Un pregón
que pudo ser más fiesta
El pregón
de las fiestas dejó entre el público una cierta
sensación de decepción. No porque hablar de nuestra
historia, de nuestro patrimonio o del Castro de Las
Labradas esté fuera de lugar (todo lo contrario), sino
porque quizá aquel no era el momento ni el tono más
adecuado.
Un
pregón de fiestas debe ser, ante todo, una
invitación a celebrar, a compartir y a disfrutar juntos.
Es el instante en que el pueblo se reconoce, se reúne y
da comienzo a unos días de alegría. Por eso, muchos
esperaban un mensaje más cercano, más festivo y capaz de
despertar esa ilusión que precede a las fiestas.
La historia
tiene su espacio, y muy importante. Pero también lo
tiene la alegría. Y cuando se dispone de un micrófono
ante todo un pueblo, conviene recordar que ese momento
pertenece a todos, no a una parte, a un grupo o a una
determinada sensibilidad.
Las
fiestas deberían ser precisamente eso: un
punto de encuentro, no un espacio para marcar
diferencias. Un lugar donde nadie se sienta
invitado de segunda categoría y donde todos puedan
reconocerse como parte de un mismo pueblo. La crítica,
cuando es constructiva, no pretende restar valor a quien
pregona. Pretende recordar algo muy sencillo:
las fiestas son de todos y el pregón también
debería hablar a todos.
Quizá para
el próximo año podamos pedir algo tan sencillo como un
pregón con menos discurso y más corazón; menos historia
en las palabras y más fiesta en el ambiente. Porque para
hablar de nuestro pasado siempre habrá tiempo. Para
celebrar juntos, en cambio, solo tenemos unos días al
año |