiesta y menos historia

El pregón de las fiestas dejó entre el público una cierta sensación de decepción. No porque hablar de nuestra historia esté fuera de lugar,  sino porque quizá aquel no era el momento ni el tono más adecuado. Cuando un tema se repite año tras año, cansa y mucho mas cuando ese relato no es de todos por igual.  Quizá, de cara a futuras ocasiones, podamos desear un pregón algo más cercano al espíritu festivo que da sentido a estos días: un mensaje que no se centre en poner en valor nuestra historia y nuestras raíces, sino de transmitir ilusión, cercanía y ganas de celebrar. Porque la historia y el patrimonio tienen siempre su lugar y merecen nuestra atención, pero las fiestas nos ofrecen, además, una oportunidad especial para encontrarnos, compartir y disfrutar juntos. Y quizá ese equilibrio entre memoria y celebración sea la mejor manera de que el pregón llegue a todos y se sienta, verdaderamente, como el comienzo de unas fiestas de todo el pueblo. Un pregón de fiestas debe ser, ante todo, una invitación a celebrar, a compartir y a disfrutar juntos. Es el instante en que el pueblo se reconoce, se reúne y da comienzo a unos días de alegría. Por eso, muchos esperaban un mensaje más cercano, más festivo y capaz de despertar esa ilusión que precede a las fiestas. Suavizo ciertas opiniones de algunos vecinos al objeto de no parecer agresivo. Porque lo importante es asumir el relato, sin acritud ni enfrentamientos.

La historia tiene su espacio en el momento oportuno. Pero era el momento de la alegría, de la fiesta y de la marcha. Y cuando se dispone de un micrófono ante todo un pueblo, conviene recordar que ese momento pertenece a todos, no a una parte, a un grupo o a una determinada sensibilidad o tema específico. Las fiestas deberían ser precisamente eso: un punto de encuentro, no un espacio para marcar diferencias. Un lugar donde nadie se sienta invitado de segunda categoría y donde todos puedan reconocerse como parte de un mismo pueblo. Y sí es una crìtica, pero cuando es constructiva, no pretende restar valor a quien pregona. Pretende recordar algo muy sencillo: las fiestas son de todos y el pregón también debería hablar a todos. Quizá para el próximo año podamos pedir algo tan sencillo como un pregón con menos historia y más corazón; menos gravedad y compromiso en las palabras y más fiesta en el ambiente. Porque para hablar de nuestro pasado siempre habrá tiempo. Para celebrar juntos, en cambio, solo tenemos unos días al año